Incandescencias

Yo soy un poco esa luz doblada sobre tus ojos,
esa esfera afuera que te mira y recoge.
Yo soy otro tanto esa línea sombra tras la arena,
te deletreo, te rodeo en ella.
Yo soy el surco aéreo,
la nube lunar,
en este dormir traslúcido de tus horas largas.

Para ver debajo de tu pijama hay que ser más que la luz hay que ser una luz de piel, suave y eterna.

Una sombra líquida atardece tras tu espalda,
Una de hierro se extiende frente a ti,
Te cubres en alambres antes del vuelo,
Aletean tus párpados,
No te detiene el líquido,
No te pesa el hierro,
No te encierra el alambre,
Vuelas, en tus ojos el tiempo
Te eleva, te libera,
Te das a ti

Fue el primer día, cuando llegaste, dijiste quiero que dentro de la casa o cuando estemos solos me llames cordillera, y que todas las noches haya lluvia en la ventana. Así, cordillera te nombré en casa, y puse una tubería para que por las noches cayera agua sobre las ventanas y el patio. Dormías y decías, una noche saldrán de mí los peces, si los ves déjalos irse, no los toques, ni siquiera los mires, cuando ellos salgan de mí podrás llamarme como quieras, estaré libre y me encontrarás en todos los nombres.

Una noche sentí un cosquilleo, un ruido de pasos alargándose por la madera, eran peces, pequeños y grandes, salían de entre tus piernas, de tus ojos y orejas, tú pálida temblabas, y con tu mirada me decías, tranquilo, todo está bien, esto me libera. Los peces llegaron hasta la pared y se colgaron hasta la ventana abierta, allí se fueron con el agua. Tú mirabas y tocas tu cuerpo, te sacudías, limpiabas las sábanas y te limpiabas el cuerpo. Fuiste al baño, te lavaste, yo desde la ventana veía al último caer por el rincón de la alcantarilla

Quemaste las sábanas, lavaste el piso, y cuando nos sentamos, unos días después, me mostraste un lugar en tu estómago, un lugar donde dijiste te habían clavado una pecera.

Tú y yo,
sin líneas rectas,
con trazos curvos,
con fragmentos oblicuos.
En transparentes oscuros,
en invisibles con ruido,
en ahora, en un ratico,
en más tarde, en ya lo hicimos

Alargas tus horas al espacio del no sol, la luz en su otra forma, oscura, igual tu cuarto, apagas todo, la cortina cerrada, la puerta exacta debajo del arco. Te desnudas, no te ocultas de nadie, aún así solo te desnudas sin que la luz te vea, esta noche incluso tienes los ojos cerrados mientras te quitas la ropa, luego, te extiendes sobre la sábana y te quedas callada explorando tu silencio.

Ven aquí, a mi sudor de cuarto, a mi tic tac de alarma. Ven aquí, pronto encenderá el calendario una hora más, para los dos, para destajarnos, y nos jugamos a perdernos, aquí, en el sudor, en el olor a sexo, y le daremos a la madrugada un poco de nosotros, un rato de piel, unos litros de camino encuentro.

Cuando le toqué los senos el aroma de su perfume era dulce, luego cuando los besaba el dulce se perdía en un aroma a piel sudada, a fatiga quebrada, a sal en los dedos, un aroma a último bocado de comida.

Para ser concreta solo necesitas un par de palabras o tres, sin embargo, asomas tu temor por el ojo abierto y me ves sin atreverte a decirlo, prefieres la larga vitrina de palabras expuestas para decirlo todo pero no lo que es. Así estás, te piensas un poco y tras pasar la puerta para ir a la calle, no te comprometes a decirlo hoy, por lo menos no hoy, crees que lo notaré al verte sonreír sin afanes solo para mí. Dejas gotear un parpadeo, expones el brillo propio de quien sabe en secreto los sentimientos ocultas, aún así te niegas a pensar en expresarlo, vuelves a pensar en que yo deberé notarlo y al hacerlo, hacer todo por ti.
Unos pasos más, más pasos y crees verme, te acomodas una sonrisa, ya hasta me ves en lugares ajenos a mí, debes estar un poco, un poco nada mas, con ganas de verme, de plantar tu voz en mis oídos y completar el paisaje con mi rostro y mi palabra para ti. De alguna palabra antigua te llega un sabor, eso es, aunque no vas a decir en público, se te sale ya, lo sabes, te gusto, un poco más hoy, un poco más que ayer.

Ella me dice, «besarte es fácil, yo quiero igual que tú, lo que me parece complicado, y es por eso que no te beso, es explicarlo, explicar por qué»

Me gustas mucho, y si me gustas tanto ha de ser porque dentro de ti o a tu alrededor hay una respuesta fundamental para mi vida que debo encontrar.

Cosas que se escuchan en la panadería: entre los dos ya no podemos salvar nuestros besos en vía de extinción.

Cosas que se escuchan en una lavandería: no puedes esperar a que te amenacen con la separación para consentir, amar, respetar y ser fiel.

¿Y tú, desde cuándo y por qué tan dentro de mi corazón? Dime, dime por qué. Ella le responde, no sé, yo estoy acá afuera, eres tú quien me lleva dentro, más bien dime, ¿qué quieres hacer conmigo dentro de ti?

Desde una de las mesas un anciano me pregunta, «vecino, ¿a qué viene a este lugar» le digo, a tomar café, y como si estuviera obligado a responderme dice, «yo vengo a envejecer, y quizá me muera de eso» desde el mostrador, el que atiende las mesas le dice, aquí no, aquí no.

Las luces de la casa han estado apagadas desde el comienzo de la noche, antes de ese primer momento de oscuridad no había nada, todo era inexacto, una luz volcánica del sol cayendo tras la montaña, un fulgor transparente y liso, plano, desde la ventana. Son las cuatro de la mañana, no estoy seguro de la hora pero sospecho que en este momento son las cuatro en punto, igual, prefiero esta certeza imaginada a no saber nada. Todo está cerrado en oscuridad, una leche oscura lo cubre todo, yo apenas puedo mover las manos sin dejar de creer que se extienden a transparencias que las cortan, no me pertenecen cuando las muevo, es así, se estiran y se pierden. Las luces de la casa, absorbidas por mis ojos evitan volver a salir porque al hacerlo repetirán la forma que has prometido para siempre a mi recuerdo.

En esta casa el único espejo es la ventana, por eso siempre veo hacia afuera, para encontrarme en los otros que me miran.

Te amo ahora, te amé ayer, te amaré mañana; se oye perfecto, la perfección no existe por tanto una de esas premisas es mentira, o dos o todas. Al contrario puedo decir también, te amo ahora, te amé ayer, te amaré mañana; se oye perfecto, para saber si es cierto debes animarte a comprobarlo.

El hombre que atiende las mesas en el bar se acerca a la puerta antes de que yo entre, apenas siente que puedo oirlo me dice, «entra usted pero no sus fantasmas». Yo lo observo con asombro, luego miro a uno y otro lado de mi cuerpo, no hay nadie. El hombre insiste «quizá usted no los vea, yo si los noto, y no son agradables, se comportan mal cuando usted está ebrio». No le creo al hombre, igual no se me ocurre una manera para resolver el incidente, quiero entrar al bar, esta noche se presenta un grupo de rock en donde un amigo toca la guitarra. Le digo, no sé que hacer, dígame cómo evitamos que ingresen. El hombre trae un balde de madera lleno de agua, una vasija diría yo pero él me dice, «antes de entrar pase sus manos y pies por el agua dentro de este balde». Lo hago, sigo hasta la barra del bar, y noto que las butacas a mi lado se ocupan rápidamente, nunca había ocurrido eso, siempre estaban solas.

No esperes mis otoños en tu primavera, no sospeches de mi sur en tu oeste norte. Tus líneas en el mapa marcan líneas boreales y yo aún me sumerjo en mi ecuador acuático.

Yo solo quiero un poco contigo, ¿qué son tu vida y la mía? el universo son miles de años.

La mayoría de las veces el silencio es la acumulación de ruidos imperceptibles que no nos conciernen, así como el amor es una acumulación de momentos y emociones que difícilmente notamos

Me gusta lo que escribo porque ahí me amas, despiertas a mi lado, escuchas conmigo el aire en la ventana, das giros por mi memoria, y también a veces lo lees e imaginas, sin decírmelo y sin saberlo, que con esto hablo contigo.

Amar a primera vista es igual a amar sin cita previa.

Hay relaciones basadas en amor vegetal, sin apetito sexual, sin movimiento.

Bogotá, 2600 metros de altura. Antes de las siete de la mañana. Sexto día del año 2015 después de Cristo. Hace frío. El sol abrió las cortinas, puso todo su color en el cielo, lanzó su polvo amarillo y todo se ve claro, sin embargo, hace frío. Las manos sin guantes se resienten, la cara desnuda también. Pasos, más pasos, caminos, más caminos, voces y voces, repeticiones y autos, calles y cuadras. Una mujer se ocupa en ver su ropa al pasar por una ventana de vidrio de un almacén, da una ojeada rápida a su vestido, se acomoda la blusa, sigue caminando, yo le doy una hojeada, la leo bien, me gusta como está narrada hoy.

Yo la recuerdo ahora, es imprudente hacerlo en este momento, me da igual, la recuerdo y sé en voz secreta que me sigue gustando. La ceremonia continúa, todos mantenemos el silencio obligado, pulcros y cautos, yo pienso en ella, su sonrisa y su voz, aquellas palabras que repetía sin saber y yo acumulaba para mí sabiendo que eran de ella, así estoy con cara de acontecimiento, como un niño en izada de bandera manteniendo la posición, aún así, dentro de mí la recuerdo, a veces la recuerdo fuera de mí, es cuando le escribo y la pronuncio como una nube lloviendo. Yo la recuerdo ahora, ella lee esto sin saber que es en ella en quien pensaba mientras el sacerdote da la hostia y yo continúo callado y sonriente, mejor, dejando que la sonrisa hable por mí.

