Desprendimientos para tu silencio

Ante la parca, sordo a su latido, el hombre, después de haber subido por la escalera los siete pisos hasta mi apartamento, dice, estoy muy cansado para eso, tú no hiles, no devanes más, corta ya el presuntuoso hilo.

Tengo miedo, lo sé, pero soy superior a él. Si me ves temblando, es que me estoy sacudiendo, no temblando realmente. Este miedo quiere parecerse al frío, así se camufla para hacerme creer que es parte del paisaje, del clima, pero no es así, y no estoy temblando, solo me estoy sacudiendo para desprenderme de él

Cosas que dicen en la cafetería: es cierto, todos nos acercamos a la muerte, pero vea usted, usted lo hace como si fueran a quebrarle los huesos, que mal humor y que poca alegría, en cambio yo voy a la muerte alegre como si fuese a una fiesta, como si supiera que allá la felicidad es eterna.

Yo vine porque un eclipse de ojos me aproximó a tus pestañas recién caídas, y te vi con ojos de sueño un instante, no observé la esfera cubierta por tu párpado, cerré mis ojos para imitar los tuyos, luego, creo yo no los abrí y lo que ha seguido desde entonces es que te sueño con los ojos cerrados

El espejo insiste en verse en tus ojos, eso, en llenar tu pupila con tu propia imagen, es su manera de amarte, llenarse de ti para que tú veas toda tu belleza; un poco así te amo.

Soy la lengua aérea que dio por finalizada su vida al besar tus pies después de ser espiral y línea recta, humedad y calor en tu piel

Ella pregunta, ¿Qué harás si me enamoro de ti? Respondo, celebrarlo. Ella entonces se va riendo y dice, vuelvo luego, cuando vuelve me dice, eres muy tímido con tus celebraciones, quiero verte celebrando.

Y me dice, aunque mi felicidad depende solo de mí, sé que tú harás todo lo posible por verme feliz; no te amo por eso, sin embargo, eso me da confianza para expresarte lo que siento.

Ella me dice, solo me eres infiel cuando no reclamas tu cosecha, ve y reclama los frutos, tú siembras, cultivas y cuidas, la fidelidad que quiero de ti es la que reclama los frutos de tu siembra.

La casa se levanta, da un bostezo, y pone sus ventanas abiertas dispuestas a la luz del día. Así se va levantando desde la noche, así se va quitando el vestido oscuro, una suavidad de sombra le va desapareciendo mientras se peina el techo con el peine solar con el que la recibe el día.

¿Para qué la oración y su milagro si no es tu boca donde se oye pronunciada?
¿Para qué el timbre exacto, la tonada y el fino acento del canto si no son tus oídos el lugar donde se anida?
¿Para qué el aire en arduo y ágil viaje, para qué sus cardinales viajes si no es tu falda la que arrebata hacia el cielo?
¿Para qué la red de gigas de amplio espectro y uso extenso si los medios no llegan a la electrónica movilidad que te conecta?
¿Para qué el grito atómico en la luz que niega a la noche, para qué si solo quiero motivar la luz sobre tu rostro, para qué si a él no llega?
¿Para qué las manos y su conocimiento milenario del erotismo iniciado por caricias, para qué si tu piel, dónde está tu piel?
¿Para qué seguir, para qué la muerte si en ella no se encuentra la certeza de encontrarte?
Ella, responde, para que tus dudas sean el motor que te impulse a buscarme en todo momento.

Yo le digo, mira la luna. Ella responde, yo la llevo en mis ojos porque la vi en tus pupilas.

Así que de esto se trata la soledad.
Aceptó arpones y anzuelos
Comprendió la luz metálica
que caía tras la lluvia

Su orate de cabecera le advertía,
Irá en zepelin, cada fragmento de tu voz.
Tú, te sentirás entero cuando los dirigibles,
Traigan a ti, nuevamente, fragmento y rotura,
Hasta que puedas enunciar todos los nombres
Que niegan ser cosecha de tu boca.

Imagina una sociedad en donde los matrimonios son sorpresa, una mujer y/o un hombre van a la iglesia, y sin saber quién es se casa con la persona que le toque en suerte

Para no rendirme he puesto tu beso en el altar del triunfo.

Tengo nada;
posesión alguna me precede o espera.
Propio, si es que insistes en enumerar propiedades,
Mías son algunas, pocas, combinaciones promovidas en palabras,
También, si es que el deseo puede poseerse,
Y sé con dolor interno no le pertenece a nadie,
Son míos, como de otros que te miran,
Mi deseo por el beso previo a tu día, previo a tu noche,
La propia misericordia por mí que conoce de tus negaciones,
Quizá tu no intenso repetido, ese sea la nada que tengo

El astronauta da pasos sobre la luna, cruza un cráter, se niega a creer lo que ve desde dentro de su casco oficial, un nombre, letras uniformes sobre la superficie; la expresión de una furia onírica, tu nombre agrupado en líneas sobre el satélite, en el otro lado de su cara abismal

Un instante, una gota de luz, un ya, y tu nombre recorre dos vías lácteas, dos giros y tres cuartos más para destejar con un bramido volcánico el horizonte seco de la luna.

Cruza desadjetivado tu nombre, aéreo, por entre cuatro vocales, sopla doce vientos, trae los meses del año, y en la esquina, en la otra esquina, cae lluvioso de semillas para que yo lo repita en cada parpadeo.

Calendarios unicelulares esperan el día treinta, es el día de su fin, no serán nombrados en el mañana de nadie, pasarán, por el ojo de una aguja, con el camello y días llenos de oro, porque el pasado, el pasado todo lo soporta, nadie lo escribió antes, lo escriben ahora los que ganaron y la memoria de los difuntos a nadie le importa.

La luz lunar, lo sabe, un aire inexistente cubre su origen, así está ella, todas las ciencias ocultas le confirman, está en él para pensarme, su lugar de fuga es ese beso que él le da, y su lugar de origen soy yo que le clavo dos palabras desde encima de su día y su noche.

La gitana me dice, después de ver mi mano abierta, tienes tantos corazones como amores te faltan.

La otra, ante el reclamo, le dice, a mí no me abandonará, aquí no ha venido nunca, soy un pasaporte, una visa, para ir y volver, claro, a ti no puede volver, eso lo sabes bien, a ti te abandonó, yo solo soy una escala, una nota musical que dura un baile, una danza más.

A cada uno le dan la muerte que le toca. Muerte austera, tragas y suspiras, no das tiempo de nada.

Ella me dijo, me gusta tu verso, y yo dije, eso es suficiente para mí, no escribo más.

Enojada, se levanta de la cama y va al baño, dice, me debes dos orgasmos, este año apenas vine cuatro veces.

