Costumbres propias

Centro comercial, zona de cafés. Café negro 7 onzas. 3000 pesos. Un euro se compra en el mercado de valores por 3585 pesos colombianos. Una taza son ocho onzas líquidas. Una onza son 28,35 gramos. El hombre que dirige a los que asisten los fines de semana para hacer ejercicio grita las instrucciones y hace señales con sus brazos y piernas. Son las 10:50 a.m. Es el año 2018 en el calendario. Los que nacieron en octubre están celebrando o esperan a que les celebren el día de su nacimiento. Hoy les toca torta a los del 14.

En el libro que leo he subrayado lo siguiente: El viejo y el mar y vaticiné: “Antes de que llegue a tierra una cauda de tiburones me habrán quitado este hermoso pez vela de las manos”. El personaje del cuento hace referencia a que los viejos que consiguen parejas muy jóvenes sufrirán igual que el personaje de Hemingway la pérdida. Leo a Fadanelli, un libro de cuentos, el escritor mexicano.

90% carga de batería. Café frío. En las mañanas madres y padres pasan con sus hijos, me da por pensar que son madres solteras, padres visitando a sus hijos en domingo, los veo comprando café para ellos y para los niños refrescos y helados. El local que vendía helados ya no está. El muchacho que lo atendía tenía algún tipo de relación emocional con la muchacha que atiende el lugar en donde yo compro el café.

Cuando presenté el examen de admisión a la universidad, se hacía con un examen en el que había que contestar con lápiz cada pregunta. Uno de mis mayores temores en ese tiempo era perder el lápiz y no poder presentarlo. Todavía tengo esa sensación, y es uno de los motivos por los cuales trato de llevar lápices y bolígrafos conmigo todo el tiempo. En el examen alcancé el puntaje necesario y fue uno de los mayores pasos en mi vida.

Hoy no me bañé. A nadie le importa mientras no estés oloroso en los sitios públicos. Quien atiende hoy en el café me cuenta que el local de los helados lo reubicaron en otro centro comercial. Acá habían dejado de vender porque en otro local de la competencia los precios eran más bajos. Preocupa que la gente se quede sin empleo.

La mujer que cruza desprevenida hacia las escaleras eléctricas se parece a una mujer que conocí en otra ciudad, era bella, debe serlo todavía. Yo estaba en un hotel, cada día dejaban una moneda de chocolate en la mesa, yo la recogía y se la llevaba a ella. A mí me gustaría vivir en un hotel, debe ser uno de los lugares más higiénicos para exponer las emociones, se parece a un hospital, las camas no son de nadie, las habitaciones se turnan, igual que los médicos, los enfermeros, los meseros, el portero y las que atienden a las habitaciones.

Una de las cosas que me molestan de algunas novelas que leo, y por supuesto de sus autores, es que sus personajes tienen más y mejor sexo del que a mí me corresponde. Eso está diciendo un joven en la mesa de al lado. Creo que si uno piensa su propia vida como la de un personaje de novela debería hacer todo aquello que envidia de esos seres inventados. El joven sigue hablando con quienes lo acompañan, ellos ríen de sus ocurrencias. Una muchacha que está a su lado lo mira con la vocación de quien quiere cumplirle los deseos. Él no la nota.

Dice el mismo joven, esos que usan camisetas de los equipos de fútbol a los que son aficionados lo hacen porque no saben como masturbarse, y si lo saben no pueden hacerlo porque están casados y sus parejas no se lo permiten. Cuando usan sus atuendos con los colores de su equipo es como si prolongaran el orgasmo mental que les produce el último gol de su equipo. Sus amigos ríen. Alguien en las escaleras eléctricas es impulsado hacia arriba, lleva una camiseta de color amarillo con el nombre de alguien en su espalda.

3% menos de carga en la batería. Otro café de siete onzas en la mesa. Los lentes de las gafas están limpios. A través de ellos la mujer morena que parece esperar a alguien se ve hermosa. Debe serlo, todas las mujeres hermosas tendrán un día una cita en un lugar público y por única vez en su vida las harán esperar. No me atrevería a la aproximación, quizá si esté oloroso por no bañarme este domingo. Hay un cuento de un escritor en que la madre debe libras de carne al carnicero y las paga con las libras de carne de su cuerpo en movimiento bajo el sudor y el oloroso torso del hombre. No recuerdo si es de Onetti o de Benedetti.

Mis amigos han viajado el fin de semana, es habitual en todos ir de paseo, se incluye dentro de la riqueza poder hacer viajes a sitios considerados turísticos, estar en la playa, bañarse en el mar, ir a los pueblos que conservan arquitectura antigua. El centro comercial sigue solo. Son pocos los que lo visitan. Es muy temprano. Solo madrugan los que tienen urgencias, los demás no tienen prisa. De eso va la conversación entre el hombre que hoy atiende uno de los locales y el guardia de seguridad que camina los pasillos persuadiendo con su uniforme a los que tienen malas intenciones. El del local le dice, buenos para ellos por lo que se apropian, malo para el que se lo quitan.

Café, siete onzas, no sé cuánto es la proporción de la cafeína con respecto a la altura del líquido en la taza. Pido otro.

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