Ella me presiente, pone una mano sobre la otra, las frota, tiene frío, cree escucharme en la voz de alguien que habla a lo lejos, no mueve su cuerpo para buscarme, no quiere delatarse, hoy sabe quererme, de alguna parte le salió un amor oculto, se resiente, no quiere quebrarse, le hace gracia creer que se quiebra al dejar notar que hoy, particularmente hoy se descubre llevándome oculto, amándome entre sus secretos. Ella me presiente y me oculta, soy un presentimiento secreto en sus ojos, en su piel y su boca, me lleva en forma de beso, de roce y palabra, de mirada húmeda, de ir el uno con el otro. Cierra los ojos, los abre y se pone seria consigo misma, no quiere delatarse ni ser descubierta.

Vea pues, que cuadriculado soy, como no me parece simpático este compadre, entonces le encuentro todos los defectos, claro está, este de no comprometerse a hacer nada ni hacerse responsable por lo que hizo es tan evidente que incluso dejando de lado el hecho de que no me parezca simpático lo notaría con facilidad.

El amor y el arte se parecen, hay amores espontáneos, sencillos y profundos que como las grandes obras de arte no requieren de explicaciones, se comprenden y sienten a primera vista. Hay amores como el arte conceptual, hundidos en explicaciones racionales, desconectados de la sencillez, más llenos de explicaciones que de belleza, cargados de justificaciones y exentos de cualquier espontaneidad.

Esta mañana ha sido inaugurado el Museo Urbano de Raridades, están una casa sin servicio de Internet, un auto sin GPS, un hombre sin celular, una ciudad sin trancones, un espacio vacío para políticos honestos, y yo sin ti

Cosas que la gente dice y hacen gracia, yo quería una novia linda y tú eras la única que conocía.

Coleccionaba cartas de juego, las del naipe español, de póker, hasta cartas de tarot. En una bolsa de plástico, guardada como una reliquia conservaba las cartas encontradas durante su vida de adulto. Fue cuando cumplió veinte años, tuvo una premonición, en las cartas encontraré la respuesta al ser, al origen y al fin, a la finitud y la eternidad, así empezó, con una atención especial por ellas, no para comprarlas, no para pedirlas regaladas, no para jugar, no para leerlas, bueno, de lo último quizá un poco, para que en una de ellas como en una explosión no esperada encontrase la puerta que da explicación a la completitud de la vida.

La primera carta fue un tres de copas, la segunda un cinco de corazones. Las encontró en un parque y un bar, ambas en horas nocturnas, las guardó y llevó como un tesoro durante un par de años hasta que empezaron a aparecer más, en el bus, en un taxi, en un restaurante, en la calle, y en diferentes lugares. Su premonición le indicaba mantenerlas todas en el orden que las había encontrado, para cada una registraba fecha, hora, lugar, clima, y alguna observación sobre el momento. A los cuarenta y siete años, el día siete del mes siete, a las siete de la mañana saliendo de su casa observó una carta blanca, pensó en un as de trébol, se aproximó, forzó su cuerpo a agacharse sin doblar las rodillas, perdió el equilibrio, y cayó sobre la carta, logró ver al final, un punto, un punto que lo atraía, un punto final, finalmente.

Cosas que dicen en el bar: mis amigos dijeron no descansaremos hasta que encuentres a tu novia, y ahora todos estamos cansados.

Yo quiero incursionar bajo el rostro de la tela que da forma a la ropa con la que vistes hoy tu cuerpo. Rutas de paso lento, lugares de líneas rápidas, puentes de obligatorio paso, puentes elevados y puentes colgantes, así, de ese modo quiero hoy bajo tu ropa poner mis manos.

Yo he estado en la cama con la mujer que está en la misma sala de espera conmigo. Eso voy pensando mientras, al comienzo la miraba para que me notase, y después para que no lo hiciera. Recuerdo algunas cosas, mientras la veo tengo una erección, quizá se note así que para evitarlo pongo una agenda sobre las piernas. La mujer me ignora de manera absoluta, me asombro de su indiferencia. La conocí en el gimnasio, nos hicimos amigos, y un par de fines de semana salimos para completarnos en la noche. Era soltera, eso me decía, y yo le creí, pero no, un día conocí a su esposo y el hombre después del primer golpe, fueron varios, me dijo, «es mía, viejo, es mía». No volví al gimnasio, ni a verla, al esposo le dije, ella me dijo que era soltera, eso fue antes del tercer golpe.

Se me ocurre que ha decidido eliminarme de su memoria, o simplemente no le da la gana de hablarme, que no está obligada ella en verme ni yo en preguntarle. Me llaman, debo dejar la silla, doy pasos alejándome de ella, ella sigue sin inmutarse, me alejo completamente, ella se queda y yo me voy con las dudas, ahora, además del recuerdo sexual de ella, de la golpisa propinada por el marido, tengo una erección de indiferencia y absoluto mutismo

Una mujer hablando por celular le dice al que le escucha al otro lado de la línea, “yo contigo no quiero volver, tú conmigo no tienes futuro, y yo no he cambiado de opinión, ni contigo ni con él, el que quiera estar conmigo ya sabe como soy, yo contigo la pasaba bueno y nada más, eso es lo único y ya, pero todas las vainas tienen un ciclo, métase eso en la cabeza, eso a la hora del té usted no sale con nada”

Lo que me causa curiosidad es pensar qué tantas cosas pasan a la hora del té, y cuántas otras dejan de pasar.

Yo pongo tu nombre en mis ojos y veo un mejor mundo, con esperanza, con entusiasmo, con instantes eternos, contigo la palabra presente completa el pasado y el futuro. Da alegría ver el mundo con tu nombre en mis ojos.

El mar es una lava de hielo en el invierno, y nosotros barcos anónimos olvidamos que el único faro posible era nuestro encuentro. Ahora encallados en acero de agua no podemos ponernos en movimiento.

En tu mirada blanca un surco de peces es su propia contra corriente.

Sin haber tenido triunfos, no hay manera que digamos, vivimos de los triunfos del pasado, de las glorias antiguas, entonces, hemos convertido en gloria las derrotas, vivimos de ellas.

Compras con tu lengua las alas de la publicidad,
no ves en ellas las cadenas,
estás cegado de ego.
Crees en el vuelo, aleteas, crees elevarte,
tus pies son de asfalto,
tú sangre una voz sin fuerzas,
sigues en el fango.
No eres esclavo, hay libertad en la esperanza del esclavo,
Tú estás entregado, vendido, tú deseo es seguir vendido,
sigues creyendo que vuelas, estás clavado y atado por tu propia lengua de ego

Ahora, junto al espejo del baño, un botón permite recuperar la imagen vista en días previos, y puedes verte tal como te capturó en días anteriores. Una a una pasan como partes de un rompecabezas para hacerte ver que es así y no de otra manera como debes caber en el mundo.

Mi maestro me llama, saludo, y antes de que yo diga algo, me dice, deja de hablar de ti y escucha. Esa es tu lección para este y tus siguientes años. Yo le digo, maestro eso es muy difícil, a lo que él responde, otra vez estás hablando de ti sin escuchar lo que digo.

Ella, intuyendo lo que voy a proponerle, me dice, no me propongas, te diré que no y es mejor no tener ese momento en nuestros recuerdos.

Llamé para decir me gustas, pero tú querías hablar de otras cosas, de tus horas y tus fugas, te escuché y no pude poner en tu oído mi confesión. Ese tipo de cosas pasan y uno se va quedando sin ánimo para decir lo que siente. Así empieza la carta que encontré en la silla del taxi, alguien debió dejarla, ahora no me importan los motivos por los cuáles quedaron ahí en la silla, pero, bueno, ahora que la tengo en mis manos, me parece bien pensar que la he escrito para nadie.

De pronto todo quedó quieto un instante, eso fue la eternidad, tú, yo, la noche, el diario, mi lectura imperfecta de él, tu confesión precisa, mi lectura tardía. Amor y desamor.

Cruzas la noche y tiras el día debajo de la sombra lunar, desconectas las razones que dicen, una cosa es contraria a la otra, eso es la naturaleza, te enojas con eso, rompes con tu furia una barrera invisible, y todo pasa a ser normal, la noche y el día se suceden al mismo tiempo porque la amas.

Tú preguntas por el instante, la fecha, el evento en que esta fotografía que vemos abierta fue tomada, tú me preguntas y yo aunque lo recuerdo gratamente solo me fijo en que en esa foto la imagen de mi oído izquierdo parece abierto como si quisiera en ese momento estar escuchando las palabras con las cuales me refiero al mostrarte esta foto propia hecha, por supuesto, desde antes.

Ahora cuando pasamos tranquilos observando a estos hombres y mujeres que en la calle se dedican a dibujar el rostro de los transeúntes que tienen tiempo para ver luego trazados su rostro y manos en un papel, ya no en blanco, gracias al poder del carboncillo y el lápiz. Ahora quisiera sentarme frente a uno de ellos y decirle que quiero, quizá pueda, en su conocimiento encontrar la manera de sacar de mí este recuerdo tuyo al que le hablo, y ponerlo en papel para que también a diario pueda, en vez de verte dentro, verte fuera para capturarte nuevamente.

Hay una certeza en nosotros, aunque hablamos de la eternidad no creemos que sea para siempre. La noche nos acoge y abordamos el sueño creyendo en el otro día, en el cambio de guardia de la noche y el día. Despertamos y una serenidad antigua, de repeticiones continuas nos asegura que sin importar las horas blancas y el esfuerzo diurno, al finalizar la tarde tendremos descanso en la noche. Hay una certeza en la amistad, confiamos en que sea para siempre, con eternidades e infinitos cada momento.

