Papeles en blanco

Estoy despierto imaginando muy pocas cosas, no me concentro en una sola idea, no lo hago en nada, voy de una línea a otra sin éxito alguno. El celular en la mesa, un mensaje de la oficina, algo no funciona, me levanto de la cama, voy hasta el computador, lo enciendo, doy los clics necesarios para estar conectado, encontrar el correo, enviar unos datos, vuelvo al celular, envío un mensaje de respuesta y me alejo del cuarto para ir a la cocina. Es temprano, no es habitual en mí preparar café a esta hora, enciendo el fogón eléctrico de la estufa, pongo la jarra con agua, una pastilla de panela, dejo así, voy hasta la cama, pongo una canción en el celular, la escucho, me quedo dormido nuevamente.

Una intuición desconocida me despierta, doy una vuelta otra, pienso en la edad y el uso de la manta de color azul, es tiempo de cambiarla, no recuerdo el lugar donde la compre, tampoco el año, comparo con algún evento de vida que esté en mi memoria, son muchos años, me inquieta pensar que haya una obligación en cambiarlas y yo no la conozca. El más usado y aun así el menos desarrollado de mis sentidos tiene un sobresalto, huele a quemado, algo está quemándose en las proximidades, es en mi cocina, lo sé con perfección, salto y voy descalzo a la cocina, sabré luego que la baldosa está fría, apago el fogón, tomo la jarra de aluminio, la pongo bajo el grifo, varias veces la lleno y riego su contenido por el lavaplatos.

El humo tiene olor, me resiento, olvido la jarra, enciendo el extractor de humo, abro las dos ventanas de la cocina, voy hasta la sala, hago lo mismo con la puerta que da al balcón, repito la acción en la ventana junto al comedor, voy a los cuartos, dejo sus ventanas y puertas abiertas, aunque es el lugar más lejos de la cocina abro la ventana pequeña que da luz al cuarto del baño. La baldosa del baño está tan fría como la de la cocina, busco junto a la cama unas sandalias, vuelvo a la cocina, al lavaplatos, tomo una esponja metálica y con ella limpio lo que está pegado en el interior de la jarra metálica.

Hay tres cuartos en mi apartamento, en cada uno de ellos, en la pared que da a la calle hay una ventana de vidrio, pienso en el nombre de las partes que la componen, no las sé, por medio del celular busco en una página de internet, me aparecen las partes de una “ventana” de un sistema operativo de computadores, no me hace gracia, debo buscar más. Dintel, Luz, marco, vidrio, jamba vertical, mainel, bisagra, alfeizar, y otras palabras que no sabía estaban dando forma a las ventanas que veo a diario, también leí que por la manera en cómo se diferencian estos tipos, guillotina, lateral, batiente, corredora; las del apartamento son tipo lateral, excepto por la del baño que es batiente. Son seis ventanas tipo lateral y una batiente, las siete estaban abiertas incluyendo la puerta que da al balcón.

La hija mayor de mis vecinos se ha quejado conmigo por el olor a incienso, yo a veces en las noches para usar el sentido en el que menos me fijo pongo una varita de incienso, antes la dejaba cerca de la puerta de salida, parece que el aroma se desplazaba hasta donde los vecinos y era entonces cuando a mi vecina le molestaba. Busqué otro lugar para este propósito, en el cuarto de los libros o en mi cuarto, el aire traslada menos el aroma y no llega siquiera hasta la puerta, así mi ella abandonó los reclamos. Esta mañana, a esta hora en que todos están descansando, ojos cerrados, piel bajo las sábanas, boca cerrada, sin pocos ruidos por escuchar, en cambio la nariz no deja de funcionar, el olor a quemado debió llegar hasta sus fosas nasales, atravesar sin compasión hasta su pulmones, ir al lugar en el cerebro en donde se identifican los aromas, y por supuesto, tocar esa neurona que la hace enojar.

El aire ha dispersado el humo, aún debe oler, sin embargo ya no lo noto, vuelvo a la cocina, tomo la misma jarra, la lleno de agua, pongo una pastilla de panela, enciendo el fogón, busco una taza grande, le pongo café granulado, la lleno con media taza de leche, y me quedo frente a la estufa, no me moveré hasta que esté listo. La experiencia permite reconocer el tiempo de cocción de los alimentos, la mía no, pasan uno y dos minutos, debo esperar sin tener una medida exacta del tiempo, no he orado hoy, empiezo una oración, no la concluyo, toco con el dedo el agua, aún está fría, abro la nevera, observo los objetos que la habitan, la cierro, leo las notas en ella, todos lugares a los cuales pido comida a domicilio, ninguno para café.

