Encuentros sin destino

Quedamos en encontrarnos para ver un partido de mi equipo favorito, no tengo claro como acordamos que nos viéramos en el bar a donde yo voy a ver fútbol, tengo la sensación de que fue su elección y no la mía. Nos vimos en una esquina, ella no quería llegar al bar y entrar sola, menos se imaginaba sentada sola frente a una mesa. Yo llegué antes, estuve descontando pasos de los que debo dar para llegar al cielo, no sé cuántos sumé, los anudaba yendo de norte a sur, y claro, hacía lo mismo de sur a norte.

Cuando la vi caminando quise aparentar que apenas estaba llegando, sin embargo solo me detuve para esperarla, se aproximó, la abracé, el beso cruzó entre mejillas, como si en una pelea con espadas se evite hacer heridas. Saludamos a otro que ya no conocíamos, no la intuí como la presentía en los días que nos conocimos, luego ella me diría lo mismo, aun así una sensación de confianza diferente nos cegó a tal punto que fuimos tomados de la mano desde la esquina hasta el bar en donde había reservado una mesa sobornando a un mesero, en ese lugar no hacen reservaciones, quien llega primero, primero se sienta, quien llega tarde, si no encuentra silla puede ver el partido de pie junto a la barra.

En el bar, tras la cuota acordada nos asignaron una mesa en un rincón desde donde podíamos ver la pantalla y acercarnos con la prontitud de los cuerpos ansiosos, y fuimos eso y otras cosas imprudentes, igual lo disfrutamos. De allí salimos al apartamento, al de ella, allí, como era de suponer después de haber estado tan cercanos en el bar, nos juntamos sobre el sofá, nos unimos en la cama, y al siguiente día nos acomodamos juntos debajo de la ducha.

Le gustaba acariciar mi cabello, era recurrente sentir sus dedos por las olas que formaban los crespos, cuando eran días de peluquería el corte se acomodaba a las costumbres de vestir en la oficina y quedaba corto, eso le producía un disgusto mínimo que se notaba en el cambio de caricia, pasaba a presionar la parte superior de las orejas, movimiento con el cual se ponían calientes y tardaba yo en entenderlo hasta que días después ella insistía en ir conmigo a la peluquería.

Durante el noviazgo se quedaba algunas noches en mi apartamento, sucedía los viernes o los sábados, así al siguiente día me veía en mi rutina de fin de semana, que como le pasa a todos es diferente a la del resto de la semana, yo no tenía prisas por horarios, la alarma para despertarme no aparecía estridente, la ropa que buscaba en el armario no se parecía a la de los otros días, los ritos míos para soportar la rutina laboral no los hacía.

Esa noche era miércoles, el destino lanzó sus cartas a la mesa, quedamos los dos en una cita que se extendió hasta la madrugada en mi cama, y pudo verme en una rutina que le produjo risa, no sabía que corría urgente a la ducha tras haber sentido el grito sin clemencia de la alarma indicando la hora, supo que me cepillaba los dientes en la ducha al tiempo que iba patinando con el jabón por el cuerpo. Sintió un silencio diferente mientras que elegía la ropa del día, se asombró al saber que mis rituales incluían guardar una piedra en uno de los bolsillos.

Ese día también tuve la fortuna de haber olvidado por unas semanas de más la ruta a la peluquería, me acarició el cabello y se enredó su sortija de casada varias veces en mi pelo.

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