Otra vez el sueño volvió para repetirse tres veces en la misma noche. Un tren que viaja con los vagones desconectados uno del otro, una corta distancia entre ellos pero sin ganchos que los aten. Le estación del tren, la que puedes ver, está en tu brazo derecho, la locomotora frena, los vagones se juntan y de ellos sale la misma mujer, una mujer espejo, así la llamas, y camina por tu brazo estación, entra a una cabina telefónica, detrás de ella entra la misma repetición, y cuando todas juntas se unen, sale de la cabina, toma un paraguas, lo abre y entonces empieza una lluvia lenta a caer en hilos sobre la calle. La mujer se descompone, entra en los vagones, el tren empieza a alejarse, va por tu hombro hasta el oído y se adentra. En ese momento despiertas y sientes que has tenido tu mano todo el tiempo dentro de la oreja.

He cruzado por las líneas de tus manos como un temblor, he puesto asombro entre tus párpados cuando sonrío de saberte, de verte, de encontrarte, de sin más, solo sonrío por ti. He cubierto con voces meridionales, acentos paralelos tus oídos. He dejado acá una gota de mí por ti.

Lo besaste, y su beso traía toda la vejez acumulada en su soledad diurna.
Abriste tus brazos para cubrirlo y sentiste la madera astillada de sus árboles rodando por ríos de fango.
La tuya mano y la suya se juntaron, y un hielo metálico se apoderó del frío, te helabas entre sus dedos.
Sus ojos delataron búsquedas en tu ropa, te percibiste desnuda ante sus ojos, demasiado atento a tus formas, demasiado volcánico entre sus párpados.
Horas sin aroma perforaron tus pulmones, respirar por hacerlo, oler sin aroma.
Te asombraste ante la costumbre y seguiste por entre los espejos donde solo tu sombra se refleja.

Conversaciones sin contexto que llegan al oído:
– Mira, tú sales a un lugar público en donde haya mucha gente, y dices, “me gustas, quiero estar contigo por siempre”.
– ¿Qué debe ocurrir?
– Nada, solo deberían verte por curiosidad. No te estás dirigiendo a nadie, de manera que no puedes esperar respuesta de nadie.
– ¿Entonces, para qué hago eso?
– Acabas de encontrar la pregunta correcta. Si no te diriges a nadie, o si haces algo sin propósito, nunca vas a obtener una respuesta correcta. No puedes hacer cosas por azar y esperar que ellas respondan a tus propósitos.
– ¿Y tú por qué me dices eso? Yo no ando por ahí gritando esas cosas en público.
– Es lo que crees, sin embargo, llevas una noche en los ojos pidiendo estrellas, una voz en las manos pidiendo cantos, un río en la boca pidiendo cáuces, un dolor el pecho pidiendo sanarse. Pasa que no lo ves porque vives gritando y no te callas para escucharte, pasa que no te detienes a verte. Ah, y te lo digo porque estás gritando, “ojalá alguien me dijera qué hacer para salir de esta rutina”.

Al comienzo, besarte, sabe a fresa, después a mango verde con sal, luego un poco a ron y finalmente queda un delicioso sabor a chocolate.

En la barra del bar dejamos cartas de amor para quienes quieran tomarlas. Anoche habíamos dejado quince y fueron recogidas por el mismo número de personas, hombres y mujeres, más mujeres que hombres. Yo escribí tres, y esta noche que hemos vuelto a poner cartas los clientes, pasó que encontramos una de respuesta a una de las que escribí, solo dice, yo te espero hecha papel, sigue la letra hasta quemarme.

No sabía que podía recordarte de esta manera, esta vez la memoria filtra todo para verte de este modo y me place observarte en un pasado que construyo a partir de pequeños placeres.

No sabía que podía recordarte de esta manera, esta vez la memoria filtra todo para verte de este modo y me place observarte en un pasado que construyo a partir de pequeños placeres.

La lluvia cobra por ventanilla las horas grises consumidas en la tarde,
se refleja en el asfalto y cae viciosa sobre si misma,
es adicta a la vanidad óptica,
se ve para gotearse en su propia retina.
Sur oscuro y norte gris,
eléctrica claridad de luz prestada,
párpado descompuesto,
ciudad de bocas y silencios,
de ventanas para ver sin abrirse,
de miedos para temer y no aceptarse,
de rutas sin propósito.
La lluvia se detiene y ríe,
después sostiene su grito ante la luz de la ventana,
la que cubre el miedo de quien se cubre adentro.

Todos los secretos están bajo tu lengua y arden en fuego detrás de tus palabras, aún con tu boca cerrada, dentro, dentro, humedad y fuego tiemblan y suceden

Esta mañana no pudo escoger los calcetines, solo encontró un par en el armario, buscó los demás y con tristeza descubrió que seguían colgados de la cuerda en el patio de la ropa, colgados y secos, sin embargo, desde que había encontrado una araña dentro de uno de ellos le daba temor ponérselos, así esperaba a que su esposa se asegurara de que nada tenían dentro. Esta semana, ella no ha querido hacerlo, es por eso que lleva sin posibilidad de combinación estética alguna los calcetines rojos de su equipo de fútbol que resaltan amargamente entre la bota del pantalón de paño y los zapatos negros.

Una amiga estuvo en casa de mi madre, le preguntó acerca de a quién le había heredado yo la capacidad para la narración, ella le contestó, de nadie, desde pequeño, por una razón desconocida para mí, los que sueñan y no recuerdan dejan sus historias soñadas en su memoria, él es como un lugar al que van las historias pérdidas, los sueños olvidados, luego cuando él lo recuerda, lo escribe.

Tu beso y el abecedario son finitos, un beso, veintisiete letras, con los dos puedo construir infinitos recuerdos, infinitas sucesiones de palabras.

Si eres de los que considera que una planeación debe cumplirse al pie de la letra, estás dejando por fuera de tu visión la posibilidad de que el mundo cambie.
Si eres de los que considera que no se debe planear porque no se puede programar el futuro, estás dejando por fuera de tu visión la posibilidad de que tus actos puede cambiar el mundo.

Después del fin del mundo dejé caer una rosa sobre su silencio, me pareció adecuado, correcto y apropiado, finalmente todo desapareció hasta que abrí los ojos, había comenzado de nuevo.

El miedo rueda y se enrolla entre mis pensamientos, no puedo zafarme de él, es frío y congela el hueso, me impide el movimiento. Voy al espejo, espero a que el monstruo aparezca en mis ojos, tarda un poco pero sale de mí, le gusta verse, se aproxima a verse, antes de que lo note parpadeo y el miedo queda colgado dentro del espejo, ahora me observa, quiere repetirse en mis ojos.

Dios abre sus manos y de ellas aparece el día, blanco de sol y azul de cielo, verde de bosque y azul marino, estira sus dedos y lo que estaba quieto se lanza en movimiento, lo que debía florecer florece, otro toque invisible de sus manos y la vida por enjambres aparece aquí, allí, más allá y más adentro. Dios dice toma para ti la belleza porque tú eres bella y los iguales se juntan. ¿Y si no fue Dios el que lo hizo? No importa, igual toda la belleza del universo está hecha para conectarse contigo

Desde chico creyó poseer un sexto dedo en cada una de sus manos, desde antes de su primer año de escuela cuando le enseñaban los números, él después de decir cinco se quedaba quieto esperando el siguiente, no aparecía en la boca de sus maestros, pasaban a la otra mano en donde le ocurría lo mismo. Hubo un tiempo en que creía chuparlo, un dedo invisible a los otros llegaba a su boca y se quedaba húmedo de babas. De grande se aficionó por la cocina, y por supuesto, sin que sus invitados a las cenas de su casa lo supieran o imaginaran, iba cortando sus falanges para dejar esas partes de su cuerpo en el plato.

No puedo estar más viejo, no puedo ir más allá, me he quedado aquí para esperar la nada y la nada está dentro de mí sin salir.

Estoy demasiado cansado para sonreir, ya zurcí con silencio mi soledad.

Acaso esperas otra cosa, soy de tierra, polvo antes, polvo ahora, polvo después, no soy más.

Técnicamente soy un adulto, apenas la mediana edad, pero son muchas eternidades sin ti

Ella vio el libro,
preguntó su contenido,
respondí, en él estás tú, solo tú,
lo abrió, no había nada, ahí estaba todo,
hojas blancas, sin palabras, sin tinta,
expliqué,
hay que caer en tu silencioledad para encontrarte,
hojas blancas, llenas de ti porque no estás.

Amarte no puede ser involuntario

Ahora, ahora cuando he vuelto a la ciudad, a esta ciudad que nombro como mía, me asombro de ver que el centro de ella está inundada de burócratas: mendigos, vendedores, políticos, ladrones y pordioseros son parte de la nómina del alcalde, a cada uno le dan un salario, con la única obligación de hacer nada y defender al establecimiento.

Lo sabes, no está, un deseo asoma en tus ojos, quieres verlo, no lo verás, aun así giras un poco el cuello, una sombra te hace sospechar, sonríes, la sombra es de algún objeto que recibe luz de la ventana, sigues, cruzas hasta tu lugar.

Te lo digo yo, para vivir solo debes tener muchos años de experiencia en el asunto.

Ella observó el mapa, en la parte superior leyó planisferio lunar, y luego vio distribuidos sobre la imagen puntos en correspondencia exacta con los lunares en su cuerpo.

Le doy un beso, ella sorprendida pregunta, yo respondo, me pareció que tus labios son una hoja en blanco y quise escribir en ellos te amo.

Toda boca es un beso en blanco, toda hoja es un poema sin empezar.

En ese lunar cabe mi soledad.