Prueba superada, esta vez estuve a tiempo, fogón apagado, café preparado, extraigo unas tajadas de pan de una bolsa. La ciudad apenas empieza a despertarse, los automóviles son pocos, se escuchan menos, voy al cuarto de los libros, busco “Fahrenheit 451 de Bradbury”, no la encuentro, estaba recordando un fragmento que alguien publicó en internet, tomo un libro al azar, busco en la página de mi edad, 33.

“Llovizna. El viajero pone y para el limpiaparabrisas en un juego que va descubriendo el paisaje y luego lo deja sumergirse, de manera imprecisa, como en un acuario enturbiado. A la izquierda, la sierra da Nogueira ya es una señora sierra, con sus mil trescientos metros. Otro juego divertido es el de los pasos a nivel, afortunadamente abiertos cuando el viajero pasa. En treinta kilómetros hay nada menos que cinco: Rosas, Remisquedo, Rebordãos, Mosa y otro del que no quedó el nombre. Y menos mal que en este caso son los nombres los que se salvan”. Primer párrafo en la página 33 de “Viaje a Portugal”, José Saramago, editorial Alfaguara. No encontré el nombre de quien hizo la traducción a mi lengua.

En el fondo de la taza quedan muestras del uso, un círculo de borde grueso y en el centro apenas notorio un blanco ligeramente sucio, alguna borona de pan que se escapó hasta el fondo cuando metí una porción para mojarlo. Quizá haya teorías para todo, nombres para cada cosa, explicaciones y argumentos para todo movimiento, a mí las que más me producen curiosidad son las que quieren exponer con claridad el futuro a partir de las cosas, sí, por ejemplo, del fondo de la taza del café o del chocolate. Incluso hay profesiones para eso, yo soy de los que sin temor o vergüenza les paga, me gustan sus metalenguajes, su manera de apropiarse de una idea sin investigar y luego con ello hablar con certeza de la vida de los desconocidos que los van a visitar.

Sin averiguar mucho, sé de estas maneras que los adivinadores utilizan para conocer el futuro, de eso viven y no voy a juzgar, entonces sin enumerar: tarot, runas, café, líneas de la mano, astromancia, tabla ouija, vísceras de animales, oráculos, profecías. Claramente pude leer del fondo de mi taza de café que me tomaría otra, me desconecto de la silla en donde me acomodé para leer páginas al azar, voy hasta la cocina, caliento un poco la jarra, pongo en la misma taza café granulado, esta vez sin leche, será un café oscuro, no me lo tomaré con pan, solo el líquido.

Mientras la estufa calienta la jarra y con ello el agua endulzada con panela, miro por la ventana, todavía es temprano, sin ver reloj alguno el poco ruido de los autos desde la calle hace notar que es temprano, hoy día de descanso solo después de las once empiezan a salir a rumiar con sus motores, ahora, los días de descanso se amanece más tarde, todo se empieza con tres horas de más. Desde la ventana de la cocina veo regularmente a una vecina, a la del segundo piso de la torre de enfrente, desde aquí la he visto de pie frente a la estufa, agachada viendo dentro de la nevera, moviéndose sin que yo pueda saber lo que hace. Lo mío es una curiosidad por el movimiento, por atravesar la línea que da paso a la intimidad, ese lugar en el que uno se comporta sin pena porque se encuentra solo. No creo que se hagan cosas extrañas, solo pienso en que las personas actúan sin tensión alguna.

La mujer está vestida con un pantalón corto, una blusa sin mangas, ambas de color blanco, extrae de una bolsa que sacó de la nevera algunas cosas que no sé distinguir, supongo que frutas, solo hace eso y las pone sobre el mesón del que hacen parte los fogones, hace eso y se va. No veo más hacia la ventana, giro y miro la jarra, desprendo de ella el líquido suficiente para preparar el café. Tomo la cuchara pequeña usada anteriormente, hago girar el líquido, se pone oscuro, dejo la cuchara en el lavaplatos, empiezo a caminar con el café en la mano por los lugares en donde hay ventanas abiertas, las cierro, la última es la del baño, me acomodo en la cama, me dejo estar sin otra prisa que beber la taza completa antes de que esté frío el café.

 

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