Brevajes

Voy a guardar este cansancio en un parpadeo, para que su existencia sea solo un instante más, a poner en él también la derrota de ver sin mirar, oír sin escuchar, estar sin sentir, la rutina cargada de pesadez y pereza. Después del parpadeo miraré, esta vez pondré mis sentimientos y querré ser parte de la mirada, para estar dentro, tocar y percibir la forma y la sustancia. Son maneras de decir, son formas de defensa, ahora cuando el momento anterior no volverá y este ha dejado de ser.

Yo sé de la muerte y su proximidad, mas no de su prisa y arrebato

Es inútil la urgencia, cuando no es para besarte

Son irreparables el amor, la muerte, el olvido

Son inevitables el tiempo, la sed, el apetito.

No es lo mismo parir una tristeza que tener una tristeza paridera de tristecitas

Una borrasca de calladas inapetencias suceden en mí al tiempo que vuelvo a la rutina sin oportunidad de ponerme a salvo, salgo, cruzo, atravieso, doy pasos y pongo movimiento a mi cuerpo en el día, desapegado de la rutina pero obligado en ella.

Dolidos en la orfandad de la abstinencia esperan que les provean nuevas artes en las cuales hacer uso de su pereza.

Hay preguntas necesarias y secretas que tú traes con urgencia a la memoria, por ejemplo, ¿sonriente feliz esta mañana, llevas henchido el corazón de alegría? ¿tu desnudez sale vestida de agua cuando la ducha la enternece con sus cabellos líquidos? ¿Esperas un beso después de mi verso?

Cosas extrañas que pasan en la lavandería: le digo a la señora que atiende el local, ¿Qué te gustaría hacer si supieras que se acaba el mundo? Ella me pasa una papel, y dentro dice, ver que te satisface cumplir tus deseos.

Diré yo soy apenas unas horas y tú el espacio abierto del tarot hablando de mí.

Afeitaste mi barba incipiente porque raspaba tu entrepierna recién librada de pelos. No te gustó, entonces, esperaste varios días por mi barba para que tu vello se confundiera en mi cara.

La lluvia nocturna se desplaza en verticales y no puedo verla desde la ventana, aún así me aferro a los pequeños ruidos de las gotas porque quiero que ellas me revelen los secretos que saben de memoria, en muchas ocasiones te han visto ágil regarte de gotas en la ducha.

Un lenguaje secreto es orquestado por la lluvia,
no conozco maneras de descifrarlo,
presto pongo mis oídos dispuestos a recorrer y recoger
de esa lengua invisible las palabras, tengo la impresión de escuchar tu nombre, me habla de ti, ese es mi deseo,
rueda voces sobre tu belleza,
tararea las canciones de tu gusto,
narra tus historias preferidas de la infancia,
y desplaza hilos líquidos para abrir ventanas hacia tu cuerpo,
yo tiemblo y mi imaginación cae al suponer que puedo tocarte en este instante.

Una cavidad se llena, una lámina de lluvia la cubre, gota tras gota la suavidad cruge tras el toque aéreo, brinca y salpica, dibuja entre las sombras líquidas, escribe una historia en braile de nubes, canta para narrar sobre la superficie, yo leo, observo, escucho, es de ti la imagen, es de ti la narración cantada, son tus historias expropiadas al olvido, las traen a mí para que las descifre.

Cosen, escucha la voz de las agujas cayendo en la tela, una puntada tras otra cruza sobre todo aquello que está expuesto en la tierra, un vestido, el que imagina la nube, un corte, el que es posible para línea vertical que cae en puntos sin ojal, sin junturas. Escucha el rumiar de las agujas, no se estorban entre sí, no se enumeran, se vuelcan una tras otra y enruidecen el aire con su ronroneo de máquina que cose tela en noches prestadas por el silencio. Yo le pongo acento y letra a su barullo, las gotas cosen una canción de cuna para que las horas de esta noche vistan para ti la exaltación de tus deseos.

Van mermando como el humo ante la nube, a media altura, hasta ahí llegan, presumen haber llegado, pero están a media vida.

Me dice, pareces un pez, y respondo, buceo para encontrar cerezas bajo tu blusa.

Ella me pregunta, ¿A qué sabe mi sexo? y le respondo, sabe a mañana, a mañana también quiero saberlo.

La mujer se quita los zapatos, unos tenis de color blanco y verde con los que caminó desde el paradero hasta la oficina, luego, de un pequeño bolso extrajo los zapatos de tacón. Levantó el pie y sintió una música propia de las monedas, la encontró al mover el zapato. Una moneda de las que dan en uno de los museos del centro para guardar objetos en el casillero, no tenía mucho tiempo para pensar sobre el hecho, así se fue a la primera reunión de la mañana. Pasaron varias horas hasta tener un momento de descanso, fue hasta la máquina dispensadora de agua, tomó para si un vaso y lo bebió sin siquiera sentirlo. Miró la moneda varias veces, las conocía de sus visitas universitarias al museo, no pensó en motivación alguna, y no encontró una razón para hallarla.

En el horario se excusó con los compañeros y fue hasta el museo, en primera instancia no consideró ir al casillero, así, se acercó al lugar en donde asignaban casilleros a los usuarios y la entregó para devolverla, sin embargo, la persona detrás del mostrador le indicó el nombre del titular de la moneda y advirtió sobre una deuda de varios años, una cifra mínima considerando su salario, aún así, se molestó consigo misma ya que el titular era ella, pagó el valor y le pidieron acercarse a otra ventanilla en donde encontró en un sobre cerrado lo que dejó en el casillero años antes. Esta vez, al tomar la bolsa empezó a pensar de dónde y cómo había llegado la moneda a sus zapatos. Encima del cajón de los zapatos hace poco movió una caja, una llena de objetos antiguos que pensaba regalar, utilizó el tiempo del almuerzo en repasar cada uno de los objetos de la caja, una su memoria no le dijo nada.

Al volver a casa abrió el sobre, dentro un libro de historia universal, un cuaderno con notas, unas hojas sueltas, un lápiz, un libro de poemas con una dedicación de alguien que de primera mano no recuerda, y cuando lo logra, se engorda en llanto, cruza un abismo y sin poder compartir con alguien más esos recuerdos se va para el baño a leer los poemas, los que estaban marcados, como si fuesen esos los que le dedicaban. Pensó en el hombre, en la derrota que debió absorber durante días y meses al no recibir de ella un gracias o siquiera una observación sobre los poemas, y luego leyendo la dedicatoria y un poema propio, de él, escrito solo para ella, lloró más, lo recordó y sintió un frío doloroso en las piernas cuando la última vez que lo vio él iba con las manos dentro de los bolsillos del pantalón y no volvió a verlo porque ya no tomarían más clases juntos.

De su bolso además del maquillaje con el que iba poniendo color a sus rostro salió una cuchilla de afeitar, y ante mi imprudencia al observarla ella me dijo, tengo un novio que a veces veo al salir de la oficina, no me gusta afeitarme las piernas, así solo lo hago antes de salir si es que él pasa para encontrarse conmigo

Ahora duermes, das un respiro al día y lo apagas cerrando los ojos, en la almohada recoges una noche engendrada en tus párpados, no te importa la luz de afuera, solo te quedas tú dentro, para ti misma, y piensas, acercas los pensamientos a tu descanso, quieres un apapacho, mueves tu cabeza, das lugar para tu mano en el cabello, sonríes, le das nombre a las manos y sonríes queriendo que las imágenes de lo que quieres lleguen en el sueño en vez de ahora cuando estás despierta.

En un minuto de silencio caben una noche, tres guerras, dos barcos empotrados en la pared de un coleccionista, la medicina de quien se duele del colesterol por encima de la medida médica, un examen de estudiante sin oportunidad para lograrse, y la certeza del que apuesta su salvación a los pasos de los gatos perdidos tras las gotas sombreadas de la luna.

Hay quienes tras su inconformidad ocultan un deseo infantil por satisfacerse anchamente, sienten que todo les es impuesto y que ellos son las víctimas.

Hay quienes en vez de tomar la palabra la empuñan y la usan como ataque en la afrenta y defensa en la queja.

Hay quienes creen en la igualdad para recibir y poseer, más no así para ofrecer y construir.

Hay quienes usan el “dame más” como un mantra y el “esto no sirve” como un rezo.

Hay quienes creen que la distancia entre un deseo y la construcción del mismo es su capricho y antes de pedir ya han afilado su lengua para quejarse de por qué no se lo han dado como ellos quieren.

Hay quienes viven embarazos psicológicos, creen que van a parir ideas y su tiempo de gestación es el infinito.

Hay quienes su mayor acto de inteligencia es referirse a los otros utilizando estas palabras, ‘sinvergüenzas’, ‘hampones ‘,’ bellacos ‘, ‘ mafiosos’, ‘estafadores’, ‘corruptos’, ‘arrodillados’.

Hay quienes no saben y no quieren saber lo que significa proponer y hacer, están ahí solapados esperando a que otro haga para lanzarse a lapidarlo.