Le digo a la muchacha del bar, si me besas mientras me mira la mujer de la mesa junto a la puerta te daré una propina generosa, ella se niega y pregunta, yo respondo algo como, es importante para mí, no hay problema. Unos minutos después, después de dos tequilas me dice, vale, te doy el beso, y unos segundos más un beso largo, entre acentos y tildes, entre nubes y carne blanda. Me pregunta, si la mujer es mi ex, mi novia o algo, y yo le digo, siempre he querido que una desconocida sepa desde el comienzo que soy un hombre con suerte.

Cosas que dicen en el bar: ¿estamos hablando de sexo o de amor? porque para lo primero no pareces estar bien dotado, y para lo segundo no pareces tener tiempo.

Cosas que dicen en el bar: hay mujeres que parecen de cómic, y me gustan mucho los cómic.

Cosas que dice una borracha en el bar: no sé dónde dejé mi desnudez, no puedo ponérmela, me siento entre capas de musgo.

Cosas de las que uno se entera en el bar: ebria ella me cuenta, llevo un espejo bajo la ropa interior, entre las piernas, tengo la idea de que si un demonio logra llegar hasta ahí, se espantará de verse a sí mismo

¿Sin el agua para qué la sed?
¿Sin la sed para qué el agua?
Hablo de ti,
¿Sin ti para qué yo?
¿Sin mí?
Algo no concuerda,
Sin mí puedes existir.
Harto de dependencias.
¿Para qué la sed?

Cada sábado y domingo en la noche soñó con largas filas de pecadores entrando al infierno y ella abriendo la puerta y cerrándola. En la caja del cinema, seis horas continuas veía a los que van a cine, parejas, novios, esposos, familias, padres, hijos, amigos, y ella con el gesto aprendido desde la semana de inducción, buenos días, buenas tarde, buenas noches, con gusto, desea una adición, y luego los precios, todo dicho con el mismo acento y a la misma velocidad. Así en su sueño, iba dejando entrar pecadores y ofreciendo más años de condena, con porciones adicionales de queso, de salsa, hasta preguntaba si tenía tarjeta con puntos para usar por cliente frecuente. Lo extraño para ella era ver desfilar los mismos rostros que había visto en el trabajo, y al final de la fila verse a ella misma sin poder atenderse en el sueño

Tú, meridiano extenso, centro de mi búsqueda.

Están fuera de ti aunque dentro los presientas, intuyas, imagines y recuerdes. Le pertenecen al tiempo, como él son inasibles, sin reproducción posible. Está fuera lo que dentro amas, está en ti comprenderlo, encontrar el equilibrio entre apropiarte de tu sentimiento y saber que el tiempo se lleva todo consigo.

En el lugar ofrecen el dinero al comienzo del pasillo y pagan al final, al salir. Una mesa, detrás de ella una mujer de manos largas y delgadas, dos sillas, algo que asusta porque solo se puede entrar una persona a la vez, y una de las sillas va a quedarse vacía. La mujer empieza hablando con los ojos clavados en la mesa, no se fija en el rostro, luego pasa a hablarle al vacío de la silla mientras que yo nervioso, espero a entenderlo todo. Cuatro monedas de plata por cada secreto, pagaderos al salir, después de contarlo entero a una mujer en una habitación contigua, en caso de ser sorprendido ofreciendo algo que no es secreto, solo dan una moneda, y la mujer le escupe en la cara los nombres de quienes también saben lo que se está confesando. Al salir sentí el movimiento de las monedas en el bolsillo, miré encima de la puerta, no había letrero alguno, en cambio, afuera, recordaba, un cartel bordado en luces rojas, “Se compran secretos. Confidencialidad asegurada”.

Hoy han venido los abuelos que toman café en las mañanas del fin de semana en el mismo lugar al que yo vengo. Me alegra verlos, quizá ayer no pudieron asistir porque fueron a la piñata de uno de sus nietos, espero sea eso y no que hayan caído heridos por una agitación de adultos mayores. Me sorprende verlos, y me incluyo, como una cofradía, y que siendo así no compartimos la mesa. Apenas el periódico pasa de mesa en mesa algunas veces, y comentarios sobre el libro que alguno tiene abierto, un libro que lo sustrae del ruido externo. Mesas separadas, nadie debe saber que somos una logia, que de nuestra propia imaginación hemos venido a llenar de personajes las mesas, ahí están llegando, cada uno a empezado a soltar sus fantasmas. Hoy atiende una muchacha de pecas en el rostro, a cada uno un café, a cada uno el nombre exacto y el café amargo o suave según su gusto.

La alarma de su reloj suena, diez treinta y dos de la mañana, él se mueve hasta la ventana y mira hacia la calle, está atento durante unos minutos, cuando vuelve, ante la inquietud reflejada en nuestros ojos dice, hace un tiempo, mientras dormía puse la alarma del reloj en esta hora, y soñé que una mujer desnuda pasaría la calle buscándome.

Ovejas negras para contar, ovejas negras para la lana,
Una noche extensa, sobre sus ojos, no cuenta para dormir,
Las cuentas son antiguas y dieron resultado,
Costales de arena ruedan sobre sus párpados,
La oportunidad se le niega, el ojo se cierra
Parlotean, cacarean, croan en la junta,
Le pesa el sueño en los ojos,
Le pesa no poder dormir ahora

Ella viene hasta mi escritorio, me dice que la noche anterior soñó conmigo, y ante mi pregunta, solo responde, no sabes de lo que te pierdes. Luego se va.

Cosas que dicen en la cafetería: Como el café, nadie me obliga a tomarlo, no soy adicto a la cafeína, pero me gusta pensar que contigo es más agradable la tarde.

Te amo, no de ahora, de antes, desde cuando la noche era la voz del sol y el día no había sido parido por la luna.

¿Qué tal si despiertas ahora y das lugar a este sueño?

Ella me dio un beso, y al notar mi sorpresa me dijo, quédate con el cambio.

En su casa las habitaciones están numeradas, desde el uno hasta el once, cada noche juega a los dados y dependiendo del número que aparezca en ellos duerme en la del número que corresponda. Yo escojo la habitación según el número del día, según la semana, a veces la habitación es la misma y nos encontramos en ella, por ejemplo ahora, estamos en ella y me gustaría que no jugaras más los dados y yo abandonar mi manera de buscar el lugar en donde quiero estar.

Ella trajo semillas de silencio, extraídas de su propio fruto, las dejó conmigo hasta que callados ambos comprendimos que estar atentos el uno del otro es el primer regalo que debemos dar y recibir.

La guitarra tiene manos propias, se toca ella misma, no le pongas atención, dejará de hacerlo y podrás dormir sin su canto.

Breve, narrada brevemente, serías este beso en tu boca. Extensa, narrada extensamente, serias este beso y el beso que sigue.

El abuelo, a cada uno de sus nietos le regaló un calendario y un reloj, un calendario apenas con los días enumerados de uno a trescientos sesenta y cinco, sin nombres, sin meses. El reloj solo tiene las manecillas pero no los números. Una nota con la siguiente línea: aunque te digan que todo está marcado, eres tú quien nombra las horas y días, los meses y años.

Yo le puse a la noche tu nombre y la madrugada quiso seguir siendo tú.

Hemos perdido la locura, era lo único que teníamos para usarlo en defensa propia. Ahora perfumados de cordura despreciamos la magia vivimos inundados de razones y de lógicas.

Usted debe entender que sus aproximaciones a la vida de los demás dejan la huella de los pasos con los que te acercas, así, trate de limpiar tus pies para que tus huellas sean limpias sin el mugre y el barro de tus días. Usted no sabe cuánto mugre y barro lleva porque quizá le sea invisible, transparente a sus sentidos, considerando esto y sin que pueda limpiar algo que no conoce, sea prudente con sus pasos, acepte que los demás si ven mugre en sus pasos.

Cosas que dicen en una librería: habla de mí, cuanto tú lo haces me siento más bonita, tus palabras son propiciadoras y concentran en ellas la belleza.

En mi reino, y digo reino de manera metafórica, si encuentras un muro que te impide pasar es porque tú lo construiste, si encuentras una puerta cerrada, abierta, ancha o angusta, también tú la construiste. Comprende que mi reino no tiene límites o fronteras, es tan amplio o tan pequeño como tú quieras verlo, si quieres estar en él solo llega, no digo entrar porque para entrar tendrían que existir puentes y puertas, no los hay, si los ves es porque tú los construyes. Dicho lo anterior, y entendiendo que no era necesario hacerlo, si no llegas a mí es porque tú te niegas.

¿Te acuerdas cuando éramos invisibles? Te besaba en la sala de tu casa y creíamos que nadie podía vernos.

Ella pregunta, ¿Qué te hace poeta? Alguien dice, he publicado libros, otros responden percibo el mundo poético, se escucha también, soy sensible a la poesía. Ella pone su mirada en mis ojos, y le digo, tú sientes mis palabras como si fuesen tormenta en tu alma.

Soy frágil y fuerte como la madera, si me pones en tu fuego arderé contigo como la leña, si me pones en tu mesa sostendré tu comida, si me dejas, un bosque por ti espera.

Duerme otra vez, vuelve a soñarme.

No es tu cuerpo, es tu sombra la que va pudriéndose, por eso no puedes deshacerte de tus olores

El helado duerme mientras el sol lo mira, sabe que es suicidio hacerlo sobre el asfalto bajo su luz de fuego.

Lo sabes, no hace falta una copa vacía para llenarla con tu ausencia.

Solo hay un lugar para los muertos, buenos o malos, es la memoria de quienes los amaron, nada más hay después del último instante de vida.

Cada noche, al llegar a casa, extrae peces muertos que según él los encuentra perdidos en la calle y entonces los adopta.

Mi mano está abierta, dispuesta a absorber todos los colores de tu cuerpo

Mi mano lee el color de tus formas y graba dudas y certezas pictóricas en mi alma.

