Estaturas del sur

He leído poemas escritos por una mujer alta cuya desnudez se erguía en el balcón de su casa.
Todos los hombres invisibles al cruzar la calle la veían.

He leído esta mañana los poemas de un hombre habitante del sur,
siempre quiso vivir en el sur,
para lo cual viajaba cada día unos metros
más, y más, y más lejos del norte.

En uno de los libros a los que tuve acceso,
encontré los poemas de una mujer que jamás anheló ser tocada.
En todas sus palabras,
en todo el recorrido por las páginas de su libro,
no encontré una sola prueba de ella.

Pude leer los poemas de un hombre residente en el campo,
extrañaba cada mañana el olor del mar,
pero jamás quiso salir de las tres fanegadas de tierra en donde vivía.

Leí también las páginas de un hombre,
escribía en las calles de la ciudad,
me habló de ellas,
nunca supe en esas palabras escritas en cuál calle vivía.

Quise encontrar entre versos,
entre párrafos, entre líneas,
entre puntos y comas,
encontrar a alguien que hablara de este amor indefinible,
indeseable a veces,
sin partícula alguna,
inasible, al que no quiero tener acceso,
pero del cual me gustaría escribir algunas cosas.

Es alguna hora de la mañana,
la luz todavía no se asoma en mi cuarto,
ha de ser por alguna de estas dos cosas,
la ventana está cerrada y la cortina es muy oscura,
o afuera todo es del mismo color del que se ve la noche
cuando son la una, las dos, las tres en la madrugada.

Imagen de rottonara en Pixabay

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