Hay quienes no creen en un dios porque esperaban del dios en que creían que hiciera todo a imagen y semejanza de sus deseos infantiles.

Hay quienes creen en un dios porque a él lo hacen culpable de todo aquello por lo que ellos no hacen nada.

Hay quienes como yo se despiertan un día con ánimo de queja y de reproche por su propia inapetencia.

Hay días en que uno debe encontrar una palabra en la torre de babel, una palabra pronunciada en tiempos previos.

Yo he puesto el reloj en la única hora que me importa, encontrarte.

La mujer en la silla a mi derecha, desde que estamos sentados, ha estado hablando por teléfono con un hombre, de quien presumo es su amante, y la referencia a amante no es porque sea él con quien cometa una infidelidad, le habla con bocados de ternura y pone acentos cortos al final de algunas palabras como si esperara de él una culminación diferente a la que exigen los vocablos, a veces se ha quedado callada escuchando y su rostro es una posesión que solo se logra en el silencio cuando una voz atraviesa desde el oído el deseo que conecta a las falanges. He escuchado atento su verbalidad líquida, y puesto plena atención a los movimientos y gestos en su rostro, cada tanto un temblor de ritual la surca y parece convocar al otro al que le habla a una presencia inasible para que la penetre.

Como un brebaje que al tiempo mata y sana, pero libera, así necesito la poesía

Cuentas siete pasos desde el borde lateral de tu cama hasta la puerta que da acceso al cuarto del baño, vas desnuda izando tu cuerpo por encima de cualquier guerra imaginaria con la fuerza gravitacional de la tierra, ofreces tu piel, las formas que cubres con telas diariamente y la mirada al espejo, repites movimientos con el cuello para acercar y alejar tu rostro a la inquisidora crítica de tus ojos buscando una esquirla, un borde, una inapetencia, una línea viva, alguna arruga, un secreto del que sabes nada o muy poco. Observas a la diestra del espejo el seno en la derecha de tu cuerpo, no hay hoyuelos, la forma se mantiene como la conoces de hace tiempo, dices con una voz tímida, la que usas para hablar en voz alta contigo misma, protuberancias cero, color de la piel, bellísima como lo ha sido siempre. Das lugar a la revisión del par en el otro lado, mismas observaciones, resultado satisfactorio, voz tímida, idéntica frase,otro ejercicio de revisión y das paso a otros pasos, vuelves desnuda hasta la cama, debajo de la almohada con la que apuestas a guardar secretos y sueños, encuentras la pijama, tela suave y fresca. Das un salto en reversa por los giros de la tierra al sol, te devuelves a tu infancia, te atreves a creer que hace ese número de años que te devolviste en la memoria estabas leyendo una hoja, una simple hoja con algún escrito. Te cubres, sentada y lista para internarte debajo de las sábanas realizas el rito habitual de tu noche, agradeces las horas vividas, la abundancia aprovechada, los momentos preferidos, la existencia de tus seres queridos, y al tiempo te vas convirtiendo en una máquina de soñar despierta mientras te atrapa el sueño.

La mujer lleva en su silencio una mujer invisible que grita por ella mientras su boca se mantiene callada.

En el centro de la plaza un grito pone otro color a los a los ruidos acostumbrados de la calle, eso me atrae, lo escucho y conecto algo como un sistema radial para escuchar ruidos externos, no encuentro el origen, miro una y otra vez, ahora conecto también los ojos, entonces siento después del grito, permitiéndome usar ‘sentir’ sin saber si es una palabra adecuada para esto, un canto, un canto sin origen, me detengo, paro y miro nuevamente, sigo el canto sin que un acompañamiento musical se oiga en el aire. En el centro de la plaza saltos, gritos, cantos, solo se me ocurre pensar en una mujer invisible siendo espontánea con su boca, y luego, como si una enfermedad superior asistiera cada uno de mis pensamientos, la mujer invisible nunca está desnuda, su ropa adquiere la forma y el color de su piel, por eso pasa campante delante de todos, sus temores deben ser otros.

Las mujeres invisibles se acarician desnudas en el parque junto a los hombres que van solos a alimentar sus ruidos internos, huelen, son aroma y solo lo sienten aquellos que creen en mensajes secretos en el eco.

Supo de su invisibilidad cuando su amante la buscaba sin encontrarla y ella en la cama horneaba tristezas y se cubría con las pequeñas sombras que llegan a los resquicios, ahí estaba, sin ser vista en la costumbre del otro.

La mujer invisible me dice, hay dedos sin tacto que sustraen de mí el éxtasis y lo vuelven multiplicado a tu boca en palabras, hablo por ti

Cosas que dicen en la madrugada: algo de mí madura en tu abrazo, algo de mí muere en tu noche; a ti te ocurre lo mismo. Por eso ahora somos diferentes y debemos cultivar el amor como si anoche no hubiera existido.

Aquella puerta de presencia alargada en el pequeño espacio clava una estela de recuerdo en su sombra: tu cuerpo ante el mío, los dos, la nada abierta.

Ya no estoy hecho de centímetros o libras, de pasos o reposos, de cicatrices o de heridas, de escaleras subiendo o de puertas abiertas. Ya no estoy formado de sangre, carne o huesos, de cabellos, uñas o pestañas. Ya no tengo estatura ni soy medido por el metro, no tengo un volumen exacto, una forma abordada exacta en la mirada. Ya soy una idea, tu idea de mí, tu pasión por mí, los lugares imaginados conmigo por tu mente, ya no le pertenezco a la materialidad, soy la idea que tienes de mí, es por eso que a veces chocan mis movimientos con los tuyos, y es cuando vuelves a apropiarte de mí y yo a convencerte de que sigo siendo el mismo.

«Era su luz detrás de las ojeras la que yo esperaba encontrar en su cuarto, y no, no fue así, encontré unas sombras sembradas con agüeros. Creí en su voz de bruja y la quise por eso, sin embargo, al estar en su cuarto solo vi remedos de la forma que ahora venden libros sin antigüedad alguna, solo juegos de niños con miedo». El hombre siguió su confesión y yo apreté la botella en la mano antes de continuar con el siguiente sorbo, bebí, y no quise más de la voz del desconocido, él siguió y yo dejé de escucharlo, me concentré en la música y vi a la mujer que venía por él, vestida como de otro tiempo, solo vestida porque tal como él dijo, en sus ojeras no había otra luz que la de las repeticiones sin aprendizaje.

Se saludaron, ella no aceptó invitación alguna, él quería seguir, quizá esperaba un deslumbramiento surgido de entregarse a la ebriedad, no fue así, unos minutos después ya habían pagado la cuenta. Yo veía los brazos de la mujer, un tatuaje estático, sus manillas y collares, la ropa con colores desteñidos por un sol de lavadero, los pies enjaulados más que expuestos en sus sandalias urgidas de acero, apenas cuajados entre líneas de cuero nuevo. El hombre se subió a su tristeza aguada y se fue con ella, acelerando y frenando el dolor del engaño, ese dolor propio del que lanza sus preguntas a la filosofía y solo se encuentra el mismo sin respuesta alguna.

Por la ventana entró una garganta lanzando agua y viento, la mujer que atiende a las mesas la cerró, aún así entraste, y pasaste con tu ropa de montaña y luna hasta una silla a mi lado, dijiste, «supe de tus dudas y vine a verte», pedí dos vasos de brandy ti y abandoné la cerveza, uno llegó a tu mano y el otro a la mía, jugaste un rato apresando la sombra tras la que se escondían algunos amantes en las mesas, los vimos, unos arrimándose a un fuego seco, otros, dolidos de la indiferencia, unos más fecundos con las manos próximas a atravesar la ropa, otros más con la erección y la humedad casi explotándoles la tela. Sonreíste al ver a una mujer sin deseo dejarse tocar “por si de pronto”, y me dijiste, yo vine como ella, por si de pronto quieres albergar en tu cama la noche del tiempo y quedarte conmigo hasta que este día vuelva.

La noche escurre su ropa, la lluvia se apropió de las horas, quiso vaciar las nubes para darle oportunidad a quien mira hacia lo alto de ver luces en vez de negra estela. Es tarde para llegar a tu ventana y temprano para caer vencido, aún escucho gotas rodando por el vidrio, la ventana acepta la luz que viene desde lo alto, una oscuridad con brillantes pecas, las miro y quiero acertar en que tú también en esta hora la observas.

Cuando leo soy un hombre lector,
cuando camino soy un hombre caminante,
cuando pienso soy un hombre filósofo,
cuando medito soy un hombre energía,
cuando escribo soy un hombre escritor,
Cuando estoy alegre soy un hombre feliz,
Cuando me engrosa la tristeza soy un hombre triste,
Cuando dudo soy un hombre inquieto,
cuando estoy contigo soy además todos esos hombres.

Escribo noches y las pongo en mis ojos para que los lean los tuyos, leo lunas para erguirme con esas palabras sobre tu noche.

no era necesaria tu indiferencia para saber de tu olvido.

Tú insistes en la negación, y yo no tengo tiempo para eso, te quiero ahora y nunca, ayer y siempre.

