Intuiciones sin metáforas

Nos besamos con descaro, sin reproche alguno, desatendiendo la mirada sorpresa de los transeúntes, dimos una y otra vez un tirón a la lengua, un pequeño mordisco con fracaso en morder y éxito en la caricia. Largo beso y abrazo continuo, una repetición que nos concedimos a media calle, en la acera de enfrente, en la otra esquina. Si las manos intuyeron y abarcaron la espalda desnuda debajo de la tela, bajo la mirada inquieta de los que pudieron vernos, no puedo decirlo, en cambio me queda fácil afirmar que su beso, y el mío, sin ser metáfora, estaba tildado con el sabor del dulce de chocolate que habíamos comido.

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