Ella se despierta enojada, pregunto sobre ello, responde que es culpa de su sueño y lo narra: soñé que era la vía láctea y todos pensaban de mí como si tuviera una ubre para ser expropiada por ellos.

Usted tan orilla y yo tan borde, estamos condenados al encuentro.

Ella se niega a mi beso y yo fecundo una espera.

Un inventario de promesas se adelgaza en la bodega donde la contabilidad no se abre más para sumar o restar olvidos, allí están mis propósitos contigo.

Como un botón cobrado en la batalla de hilos y agujas, así he sentido yo esta victoria, no he traído trofeos o tomado para mí puertos, no sé de banderas o profanaciones. Al victorioso le hace falta y siente un vacío superior porque tú me conmemoras en todos tus actos.

Llama a casa para decirme, yo al igual que tú prefiero el arte clásico y el amor eterno, me son indiferentes las puestas en escena del arte conceptual, la sexualidad mediática forjada en las escenas de cine y televisión. Yo te amo para ya, para mañana y también para después, para y conmigo siempre, sin que haya lugar en nuestro cuerpo para otros.

Hablando con una amiga que estudia ingeniería, me preguntó para qué me han servido las integrales, ecuaciones, derivadas, logaritmos y límites en mi trabajo, y en modo broma solo se me ocurrió decirle, pues, integrarme bien con los compañeros, para derivar en un excelente equipo de trabajo de manera que todos pongamos hasta el límite de nuestra disposición por hacer lo mejor siempre, también para que las personas encuentren el valor propio que tienen y lo necesarios que son para que la ecuación esté completa.

Cosas que escucho en la cafetería: no lo envidies, él potencia en mí toda la frigidez que se mantenía en calma.

La vecina vuelve a traer café, me dice, te vi cuando subías las escaleras, otra vez andas con la soledad averiada.

Le puso la mano en la cara y lo despidió con un beso, solo después en el auto sentiría lo extraño de ese movimiento, la mano en la cara lo alejaba y aún así le extendía la boca para besarlo. Sintió que llovería pronto y activó el limpia parabrisas, solo para verificar su funcionamiento, volvió a traer la imagen de su mano abierta sobre su mejilla, el impulso firme desplazándola, luego la contención, y la boca aproximándose a la suya. Percibió una gota de lluvia en la ventana a su izquierda, un impulso le hizo tocar las gafas, quiso limpiarlas, rio sola dentro del auto, los lentes estaban limpios y sin humedad o gotas, solo era el auto el que se mojaría completamente.

El móvil vibró en el bolso, después empezó a sonar, el sonido de una canción con la cual identificaba sus llamadas, no quiso contestar. Unos segundos después vio un mensaje de texto, respondió indicando que llovía y conducía al mismo tiempo, necesitaba toda la concentración para hacerlo bien. Un “ok” vino después pero no lo vio, el teléfono había vuelto al bolso. Actuó por instinto, tocó el radio, escogió una estación de radio, tarareo la canción, adelante un semáforo se ponía en rojo, frenó suavemente, puso su atención a una mujer con cojera pasando la calle, se rio, y pensó en que reía de sí misma, la cojera se debía a que el tacón del zapato izquierdo había desaparecido, creyó con firmeza en hacer lo mismo en una situación similar.

El semáforo no cambió a amarillo o verde, se mantuvo en rojo más tiempo del acostumbrado, los autos de la otra vía seguían veloces igual que la lluvia, unos instantes después lo entendió, cruzaron primero las motocicletas de los escoltas, luego autos negros y grandes, un desconocido con importancia de emperador, así lo dijo y no pensó siquiera en el poco sentido de la frase. El teléfono volvió a sonar, no se interesó en saber quién llamaba, cambio de radio a música de la memoria conectada al radio, empezó a sonar, “you look like rain” y se olvidó de la calle, de los autos, del rostro y la mano, se quedó con la lluvia hasta que alguien vino a tocar en la ventana para preguntar si le había pasado algo al auto, dijo, no, al auto nada, a mí sí.

Cuando digo, eres mi inspiración, no me refiero a que seas la motivación de mis pequeñas apariciones en mi afición literaria, digo realmente, no existes en mí y eso duele, a veces pareces asomada en mi día pero es solo un instante, aún así, te espero siempre.

El editor, después de haber leído mis textos, solo me dijo, usted no tiene vocación literaria, usted solo tiene una herida en el alma, y como ha de saber, las almas no pueden ser heridas.

Ella me dice, pon tu oído entre mis piernas, quiero que escuches mi sexo, a veces siento voces dentro, escúchalas y luego comparamos si es lo mismo que yo escucho.

Ella dice, está bien, te beso pero debes darme tu noche, y yo acepto sin creer que ahora solo tendría un cielo lechoso al que no le aparecen las estrellas.

Nos dijeron que estaba prohibida la comercialización de leche cruda, después de eso decidimos hacer el club de los mamadores de ubres, fue así como empezó todo, ya luego nos decidimos a comprar la granja, incluídas las tres vacas y la ternera, a las cuales cada fin de semana íbamos a chuparles las tetas, no sabíamos nada de la afición de la vecina por hacer fotografías y enviarlas a los periódicos.

Sabes algo, algunos no deberían morir, no hace falta que lo hagan, ya lo están, y no pasa por ellos mismos, ocurre porque a cada ser humano le corresponde un árbol, van juntos por la vida, árbol y humano, cuando el árbol que les toca en compañía es cortado, estos humanos van por ahí sin saber que ya han muerto.

Mi amiga dice, te deseo sexo y ocio en modos que te permitan ser y soñarte todo el tiempo.

Esta noche era un día muy claro, me veías desde tus ojos de mascota, y yo, tan inerte ante tu boca mustia me quedaba herido de países, atravesado por fronteras, eso fronteras para ser yo mismo para expandirme entero.

Ella le dice: Tu boca no me contiene aunque sea la única que me besa, tu sexo no es mi frontera aún siendo mi único instante de éxtasis; míralo a él, me concluye, en su distancia me encuentro, dentro y fuera de él mi imperfección me conmueve, es en él donde me soy y me sé completa. Estás perdido si compites con él.

El amor es una línea imaginaria que nos une, por eso paralelos y meridianos nos juntan

¿Quién eres tú para juzgarme?
Simple mortal,
yo vengo de la lluvia.
No me juzgues,
antes de ti fui la nube y el río,
el unicelular instante de la vida.
¿Quién eres tú para juzgarte?
No recuerdas esto,
Los días de savia y clorofila,
Eras, eres, el principio, el fin,
El lugar exacto de la vida.

