Deseos y prudencias

Soñé con ella, una sucesión de imágenes puestas en bloques que me llevaban de un lugar a otro sin que tenga manera de recordar cómo nos trasladábamos, solo estábamos primero en el centro de la ciudad caminando por entre las calles antiguas, una caminata nocturna llena de risas por una conversación de la que es imposible extraer su contenido. Aprecemos luego en la ladera de una montaña, allí ella continúa con su alegría desconectada de la realidad que nos envuelve, una oscuridad de bosque iluminada apenas con lo necesario para vernos los cuerpos.

En el sueño ella vive en una casa grande, una donde también está toda su familia, allí vamos después de haber pasado por un salón en donde están dando una conferencia, y nos quedamos sin saber cuando termina porque la siguiente escena es en su casa, en medio de una algarabía ocasionada por la celebración de un evento que no puedo reconocer, aun así es una especie de fiesta y todos bailan y celebran.

Las últimas escenas, y son estas de las que no quiero olvidarme, tanto por el placer que me produjo como por la desilusión que me produce.

En un cuarto de baño grande, nos acercamos para la caricia, y ella que es una mujer hermosa a quien conozco, con una expresión de belleza por la cual uno solo puede sentirse atraído, desconecta toda muestra de pudor para rodar conmigo entre el deseo adolescente de la prisa y la furia adulta de los últimos instantes. De su mirada cuelgan hacia la mía las tenazas propias del deseo, y así nos abrazamos tras cada temblor por las caricias, y así nos desnudamos tras mi vigorosa fatiga que la busca para encontrar su piel y sentir en la mía el corazón latiéndome en la mayor de sus frecuencias.

El aire condensa líneas de tiempo, las usa para atravesarnos, nos sabemos instantáneos, nos tocamos desde otras orillas en nuestra memoria genética, una fuerza llena de milagros nos descubre los lugares apropiados para las yemas de los dedos, para la boca con sus instrumentos hechos lengua y dientes.

Una de esas líneas, las favoritas de la cordura y de la desilusión que se agrupan para comprar las dos el mismo número en la lotería, y su número es exactamente el ganador, así en esta línea de tiempo ocurre eso.

El preservativo. Ella espera, yo busco en mi morral que está a unos pasos, no, no hay en el bolsillo donde suelo guardarlos, no encuentro en los otros espacios, ella me mira, y en sus ojos lubricados por el gusto de seguir hasta el borde para caer juntos en el orgasmo está una respuesta a mi pregunta, quiero, pero tampoco tengo en mi bolso, y tampoco quiero sin protegernos.

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