Quieres nombrarme con palabras sin el compromiso al que aspiro, yo aspiro te niegues y sepas de mi fuerza rodando mares hacia tu inexistente deseo

Quizá no el amor pero sí el orgasmo conmigo.

Sí, también yo lo escuché, no se baña uno dos veces en el mismo río, y no se repite el beso en la misma boca, pero lo segundo quiero, hasta la saciedad, comprobarlo contigo.

En el parque que atravieso por el camino construido por mis pasos desde el edificio donde vivo hasta la parada del autobús, una mujer sale con su perro a dar su primer paseo del día, yo oteo desde la ventana del apartamento y solo cuando la veo tomo prisa por saltar brinco a brinco las escaleras, buenos días, buenos días, salgo rápido del saludo en la portería, atravieso la calle, me apresuro en darle una línea a mis pasos, y cuando me acerco a ella espero que el perro me ladre, me olisquee, se aproxime a mi cuerpo, para en ese instante usarlo como excusa y hablarle a ella, a la hermosa mujer que lo acompaña, pero este can es indiferente a mi presencia y se mantiene disperso observando la nada, y yo como si nada sigo caminando paso a paso por el camino que me lleva.

Me tropecé con una soledad y la traigo doliéndome en los ojos, por eso todo lo miro sin la distancia apropiada, así le respondí cuando me dijo. – Pareces desganado de sueños, sin apetito por las utopías, te está ganando la realidad. Me invitó a escuchar música, la de su gusto, le puso propósito al momento, y poco a poco se fue desbaratanto la música, rock y soul, blues y jazz, yo escuchando, ella explicando, hasta que es esta hora en que debemos levantarnos de la cama, sin haber compartido el cuerpo, pero cuantas veces me llegó su voz interna repetida en las canciones que le gustan y cuantas veces le entregué la mía cuando la escuchaba.

Nunca una sombra se llenó de luz como la tuya.

No, claro que no fue un intento por besarte, solo quería rozar la piel de tus labios con la humedad de mi boca.

No se trata de creer o no en coincidencias, es una simpleza, nos encontramos, y bueno, ahí estamos, quizá seas tú o yo, o ambos, pero bueno, dejemos a la casualidad que nos siga encontrando.

Se trata del ojal abierto en la línea superior de tu blusa, del pendiente a punto de caerse en el lóbulo de tu oreja, de un cordón sin atar en uno de los zapatos, de una hebra abandonada por la tela en alguna esquina de su froma.
Se trata de un dolor en el tobillo sin motivos aparentes, de una cicatriz en el dorso de la mano, del pálido espejo donde también el rostro se cubre de plegarias, de haber llegado tarde al útlimo bar abierto en la noche.
Se trata de un televisor sin señal abierto a la estática, de los labios mal marcados por el lápiz de color, de un portarretratos caído en combate ante la imprudencia al limpiar el polvo de la mesa, de poseer un reloj para medir el tiempo y ser medido al mismo tiempo, de estar gordo y mal alimentado, de jugar para ganar y no estar preparado.
Se trata de hablar por hablar sin ser escuchado, de saber ahora y no nunca, de reconocer que apropiarse de las equivocaciones es sanar heridas.

He comprado cuatro noches para pasar estas horas que dan transcurso al siguiente día, me faltan horas de descanso y las extraeré de horas adicionales de sueño. La fatiga tiene más nombres que el propio con el cual se identifica, también es ausencia repetida, recuerdo innecesario, cronología y duelo.

Le puse un nombre para conservarla en secreto, de noche la llamaba día, de día la llamaba furia, en días de enojo le decía mar, ante la playa la nominaba arena, en el desierto le decía tormenta, en la lluvia la aclamaba con la palabra lluvia, tuvo una nube cierta con su nombre, y la llamé secreto cada noche.

Yo había comprometido hábitos para ser una onda en la frecuencia que percibe el radar de tus antojos, sin embargo, hábitos, ondas y frecuencias se volvieron una actitud sin que sean necesarias tus intervenciones.

Usó el desvelo para evocar lugares de viaje, pensar en los amigos, recordar amores, repasar la contabilidad propia, desear sentir al viento traer la lluvia, el agotamiento de las gotas en la ventana, en ese instante notó el silencio abrasándolo todo, concentró su atención en los ruidos, solo recibió los producidos por el movimiento de su cuerpo, siguió unos minutos así hasta cuando un ladrido emergió del silencio para conducir sus pensamientos a imaginar un perro ladrando al ver pasar una sombra en la calle, aunque no fue desde el mismo origen hubo una continuación en los ladridos, sintió temor por los gatos a los cuales estuvieran persiguiendo los canes, creyó entenderlo todo, como una voz amiga contando los sucesos con gritos desde lugares lejanos. En la mañana vio la hora en el reloj sobre la mesa, lo apagó antes de escuchar la alarma indicando la hora de despertarse, accedió a la costumbre diaria, así, cuando estuvo preparado salió de su cuarto y sintió miedo antes del primer saludo porque en vez de voces creyó le saldrían ladridos.

Yo escribo a diario para una mujer, una mujer bella que me gusta porque cuando pienso en ella me lleno de éxtasis, y confieso ahora como lo haría antes o más adelante, una de las razones que me contiene y por las que temo hacerlo, es sentir que ella no va a recibirlos con ternura.

Ojalá que a los colombianos esta sensibilidad por la muerte del otro no se nos desvanezca y pronto estemos abiertos a aceptar plenamente que la vida, la vida es sagrada y cualquier actitud en contra de ella debe evitarse.

Ojalá que los practicantes religiosos mantengan en alto aquello de, “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”, y los ateos el artículo primero de la declaración de los derechos humanos “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otro”

Ojalá que el “No más …” que pronunciamos tanto sea escuchado y depongamos nuestra tendencia a la violencia, abandonemos las armas para eliminar la muerte de la vida diaria. También, ojalá que ese “No más ..” sea no más indiferencia, no más envidia, no más ‘usted no sabe quién soy yo’. no más corrupción, no más exigir derechos sin cumplir los deberes a los que también estamos obligados.

Ojalá que deje de pasarnos estar unidos por el odio al otro, y empecemos a unirnos para construirnos en armonía, para que demos frutos buenos de los cuales podamos comer todos.

Otra vez borrasca y lluvia, eso le digo y ella me responde, no, no es la lluvia, es mi corazón explorando tormentas y nubes por ti.

Duermes para recorrerme en tu noche sin el apuro de la exacta mirada, con el lápiz de la duda atrapas una línea y te olvidas del punto que le da fin al trazo. Extraes de la noche la luz posible y la atrapas para borrar la sombra de los lugares desconocidos por tus ojos y me alumbras en secreto desde tu sueño.

Ya lo dijeron antes, llueven noches, caen goteadas y forman charcos de sombra en la superficie afuera, tú sin contar parpadeos sumas cansancio en tus ojos, solo miras adentro, las paredes como silos y tu almacenando en ellas una hamaca de arena donde pusiste la pesada inquietud del mañana que llegó hoy y se quedó perdido en el día. También dijeron antes, el silencio grita, este que te toca esta noche viene con urgencias, las clava en lo alto del techo y ellas kamikazes del habla se lanzan para decir nada porque tú te los has dicho todo al cerrar la puerta de tu cuarto, sí, toda la pesadez líquida del día que se obliga a terminar por encima de la tristeza por los minutos fallidos. Abres las manos y desde los dedos varios caminos se ofrecen para llevarte a lugar alguno, los miras sin apropiarte de ellos, piensas que los caminos son veredas ancladas en la nada si no se dan pasos en ellos. Sonríes para endulzar tu rostro, quieres el sueño sobre tus ojos y los cierras para dormir tranquila.

Otra vez abrí el libro y aún estaban los besos que pusiste entre páginas.

Yo tengo el oído y el gusto verbal en la boca, repito palabras escuchadas, las que me gustan, las que componen un arreglo vocal que me gusta. Yo tengo el oído en tu boca, pongo atención a tus palabras para escucharlas claramente, así, desde tu boca a mi oído, de mi oído a mi boca, tengo tu boca en la mía, la verbal que pronuncia la palabra, y espero que se de sin escalas, tu boca en la mía, la que habla con besos.

Ves el humo, no la candela.

Mis ritos nacen de tu insaciada presencia, marco las calles donde debimos encontrarnos, dejo secretos para que ellos te guíen a mí, recojo de mis manos plegarias nacidas de abrirse y cerrarse la palma en la espera, digo pronto y la tarde conmigo espera a que la luz con trazos de la forma de tu cuerpo caiga en la noche, tuerzo líneas, pongo espirales, escucho canciones y tarareo la letra con la excusa de hacerla exacta en mi boca, en modos que pueda repetirla mientras tú la escuchas, abro la ventana para que el mundo descanse de esperarte dentro de mi casa y salga un poco a ponerse en sus sitios de siempre.