Ella le dice, otra vez me traes flores con pétalos de humo.

Le duele todo el vientre bajo, sigue sentada en el baño, si pudiera se quedaría en posición fetal ahí sin moverse, duda de que el vientre bajo exista, no quiere poner sus manos donde le duele, teme encontrar solo un hueco lleno de alambres de cobre. Las dos pastillas de calmidol no hacen efecto, el dolor es el otro lugar de la locura, presiente más cerca a los fantasmas que al efecto de la medicina. Alguien la llama, responde internamente con palabras grises y altaneras, eso no apar ce en su voz, solo dice, ya salgo, y unos minutos después siente que la luz de la ciudad son fragmentos de su vientre.

Ella llama, la escucho, antes de colgar dice, no vuelvas a mis sueños sin aroma, necesito que huelas a algo para luego recordarte.

Le duele todo el vientre bajo, sigue sentada en el baño, si pudiera se quedaría en posición fetal ahí sin moverse, duda de que el vientre bajo exista, no quiere poner sus manos donde le duele, teme encontrar solo un hueco lleno de alambres de cobre. Las dos pastillas de calmidol no hacen efecto, el dolor es el otro lugar de la locura, presiente más cerca a los fantasmas que al efecto de la medicina. Alguien la llama, responde internamente con palabras grises y altaneras, eso no apar ce en su voz, solo dice, ya salgo, y unos minutos después siente que la luz de la ciudad son fragmentos de su vientre.

Ella llama, la escucho, antes de colgar dice, no vuelvas a mis sueños sin aroma, necesito que huelas a algo para luego recordarte.

Convertimos el encuentro en rito, hablar de ella en una liturgi; cada cierto número de soledades íbamos al bar para festejar que aún aparecía en el recuerdo, brindamos por ella, inasible pero con una historia llena de aristas, el primer día, el último, momentos de gozo y de duelo, las horas de sueño, así, narrada a partir de una memoria en conjunto ella aparece con nombre propio en el último brindis de la noche.

El agua pasó a ser vapor de si misma, una vez más la falta de atención ha dispuesto que se evapore en la taza de aluminio, desde la cocina irrumpe el error asociado al descuido y la falta de costumbre de cocinar o preparar alimentos. Ahora el té tarda unos minutos más en prepararse, esta vez me quedo junto a la ventana de la cocina, el agua hierve, una mirada oportuna a la estufa advierte de la urgencia de dar vuelta y poner en apagado el fogón. La taza de porcelana abre toda su garganta y recibe el agua, dentro ya estaba la bolsa, blanca y rectangular, sabor a piña. Ruido de nada, así es en la cocina cuando no pongo atención más que a la tibieza del agua, miro por la ventana con la taza en la mano, afuera una repetición me sigue, los autos en el parqueadero, las ventanas con sus cortinas de plomo que impiden el paso de la luz hasta mis ojos, un gato cruza sin ser la suerte de nadie, una luz se atora en un vidrio y vuelve a su origen. El té pasa a estar en un lugar dentro de mis jugos gástricos

Estoy asombrado de la belleza que guardo de ti en mi memoria, y de la no-belleza que encuentro en ti ahora cuando te veo. Son dos estéticas diferentes las de mi ayer y mi hoy con las que te miro.

Cosas que dicen en la tienda de juegos electrónicos al ver a una señora con el cabello teñido de dorado y con las raíces negras: Se está convirtiendo en un Super Saiyajin.

Le digo, ¿eres casada o soltera? Ella responde, eso no importa si me quieres, harás lo que sea sin importar mi estado civil.

Ella llamó para decir, soy tu mitad adicional.

Te plantas ante la duda y te niegas a irte sin una certeza, lo ves, le clavas tu mirada entre las pupilas y esperas una respuesta, quieres saberlo, no esperas cultivar incertidumbres mayores, es cierto, no te prometió amor por siempre ni estar ahí cuando lo necesitaras, aún así, este es un momento oportuno y se vuelve ansiedad conocer la respuesta, le preguntas si la exuberancia líquida cuando te dilatas sobre su sexo es exactamente un orgasmo.

Abres el espejo, algo aprendido en días pretéritos te hace pensar en los espejos como puertas cerradas que solo se abren cuando apareces ante ellos. Crees firmemente en esto, se aprende en el pasado y también en el futuro, toda corrección mental es el futuro, no pasó en el antes. Te desnudas ante el espejo, está en tus maneras, en tu memoria básica hacerlo, desde algún día no lo haces si no hay uno delante de ti. Hay uno en tu cuarto, otro en el cuarto de la ducha, uno empotrado en la pared frente al sofá de la sala. La ropa la dejas apilada en donde te desnudas, y solo la levantas de allí cuando vuelves a vestirte. Crees con firmeza que algunas veces algunas piezas de tu ropa desaparecen porque alguien desde el otro lado de la puerta pasa y las toma para no devolverlas.

Una muchacha a un muchacho en transmilenio: para ser claros, si tú quieres rápidamente hacer el amor conmigo, y a la misma velocidad olvidarme, debes saber que para mí el amor es como el ocio, es sagrado y me dedico a él despacio, sin afanes, lo hago cuando me es necesario, y sin prisa, no así, veloz porque hay que ir rápido por la vida.

Yo no sé, de pronto y vuelves porque eres noche y día.
Yo no sé, de pronto y vagas en mis ojos como mar y luna.
Yo no sé, de pronto y cesa esta espera, vienes acá y te quedas.

Inhabitable, te lo dije, así me siento, dame un poco de tiempo y reparo las averías. Ella mira a mis manos, las abre y dice, déjame estar un poco contigo, ya veremos como dejamos todo justo, y fluímos juntos, aún con y en tus averías.

Hay días en que la noche no llega, hay horas en que el siguiente minuto no rueda, hay panes a los cuales no les llega su instante en el horno, hay loterías que esperan a ser comprada por alguien de suerte, hay una mujer enamorada con el beso y el nombre del amado en la punta de la lengua, ella lo pronuncia y sus palabras son libertad y regazo pero nadie las espera.

Yo no lo sé, de pronto y conocer la respuesta exacta, la correcta y tener de ello la certeza atribuida a los libros, de pronto y eso rompe la magia de la especulación, sí, esa oportunidad de suponer y presagiar, de apostar la victoria y la derrota en una hipótesis, por eso, deja así, no me digas si me amas, no confieses si lo haces, quédate así, a medio camino de la sonrisa, como si una perplejidad te consumiera a medias. Yo no lo sé, de pronto me amas, desde antes, desde aquel instante en que tu color de rostro tuvo ese pequeño murmullo rojo que pone la timidez en el rostro, yo no lo sé, de pronto y todo en ti es una cordialidad propia de los amables y estas maneras tuyas conmigo son apenas eso, una cordialidad que tienes bien puesta en tus costumbres. Yo no lo sé, y hoy se me antoja no saberlo para especular durante el día, me amas, no me amas

He puesto en mi memoria una hoja de viento, de las que tienen lugar en el horizonte, mueve sus horas entre imágenes del agua antes, de la lluvia después, y se mantiene herida en una nube que es apenas un instante inasible del que digo ahora, es ahora lo que será siempre.

Nos hemos puesto viejos, contagiados de un cuerpo averiado, redimimos en la pupila las heridas abiertas, te miras y me miro, lentamente vamos perdonándonos la historia.

Abandonamos los lugares comunes, dejamos atrás la inoportuna pereza cuyo nombre es indiferencia, ofrecimos las manos abiertas y pusimos la boca dispuesta, entusiasmados sin importar las averías prometimos todos los encuentros, serenidad y esfuerzo. Propusimos la entrega entera, aún con grietas y temblores, nos dimos para todo y todo, así sin usar la palabra que emociona tanto, decidimos cumplirnos el uno con el otro, no dijimos amarnos, en cambio sí estarnos para ambos, como si el amor fuese ahora una extensión serena de las emociones en el cuerpo.

Tardas en nombrarme porque tu sonrisa es extensa cuando lo haces

Te llamas nube y caes tildada entre gotas para dejarte apreciar por mi tierra.

Compra mis noches, son de uso sencillo, no fatigan y vienen con un amanecer entre sus horas, compra mi noche, pido por ella una canción de cuna y una ternura.

Debes entender que a veces tienes que hacer algo para intentar poner algunas cosas en equilibrio, comprende que no se trata de misericordia o cesión o de ayudar a otros, solo es impulsarlos con tus medios para vuelvan a su punto de equilibrio.

Acerca tu oído a una antorcha encendida, siente el ruido del fuego al quemarse, no lo dudes, el fuego se quema a si mismo, así como en ti, tus actos son una antorcha que te van quemando para que sea tu propio fuego el que te alumbre.

Cosas que dicen en transmilenio: solo me duele donde me faltas.

No, no me he cansado del camino, ya estaba así desde antes, no sé de dónde, solo ya traía un cansancio acumulado, quizá fue la ansiedad de encontrarte, creo que vine acá solo a encontrarte.

Hay quienes se suponen sin sombra y van por ahí negando la luz de los otros que los miran.

Yo también quiero ser tú al final de la tarde cuando sin otro rumbo te repliegas a tu alma y desarmas tus anuncios para quedarte apenas con tus ojos en vela.

Siempre es la hora cero cuando no esperas nada en la distancia.

Tú tan lectora y yo tan libro, tú tan hoja y yo tan letra, pon tu mirada sobre mis horas, dame de tus palabras para mí boca.

Cosas que dice un amigo, no respondo por vidas pasadas, quéjese con el karma.

Te vas de mí porque en mi puerto hallas tus anclas.

Buscando voces nocturnas en mis libros de casa encontré uno donde tu sexo se sujetaba al borde de la hoja, extasiado y tembloroso de ser nombrado por mis palabras.