¿Quién eres tú para juzgarme?
Simple mortal,
yo vengo de la lluvia.
No me juzgues,
antes de ti fui la nube y el río,
el unicelular instante de la vida.
¿Quién eres tú para juzgarte?
No recuerdas esto,
Los días de savia y clorofila,
Eras, eres, el principio, el fin,
El lugar exacto de la vida.

En un lugar solitario se habían citado dos memorias, ambas llegaron a tiempo y se sentaron una junto a la otra, compartieron la mesa y pidieron algo para comer que ninguna de las dos recuerda porque justo habían pedido juntarse para entregarse al olvido.

El amor, como la memoria, es esquivo, a veces su persistencia es eterna, a veces se pierde y vuelve en cualquier momento. El sexo, como la venganza, algunos y algunas lo toman con mano propia.

El policía tomó la carta y empezó a leerla en voz alta, fue así que entendió como los tres nos habíamos ido a los golpes, yo tenía un morado en el ojo derecho, el hombre del café había recibido una fuerte patada en una pierna, una señora que apoya en actividades de seguridad en el centro comercial, no estaba maltratada pero era culpable de habernos golpeado a los dos hombres. Los tres habíamos discutido por ser el propietario y destinatario de la carta que alguien dejó en la mesa, una carta de amor, los tres después de haberla leído queríamos y deseamos hubiese sido escrito para cada uno. El policía quiso irse sin proponer solución alguna, fue entonces cuando los tres caímos sobre él, esa carta nos pertenecía a cada uno de nosotros, no podría ser de otro jamás

Le pedimos a la noche un día y lo parió para nosotros en la madrugada.

Hoy es un día cualquiera, este es algún lugar, yo soy un mengano más, el aire se enlaguna sobre prontitudes del que va, del que ya no fue, del que no será. La lluvia no cae torrentosa, teme a su propia intemperie; llovizna, a una cruzada de dóciles gotas, las mama el viento de una ubre nubilosa. El impar jubiloso ve pasar al uno y al mismo número airoso en el otro género, unos y unas, solitarias diligentes aprendieron la rutina, tragaran solitaria vejez, se ocuparán de ello en la tarde-noche de la vida. Árboles sin nombre, sin camaleónica actitud pasan desapercibidos, esta ciudad de ciegos solo ve a la masa, no quiere apropiarse de los nombres, todos, un cualquiera, todas una más, un anonimato asesino cubre este cualquier lugar

La memoria es desconsiderada, mucho bien me haría en convertirse en olvido

Esta vez la casualidad juega de mi parte, parece que los dados lanzados por el sol al comienzo del día se pusieron de mi parte, en la junta a la que debo asistir me ha tocado por suerte un lugar junto a la más bella.

Ante la inevitable ausencia es inútil la espera; aplácese hasta nuevo afán por la caza.

Ante el poeta, en la punta más alta de la torre, viendo que se eleva en la escalera hasta el más alto peldaño, el niño le pregunta, ¿Por qué tratas de tocar el cielo?, sin quisiera mirarlo le responde, a este cielo en calma le hace falta una grieta por donde se fugue mi ansia desértica

En un sitio público, por casualidad se encuentra una pareja, ante lo sorpresivo del encuentro no tienen preguntas preparadas ni esperan respuestas, luego del saludo apropiado y las cuestiones básicas que para estos momentos se recomienda, ella lo mira y se atreve a poner en el aire una inquietud que le entró delgada por el ego y salió por la boca de la imprudencia, «me amabas y prometiste amarme toda la vida, ¿cumples aún tu promesa?» El hombre, tras una sonrisa pone en movimiento la respuesta, «en otras, en muchas otras que vinieron para dar cuerpo a la promesa cumplida»

El hombre vende noches sin bruma, eso mencionó el vendedor ambulante que se subió al auto bus, noches sin bruma para que la sombra sea afuera, no dentro, estas noches ponen dentro del que las compra una soledad que se consume a sí misma para que el comprador satisfaga la necesidad humana de creer en la desaparición de la nada. No vendió uno solo de su producto, habló de ofertas, no tuvo oídos para su venta, en cambio por azar dejó caer dos, yo las recogí y sin prevención alguna, dejé una para ti en mi almohada y puse la otra en la ventana de tu cuarto.

Tú pez, yo río.
Tú mar, yo cordillera.
Tú aguja en la punta de la ola.
Yo línea en paralelo a la tierra.
Tú suma salina,
yo cuenta ascendente.

Tenias veintitrés, yo como tú estaba en la universidad, cada tanto en tu casa podíamos ampliar el espectro de nuestras caricias. Debajo de tu falda olías a sexo, lo recuerdo siempre que veo los maniquís vestidos de falda o vestido en los almacenes, a veces una erección acompaña el recuerdo. Tenía veinticuatro, no había sido brillante en la academia, tampoco en otra cosa, menos podría decir cosas buenas sobre mi aspecto físico, solo fue suerte que estuviéramos juntos. Llovía y nos quedamos bebiendo en el apartamento de una de tus amigas, era apenas la media tarde, se te fregó el juicio, y así averiada por el alcohol te acompañé a tu casa, no había nadie. No soy capaz de recordar cada detalle, puede que hay empezado a inventarlos, mi memoria está hecha de mitos.

Querías y creías, como lo decían en tu iglesia que una mujer y un hombre se unen para toda la vida, de ahí también tu creencia en que los pantalones eran para los hombres. Al año cumplido de noviazgo fue cuando me entró todo el miedo posible, estabas con prisa por preparar una boda, la nuestra, yo supe entonces que el miedo al compromiso existe como enfermedad y yo la padecía en estado crónico. Mi papá se apuntó a la fiesta, él quería verme casado, yo pensaba en mi mamá, ella me hubiera defendido, pero no estaba, y no iba a estar aunque yo lo quisiera.

Olías a sexo, eso parecía excitarme con perjuicio de mí mismo, igual ahora, estás ahí tan bien puesta junto a la ventana de la vitrina en ese almacén, con una falda que mide centímetros abajo de tu rodilla, y yo me tocó la nariz, primero eso, para desconectar el aroma imaginado entre tus piernas, y me acomodo el pantalón con la mano dentro del bolsillo.

He urgido a mi memoria unas palabras para anunciar tu presencia en algún espacio entre mis conexiones neuronales, sin embargo ninguna palabra te sienta, todas las que reconozco en este instante son tan de diccionario, hechas apenas para ser mencionadas por el que busca la letra correcta, ‘c’ o ‘s’, ‘b’ o ‘v’, o cosas de esas como saber si es adjetivo o sustantivo. Quisiera estar más distraído y ver aparecer un trazo simple con vocales sugestivas y consonantes del mismo tono, no pasa así, se me ocurren apenas, «me gustas sin esa distancia que pones para evitar tu obligación de negarte», también, «estás macizada en el calor de mi anhelo», o, «juguemos a medir cuantos besos caben en un instante»

Pones tu pie en el pedal de la bicicleta y el impulso levanta tu cuerpo, mueves tu otra pierna y cientos de años de evolución sin que lo sepas llevan a tu cuerpo al equilibrio. Un dúo perfecto, la perfección existe entre tú y la cicla. Adelante, el pedaleo te lleva, sumas giros alados, las ruedas te siguen, danzan para ti, te siguen.

