Descuidos con propósito

En la panadería hay una mujer atractiva detrás de la caja. No la he visto si no después de estar sentado con el libro abierto, el que llevo hoy para leer en ratos de ocio. Es joven, ya dije que atractiva, usa un pantalón con el color propio de la ropa militar, la blusa es negra, y como el pantalón está ceñida al cuerpo. Sonríe, viene hasta mi mesa, pregunta si ya me atendieron, respondo con un movimiento de cabeza indicando no con ello. Ofrece lo de siempre, yo escojo, y se va, supongo que ella lo sabe, me he quedado viéndola mientras se desplaza hacia la cocina en donde pidió para mí lo que antes de dije.

Es bien sabido por todos que cuando a un hombre una mujer le sonríe, él de manera equivocada piensa que ella quiere algo, que le ha parecido simpático y está dispuesta al flirteo. En esta ocasión, en favor propio, debo decir que no fue esa memoria masculina la que sintió la sonrisa abierta, sentí que la mujer se adelgazaba para meterse en mis ojos, que ponía en pausa los párpados para asombrarme con sus ojos negros.

Al rato, ella que no atiende a las mesas trajo a la mía el desayuno, volvió a poner la sonrisa en un sitio desde donde podría haber escogido cualquier destino para que yo la siguiera hasta siempre. Cambió de sitio, fue a su lugar, por instantes sentía que debía verla, y era descubierto por ellá. Sumé un poco de porciones de comida a mi estómago, quizá dejé una cuarta parte en el plato, pedí una bebida adicional que apareció en mi mesa con la prisa que ella quiso.

Pasé a pagar a la caja, ella con un acento cautivador hizo la cuenta verbalmente, pensó en voz alta la suma, yo cancelé y cuando me dio el cambio me dijo, podría quedarse otro rato. Solo pude sonreír como lo hacemos los tímidos, y salí como si todo fuese un invento más de la imaginación fecunda a la que a veces acudo para narrarme en lugares y tiempos en donde no he estado.

Ahora, una hora después he recibido una llamada, la voz de la joven cruza por el túnel auditivo y llega a los conductores nerviosos cuyo propósito son la excitación y el gusto. Yo sabía de qué iba a hablarme, había dejado mi libro junto a la caja, dentro de él el número de mi celular y mi nombre. Ella propuso que a la hora del almuerzo, estaba libre y podría entregármelo.

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