Imaginarios en el sofá

Das tres pasos hacia la puerta y te devuelves, dejas el bolso en la mesa y cruzas hasta el lugar en donde el reproductor de música puede hacer sonar las canciones que te gustan. Lo activas, de apagado a encendido, pones una canción, la cantas en voz baja y te sientas en el sofá sin dar oportunidad a prisa alguna, la siguiente canción la elige el azar, esta la cantas un poco más alto, golpeas con las manos sobre las piernas, un rito aprendido con el que aparentas tocar la lámina tensionada que da forma al tambor, mueves los pies, un tic tac, no de reloj, un pam pam sobre el piso al ritmo de la canción que se dilata en el aire.

Dejas aparte el saco, abres el espacio entero para los pies desnudos, te acomodas, no como en el útero nocturno en donde duermes, extiendes tu cuerpo sobre el sofá, miras hacia el techo, le das forma a nubes imaginarias, las presionas para que llueva, te sientes amamantada por unas nubes que se dan enteras sobre tu cuerpo, llueve en tu memoria y te acompaña la música. Afuera la ciudad recibe CO2 de manera intravenosa por las calles, los automóviles cubren las emociones de quienes van conduciéndolos, el servicio público mantiene atestado de citadinos acostumbrados a las mallugaduras en los buses.

Abandonas la realidad, creas otra, estás en el lugar en donde todo se mueve al ritmo del reloj que en tu imaginación tiene tu prisa, estás conectada a tus adentros, en un lugar donde la música cae con la lluvia y el olor de la tierra se eleva con el de tu cuerpo.

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