Miras, hipotéticamente, dentro de tu silencio y te encuentras escondida en él, ataviada de una férrea defensa. Al verte no sabes a qué temes, si al ataque impetuoso con el cual propinarías un intento amoroso a mí, que te gusto felizmente sin que quieras concederte, o si temes, al contrario, a mis inefectivas armas con las que quiero superar el borde de indiferencia de tu mirada oculta tras tu silencio, en el que miras ahora y piensas en darle vuelta como a una bolsa que tiene dos colores, uno dentro, otro fuera.

Hace un tiempo, pusiste un beso en el aire, y una explosión de urgencias atraviesa el tiempo hasta venir a mi boca desprevenida.

Traigo sueño, no es lo mismo a estar somnoliento, el sueño lo traigo en las manos aunque no siento su peso o volumen. El movimiento de los dedos lo permea y la palma le da forma al cerrarse o abrirse. A veces sin notarlo pongo mis manos en la cara, para rascarme, para tocarla sin motivo, ahora he tenido que evitarlo, se me ocurre que al llevarlas a mi rostro me contagie del sueño que traigo en las manos, y lo traje, como sabes, de tus ojos anoche cuando desvelada me regalabas horas de tu sueño

Volviste para llenar la nevera con tus libros, insistes en que usarla solo para la fruta es demasiado, así, pusiste en una cesta las frutas, pocas realmente, desconectaste la energía y pusiste los libros que cupieron con la idea de que se conserven, como muchas cosas que se guardan para conservarse pero nunca se usan. Mi reclamo no fue suficiente, yo leo, y con frecuencia me apego a largas horas de lectura. Tú sin hacer caso a mi voz vuelves y dices, «lee para parir los mundos que encuentras en las hojas, no solo para entretenerte», si no, pues seguirán conservándose sin uso, igual que ciertas cosas que se guardan sin uso.

Dícese de ver por encima del hombro, ese es el modo con el cual tiene la única aproximación conmigo, luego, pronto, más pronto que pronunciar la palabra, empieza a ignorarme, su mirada se distrae a propósito con los objetos cercanos, con las personas que aún ajenas a su círculo cercano están a una mirada, a un movimiento sin esfuerzo. Sus amigos llegan, ignorarme le es innecesario, de verdad copa toda su atención con ellos, yo sigo ahí, sin el afán de verla o seguirla, no hace falta, cada cierto tiempo ella me mira de soslayo, como quien debe una cita, y yo sabiendo esto y otras cosas, empiezo a poseerla del modo en que la sombra atraviesa lo que está a su paso porque la luz se pone de su lado para verla

Miras a la calle y el hombre que vive de caminar sin encontrar la nada en el asfalto aparece en tus ojos, es inexacto decirlo con las palabras anteriores, haré otro intento, el hombre se sujeta de tu mirada, es eso, él sin ser parte de tu mirada no existe, aunque encuentre la nada, no sirve sin tus ojos.

Nos escondimos dentro del violonchelo para hacer el amor, esta tarde, la dueña del instrumento tocó una melodía erótica sin saberlo.

Mi futuro era este libro hace un tiempo, ahora leído de tu boca, la realidad soy yo que te mira desde la hoja.

Ella me dice, yo estoy aquí solo cuando tú vienes. Si no vienes no estoy.

Ella me dice, yo tan sexual y tú tan errático, ¿salimos?

Ponerse triste era fácil, compraba desazón al salir a la calle y volvía irritado y temeroso, luego la tristeza le colgaba en gotas por todo su sentimiento. Ponerse melancólico también, se poblaba de recuerdos, propios y ajenos, ofrecía cualquier cosa a cambio de escuchar historias antiguas con finales infelices, lleno de ello iba a su cama y se imagina en medio de una ventana que es atravesada por un tren.

Le pidieron ser alegre y se descompuso, no sabía de dónde o cómo recoger algo, no supo antes de qué trataba la alegría, estuvo buscando uno y otro giro de vida lo empujaban a otro espacio, a otros actos se perdió y ya no importó si halló el objeto de su búsqueda, era feliz buscando y ya no le importaba la respuesta.

Una de las cosas para las que se pueden usar las redes sociales es para reconocer que a muchos la ortografía les importa muy poco.

Das pasos, los pasos diarios desde tu cama hasta el espejo del baño, antes de entrar el interruptor hace ‘clic’ y la luz artificial abre todo para ser observado desde tus ojos. Te inclinas hacia adelante, una cercanía necesaria para aproximarte al reflejo de tus ojos. Vuelves a pensar en la voz soñada diciéndote, “en el fondo de tu mirada nace mi sombra y pronto seré una noche con tu luz al otro lado de mi fuego”. Solo tus ojos y las formas de ellos que sin quedarse en tu memoria fotográfica reconoces como propios, eso ves, te asombra haber apreciado dudas, y más aún haberte aproximado al espejo para borrarlas. Devuelves tus pasos, no en un sentido exacto, te acomodas en el borde de tu cama y alargas tu brazo hasta el lugar en donde está el teléfono, la luz, otra, la del cuarto, con un lápiz invisible dibuja tu cuerpo sobre la sábana destendida, no te fijas mucho en ella, una segunda voz soñada te dijo, “editaré en lienzo elásticas letras con la prisa y el pudor con que tu sombra oculta la desnudez que lanza la luz hacia tu cama”.

El teléfono es exacto, marca el número grabado, y tú al escuchar la voz que te saluda, dices rápidamente, no llames al comienzo de mi sueño a leerme versos, en la noche te sueño real y me despierto ataviada de dudas a buscar poemas, los tuyos, en mi cuerpo

Tú recoges un dolor antiguo, una preñez abortada sin urgencia por los años, otra edad dices ahora, antes te hirió en donde más dolía, eso dices aun sabiendo que toda herida duele. Te sometes a tu propia risa, ríes al ver la palma abierta y creer que en las líneas se borró ese destino, superaste esos años de duelo interno, te sabías engañada y más que esa deslealtad te dolía la frustración al saber mancillada tu fe en el otro. Claro, tiene nombre propio y se llama como se llama, pero no importa, no ahora cuando tomas ese dolor y lo sabes superado, ahora una adultez lo cubre, es cierto, hubo frutos y una fuerza nacida de él con la que ahora dispones.

