Pronto el enamoramiento, pronto el olvido

Pronto, quise desde antes escribir un texto empezando con esa palabra. Ahora que está escrita debo poner el resto. La tecnología ha convertido la velocidad y la inmediatez en una propiedad fundamental de las cosas. Retiras dinero en menos de tres segundos, lo transfieres a otros con la misma velocidad con la que lo retiras de un cajero, envías una nota de correo con un mensaje para que sea leído en el mismo momento. Puedes ver las películas que te gustan cuando lo desees al estar conectado todo el tiempo a las redes de telecomunicaciones, los demás te encuentran en cualquier tiempo por medio de aplicaciones que usan las redes ya mencionadas. 
 
Quienes cocinan saben que un plato tarda en estar listo el tiempo de cocción que sea necesario, y no se puede probar antes de que haya surtido todos sus pasos. Aun así, estamos muchos por ahí pidiendo comida instantánea, porque queremos que todo sea ya, sin esfuerzo, sin preparación, sin pausas. Vamos al restaurante y tomamos los platos para tomar solo lo que queremos, no imaginamos lo que ocurrió para que la comida esté madura en la mesa. Cuando vamos a la cocina, entonces nos cuesta descongelar las carnes, lavar las verduras, dejar en agua los granos, poner al vapor las hortalizas, son demasiadas cosas, sale más rápido la sopa instantánea —Y si no te gusta, la cambias por otra.
 
Los que practican atletismo, en especial los que aman la maratón y las distancias largas, saben que no se da el tercer paso sin haber surtido los dos primeros, que se llegará a la línea de meta solo después de aceptar las piernas entumecidas y el dolor en la planta de los pies, y todos los dolores que significa mover las piernas después de varios kilómetros. Eso no lo saben quienes aman la tecnología y sus condicionamientos instantáneos, los estados en las redes que duran apenas unos segundos, las fotografías de perfil que cambian ante el siguiente gesto.
 
Pronto, queremos todo pronto. El enamoramiento y, así también, queremos el olvido. Nos cansamos ante el primer estornudo, nos interesa la voz que dice sí rápidamente y que se aleja con la misma frescura con la que tomamos un café en el centro comercial.
 
Escribo esto para mí, para mí que quiere las dos cosas con la misma prisa, el enamoramiento y el olvido, sin tener en cuenta que estas dos cosas requieren la madurez que traen las cuatro estaciones a las semillas, y solo después de eso se vuelve fruto.

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