Hay días en que pones en el rostro más de las emociones que quisieras mostrar, pero sucede sin posibilidad de evitarlo, y se notan el gesto de disgusto, el sinsabor de una palabra, la suma del desacuerdo y la inconformidad. Hay días en que debes mantener en alto el optimismo para volver a la cara alegre de los que saben que todo está bien y el disgusto pasará pronto. Hay días en que sientes en el rostro la formación de una cara de palo y hay que hacerlo todo para no tenerla.

El sueño, el de dormir para el descanso y la recuperación del cuerpo, va cortando la tela nocturna y pone retazos oscuros sobre los ojos, lo hace sin motivo aparente, y sabe la necesaria y obligatoria vuelta a un lugar donde tú esperas para vivir conmigo, aunque la gracia está en que al despertar todo lo olvido

Tus días están contados, y esa prisa que llevas por retener en tu memoria el tiempo como si esos recuerdos pudieran salvarte sirve tanto como lo inasible para demostrar la fuerza de la mano empuñando la nada.. Tú, al igual que aquella multitud hecha masa de gente desconocida pero uniforme, vas por ahí sin saber cuántos te quedan, cuántos minutos y repeticiones diarias te tocan desde este momento en que los ves a todos y sospechas, con razones basadas en miedo, que ellos se están robando tus días.

Para ti el beso escrito en este papel invisible, yo te dejo apenas la palabra, tú, tú sueña y ponlo imaginario en tu boca, ya tendremos un día de encuentro para que el papel sean tus labios y los míos la pluma.

Hay amores cual barcos encallados en la arena, atrapados por nuestra imposibilidad de soltarlos, ralentizan su movimiento inflamable, tóxico, no le son necesarios el faro o la ola, encallan para la muerte lenta, para cegarlo todo. Esos amores, ¿cuáles amores? Es un nombre inapropiado para esos barcos, hay que romperlos y expulsarlos así en eso se nos vaya la vida.

Rueda entre mis ojos la voracidad del sueño, sin proponerse elevación alguna, se deja caer, pone su peso en los párpados y rueda rápido sobre las pestañas hasta completar una noche oscura.

Mientras tú no estabas la luna se tomó el reino, la noche secundó su obra, el sol ofreció su luz para defenderlo, así, mientras tú no estabas nos olvidamos de tus grises inapetencias, de tus desatenciones e indiferencias, entonces no sé de qué color o en qué lugar, no sé a dónde o para qué, pero ya que asomas tu ego para ser admirada, tengo para decirte que no cabes en lo que ve el sol, que no cabes en la oscuridad o baja la lluvia lunar.

Perdone señora mi manera de mirarla, me recuerda usted a una mujer a quien amo con profunda dicha, aunque no se me den con ella la cercanía cuerpo a cuerpo o la combinación íntima de los pies nocturnos y descalzos de caminos, sería imposible verla con la ternura con que la sigo al tiempo que sonríe.

Breve, cuando no escasa,
apenas el punto,
sin la coma,
sin palabras,
el silencio extenso.

Despierto cansado, veo pasar minutos sin que pueda detenerlos, los dejo, sin red para cazarlos, los dejo pasar hasta que noto la distancia insalvable entre la hora en que debí salir y la que marca el horario. No recuerdo haber soñado, no creo sea ese el origen de este agotamiento, no creo en reencarnaciones, sin embargo me parece cierta esa idea, debe ser una conmemoración de otra vida la que me pone de esta manera. Me levanto cansado y voy hasta la máscara, la empiezo a usar justo ahora cuando digo, buenos días, es bello este día.

Pregunta, ¿Cuántos años tienes? Y me sorprendo de la respuesta, la edad es una cuenta inabarcable, y no podría medirla porque el tiempo no cruza el umbral con la misma prisa en cada persona, los míos, los años cruzan veloces hacia el lugar en donde se termina mi destino, van muy a prisa para enumerarlos, hoy por ejemplo, pasé una larga temporada de inviernos, se quedaron luego y su movimiento dio para varias décadas, así mírame, estoy más viejo de lo que puedo sumar ahora.

Sangra porque me dueles, es una metáfora, una manera de decir, la fatiga tiene que ver contigo, o, la epidermis te nombra entre cansancios.

El silencio es la tierra en donde crece la semilla de la cual crecen mis pensamientos contigo

la única medida para estar contigo es la desmesura.

Escribe uno o dos versos a la ventana cerrada, espera un poco a la puerta abierta, lee un poco bajo el balcón y ofrece tu silencio para verlo abierto. Lo anterior nada asegura, más allá de disfrutar tus palabras acometiendo vuelo de cometas, más allá de verlas desprenderse del aire y fingir el sueño de la ceniza. Apuesta el amor a esos mismos versos, que ellos sean la única moneda rodando en la mesa de juego, a ellos el movimiento de la ruleta, los dados lanzados, el naipe repartido en cartas; perderás, tendrás unas palabras cargadas de nada, con dolor pero sin forma. Escribe para poner la voz al viento, no te concederán el beso, y si es que hubiera, no abarcarán orgasmos en la promesa.

Tú sabes de la línea oblicua con la cual inicio la escritura de mi nombre, lo pronuncias sin alargar o acortar los acentos, no en voz alta, solo lo dices en secreto para tus pensamientos. Tú recoges del aire mensajes secretos, lo haces al abrir las manos y sin notarlo los llevas hasta tu piel en donde quedan grabados siempre, ahí están los míos, no llegan por mis manos, son invisibles, incluso para mí. Desde ayer, y ayer es una manera de referirme a aquello que es recuerdo, he acomodado mis pensamientos lejos de mí, para darme una tregua, un respiro, un descanso de querer que estés aquí sin buscarte.

Otra vez el agua, las olas, el mar, el puerto, los barcos, las noches, la luz de los astros, el faro, la vereda, la tierra, la montaña, la selva, las aves, la nube, el cielo, el cauce, el río, la vertiente, el rastro, la arena, el oasis, el desierto, la lluvia, el calor, la tarde, el bosque, y yo aquí, un árbol, sin movimiento.

Con la edad he aprendido a ver el amor sin cargas pesadas o arrepentimientos, por eso ahora observo como un monólogo sin escenario algunos amores antiguos, puedo atesorar el sentimiento y desprenderme de lo que pasó y de lo que no, abordar recuerdos con ternura y prudencia sin excesos. Por ejemplo ahora cruzo milimétrico la frontera hacia el futuro y entiendo que en el futuro veré este momento cuando no estás, con la serenidad de quien todo lo posee y sabe que nada se perderá porque se tiene el amor y no lo que se ama; el amor como todo bien espiritual nadie lo puede quitar

Aunque haya olvidado todo recuerdo, aunque no me parezco a quien fui hace un tiempo, aunque no participo del mundo del modo en que antes viví, soy de esta manera por la forma en que lo hice, así, apuesta conmigo a caminar juntos sin saber lo que fui y ten esta certeza, lo que fui vive en mí

Ella espera a sentirme profundamente dormido, luego me besa, así se apropia de las palabras que no dije, de las que quedaron en la punta de la lengua, de las que en los labios fueron interrumpidas por silencios, después se queda dormida.

Yo te traigo hecha verso del mismo modo en que hablan de la costilla de un tal Adán.

Quiero arrebatarle los besos al deseo con que me ves.

El mundo es perfecto por y a través de ese beso.

La brevedad es la mirada de beso con la que llego a tu boca

Sientes el peso de los compromisos fallidos, de las citas incumplidas, de los propósitos sin fecha, del desamor y el desamparo, de los palabras y los nombres olvidados, de los que se fueron sin un abrazo, de las despedidas obligadas, de la salud averiada por uno mismo, de la palabra empeñada sin haber hecho valer la promesa, de haber huido o de no haberse ido. Sientes el peso y sabes que en el camino la huella queda no por el peso de lo que se lleva dentro, la huella se hace por el movimiento, por la continuidad de los pasos, entonces camina.

En la geometría de tu cuerpo, entre un punto y otro, un punto aparte, un punto y coma, un punto seguido, dos puntos y aparte, la mano lenta de timidez no logra atender la velocidad de pensamiento de mi deseo por ti.

En tu cuarto, te observa la lámpara dormida, las cortinas leen tus labios, tú en secreto con tu boca, ruedas unos besos en tus labios, para la noche, los pones en lo oscuro y me nombras, antes de tu sueño me besas y dices, dulce sueño vida mía.

Cuando no puedo versos cometo vientos, y los lanzo etéreos a los lugares a donde estás, inútiles los dos, viento y verso mueren en el silencio de los ojos sin mar.

Para qué la cama si en el cóncavo de tus senos caben y se pierden, mi locura, mi cordura.

Si con exacta sapiencia pudiera referirme a la geometría, hablaría de ángulos y volumen, de líneas y áreas, sin embargo, sería una sabiduría inútil para expresar la perfección de tu boca.

La imaginada línea entre tus labios, el beso socorrido entre milagros, tu mirada de nube y la lluvia de versos cayendo en tu carne para el éxtasis.

La noche es apenas un punto en tus ojos, limitada a tu pupila que me absorbe hasta convertirme en una esfera oscura desde la que miras igual que yo hacia la noche.

A media luz no puedo leerte, sigamos así, solo quiero intuirte.