Sientes el aroma del café, eso te distrae de tus pensamientos, vas hasta la cocina y te sirves una taza que rápidamente pasa a tu mano, de pie frente a la ventana viendo hacia afuera, te gusta eso de “hacia afuera”, te burlas de ti misma y te respondes, “entonces mira para adentro como si estuvieras durmiendo”, te figuras como un monumento de mármol, estática, sin movimiento visible, el brazo doblado, la taza en la mano y el cuerpo vertical, con una pequeña curva en la espalda, es al notarlo que decides enderezarte.

Lo besas, un sentido y emocionado beso en la boca, te recibe igual, un beso entero entre los dos, sonríes, lo amas, conjugas para él el verbo amar en presente y futuro, para la primer y segunda persona gramatical, le dices. «te amo» y él sin ser tu eco responde igual, «te amo», y en algún lugar imaginado debe oírse, «nos amamos», eso mismo se oye conjugado en tiempo futuro. Te abraza, pone sus manos en lugares inapropiados y prohibidos para otros, no para él, le has abierto todas tus fugas, no le negaste nada, lo amas para toda la vida, vuelves a besarlo y él pone dientes a un beso sobre tu hombro, ¡error!, a tu memoria cae precipitado un poema, te mordía y era un susurro, mi poema se apropia de ti, ya no es su piel, son mis pequeñas palabras, él no te besa, es el acento de mi voz, y mi poema se traga tu orgasmo, lo toma para si, él sigue, tú no estás ahí porque perteneces a estas mis palabras que te nombran, amor.

Te clavas un horizonte entre los ojos y crees en él, en el horizonte, y dejas de pensar en todo excepto en ti, eso es perfecto, y me gusta tu perfección, pero yo que espero caigas en una grieta, en algún abismo donde puedas encontrarme, empiezo a sentirme solo, defraudado de mi fe en que el azar no apueste por mí para encontrarnos y seguir juntos.

Iré un rato a tu casa, y espero que ese rato sea suficiente para habitar el paisaje secreto de tu corazón.

Vas al lugar acostumbrado, pides una café, escoges una mesa, te acomodas en la silla que tiene vista a la calle, ves pasar a cuatro personas, no son padre madre e hijos, tal vez cuatro amigos, estudiantes, esa es tu presunción, los observas y pones nombre a cada uno, fácil, norte, este, oeste y sur. Un mosaico, como es un mosaico con ellos, los giras, una ruleta imaginada, el primero, el de la derecha va al sur, los del medio, este y norte, el de la izquierda va al oeste. Ahora con poco esfuerzo los mandas a viajar, en tren, avión, barco y auto, cada uno un tipo de transporte, también les das un estado civil, soltero, casado, separado y viudo. Todavía no hacen nada, solo los adjetivas. El celular vibra y hace ruido al hacerlo sobre la mesa, en la pantalla el rostro de mamá, tu madre llama. Te han puesto tarea, debes llevar unas pastillas para las plantas del jardín, abono, eso dijo, más químicos, eso piensas. Antes de colgar le preguntas que si ella pudiera escoger con quien viajar ya a dónde, qué escogería, ¿Al sur con un hombre viudo, al norte con uno soltero, al este con uno casado o al oeste con uno separado? Tu mamá no dice groserías, sin embargo, la respuesta que le dio podría caer en esa categoría.

Presientes ser espiada, levantas el café y bebes, sigue caliente, ni te quemas la lengua pero teliate que eso te ocurriera. Tu novio ha quedado en llegar temprano pero no lo hace, tú aprovechas para jugar a imaginar, te gustaría contarle, a él eso no le interesa, es de imaginación esterilizada, solo sabe de exactitud es, propósitos, proyectos, sumas, restas y resultados positivos. Aún dudas, no, no dudas, no lo amas, solo se te antoja una buena persona con quien salir, alguien a quien confundir con sus ideas que en nada están químicamente castradas. El celular vibra, piensas en mamá, no es ella, ahora es tu novio con un mensaje advirtiendo llegar tarde, respondes, «Ok, te espero». El hombre del café, el que lo prepara es quien ha estado mirándote, pones a funcionar tus defensas infantiles, eres tímida, te sonrojas, crees hacer estado hablando sola, repitiendo en palabras lo que imaginabas. Miras hacia el celular, escribes la misma pregunta que le hiciste a tu madre, cambias, en lugar de hombre pones mujer, tu novio, responde con brusquedad, él está tratando de salir de algo importante, te pide no interrumpir o tardará más en llegar.

Levantas el teléfono, me llamas, nos saludamos, te interesas por mi salud, escuchaste claramente la palabra migraña y le temes como a eso, me interrumpes, recomiendas medicina y dieta, luego, cuando terminas me trasladas la pregunta, yo te respondo, contigo, ellos están en tu imaginación, así viajo con todos.

Cumples la promesa diaria de verte en el espejo antes de ir a la cama, es el hábito más antiguo del que haces alarde contigo misma, estabas en el primer año de la escuela secundaria y una de tus maestras dijo algo como «se les pasa la vida y ni siquiera notan las arrugas que les aparecen», y te prometiste verte y notarlo. Una chispa de humor se cruza en tu boca, has pensado, «no tengo cara de bandida pero a veces hace falta para que no crean que todo el tiempo soy una santurrona»

Estás cansada y de algún modo asustada, más lo último, no sabes por qué, quizá el miedo pasó antes y ahora te queda el susto sin poder reconocer el origen. Continúas con los ojos cerrados, mueves los pies para evitar un línea de aire frío moviéndose desde la pared opuesta a tu cabeza. De las muchas recomendaciones recibidas para mejorar el ánimo piensas en una que tú también recomiendas, escuchar música a alto volumen, no podrás subirlo mucho porque es muy temprano y los vecinos se enojan, solo pondrás la música, para eso das un giro, buscas el reproductor de música y cuando estás dando “play” ves tus uñas, no hubieras querido pero ocurrió, ves la punta de los dedos convertidas en una masa transparente. Ahora sabes el origen, te asustas más, el reproductor empieza a sonar, el miedo se enfrenta a las notas musicales, tú le apuestas a las canciones de Bunbury, pronto sientes un líquido en las manos, un nacimiento.

La calle permanece rota y se ve fatigada desde la ventana de tu apartamento. Los autos aparentan una huelga descontentos por el frío que les hiere los vidrios y somete a húmedos tormentos sus asientos. Asomas tu rostro, con el cabello agrupado en una moña sobre tu cuello, dejas que tu aroma sea aprendido por el vidrio y te detienes simplemente para mover tu cabello hacia atrás. Buscas la ruta aprendida, tus pies no requieren medir la distancia entre los pasos, ya están marcadas tus huellas en el piso de tu cuarto.

