La mujer que me gusta

La mujer que me gusta

En el comienzo era el verbo, yo no estaba ahí para escucharlo, aun así lo creo de ese modo. Me propongo hacer lo mismo con mis palabras, dando por hecho que palabra y verbo son lo mismo. No es la lengua un objeto amarrado, pero la suelto, no está cubierta, pero la desenvuelvo, con ella encuentro la punta de la lluvia, la primera gota y digo algo, por ejemplo, pongamos que digo, buenos días, y al unísono una costumbre me responde lo mismo desde la lengua materna de quienes me oyen. Es este el poder del verbo, del sustantivo, los pronombres y el adjetivo, eres una mujer hermosa, y sin que sea por repetición, tu sonrisa responde en tu rostro.

Atiborrado de adolescencia observo con anhelo en mi voz el tacto de la mujer que me gusta.

He visto a la mujer que me gusta, sin lugar a dudas es cierto, ella cabe exacta en mis palabras.

Para la mujer que me gusta he puesto un verso en mis libros.

La mujer que me gusta usa zapatos de tacón alto y se eleva un poco más en su estatura, así queda mi boca en línea recta hasta los besos que ella intuye en secreto y que yo escribo acá sin timidez alguna.

A la mujer que me gusta no le soy indiferente, sin embargo, dice la mejor de mis amigas, eso no significa nada.

La mujer que me gusta me mira desde detrás de sus lentes y yo quepo exacto en la circunferencia de sus ojos.

Si la mujer que me gusta quisiera compartir conmigo la luz del sol y juntar la sombra de su cuerpo con el mío, entonces, en esa sombra mientras ella no está alerta muchos besos le daría.

La mujer que me gusta no sabe de mis lecturas nocturnos o mis madrugadas con un libro en la cama, sin embargo, ha empezado a sospechar que soy ese susurro que le roza la boca cuando se mira y sonríe en el espejo que la mira.

La mujer que me gusta ha de medir unos dos o tres besos más de los que le daría cada tarde de lluvia.

La mujer que me gusta lleva el cabello negro, cuando la miro, una trenza invisible de artificios verbales le hace juego desde mis pestañas. No lo sabe, ojalá lo sospeche, la observo y la atracción que me produce se nota en mi manera de mirarla, por ejemplo, esta tarde caminó unos pasos cerca de mi cuerpo, y yo medí la distancia entre los dos con los temblores que cruzaron rápido el pecho para volverse sonrisa.

La mujer que me gusta ha trazado una línea desde sus ojos hasta los míos, notó ella que entré exacto en su mirada rozando ligeramente sus párpados y tocando una pestaña, supo que podía intercambiar conmigo la distancia, estacionarse en mi lugar y verse, también, al contrario, cederme el suyo para yo verme desde su sitio.

Sea ella también la mujer que me ame.

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