Las sombras en la pared son las imágenes, las que yo hago de ellos, de los fantasmas que llegan a quedarse en mi casa, y las puertas las abro porque yo no puedo atravesarlas como ellos lo hacen, asi respondía a mi pregunta antes de arcarse invisible sobre mis piernas.

soy el amor y te llamo constantemente pero tú has olvidado quien eres, por eso no atiendes mi llamado cuando digo tu nombre.

Me gustas, eso te dije el otro día cuando cruzamos unas palabras, podría enumerar las palabras, separar los adjetivos, sumar los artículos en una lista aparte de los sustantivos, claro, no voy a hacerlo, no hace falta, sin duda es inútil, pero como en un castillo de naipes necesito empezar con algo para construir este espacio en el que quiero nombrarte aunque sé desde el comienzo que caerá antes de llegar al final. Me gustas y decírtelo es un poco escribir poemas eternos en la arena para que el mar o las olas los borren antes de su completa existencia, y lo digo así porque a veces ola y mar son criaturas distintas, ahora, nada cambia en ti cuando lo digo, ni cambiará si llegas a esta línea discontinua. Me gustas, es bueno decírtelo, ¿bueno para qué? las cosas buenas son buenas para todo.

Ella gira sobre mi cuerpo y me pregunta, ¿si se cayeran todos mis lunares, sabrías dónde ponerlos?, le digo, con los ojos cerrados lo intentaría llevándolos en la boca y las manos.

He de confesar no hay gotas de sol, en clase de física lo han explicado bien, aún así, no puedo dejar de verte a través de ellas.

Hay días en que me siento en la mitad de la vida, empiezo a sumar y noto con apego a la aritmética básica que un largo trecho he zurcido, o al contrario, descosido y lo que queda con un poco de suerte será lo mismo. Y eso ocurriendo al tiempo o motivado con la pregunta de la muchachita que quiere conocer mi año de nacimiento. La miro, le dedico un gesto de sorpresa, pongo el año exacto y el mes, ella juega a la cábala, eso me dice pero sé que me engaña, juega a los números, a las cartas, a muchas cosas, eso dice, yo atravieso calendarios sin tener claro el movimiento y la prisa con la que me he plantado en este día, el rostro atraviesa vertientes de dudas, ella lo nota, y habla sobre lo que el azar le ha dicho de mí, tienes tantos años y tantas risas por vivir que puedo quedarme contigo hasta cuando pases etéreo ante la luz de la noche.

Radiante de ti he divulgado a mi memoria un recuerdo de tu amanecer, volcaste el mar sobre mis ojos y aprendí a ver con sal, trajiste desierto a mis manos y aprendí a escribir con arena sobre vidrio, de cuando atravesaste el día para traer la noche, de cuando le diste al beso capacidad de persuasión

Escribí nube y una mancha de agua arropó el papel hasta la lluvia de la media tarde.

La noche trae tu nombre dentro de esferas de aire, las pone a rodar de puerta a puerta, se elevan por las paredes y cruzan el techo, caen sobre mi cabeza y antes del eco lo escucho entre cantos y música.

Escrito en la sombra para ser leído tras el paso de la noche, tu nombre abre los pétalos a la boca abierta de la luna, una voz, la voz lo pronuncia como yo, en este momento, en secreto.

Una línea de arena, una fila de hormigas, la mirada sin ojo del cíclope, el rayo sin trueno en la tarde, el dolor del boxeador en los guantes, un tablero de ajedrez sin un rey en un cuadro, una peluca hecha de barba, el pensamiento amorfo y un silencio para desviar la atención de los otros.

Una belleza superior refleja el papel sin letra, me espera y no lo anuncia, acepta el blanco espeso de su piel sin presumir o desafiar anhelos, se expone entero sin exigencia alguna, se conmueve aún desde la primera letra sin obligar continuación en el trazo de las líneas. No remilga de mis malas líneas o del menos agradable momento que tendrán otros en la lectura, no acaricia orgulloso la letra cuando nota una mirada atenta sobre ella.

Constantino Kavafis: “Ayer mientras paseaba por un barrio
apartado, pasé por frente de la casa
donde solía entrar cuando era joven.” (Frente de la casa)

Octavio Paz: “Mis pasos en esta calle
resuenan
en otra calle” (Aquí)

Wisława Szymborska: “No parecía que de esta habitación no hubiera salida,
al menos por la puerta,
o que no tuviera alguna perspectiva, al menos desde la ventana.” (La habitación del suicida)

Enrique Lihn: “Todo lo íbamos a resolver ahora.
Teníamos la vida por delante.
Lo mejor era no precipitarse.” (Destiempo)

Charles Bukowsky: “Ella me escribió una carta desde un pequeño
cuarto cerca al Sena.
dijo que iba a asistir a clases de
baile.” (Carta desde muy lejos)

Edmon Jabés: “Me he mirado al espejo y he visto a un adolescente de ojos más grises que el cielo en invierno
cuyas lágrimas hacían pareja con la lluvia tras el cristal.” (Diario de Yukel)

Cortázar:” Y se muy bien que no estarás.
No estarás en la calle
en el murmullo que brota de la noche
de los postes de alumbrado,
ni en el gesto de elegir el menú,
ni en la sonrisa que alivia los completos en los subtes
ni en los libros prestados,
ni en el hasta mañana.” (El futuro)

Pusimos los números en línea recta, alguien había dejado una caja llena de ellos junto a la puerta, nosotros, sin ordenarlos, los sacamos y fuimos dejando uno detrás del otro hasta escribir una palabra, ella empezó por la parte final, y yo por el comienzo, fue una coincidencia que al final leyéramos al mismo tiempo, esperanza.

Una de las cosas que más me gusta de la noche, son las esferas diurnas observándome desde tus ojos.

Cuando digo pezón pronuncio el entero de tus senos.

Usted no sabe del dolor que es capaz esta piel, dentro, como una prisión de la que no es sensato mostrar sus habitantes, me cruzan dolores cuyo nombre está cobijado por el tiempo sin medida, duele ahora, dolió antes, y volverá a doler más adelante. Usted me ve entero y yo estoy armado de fragmentos, ahora mismo una savia se descuelga por la sangre y derrota al oxígeno, así no me queda otra cosa que pensar como árbol, y no soy árbol, no sé pensar así, la cabeza me duele, la espalda no encuentra reposo, pero usted, usted me ve entero sin imaginar el dolor que esta piel anuda dentro.

Del olvido me gusta una especie de paradoja que lo cobija, para ocurrir algo debió suceder, y al suceder el olvido desaparece lo ocurrido. De esto hablo ahora a la fotografía ausente que dejó de estar en el armario, ¿Quién era? ¿Por qué ya no es? ¿Cuándo se ha ido?

¿Para qué el tiempo si se lo ha de llevar el olvido? ¿Dónde está la fiereza con la que empiezo a nombrarte con horas si pronto desapareces de la memoria?

Comprende que mis palabras están ralladas por otras sales y la curvatura la ha tomado de otros árboles de tiempo, tú sumas días mientras yo los resto, aún así, si es precipicio tu camino ya he empeñado en ello mis pasos.

El orgasmo es finito, un poco después del gemido, no más allá del siguiente meridiano, su estatura apenas supera la de la última gota de humedad incierta, la finitud de tus orgasmos va más allá de mis medidas

En esta esquina del horizonte, el limpia polvos también borró la luz

Los niños suben a los techos de las casas y con pequeñas escobas y trapos de cocina van limpiando del cielo el humo de las industrias y los autos, solo así aparece la noche, pulcra y sin mugre del día, aparece la noche con su atavío negro.

En las ventanas, aún con las cortinas, una luz de estrella artificial aparece titilando sin rubor alguno en los edificios y en las casas.

Autos entre centellas, cometas fugaces alargan las calles y ponen un color a deseo sorprendido en el ojo que mira desde la sombra.

La voz ocular se apaga en el que duerme frente al televisor y cae rendido ante la inapetencia de su inteligencia.

No he abandonado mi paraguas, lo llevó doblado sin abrirlo, me gusta ir a tu lado bajo el tuyo, un aire entibiado, una corriente cálida se forma contigo

No he puesto nombres a tu boca, no he nominado días ni acordado celebraciones para recordarte, aún así estás aquí en el páramo y la selva, en la medida y movimiento de las horas

He sido todo el universo, aquel instante cuando el ocaso dio una vuelta de luna entre tus labios y promoviste una sonrisa en mi rostro al decir, ven, sígueme.

No he sido yo desde hace un tiempo, me dejé en los de un espejo, en la punta de la lengua de vidrio, en la puerta de una vitrina. Siendo un verbo tan necesario, no puedo decir “Yo soy”, el río despojo las hebras que cubrieron mis arenas, por eso, no he sido desde hace un tiempo

Nacimos sin otra condición que la esperanza, con la intuición como única arma, en el camino nos aprovisionamos del placer de la búsqueda, de la fortaleza de ser parte de iguales, de disciplina y coraje, y así vamos, con un poco menos que nada en el equipaje, dando pasos, yendo aún cayendo, armados de nosotros mismos sin certeza del momento que nos devuelva al lugar donde se forjó nuestro nacimiento.