Una sonrisa de complicidad en tu rostro es la premonición de que te meterás en la cama a buscar abrigo en la tibieza de las sábanas. Te lanzas como si enfrente de ti estuviera una pila de plumas, llegas con todo tu peso y sacudes las extremidades de la cama. Buscas el espacio preciso en el cual tu cuerpo logra acomodarse y todos tus músculos se dilatan al sentirse en reposo. Te dejas llevar por la idea de no hacer nada, dejarte llevar por los segundos sin preguntarte por sorpresas o cambios repentinos en la prisa con la cual debes hacer tus cosas.

Hay una canción en la radio que presentía este momento y decide aparecerse en tu oído para que divagues por los bosques del recuerdo trayendo a ti solo pequeñas imágenes en blanco y negro sin sonidos. Viene a ti un nombre y mientras te llega completo a la memoria has abrigado todo tu cuerpo para protegerlo del frío. Acomodas tu cabeza en la almohada, consumes el nombre y recuerdas unas poesías que te enviaron desde una cuenta de correo. Las buscas en la mesa junto a la cama, las habías pasado por la impresora, las pones en tus manos y empiezas a leerlas.

Las lees, sientes que alguien te acompaña, giras tu cuerpo, miras a tu lado y me ves ahí dibujando tu rostro en mis ojos. Parpadeas con fuerza y descubres que solo lo imaginaste. Sonríes. Decides releer los poemas. Vas a quedar dormida sin pensar en lo que tus ojos pretendían que veían.

Yo me desdibujé rápidamente y salí siendo la sombra de todos los objetos de tu cuarto. Fui por un instante de tu tiempo un recuerdo del mañana que se asoma a veces en las líneas de tus manos.

Tocas tu ombligo con la mano izquierda, levantas la blusa y llegas a tus senos, al tiempo vas pensando una y otra idea acerca del nombre con el cual esperas te pronuncie, crees que yo te diría, “amor”, o “cielo”, entonces dices, un poco en tono bajo, “cielo no me muerdas tanto”.

Das una vuelta a la mano, pones la palma abierta y en ella recoges tu mejilla izquierda, recuestas el cuerpo hacia el lateral izquierdo de tu cuerpo. Miras hacia la pantalla del computador y no encuentras algo que conmueva tu emoción. La luz de la pantalla se forma en letras que interpreta un mensaje, alguien dice feliz navidad y te esfuerzas por responder, lo mismo.

Yo solo quería besarla, pero ella me besó antes de decírselo.

Tu cuerpo extiende páginas blancas para mi escritura; tu cuerpo ofrece libros abiertos para mi lectura.

Abres la boca para morder, y antes de hacerlo pones la punta de la lengua en el dulce. Una gota de humedad brilla entre tus labios, y la mirada que te observa recoge una gota de éxtasis.

Habito en el deseo de penetrar hasta el lugar donde tu corazón guarda el deseo que te pertenece.

Cosas que dicen en la portería: contigo debí morir de amor, pero no estaba preparado para eso, ni para el amor, ni para la muerte.

Ella cruza la cama, literalmente da giros sobre las sábanas, yo no comprendo sus movimientos, y cuando se queda estática me dice, es un poco la vida, no hace falta ir de cacería, la presa no existe, el cazador tampoco, solo aprecia el encuentro, entonces, vuelve a su lugar junto a mi cuerpo.

La de la sonrisa extensa vuelve a llamar, habla, narra, cuenta, y cuando está en silencio solo me queda preguntarle, después de esta grieta por la que llegas a mi vida el mundo deja de ser mío, ahora solo estás tú, el mundo es lo que amo contigo.

Ella pone sus ojos en mi mirada, piensa, ofrecí mi desnudez a su mirada, lo tiene todo de mí, voy a negarme hasta cuando él diga, lo quiero todo.

Estoy nervioso, en algún momento antes del mediodía mis nervios se alteraron y aún en este instante se mantienen así, no sé reconocer el motivo, en cambio las sensaciones me son notorias a mi propia mirada. No están temblando las manos o las piernas, no tengo un tic en los ojos, de hecho en ninguna parte del cuerpo, pero siento frágiles los brazos y en los ojos una gota se anima a mostrarse. Te veo desde el lugar en donde puedo asomarme a espiarte, estás sentada tejiendo, una afición adquirida de una de tus abuelas, tejes la imagen de una pintura de un artista argentino, no es una tarea fácil, en esto llevas varios meses. Tu afición por tejer es diferente al de tu abuela, tú tejes para copiar pinturas, ella lo hacía para hacer adornos para los muebles de la casa.

Desazón, es quizá la palabra que más se aproxima a la alteración que siento. La ventana da espacio a mis ojos, me sostengo del borde y sigo viéndote sin que lo notes. Desde hace un par de semanas empezaste a usar la mesa del patio de la casa, dices recibir el sol y tejer al mismo tiempo, a veces repites que vas recogiendo sol para tejer con oro algunas líneas necesarias para copiar la pintura. Sigo con la desazón, tú continúas con el hilo y la aguja. El otro día te desnudaste, el calor pareció menguar tu resistencia, eso creí al comienzo, luego pensé en que esperabas broncear tu cuerpo, y cuando te pregunté me dijiste, es que necesitaba gotas de sudor en mi cintura para alcanzar el mismo tono de color que había en alguna parte del cuadro.

Miras hacia la ventana, me ves y haces un gesto con tu mano para pedirme baje a verte, voy, las escaleras son una barrera que debo superar, las piernas me tiemblan al bajar, me da temor incluso soportarme con los brazos, bajo uno y otro escalón, lloro al terminar, me limpio con la manga de la camisa, sudo como si hubiese corrido una maratón, doy pasos hasta el patio, llego a tu lado, y sin poder hacer algo, pones unos hilos en mis brazos, luego los pasas por mi rostro, y cuando nota mis dudas ante sus movimientos me dice, necesito hilos que hayan hurgado el miedo para terminar este fragmento de la pintura. El hilo recoge todo, vuelvo a sentir el cuerpo tranquilo, y el temor desaparece

Frágiles alas de mariposa, velas de barco sin rumbo, ¿a quién llevan, a dónde, para qué el viaje si va a terminar?

¿Ángeles alados?
¿Dónde los has visto?
No en mi cielo
Tú imaginación desborda mi universo.
¿Caballos con cuerno?
¿Caballos con alas?
No en mi creación.
Narras y tus palabras fecundan
¿Tigres blancos?
¿Delfines de río?
¿Rinocerontes negros?
¿Zampullín de Madagascar?
¿Leopardos nublosos?
Esos los obligaste a la extinción
Tu hacer destruye sin compasión

«A vos, a vos te surge natural la indiferencia» La frase le nació espontánea aunque el acento no le era propio. Ella no lo supo, estaban la distancia, un rumor de platos y cubiertos, los autos y sus pitos de la hora pico. Él no dijo esas palabras, solo las pensó, habló para sí mismo, apenas convocó a su primer yo para pronunciarlas y escucharse.