El enojo se planta abajo de la garganta y se dobla hasta caer al estómago, con los días se vuelve silencio, un silencio lleno de tonos, con delgados hilos de cobre cruzando las cuerdas bucales, con afiladas espinas alojándose en la lengua. Me ves y no puedes escuchar el ruido, el batir de enojos que he tragado y callado, por ti, por mí, por otros, una suma más. No me preguntes, no estoy preparado para preguntas y responderé con silencio cuajado para que nadie sepa que dentro un molino quiebra mis enojos para que no se noten jamás.

Había adquirido un miedo por sus sueños que se exaltaba cuando ponía su cuerpo en la cama, esto empezó unas semanas atrás cuando durante cuatro días seguidos tuvo pesadillas cada noche. En su apartamento, al despertar no tenía a quien acudir para serenarse, entonces esa tarde tomando café me propuso quedarme en su casa, en su cama, y dormir con ella muy juntos. Me gustaba, claro que me gustaba, y mucho, no pregunté, acepté de inmediato, al siguiente día estaba parte de mi ropa en su closet y mi pijama debajo de una almohada con la suya. Me pidió calma con lo del sexo, puso su timidez en las palabras con las que me pidió darle al sexo una espera, yo acepté, ya estaba en la escena de los protagonistas así que la actuación y los planos se rodarían pronto, además nadie amenazaba con quitarme el rol protagónico.
La primera noche soñó igual, yo la sentí temblorosa y delirante, la abracé con temor de despertarla, luego la desperté, no podía con las palabras, su cuerpo le pertenecía a temblores continuos, se quedó aferrada a mi cuerpo, eso no cuenta como abrazo, creo que soñó nuevamente, una pesadilla menor en relación con la primera de la noche. Al siguiente día me iba diciendo como sin querer contarlo todo, las imágenes, las sombras, el temor, la huida, el temblor y la furia, no había posibilidad de alegría o confianza en sus sueños. Fui aprendiendo a escucharla, a contener la testosterona y a ser apenas el puente al que podía volver para conectarse, para ser rescatada.
Repetición tras repetición, noche a noche como una serie que tiene su capítulo diario en el prime time de la noche. Practicamos con meditaciones, terapias con aroma, sonidos de cuencos y campanas, sexo, bueno, cada noche le acariciaba el cuerpo con aceite y cremas para relajación, y a veces la caricia explotaba en el lugar por el cual yo había ido a su casa. No funcionaban las terapias, las pesadillas se retiraban una noche o dos, volvían el resto de días de la semana. No me permitía soltarla en la noche, empezaba abrazado a ella, y si el calor nos acosaba, la tomaba de la mano, para saber que no la soltaría puse una cinta entre su brazo y mi mano, atados para darnos confianza de que ella no caería porque yo la estaba sosteniendo.
¿Qué sueñas? Ella temía a esa pregunta y la contestaba con evasivas, no quería repetir sus imágenes, un día decididos a enfrentar al monstruo nocturno empezamos a escribir lo que recordaba, una continua sucesión de hechos fatídicos, sin orden, sin lugar a la conexión, de esta manera fue al comienzo, luego no, al final de la semana empezamos a conectar una historia con otra, dos semanas después una estab completa, narrada en el papel, cerrada de principio a fin, no volvió a soñarla, las otras, con las otras fue lo mismo, sus sueños se hicieron ligeros, pudo conciliar el sueño en confianza. Ahora, duerme abrazada a mí por costumbre, yo no, yo lo hago porque amo sentir que puedo ser su héroe, y ambos con excusas diferentes nos quedamos dormimos hasta que al siguiente día yo digo, buenos días bonita, y ella dice hola amor, he vuelto.

Había adquirido un miedo por sus sueños que se exaltaba cuando ponía su cuerpo en la cama, esto empezó unas semanas atrás cuando durante cuatro días seguidos tuvo pesadillas cada noche. En su apartamento, al despertar no tenía a quien acudir para serenarse, entonces esa tarde tomando café me propuso quedarme en su casa, en su cama, y dormir con ella muy juntos. Me gustaba, claro que me gustaba, y mucho, no pregunté, acepté de inmediato, al siguiente día estaba parte de mi ropa en su closet y mi pijama debajo de una almohada con la suya. Me pidió calma con lo del sexo, puso su timidez en las palabras con las que me pidió darle al sexo una espera, yo acepté, ya estaba en la escena de los protagonistas así que la actuación y los planos se rodarían pronto, además nadie amenazaba con quitarme el rol protagónico.
La primera noche soñó igual, yo la sentí temblorosa y delirante, la abracé con temor de despertarla, luego la desperté, no podía con las palabras, su cuerpo le pertenecía a temblores continuos, se quedó aferrada a mi cuerpo, eso no cuenta como abrazo, creo que soñó nuevamente, una pesadilla menor en relación con la primera de la noche. Al siguiente día me iba diciendo como sin querer contarlo todo, las imágenes, las sombras, el temor, la huida, el temblor y la furia, no había posibilidad de alegría o confianza en sus sueños. Fui aprendiendo a escucharla, a contener la testosterona y a ser apenas el puente al que podía volver para conectarse, para ser rescatada.
Repetición tras repetición, noche a noche como una serie que tiene su capítulo diario en el prime time de la noche. Practicamos con meditaciones, terapias con aroma, sonidos de cuencos y campanas, sexo, bueno, cada noche le acariciaba el cuerpo con aceite y cremas para relajación, y a veces la caricia explotaba en el lugar por el cual yo había ido a su casa. No funcionaban las terapias, las pesadillas se retiraban una noche o dos, volvían el resto de días de la semana. No me permitía soltarla en la noche, empezaba abrazado a ella, y si el calor nos acosaba, la tomaba de la mano, para saber que no la soltaría puse una cinta entre su brazo y mi mano, atados para darnos confianza de que ella no caería porque yo la estaba sosteniendo.
¿Qué sueñas? Ella temía a esa pregunta y la contestaba con evasivas, no quería repetir sus imágenes, un día decididos a enfrentar al monstruo nocturno empezamos a escribir lo que recordaba, una continua sucesión de hechos fatídicos, sin orden, sin lugar a la conexión, de esta manera fue al comienzo, luego no, al final de la semana empezamos a conectar una historia con otra, dos semanas después una estab completa, narrada en el papel, cerrada de principio a fin, no volvió a soñarla, las otras, con las otras fue lo mismo, sus sueños se hicieron ligeros, pudo conciliar el sueño en confianza. Ahora, duerme abrazada a mí por costumbre, yo no, yo lo hago porque amo sentir que puedo ser su héroe, y ambos con excusas diferentes nos quedamos dormimos hasta que al siguiente día yo digo, buenos días bonita, y ella dice hola amor, he vuelto.

Ella me dice, voy a leer tu futuro en las líneas de tus manos, mis ojos se desplazan por mi piel, alcánzalos para que ellos te digan lo que leen.
Yo sigo sus ojos y al final he olvidado si leyeron algo, al final he sentido su cuerpo y eso me es suficiente para creer que el futuro es lo que quiero que en mí vean sus ojos.

Para evitar que la memoria en sus horas esquivas desaparezca aquello a lo que no le pusimos nombre, yo a ti voy a llamarte amor, para llamarte amor para siempre

El conejo con plumas de hielo se derrite sobre sus pies, hace frío, está helada, y su novio no está para chuparla como a una paleta. Afuera, todo es afuera, adentro nada, esta mañana el amanecer no quiso pasar por la ventana, se quedó colgado en la calle, aunque lo hubiera invitado a seguir no entraría. Se va poniendo oscuro, se toca el rostro, no cree que esa manera de pasar su propia mano por el rostro sea acariciar. Hace frío, la mesa sigue vacía, una taza de té estuvo hace un poco ahí, ella también, sentada tomándose el té. Al medio día se ocupó en limpiar las uñas de los pies, quiere usar sandalias todos los días, le gusta como se ven sus dedos desnudos, a su exnovio le gustaba acariciarlos, a veces piensa mal de él, es un poco tonto, más tonto que listo, pero no importa, si estuviera con ella le pediría que le traiga café y cobijas y cosas para quitar el frío. Se hubiera ido con otra tendría a quien odiar, pero no, se fue por cuenta propia, excusas, excusas nada más. Hace frío, y esta noche no vendrá el sol

Pones tus manos entre las piernas, hace frío y sabes que ahí encuentras calor, te quedas quieta al comienzo, luego aprietas y las piernas y cierras las manos, el frío debe sucumbir ante el ahorro energético que ahí conservas, ahora te concentras en el calor, las manos se conectan, empiezan a perder el frío, el teléfono suena, no importa, una, dos, tres llamadas perdidas.

La lluvia es un perro sin dueño que ladra a la ventana, y tú, su luna, en tu cuarto la escuchas pero la ignoras.

La juventud, ese inasible estado del alma me ha llegado en la tarde de mis días, lo sé, son setenta y me enamoré de ella, a sus veinte, como si los días solo me hubieran llegado para estar ahora así.

Me gusta verte organizando las cosas que usaras en la semana, el bolso del lunes, la cartera del martes, los aretes del miércoles, el anillo del jueves, los zapatos del viernes, las uñas protegidas con esmalte, con color o solo con brillo, el color de la ropa, la forma de las manillas y los collares, el aroma de los perfumes para un día y otro. Esta noche pasas en pijama de un lugar a otro, llevas tus cosas, las ordenas, me miras y sonríes, sé que me miras y lo haces con la certeza de mis ojos siguiéndote. Yo saco un mapa, uno de la ciudad, empiezo a poner puntos sobre lugares, calles y carreras, espacios con nombre, luego, cuando según tú has organizado todo pasas a ver mi mapa y me preguntas si es noche de apuestas, ella adivinará los lugares marcados y de no hacerlo yo escogeré la ropa que llevará cada día.