El amor desaparece cuando ofrece una respuesta con absoluta certeza: ¿me ama? Sí. ¿Me ama? No. Cuando no existe la respuesta, y solo se tiene la intuición, quizá sí, quizá no, el amor se mantiene para siempre.

Ella me pregunta, ¿estás enamorado? Le respondo, claro, claro que lo estoy. Luego, pone una segunda pregunta en el aire, ¿de quién? Y con mirada farragosa le digo, depende de qué tanto me sigas mirando.

Seguirás amándome mientras mantengas sin respuesta las preguntas, de este modo tu mirada de mí encontrará colores diferentes cada día, y tu atención estará buscando en mí la profundidad de lo inasible.

¿Para qué las olas? Para tejer recuerdos falsos en la arena.
¿Para qué la sal? Para limpiar de lágrimas las algas.
¿Para qué el rumor sin fin? Para extrañar la música, para llenar con música la finitud.
¿Para qué la espuma? Para darle valor a lo efímero a lo que fue fugaz.
¿Para qué los colores con tanta vivacidad? Para estar agrietando nuestra naturaleza.

Se trata de traducir mi deseo a caricias sobre tu cuerpo, de eso se trata, de llegar con mi lenguaje a tu piel.

Ella me dice, primero, darle placer a mi cuerpo, comer, hacer el amor, dormir; eso es fácil. Segundo, conectar con mi espíritu, sostener una relación amena con mi intelecto, disfrutar y reconocer mis emociones, eso es lo difícil, y si lo logras, no sé si nos enamoramos, pero de seguro disfrutaremos en extenso el uno con el otro.

Ella me dice, si te gusta lo inamovible, lo absoluto, lo estático, lo inalterable, entonces verás pronto desechado el amor, acepta el movimiento y vibra con él, aprópiate de los cambios y fluye con ellos, así iremos el uno con el otro, el uno junto al otro, si es de este modo, no te prometo amor eterno, pero sí amor, amor diario y constante.

Ella me dice, el amor es como el hambre, no te sacias para siempre en una cena, no comes lo mismo para saciarte cada día, el amor siempre está ávido de alimentarse, y su ansia cambia; si quieres hablarme de amor, ven conmigo a estar dispuesto para que seamos nuestro pan de cada día.

Caen la noche y la lluvia, la tarde en el ocaso y la madrugada en el día.
Cae la nieve, cae un verso, caen los párpados y el trino de un pájaro sin reino.
Caen relámpagos y crepúsculos, el sol y recuerdos igual que poemas.
Caen el silencio, la turba ruidosa, el ruido, caen agosto y otro mes para dar cuenta del año que cruza.
Cae la máscara, caen la hora de la venganza, el grito y la sombra.
Cae una lágrima y un aullido imperfecto, cae la cortina y con ello el secreto cae en silencio sobre los objetos caídos.
Cae repetida y redonda esta repetición que vuelve a caer.

Usted sabe de qué trata el miedo, reconoce imprecisiones al identificar los motivos que le dan origen, no encuentra una claridad para disuadirse de sentirlo, y aún teniéndola comprende la dificultad para desprenderse de él. Usted cruza los dedos y su piel no reprime el sudor en la palma abierta o en la axila, se acongoja y sin máscara alguna evita que sus temores se noten, por ejemplo ahora se niega a mirar directo a los ojos porque quiere evitar sea notada su indisposición por el miedo que lleva dentro.

Érase una vez un hombre que para poder sostener su existencia necesitaba negar a los otros. En razón a que los otros no lo reconocían, planteaba hipótesis para presionar por una respuesta, asunto que a veces funcionaba, entonces lo miraban un instante y lo ignoraban luego, eso le era suficiente, y así, iba por ahí dando gritos acerca de su apetencia por las hipótesis y más gritos por creer que los demás estaban atentos a escucharlo

Ahora sé de qué tratan las horas en el reloj, para qué su uso y cuál su función en esto de medir el tiempo, una tras otra, en secreto suman secuencias, permiten el uso de los números, objetos insensibles al ojo, para poner puntos y comas, tildes y diéresis en la niebla con la que el abecedario se deja rellenar el estómago de tiempo.

No le gusta el verbo soñar, se siente identificada con ‘dormir’, va diciendo duermo para reproducir el futuro deseado en imágenes de ahora, duermo en la tarde frente a la luz de la pantalla, afirmo sin haber sido preguntada, arriba, abajo, la cabeza se mueve tras diminutos dormidos. Duerme para esperarme junto al balcón de los que dormidos aceptan citas adentro de los párpados.

Yo cruzo la tarde apostando a los milagros laicos: la fuerza del cuerpo, la resistencia de la mente y el inexorable tiempo que despoja al día de las horas. Salgo a la calle con rostro de herradura, cincelada y martillada con el pulso de quien no conoce simetrías. No es una moda aceptada este descuido con el cual nada emociona para firmar una alegría troquelada. Doy pasos, ya es suficiente haber estado en los lugares que obliga el día, ahora, huyo por la noche como si hubiese sido presa de una pata alzada. Yo doy vuelta a la esquina, atravieso en línea recta hacia la casa en donde comprendo ante el espejo el grueso trabajar del herrero en mi cara.

Yo no sé las manos, cerradas o casualmente abiertas, apenas si las recuerdo ahora cuando el agua del grifo las limpia. Caminé sin darles forma de libro abierto o de bandera doblada sin oportunidad de izarse. Dentro de los bolsillos o en juego de péndulos en la lateral del cuerpo, no las noto, el cuerpo es una masa en movimiento, va, va, recorre los pasos dados en la ida ahora en la vuelta. El agua del grifo no destiñe, no roe, o agrieta la tela de carne que las forma, lo sé pero aún las siento harapientas.

La noche, decía el verso, se atraviesa a si misma, extiende en la mesa su mantel de picaduras, abre una cesta y convoca, más que sacar convoca, a los cansados para darles reposo, a los que arropan mundos que no existen en su día real los deja desabotonar la blusa nocturna para que beban del seno del sueño. A otros, los que riegan horas diurnas con su luz de faro los da sustento con una cena de rutas y vehículos para que sigan hambrientos de caminos.

Sepa usted desde ya que la palabra locura tan poco utilizada para referirse a quienes actúan de manera aceptada diariamente saliendo de su hogar para ir a un lugar llamada sitio de trabajo, esa palabra es la correcta para referirse a ello. Vea usted, despiertan sin estar conformes con el tiempo invertido en el descanso nocturno, se preparan para salir como si en cada minuto se les fuera la vida, la estatura, suponiendo que tuviese una medida, de su ropa corresponde con las expectativas de la norma obligada en su espacio de trabajo sin que realmente corresponda con su gusto por vestirse. Ha de haberse sorprendido al tratar de comprender a unos detrás de otros, no como hormigas, las hormigas no importan, estos que se dicen humanos con inteligencia repiten hábitos de seres que ellos consideran sin inteligencia, y seguro su sorpresa es mayor cuando los ve dentro de vehículos de transporte masivo arrimados como bultos insensibles, insensatos, que parecen invisibles porque apenas si se miran y se notan entre ellos.

Usted los ve ingresar a sus sitios de trabajo con angustia por el horario de llegada, unos minutos más y empiezan el día con angustia, parece como si esos minutos tarde se los quitaran luego del tiempo de vida, y en ese lugar donde están el día entero difícilmente alguien realiza una acción que tenga como propósito hacerlos felices, despertarles una alegría. Sin embargo van a diario, y la mayoría de sus voces están atadas a la queja, al fastidio, al no estar dispuestos a seguir pero hacerlo. Están cansados, no saben de qué o más bien han adquirido el hábito de la queja, de todo es con prisa, esto sin hablar del comodín que usan todos, “estrés” bonita palabra para cubrir con ella el fastidio que les produce empeñar sus esfuerzos en algo que no les compromete sus emociones positivas.

No hace falta que usted comprenda estas palabras, las acepte o las niegue, vea esto, quien las dice es alguien que después de vivir lo escrito en los dos párrafos anteriores sale a la calle a caminar con prisa por volver a un lugar cuya única certeza es servir de paso para recibir la noche y volver al siguiente día a repetir los pasos, y perdone el pleonasmo, a repetir los pasos repetidos, a repetir la locura.

Yo no veo inconveniente alguno en que usted sea una persona soberbia, presumida, orgullosa, desinteligente, atorada en la envidia, esencialmente egoísta, antipática, engreída, desproporcionada en sus opiniones y desconsiderada con los otros, en lo que encuentro un problema es que usted crea que sus opiniones deben importarme.

He vuelto, era inevitable, primero tracé líneas por entre los estantes, asigné diagonales a los pasos, giré sin danzas, escogí cuatro libros de poemas, cuatro autoras, me pareció necesario, no urgente, necesario, me aproximé al sofá de la librería, acomodé el cuerpo, distribuí el peso a mis anchas, di lugar entre mis manos a los libros, abrí dos, dejé las páginas abiertas, y me quedé dormido, sin soñar con ellas, pero con sus palabras en mis manos.