Oculto por la sangre,
va de vena en vena,
de tamaño atómico, indetectable,
un desierto contiene tu indiferencia,
de destrucción atómica, apocalíptico.

Exagerado, llenas tus palabras con exageraciones.

Pones, uno, tres, siete, once, trece hilos,
cuajas en ellos, con ellos, algunas palabras,
apenas una línea, de urgencia necesaria,
pero dejas un silencio largo, en clave morse,
otra vez lejana, inalcanzable, indiferente.

No respondes.

¿Cuántos aplausos atómicos en un parpadeo?

Cosas que se escuchan en un burdel un sábado en la mañana: quiero llamarme Blas para que el tatuaje en tu espalda esté hecho a mi medida. Y la mujer le responde, llámate como quieras pequeño poeta, pero paga por lo menos esta vez, que la noche es cara y no quiero vivir el sueño de la calle.

Cosas que se escuchan en un hospital a las tres de la madrugada un sábado: a ese lo cuida el diablo, no quiere que se muere, aún no le cumple una promesa y si no se la cumple no puede llevarse su alma al infierno. Ya verás como mejora.

Cosas que se escuchan en la plaza central: puto fotógrafo, hacerme esta foto sin que haya quedado retratada mi tristeza, para qué sirve entonces tragarme los anzuelos si me veo igual de curtida por las horas.

Quizá tú eres la lluvia y te estás espantando en mis horas.

Aquí te guardo tu secreto hasta que quieras volver por él.

Notaría, 10:00 a.m. Una pareja contrae matrimonio. Boda civil. Necesitan un testigo. El notario dice que no hay problema, puedo hacerlo. Dejo los audífonos en el bolsillo derecho, en el izquierdo pongo el celular. Escuchaba, “Let’s spend the night together’. La asistente del notario me pide algo, no le entiendo, me repite y sigo sus instrucciones. Escucho las voces, un sí, otro sí, un ofrecimiento, una aceptación. El celular vibra, una mensaje, no puedo leerlo en este instante. Pasan diez, doce minutos, firmo un documento, soy testigo del matrimonio de dos desconocidos.

Salgo del salón en donde ocurrió la ceremonia. La asistente me dice, pronto van a salir sus documentos, yo respondo, mientras haya música y libros yo la espero, ella sonríe, y me dice, si hay amor no importan la música o los libros. Me siento viejo, un libro de Gonzalo Arango, una canción de los años sesenta, puedo atestiguar por la confianza de los otros, hay que tener edad para hacer eso. La mujer pide un café para mí, una señora acortada en años lo trae, sin azúcar, tibio, en una taza de plástico, desechable, yo no, yo no quiero ser desechado.

La asistente del notario me pregunta sobre la música, pongo el altavoz del teléfono, ahora es una canción de un grupo español de los ochenta, ella la conoce, la tararea, dejo el altavoz, guardo los audífonos. Ella habla, cree conocerme, nombra lugares, la universidad, el colegio, quizá es unos años menor que yo, su pueblo natal, no creo conocerla, ella insiste, repite, ya casi salen sus papeles, continúa la conversación, miro sus manos, pierdo la concentración, mis pensamientos se dispersan, la veo, le veo las manos, se me ocurre algo sobre ellas, ella parece presentirlo, pregunta qué pienso, instintivamente le digo, es un secreto.

El notario sale, deja un sobre en el escritorio, mis papeles, me los pasa la mujer y al tiempo sin poder evitarlo rozamos las manos como un ruego.

Ha dormido en librerías, bibliotecas e iglesias, no sabía que podía hacerse también en notarías. El muchacho duerme, no sabe que al despertarse le dirán que debe volver porque no está terminada la diligencia y ya no hay más servicio.

Ella me dice, sabes, lo mejor del sexo contigo es que te vas sin reclamo alguno. Entonces me levanto de su cama y me despido de ella con un beso en la boca.

Hay amores que sepultados en un poema reposan muertos hasta cuando vuelvo al poema y leo en voz alta los versos, algunos resucitan, se levantan como Lázaro y caminan pero sus piernas son de tinta y ya está seca, y si tuvieran alas eran de cuerda, ya nada las impulsa. Caen, otra opción no tienen, al instante siguiente, un instante corto, por cierto, caen apenas paso la hoja.

Hay poemas ejercitados en honras fúnebres, se usan para poner fecha de olvido, dar fin a una suerte de cosecha, esos también los encuentro y aletean en mi boca, bueno, se los escupo con fuerza, escupitajo nada más, o verdadero aleteo, esas cosas me pasan, por ejemplo ahora cuando mis recuerdos de ti son una ventana cercenada de la luna por cuyo centro solo se ve un espejo con el sol rodando rojo entre luces amarillas

Otra vez me siento inmortal, eso me dijo al descansar de su tercer orgasmo, me besó lentamente, quizá al ritmo de los sonidos de un blues que se deshacía desde la mesita al lado de la cama. Unas astillas de sangre brillaban en sus piernas, pasé sobre ellas con la tela de la sábana, y con una risa de niña me dijo, también la inmortalidad es imperfecta.

Miró hacia la ventana, pronunció algo sobre ese tipo de cortinas que no dejan pasar la luz, yo no la escuché, luego se tendió sobre mi cuerpo, puso sus senos sobre mis ojos, y me dijo, un día voy a clavarme unas cortinas de esas en los ojos para que la luz me extrañe, para no verte, para que el azul solo sea una idea en mi cabeza, para que el sol sea solo el recuerdo de una película

Cuando digo te quiero no estoy pidiendo te enamores de mí, no es un pedido, es un ofrecimiento, y si te digo me gustas, no eres necesariamente la única. Estos dos sucesos cotidianos en mí y que ocurren contigo, gustarme y quererte, no son una declaración por poseerte o una petición de tregua para entregarme. Puedo amarte, en mayúsculas, AMARTE, sin que esté pidiéndote algo, solo es la expresión de mis motivaciones contigo, por ejemplo, te amo ahora cuando he confinado mi espera y me propongo acabar con este café en media hora, antes de que el aire se largue con el aroma de tu cuerpo que aprecio ahora en mi recuerdo. Igual te pienso, regularmente porque disfruto mucho la alegría que me produce quererte, amarte y que me gustes tanto, sin embargo, mis pensamientos no son un capital o una fruta que pueda cortar para mostrarte, pasa en mí y lo gozo.