Esto es lo que parece, me gustas y estaba tratando de poner mis ojos junto a la luz que cruza tu escote.

Pones una mano sobre la otra, la palma abierta, los dedos en movimiento, das forma a caricias para apagar el frío, es una tarde de páramo y la piel se resiente, una tibieza propia va aproximándose, los dedos reconocen trenes, ruedan rutas entre ellos, sigue el frío, las manos tibias, notas que te miran, alguien ha puesto su mirada en tus brazos, te sientes tímida, mueves los brazos, escondes tus manos, afuera sigue el frío, en tus bolsillos están las manos tibias.

Me dice: para qué las llaves, no hay puertas para abrir, la idea de abrirlas trae consigo la idea de cerrarlas, mi corazón está dispuesto por y para ti, no hace falta abrirlo ni tener presunciones de cerrarlo, vente no más a quedarte.

Cosas que pasan en una estación de buses: un tipo golpea a otro, y le dice: no te estoy pegando porque te hayas metido con mi novia, eso hasta te lo perdono, lo hago porque ves en ella una belleza que yo no encuentro, y la tienes convencida de su belleza, pero yo no puedo hallarla.

Una apuesta, una plegaria, tu sonrisa antes de mi despertador.

También llevas mi noche en tus manos y me desprendo de ella dando forma a las sombras entre las líneas de la palma abierta.

Ella me dice, ¿por qué andas con esa barba incipiente? Y le respondo, espere en la mañana a que fueras a mi casa a afeitarme.

Digo, ríos de silencio bordean la cordillera y caen herrumbrosos sobre la noche clara. Ella expresa su indiferencia diciendo, es demasiado fácil y de uso común ese verso.

Digo, amargada por sus grietas, y harta de los afanes que la olvidan, la pared comprende que su aceptación es óxido y mancha, desgano y desaliento. Ella pone cara de inapetencia, hace una mueca y luego con voz de vieja agria pregunta, ¿de qué estamos hablando?

Digo, toda puerta tiembla y tartamudea con llanto antiguo cuando pasa de abierta a cerrada sin haber visto cruzar por su abertura un abismo. Ella dice una palabra en otro idioma, entiendo que hubiese sido mejor ese escupitajo en mi idioma.

Digo, una llanura abierta expone sus pliegues hechas surco, se dejan leer y en ellos se borda el destino, uno igual al que no está escrito. Ella afila su amargura, le pone dientes a sus ojos y enfila hacia mí su descontento.

Digo, cuerda fácil, lenta espina, sal alada, no traigas a mi oído o a mis ojos tus espumas.

Al final del día, ya exhaustos, dijimos, vamos a ponernos serios para siempre, y desde entonces estamos riendo.

Estoy muy cansado para olvidarte

Me preguntas por qué pienso en tus senos como ventanas, y entro por ellas a explicártelo.

Me preguntas por qué pienso que tú desnudez es un vestido que te quitas al despertarte y yo no puedo responderte porque estoy oliéndolo en mis manos.

Me preguntas si quiero el café en la cama o en la cocina, yo sonrío al decirte que es una gran metáfora para referirse a hacer el amor en la mañana y me trepo a amarte sobre tus ramas.

Me preguntas si amé a otras mujeres en el pasado, y respondo con avidez de verso, no puedo dejar de amar lo que amé, aún las amo, no puedo olvidar que la promesa de amar es para siempre, lo seguiré haciendo. También debo decirte que son como poemas escritos a los que no les pondré una letra más, sobre los que no roerán mis ojos, de los cuales tengo una memoria de imágenes para las cuales no alzo las velas del movimiento. Para mí, tú eres mi ahora, mi instante, este instante en que la eternidad nos junta por siempre.

Me preguntas por qué tiemblo cuando te toco, y te digo que también mi temor quiere acariciarte.

Me preguntas en qué pienso cuando digo tu nombre, en sonrisa y beso, eso respondo, y me acerco a tu boca para decirlo.

Me preguntas si es cierto que existe una ventana, en algún lugar, desde donde se observa entero el universo, con los días pasados, el presente y los días futuros, yo no te respondo porque lo estoy viendo en tus ojos.

Abordo las horas pulsando tu nombre en mi memoria, una vuelta y otra, un abecedario de números, una secuencia numérica de letras, igual a un velero de agua dulce, vas entre mis ríos sin luna y mis ríos sin sol hasta quedarte como un ritmo de tambores.

El tipo en la calle insiste en repetirlo pero no lo escuchamos: esto que llamas mundo es una simulación, estás programado y quieren saber, acorde con tu programación, cómo te comportas en este escenario. No hay más allá, más acá, vida antes o después, ni tienes otra opción diferente a seguir lo que te programaron.

Pongo el oído en la ventana y percibo aún el susurro del Big bang expandiendo las cosas, no lo entiendo y acepto perplejo el movimiento, mínimo, imperceptible que ocurre en el ojo, pupila extendida, abierta, dilatada, ante la perplejidad mi memoria te recuerda y a todo le pone tu nombre, así olvido, Big bang, ventana y susurro para quedarme contigo.

Se cayó el atardecer y aún no llega la noche

La noche está vacía de oscuridad y centelleantes.

Rueda una oscuridad, te busca, y yo con ella voy a encontrarte.

Hay amores que son fruto de una raíz envenenada en tierra de licor, aparecen tras la repetición del trago, en la curva de la copa que sostiene el cóctel, dos mensajes después del primero que deja la cerveza en la punta del paladar. Son amores como la palabra, y el sexo, llegan con la humedad, con la sed curada y el espíritu cercenado de razón.

Cosas que una mujer dice y me pone de buen ánimo:
En el restaurante, en la hora del almuerzo, entro y escojo una mesa, al rato siento que alguien me hace gestos, es ella, me dice, ya sé por qué eres soltero, no te fijas fácilmente en las mujeres bonitas, por eso te sigo.
En la noche, una amigo me presenta a una muchacha, le dice, es un amigo y poeta desconocido, entonces con una sonrisa en el borde de la picardía me dice, si quieres esta noche dejas de ser desconocido y le pongo mis aromas a tu poesía.

Yo no sé tu sexo pero tu mano lo sabe.

Mi mano abierta, metáfora de tu sexo.

A veces va uno por ahí y se le hace necesario contar, por narrar lo que le pasa.

Ayer haciendo fila en una sucursal bancaria, una mujer un lugar atrás del mío reclamaba porque a la otra fila la atendían más rápido, y se quejaba por el servicio. En el primer lugar de la fila, una señora giro para verla, le dijo, si tiene alguna urgencia yo le cedo mi lugar, y se pasó atrás, yo hice lo mismo y la dejamos en el primer puesto para ser atendida. Desde ese instante dejó de quejarse de que a la otra fila le dieran prioridad. Me quedé pensando, algunos quieren que el mundo se mueva alrededor de sus afanes, y no les importa el otro cuando su necesidad está satisfecha.

Ayer en una conversación en el transmilenio, alguien hablaba del transporte masivo y se enfocaba en casos puntuales que se presentan pocas veces, en las excepciones a lo que ocurre, y esperaba discutir la generalidad después de zanjar o dar solución a los casos a los que él se refería. Me quedé pensando en que algunos quieren hacer las reglas y estándares a partir de las excepciones, entonces pocas veces van a lograr dar soluciones porque parecen enfocados en lo que no tiene una solución pronta,algo como, yo me bajo del mundo y solo hasta que sea perfecto yo me subo a él

Ayer en el almuerzo, una mujer dejó el postre porque está a dieta, otro compañero de mesa le dijo, dirigiéndose a ella, por eso dejamos de querer a las gorditas porque ustedes mismas las niegan. No hubo discusión alguna sobre lo dicho, ya satisfechos cada uno nos levantamos y fuimos a caminar un poco antes de volver al trabajo, yo me quedé pensando en que muchos de los conceptos que tenemos han sido impuestos por los medios de comunicación, y sobre ellos empezamos a construir nuestra manera de llevar la vida, sustrayéndonos de lo que somos para satisfacer el estándar impuesto por otros.

Ayer una amiga puso condones en el bolsillo de mi saco, con ellos una nota, ‘esta noche voy a tu casa, mañana rompes los que no usemos’, esta mañana, cuando ella salió para ir a su casa, me dio los condones no usados para romperlos, y cuando lo hice me dijo, así es la vida, lo que no uses ni disfrutes se pierde, así que abre las ganas, disfruta la vida.

No, no es mi sombra, es mi reflejo.

Después de que admiro su belleza, ella me dice, es que soy inmune a los halagos.

Le digo a los perros, el fin del mundo empezó, y ellos me responden, el fin del mundo ya terminó, ladran a la luna y puedo verlos aullar desde mis pies hacia la cima de mis ojos sin despertarme.

Hay quienes pasan sin fatiga la noche, sin sentir el aroma de la luna, o presentir la lluvia o los ríos en su cuerpo. Van del día a la noche, ensimismados en sus vidas pendulares, a la noche, al día, sin comprender el olvido o la memoria.

Hay quienes llevan la luna en los ojos y la dejan vuelta hilo, secuencia de gotas, cuando son atrapados por su propia derrota

Pones tu boca en la mía, me pides decir tu nombre y al tiempo tú dices el mío, luego desde tu lengua haces llegar a mi boca una cereza, la dejas, redime unos segundos con un beso y me dices, como yo lo siento en tu boca he puesto mi mundo.

Tú también eres una ciudad y yo rodeo tus andenes bajo la noche

Esta tarde en el bar, en el sofá al fondo, cerca de la chimenea que nunca encienden, una pareja se besa y contempla amorosamente. Reconozco a la mujer, al muchacho no, ella es la ex novia de uno de mis amigos. Una especie de celo y envidia, de remordimiento y venganza me atraviesa hasta pensar, cuando estaba con mi amigo era más bonita, siempre se veía linda, hoy está achatada, achacada, sin gracia alguna.