Ella, antes de irse, tomó su cuaderno de notas, y empezó a leerle las palabras que eran de uso diario en su boca, luego le dijo, quiero a alguien que tenga más palabras, si con tus palabras tuviese que construir el mundo sería muy poco lo que podría hacerse.

Me atravesó tu beso, desde entonces una noche crece en mis horas.

Pongo entre las letras de tu nombre una boca abierta a tus voces

Por entre las líneas de tus manos rueda una lluvia lenta hecha de borrón y cuenta nueva.

Ella me dijo, esta infidelidad contigo solo podemos llevarla entre letras. De todas maneras es superior lo que logra tu palabra para extasiarme.

Eran poemas inclinados sobre el ve                                      de una cuerda tejida entre gitanos; eso dijo ella sobre los poemas leídos en su cama la noche anterior, luego con un gesto abrió la carcajada, para decir luego, eran poemas sobre personas perseguidas por el nomadismo. Ante el asombro en mi rostro concluyó diciendo, son maneras de hablar, así como cuando tú en vez de poner “te amo”, pones, ruedo eterno hasta tu noche sin presumir inocencia, quiero sombra y ruido nocturno entre tus sábanas, quiero crepúsculo y ocaso diario en tus ojos.

Ante los paraguas, una agitación, una presunción de rito, las preguntas extendidas sin esperar respuesta, ¿por qué no puso la piel ante la lluvia, a qué gotas inesperadas le teme, otra mano tomó la propia, soñó despierto bajo este guante aéreo?

En el pasillo, uno tras otro, cada paraguas oculta la estatura del duelo que orquestó en el camino quien se cubrió bajo su tela. Hay uno, un paraguas solitario, y esa palabra le queda bien, solitario el paraguas conserva aún gotas fallidas, siente la tibieza empuñada de la mano, el ardor del viento cruzándose, pero no hubo camino onírico bajo su techo, el que lo empuñaba iba con prisa, no llevaba nada dentro que ofrecer a los sueños.

A veces, cuando la cordura la hería, tomaba el paraguas, lo abría, y sentada en la cama con el paraguas abierto leía poemas acerca de la lluvia. Siempre una humedad aparecía en su lugar, de llanto, de orgasmo, del vaso de agua, del café, de las letras servidas. Luego, después de un retazo de mañana trazado por su lectura, iba hasta la cocina, dejaba el paraguas abierto y debajo de él los libros, no se recuperaba, no se recuperó nunca, seguía perdiéndose en una borrasca antigua de la que no salió bien librada la Atlántida.

Caminamos, sobra decir que juntos pero me gusta decirlo, caminamos juntos hasta la panadería, pedimos un café, esperamos que la bolsa estuviese llena con el pan del desayuno. Ella insistía, el paraguas es un pedazo de noche que nos regalan para poner bajo él nuestras propias estrellas, y un niño que pasó a nuestro lado nos dijo, es un pulpo alado al que le cosieron las alas para evitar su vuelo.

Su noche, un lugar diminuto, todo convertido en una porción, añora la lluvia, el gorjeo en el viento, el tiritar sobre su piel. Sigue ahí, en el rincón cerrado, sin motivo de exaltación, encorvando su aspiración, días de lluvia, menos días de sol. Una mano lo levanta, no escucha las gotas, hay demasiada luz, su voz extrema el grito, deja de ser una porción, su delgadez se abre, solo para ocultar la luz solar.

Ninguna desnudez bajo su forma,
aunque el viento pone empeño en levantarla,
como un arpón se sostiene de la mano,
sin haber lanzado red o anzuelo al aire.
De su propia casa es el techo y el adentro,
bajo su canto no cae la lluvia,
y ella es la motivación de su existencia.
Cada gota usurpa el juego de los dardos,
tiembla sobre la tela, rueda y cae sin alcanzar los adentros.

Yo quise forjar una imagen única, imborrable de las líneas de su mano, entre ellas, en alguna punto, en algún resquicio de su destino podría haber un momento más para el reencuentro. No es frágil la memoria, es cruel y deshace lo ansiado, deja solo los verbos afilados en la piedra donde todo duele.

A veces temo a la lectura por el miedo a encontrarte narrada entre letras, también atravieso ese miedo porque me impongo buscarte, ya he sabido que pocas páginas pueden trazar la corteza de tu cuerpo. Someto el paso labial del ojo entre las líneas y leo con una pasión por el encuentro que no va a darse, por el temor de que aparezcas en el siguiente párrafo. Ayer mismo hablando con un viejo autor ya muerto, leía en sus narraciones, que como tú, el personaje narrado solo buscaba conocer todas las preguntas que tuviesen sentido para dar claridad a la vida, solo las preguntas, sin aceptar o querer una respuesta mínima a una de ellas. No temo a ti, temo a que en el encuentro me veas igual que antes como si el tiempo se me hubiera enquistado en el cuerpo para congelar mis modos, mis maneras y pensamientos. Otra manera de decirlo es que creas que soy el mismo, que lo creas porque al verme lo sospeches.

También lo dijeron los viejos del mismo modo en que concluyó el verso del poeta: es invisible la soledad, está asida al cuerpo como una sombra más.

El dibujante de la calle, el que se hace en la esquina a pintar los rostros de los transeuntes, el que recibe unos billetes y devuelve una imagen en papel, ese mismo me dijo, va a quedar incompleta, no tengo un color exacto para su soledad, y aún combinando los que tengo no lo lograré.

Los momentos de lectura de los libros en el sofá de la sala, el instante con la mirada tras el vidrio en la ventana que da al sur, la ocasión repetida esta noche con el café en la mesa, la mano rodeando el cuello hasta detenerse en el cabello, el paso perdido en el silencio al terminar una canción, la sonrisa goteada al ver un gato en un ventanal, y todo así, con pequeñas fugas que no rompen la soledad.

No podré hacer esto siempre, a veces seguiré las huellas de la huída anterior, o supondré incertidumbres para ocuparme en llenarlas, agitaré recuerdos entre cubos de hielo, pondré tatuajes en la tarde con hilo y croché, no, no podré hacer esto siempre, aunque pesa la soledad, todo lo lleva a lo alto donde no tengo el control.

Un prontuario de acumuladas fatigas se listan en la mirada interior y los ojos ocultan con tapices antiguos, con disfraces y cantos, el dolor que apenas se ve abreviado en una gota sin luz.

Hiladas las horas de noche son enumeradas por ojos sin hambre de sueño, pasan las nubes nocturnas y una luna de lana se detiene a medirse, la cama se aflige en la espera sin que pronto me atreva a enterarme de su sonido de sábanas, hay demasiado silencio en el cuarto, la luz de la lámpara se atreve a secretos, inmisericorde los lanza a mi rostro, vuelvo entonces a esta soledad fatigada.

Libro no te apagues, tus hojas no se incendian como el silencio al esperarla, repite tus letras, te doy mi diccionario, pero no mi voz que esta noche cruza entre anzuelos mi garganta.

Esta no es mi memoria,
en ella duele más el imaginario futuro
que las horas de luna pasadas.
Encuentro en ella especulación más que esperanza,
derrotas sin haber emprendido batallas, dolor sin herida aprendida.
Igual que con los vidrios sucios,
con esta memoria no puedo ver más allá,
del mugre que lo cubre, del dolor con el cual la he fundado.

Detrás del silencio una orquesta de intentos aprende una cartografía de notas, afina instrumentos, prepara las letras, y el do, re, mi, fa, solo se queda en eso, en la mirada izada hacia las nubes detenidas en celo, sin bogar agua, sin tomar partido por un punto cardinal.

Otra vez me quedo leyendo y olvido el café, ya fría la taza el aroma se pierde, noto la heladez, acepto la derrota y ofrezco un nuevo intento, en la cocina, otra vez preparar agua caliente, el polvo listo para usar, vuelvo a la sala, abro el libro, apago los sensores, los sentidos hasta cuando la nariz se resiente y otra vez la jarra de aluminio se quema por unos minutos de más.

Las ventanas abiertas, incluso la puerta, el aire sin nubes atraviesa la sala, el pasillo, no se detiene a observar las ventanas, no se ufana de ver los secretos recogidos en las sábanas sin tender, pasa, viene con ruidos aprendidos de la calle y los autos, se va llevando poco a poco el aroma a quemado, a otra vez me quedé sin café.

Queda el olor en la madera que da lugar a las puertas, en la tela usada y nombrada camisa. Giro bisagras, doy vuelta a la forma apropiada para ventanas que duerman, el frío se quiebra y aparece una tibieza quemada, el olor deja su piel en el aire, la cocina herida, la jarra quemada en el lavaplatos espera.

Me ofrece colores y papeles en blanco, los deja en la mesa, me pide dibujar el amor o la soledad, yo, sin muchas propuestas empiezo por ordenar los lápices siguiendo el alfabeto, luego, comprada del inconsciente, la única idea que aparece en mi mente, un par de cartas de naipe, un par de dados, el cuatro de corazones, el cuatro de tréboles, y los dados con el mismo número en cada cara del cubo, cuando me pregunta le digo, la soledad siempre será igual, el amor aceptará medirse en cifras de buena suerte, en corazones del mismo color.