Yo te digo esto para que no te afanes en salir despavorida cuando te lo digo, incluso podrías andar diciendo por ahí, él me ama, cada momento dedica a mí largos momentos pensándome, me escribe versos y quizá también doblegue su eros conmigo, con la mano en pulso, en el silencio de su cuarto. Entonces, aplaude sin temor esto que siento por ti, sin alejarte, sin cohibirte y perderte de mí está charla que podríamos tener mientras yo te digo, lindos ojos, dulce boca, hermosa piel, tierno aliento, bella y encantadora mujer sonríe que no quiero dejar de amarte, y tú dirías, se te enfría el café, mira cuánto tiempo hemos tardado en beber media taza, y yo volvería a pedirte una sonrisa que tú ofrecerías extensa al infinito.

Te amo, ahora cuando no estás, también cuando vienes, y te pienso largamente, cuando descuidada sin notarlo pones mi nombre en tu boca y temiendo lo que pueda fecundar en ti lo ocultas en tu pecho.

Ella llama para decirme, me gustaría escucharas en mis momentos de silencio mis pensamientos contigo.

Ella dice, es secreto y puedes saberlo cuando dejes de narrarme y empieces a eternizarte por instantes en la noche de mi cama.

¿Y si nos juntamos un rato, solo por juntarnos, para sudar un poco y orgasmizarnos? Ya luego nos tomamos un café y con un abrazo nos agradecemos.

¿Y si le apostamos a mañana? Eso le pregunto y ella me responde, no tenemos otra opción.

Cosas que se escuchan en la portería entre dos vecinas: tuvimos una relación breve pero sexual.

Si tú me dices que una de mis palabras ha tocado tus emociones yo estaré satisfecho de mi escritura

Ella dice, no sé qué tanto me ves para enamorarte de mí, y yo le digo, si lo hicieras te pondrías de mi lado.

Te ponen una memoria, por azar te tiran unas emociones y con ellas unos sueños, te dejan en el lugar escogido para que despiertes, así sin saber que todo lo que eres te ha sido impuesto, te levantas a defenderlo, a ser lo que te han pedido.

Ella llama, me dice, si traes tu noche, te espero en la cama para seguir dormida contigo.

Duermes, esta mañana duermes una hora por encima de la hora acostumbrada. Anoche dedicaste las horas al dios de los desvelados, un minuto dormías, en el siguiente te despertabas, claro, estás exagerando, sin embargo lo sientes así. Apenas dos horas pudiste adormecerte, a veces te parece un imposible, pero luego, cuando el sueño llega es hora de prepararse para estar despierta, aún así hoy no pudiste negarte, ciento veinte minutos exactos, luego una hora de retraso para ir al trabajo.

Haces una y otra cosa con la velocidad necesaria para no llegar tan tarde, baño, ducha, maquillaje, cabello, ropa, zapatos, cartera, perfume, aretes, no en ese orden exactamente, pero ya dispuesta pasaste a la cocina y tomaste una galleta y un yoghurt para el camino. Vas a la oficina, la velocidad en la calle es menor a tu prisa, miras el reloj, un reloj que no es tuyo, lo notas y te quedas pensando en que no te pertenece, alguien debió dejarlo en tu casa, no puede ser de tu esposo, es muy femenino, demasiado femenino para ser de él. Lo llamas, él pregunta en dónde lo encontraste, no sabes, lo tomaste de algún lugar entre tus cosas, él dice haberlo escondido bien, es un regalo, él insiste en saber cómo lo encontraste, no lo sabes, te despides, lo miras nuevamente, te fijas en los bordes, no es nuevo, no es tuyo, no crees sea un regalo, presientes una mentira, otra vez, otra vez una infidelidad en tu cama

Dejas la taza de café en la mesita con tus libros, pones también las dos galletas de avena sobre el plato. El teléfono suena, un timbre seco, sin ding o dong, seco, sin presunciones musicales. Adelantas la mano hasta el lugar en donde se encuentra, no alcanzas, te extiendes un poco, lo tomas con la mano, está enredado con el cable del manos libres, lo tiras, se mueve hacia lo alto, con él, con el cable se mueve un libro, empuja por voluntad impropia el plato, la taza de café, y tú te levantas antes de continuar con el «hola, cómo estás», el plato vibra contra el piso, tú mueves el pie, por instinto lo estiras para evitar el golpe contra la baldosa, tras el plato, la taza abierta, el café como un río aéreo, la tibieza ligera, la piel herida, primero el zurcir de la porcelana, luego el calor líquido, y la palabra con asombro, «jueputa».

Un instante, una razón para colgar, lo haces, no prometes retorno de llamada, otro instinto, un trapo, limpias, no hay herida, solo un fogonazo veloz que desapareció pronto. El plato, fuerte plato merece un aplauso, no se quebró, lo levantas, recoges las galletas, la taza rota, limpias el líquido de la baldosa, pasas otro trapo, miras, a otro lado junto a uno de los soportes de la mesa, un papel, una nota escrita, tuya, mía, una expresión, una confesión fugaz, la lees, te asomas a una memoria anterior, me miras, la mano, la tuya, el borde del papel blanco, una nota que empieza diciendo: «urge amarte porque huir de ti es también una urgencia»

Compro tres kilos de tristeza y los pongo entre los ojos, no sé si pase algo, no pasa nada, ya estaba así desde antes. A media calle, junto a la nada, venden silencios largos y esperas sin freno, siempre hay promociones, como hoy que he recibido todo por el doble de nada.

Cosas que se escuchan en un motel, un amante a la mujer: ve y gritas a tu esposo que está acostumbrado, pero a mí no, a mí no me grites.

Contemplas tu rostro en el espejo, das una y otra mirada a las formas de la cara, nada te exige movimiento, solo verte, tu mirada camina de un ojo al otro, de la mejilla diestra a la otra, te cubres con meridianos y paralelos, una pequeña muestra de los años, una línea, las pestañas y la boca. El espejo continúa devolviendo imágenes, cuadros, fotografías parciales, abres la boca, recaudas el aliento en la superficie lisa, los labios, la lengua, no te detienes, sigues observando uno y otro fragmento de tu rostro. Ayer, apenas ayer cambiaste los espejos de la casa, por eso ahora estás viéndote en uno de ellos, traes puestos los agüeros de la abuela, o de una tía, o de quién sabe quién, igual no importa, ya está hecho y lo seguirás repitiendo cuando sea necesario, Las imágenes en el espejo se vuelven sombra y a veces se despiertan, se separan del pasado en que fueron vistas y salen a recorrer los espacios cercanos. Tu exesposo se afeitaba, se reía, se veía en él diariamente, esa rutina no la hace ahora en este espacio, ido él, debías cambiarlos, así estás estrenando espejos en tu casa.

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