Espera
Sin afán
Todo está consumado.
Espera
Sin prisa
Tiene todo el tiempo.
Ambos
Se recorren internos
Desconocen el final del camino
Esperan,
Son su propio destino.

Sobre la mesa, la carta abierta,
el ojo entrenado, mira menú tras menú,
lee el hambre y escoge,
una suerte de recuerdo de infancia,
el plato sabe a madre en la cocina,
a hermanos alrededor del comedor de la casa.

Atiende a las mesas,
no enumera ni suma sus pasos,
ofrece una carta de nombres,
un apetito abierto le responde,
digo, sopa y carne, jugo y pan,
insisto en verla, repito miradas,
un traspié, descubre mis ojos en sus pasos,
nota la cercanía óptica en su cuerpo,
el apetito es otro, miro hacia la mesa,
repaso la vergüenza, me sonrojo.

Fiero el tenedor,
expone la pieza de caza,
el cuchillo afila sin medida,
pulso firme, carne cortada,
pasa la timidez, la mujer,
la que viene a las mesas,
hace acopio de todas sus fuerzas,
está obligada, las opciones fueron pocas,
vegetariana sin esfuerzo,
torturada en un restaurante de carnes.

Afuera una lengua de viento,
el silencio ausente adentro,
conversación y charla: lo mismo,
tú, sí, yo no, tú, no, yo también,
claro, tampoco, la más, la menos,
entre el cuerpo del plato,
la delgadez de los cubiertos,
sonidos ignorados,
conversaciones secretas en público.
Escucho, me escuchan,
pronto olvidé lo que dije,
dijeron algo, narraron, contaron,
ya no me importa, salgo
afuera el viento apaga mi lengua.

Sonrió antes de mostrar en siete de los libros que yo había juntado en la mesa al lado de la cama, manchas de café en cada uno de ellos, la circunferencia de la taza horneada perfecta entre páginas. Me dijo, son marcas simétricas, todas en la hoja doce de cada libro. La curiosidad nos hizo mirar más libros y confirmamos eso como una teoría del azar, no encontré una manera de explicarlo, solo pensé en el azar y ella en la intuición del inconsciente. Nos cansamos y fuimos a la cama sin más opción que olvidar.

Entonces le digo a la mujer, en esta servilleta ya durmieron los ojos arados de una soledad, mira, se nota en la estirada textura, en el borde preciso y la forma en que acepta el aire que desde la calle llega a la mesa. La mujer quiere ignorar mi observación, aún así me responde, quizá su soledad vino acá antes que usted, ella lo estaba esperando para almorzar.

Ante el espejo enfrento a la cuchilla, pongo gel en la mano, al instante siguiente al llevarla al rostro se convierte en espuma, ya antes había cruzado con agua caliente, quijada y mejillas, y el instrumento se extasia, la mano propicia el encuentro, una línea se extiende, cambia la portada del rostro, la barba no está.

Ella me dice, en días así, las nubes pronuncian la lluvia con tildes de sexo y yo vuelvo aquí por ti.

Varios relojes en mi casa marcan horas distintas, una distancia de días los diferencia, unos retazos de mí cubren minutos y horas, unos retazos que dejaste en la primera hora del reloj que cayó detenido cuando te marchaste.

Cada noche la muerte durmió a su lado, se aseguró de verlo despierto al siguiente día, hasta que un día, para siempre, lo dejó seguir dormido

Llena de luz, así es mi vida, pero para qué tanto fulgor si en tus ojos no resplandece mi existencia.

Ya estamos muertos.
Alguien sueña con nosotros.

Miedo, período ártico al que caigo continuo. Sustantivo con intenciones verbales; atar, congelar, temer, caer, quebrar, agrietar, herir, morir.

Ves más a lo que temes.
Fabulas con mayor claridad sobre ello.
Son monstruos de humo
De hielo y fuego
El imaginario te mata,
Te duele.

Compras un reloj y te haces su esclavo o él se vuelve tu dios; algo así dice el poema de Cortázar. Ahora, cuando sumo el tiempo y miro el uso que doy a las horas del reloj viendo la pantalla del celular y tecleando textos cortos sin oportunidad ortográfica, es ahora cuando creo que algo peor ocurre, además de la tartamuda idiotez de las palabras mal escritas, de la desconexión de la mirada de quien está presente, creo firmemente que la esclavitud es superior a la del reloj, y ya no es un dios, sino la tiranía de un diablo.

Usted no sabe la estatura que alcanza mi locura para mantener un nivel de misericordia mínima conmigo mismo, léase, es de tal extremo la cordura exigida por los días de trabajo que apenas si deja espacio para el reconocimiento del ser humano al que le quiebro la posibilidad del desparpajo.

Me gusta la certeza científica de quienes exponen teorías y soportan con su ciencia lo que dicen, me hace mucha gracia verlos, ellos no han notado que todo puede ser cierto y exacto porque ocurre en un sueño en el que todo se acomoda para ser armado y evitar que el soñador se despierte.

Sé apenas algunas cosas, mínimas por cierto, por ejemplo, no tengo certeza de estar perdido, dudo mucho de estarlo ya que no veo otro lugar en el que pudiera estar, además, dudo de estar en el lugar adecuado, encuentro muchas dudas que me impulsan a quedarme quieto, cosa que da una buena impresión ya que dudo más de mi intuición. . Ahora mismo, no reconozco dolor alguno, sin embargo, me acompaña una luna quebrada en los ojos, un río inundando su nacimiento, y de eso tampoco me siento seguro.

Ella, en una bolsa tejida con corteza de árboles, lleva todos sus lunares, y dependiendo del entusiasmo del momento los riega al azar sobre su cuerpo o los pone en línea recta desde su sonrisa hasta su silencio.

Los que duermen están sepultados en el aire, su tumba es impenetrable, no se puede atravesar el viento con cruces de sueño.

Estoy en tu mirada desviada en el espejo, en el ruido de tus pasos, en el asombro encumbrado en tus pestañas, estoy en las manos que tu cuerpo desaparece en el agua.

Irreparable e irreemplazable, palabras para dar nombre a algunas bocas

El único altar es la cama, el dios es el sueño, la muerte, esta vida

Estamos demasiado cansados para la muerte.

Este que soy, habla por todos los que fui, sin que yo lo note, también lleva en sus gestos todo lo que considero olvidado.

En tus ojos, la vía láctea, el sol y más. En tu voz, el planeta oceánico, el río, el mar. Tus ojos porque me ven, tú voz porque la escucho.
¿Tus oídos, tu boca y tu piel?
Allí no sé, solo mis imaginarios, pérdidas negadas por el silencio.

Cuando digo “tu corazón” me refiero a una ciudad dentro de ti, cuando digo “tu alma” es a un mar junto a esa ciudad, así de pequeñas historias mías quiero llenar las calles y sobre las olas navegar con barcos o sentarme en los puerto a ver al sol cerrarse en el mar.

No te esperé más, ya no sé la hora, no recuerdo el lugar, era un encuentro en mi memoria, era un espacio para las urgencias, allí emergió una canción, un mar, un vecindario, un bosque, algo indefinible. Ahí está el olvido de la espera, mi memoria frágil recoge otros aniversarios, conmemora otras horas, esta no

Harto de buscar el abecedario de tus palabras, dejé caer por la ventana, antes de la lluvia, las pocas vocales y consonantes que aprendí, así se fue tu lenguaje de mis páginas, bien o mal leídas, bien o mal escritas, un torrente de gotas se tragó la tinta y despedazó las palabras que hablaron de ti. Hay una premonición constante en el lenguaje, del tuyo comprendí el oracionario para la negación, el apego a la forma y al rito, no a la imagen y al ritmo, del tuyo entendí que un cercenamiento constante puede producirse al hablar.

La ciudad se apaga cuando mis ojos se cierran, queda enterrada en la luz, cáliz de sol o hielo de lámparas, da igual. Juega una partida desigual con el sonido, el silencio le viene bien pero todo lo que la llena está inflado de ruido. Aunque se habla de música y de fervor industrial, ningún canto se oye, ninguna máquina es héroe de acero, solo bocanadas constantes desprendiendo tufo ruidoso que apaga lo quiere ser escuchado, lo que los oídos esperan oír. La ciudad se enciende en el primer parpadeo, es otra vez, el mismo huraño lugar en donde todos presienten la muerte y le huyen yendo de uno a otro lugar.

A vuelo de página el pájaro encoge sus alas y expone sus plumas para hilar canto de letras que vuelan con él.

Ella dijo, quiero ser nombrada en deseos, aunque secretos, deseos al fin.

Ella dijo, tú no, si eres un personaje novelado, poco inspirado y muy malo es tu narrador, eres como esas novelas que nunca terminan de leerse, una de esas que a no son regaladas porque incluso sería un mal objeto de regalo.

Ella dijo, yo moriré una tarde para que sea noche al fin.

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