Le preguntan a uno de los poetas, ¿desde cuándo escribes? Y él responde, desde cuando tengo uso de razón. Yo me hago la misma pregunta y respondo diferente: desde que abandoné la razón.

Cosas extrañas que ocurren al final de la noche: la mujer se acerca, me saluda, dice una y otra cosa, luego se atreve y me reclama, he estado viendo a su novia mucho tiempo. Yo, antes de la bofetada le digo, a mí me gustan las dos.

Los gatos bostezan extenuados de descanso, se conceden un rato de ojos abiertos y consideran un agravio solar la luz que lo enciende todo en sus ojos. Dan una vuelta sobre cualquier eje y caen dormidos nuevamente bajos una sombra que cae rasgada desde las cortinas hasta el sofá donde todo es descanso.

una muchacha al joven que va a su lado, esta mañana iba a besarte para despertarte pero pensé que si lo hacía pensarías que seguías soñando.

Le cuento a mi amiga de lecturas literarias que esta semana no he leído poemas, ella hace un gesto de asombro y me dice, no puedes vivir sin poesía, ¿cómo pudiste hacerlo?, entonces le digo, he pensado en tí y tú encajas exacta como un poema en mis palabras.

Cosas que dicen en la calle dos desconocidos: Uno nace perfecto, libre de todo vicio y sin miedos, con el tiempo se va averiando y cuando ya adulto se da cuenta, entonces empieza a repararse para volver a estar sin miedos y sin vicios hasta que muero lleno de retazos y costuras.

Ella nombra una hora, un día, una semana, un mes, un año, un lustro, un siglo. En cada mención del tiempo también ofrece mi nombre, es así como existo en el infinito.

Hay días, como este, en que el reloj pausa sus latidos y me espera, sabe él de mi fatiga y solo vuelve a empezar su cuenta cuando yo reinicio los pasos aún sin ti, aún en desamparo.

Es el sexto semáforo en rojo al que asiste mi espera esta mañana, una mujer cruza caminando y mueve su cuello para ver hacia los autos, parece no buscar nada, se trata más de una prevención, no quiere ser sorprendida por el movimiento repentino de los autos. Todo pasan, todo sigue, todo continúa, y si algo no está en ese todo es porque se queda quieto, estático.
Desde la esquina en el cruce del noveno semáforo un hombre hace girar la rueda de su bicicleta, no se desplaza, solo la hace girar mientras la mantiene levantada, a su lado, una niña con uniforme de colegio lo observa, lo ausculta con vocación de bacterióloga. El semáforo cambia y mi mirada se queda estirada sobre la espalda del hombre que voltea su cuerpo en dirección contraria.
Dos y tres cruces con el placer del verde abriendo la calle sin estar obligado a detenciones, los árboles saltan hacia atrás y desaparecen, placeres que permite la perspectiva, estar en movimiento y creer que es otro quien se mueve. Un timbre, un número, un nombre en la pantalla del móvil, una llamada, un saludo y la cuenta de los semáforos se olvida.

Las manos de mi mamá se abren, no ofrecen una caricia o un abrazo, solo muestran las líneas en la palma, las líneas que conectan mi mundo con sus historias. Entonces, empieza con una historia breve, y me dice, era una voz con tildes y caían nubes sobre la tarde, una gata se abarcaba extensa desde sus pies hasta la cabeza, así, así nació para ti la primera lectura. Luego, luego me dice, la historia larga, esa no está en mis manos o en las tuyas, ya sumarás letras y narraciones, tu historia larga está en la memoria de quienes te leen que quieren repetir en ellos lo que tú imaginas para contar.

También el infinito tiene un límite: la fragilidad de las alas, la temporalidad de los ojos, la persistencia de los pasos.

Estando solo me son posibles los viajes con los ojos, voy hasta donde se fracture la mirada, hasta el sitio mismo donde el tiempo y el espacio formaron una imagen. Con el oído, participo del bullicio, del movimiento de la voz y del canto, del hilo sonoro que sucedió en otros sitios. En cambio, con el olfato, con el tacto solo me es posible contigo, en el contacto con tu piel, en el contacto con tus aromas.

Si supiera de tu sexo estaría a salvo.

A pesar del día, la noche en tus ojos, y el grito del lobo en tu luna.

Cerramos las ventanas, ajustamos las puertas, encendimos los supresores de ruido, nos quedamos en silencio viéndonos a los ojos, callados hasta donde la respiración nos lo permitía, fue entonces cuando empezamos a escuchar una voz cantando entre los dos, un canto que en coro los dos íbamos repitiendo.

Una nube de ayer, caída sin esfuerzo,
trasladada por la voluntad del viento,
caíste sobre mí, en el principio como sombra,
luego fuiste intuición de lluvia,
así,
haciendo realidad la intuición lo fuiste,
caíste sobre mí, esta vez hecha agua,
cuerpo rajado entre gotas eso eras,
yo lavado me quedé contigo,
el recuerdo de la sombra,
la imagen del movimiento,
la piel cuajada en agua,
y tú sin aparecer más en mi vida

Ahora, cuando nos acogen para sanarnos, para compensarnos tantas deudas, entonces debemos decirles, lo único que tenemos es el dolor, y si nos lo quitan, nos quedaremos con nada.

Cuenta la historia que a un reino muy, muy lejano, en donde todos eran felices, vivían en paz y realizados, a ese reino llegó un expresidente suramericano, al enterarse de la situación dijo, hay que hacer una guerra para que yo sea su héroe y puedan elegirme indefinidamente como su presidente.

Cuenta la historia que a un reino muy, muy lejano, en donde todos disfrutaban de la abundancia, vivían sin necesidades económicas, a ese reino llegó un expresidente suramericano, al enterarse de la situación dijo, acá todos son ricos, hay que volver a la mayoría pobres para que yo pueda ofrecerles pan y agua, para que después me mantengan en el poder porque yo odio a los ricos y a los pobres les doy lo único que puedo darles, más miseria para que abracen el pan y el agua.

La poesía es efímera, igual que el amor, igual que lo eterno, efímero para nacer entre infinitos cada instante.

Yo tengo este nombre con el que muchos me llaman, pero tú sin pronunciarlo, y usando otra palabra, me nombras con la palabra amor.

Ella me dice, tengo guardados unos besos desde hace tiempo, quiero cambiarlos por nuevos, si estás de acuerdo te los doy, así yo tengo espacio para besos nuevos y tú, estos, mis besos antiguos te los quedas

¿En dónde está la noche? Dentro de ti.
¿En dónde está el día? Detrás de la sombra.
¿A dónde va la nube? La nube ya no está

No se cruza el silencio sin salir de él impregnado de ecos.

Somos canto en la voz de la tierra cuando sonreímos.

Amo a la mujer teatro de escenas y monólogos nocturnos, ella cruza centenarias lenguas por sus labios, dice, te amo, y cierra el telón, dice, te amo y abre la carpa, dice te amo y quiebra la luz, dice te amo y está segura de que yo soy su entero público.

Ella me sonríe y pasa rápidamente al desparpajo de su risa, me dice, viste, cada tres besos muerdo tu lengua, y lo hace en esta la décima cuenta.}

La mujer saca el paraguas y una brocha, pone unos tarros de pintura en el patio de su casa y empieza a pintar noches por las esquinas, toma sus pasos, los pinta de otro color, dibuja una ventana en el silencio, entonces se dice a sí misma, esto se volvió poesía y lo tira todo por la ventana del paraguas.

A veces herirte con orgasmos y a veces sanarte con heridas.

Ella me dijo, te recuerdo como a mi primer orgasmo, estabas ahí, en ese lugar sentado atando los cordones de tus zapatos, levantaste la cabeza y sin que tú pudieras evitarlo y sin que yo lo hubiera previsto, tu mirada adelgazó mis piernas en tus ojos y mi sonrisa aligeró mi timidez al ver tu rostro en rojo abochornado.

No te apresures a ser rutina en la sed de los amantes; no se marchita tu piel ni se areniza tu cuerpo con el tiempo. Deja que te vea el amor, el tuyo, y comprenderás que tú belleza es eterna.

¿Te parece si nos encontramos? El amor es un buen lugar para hacerlo

Mi vecina insiste en hacerme saber, y para no olvidarlo nunca, que en el libro que está sobre la cama están escritas todas mis historias, las de esta vida, las de las otras, ella toma el libro, da una vuelta por una hoja y la otra, sonríe, me aplaude, sonríe, se entristece, me cuenta de lo que lee, de cómo mi yo protagonista está siendo narrado en esas páginas, ya luego de verla hacer eso varias veces, tomo el libro, lo abro y sigue con las hojas en blanco

El hombre de la calle, el que duerme en el asfalto, se levanta y pone sus manos en la espalda, entonces empieza a limpiarse los pasos indiferentes sobre los que durmió en la acera

No, no eres la campana ni el metal que la compone, no eres su forma ni la fuerza que la mueve. Eres el canto con alas de flecha que desde la campana llega a mí para percibir la forma, el metal, la fuerza, el movimiento.

Ella, después del orgasmo, pone las manos en su sexo, tiene la idea de que un río en creciente labra otra geografía en su ribera

¿Por qué tendría que moverse el árbol, si el viento, la luz, la sombra y yo lo llevamos en nuestros viajes? ¿Por qué tendría que prometer amor eterno si todas mis conjunciones caben aquí, en ti, en mí inmóvil?

Lento, respira lento, con la certeza del que verá cumplido su propósito, lento respira lento la muerte sobre tu cuerpo.

Llueva y ella aún espera detrás de la ventana sin abrir más que los ojos, sin abrir la puerta, sin saber que él está en el agua, gota a gota.

Juntémonos, para la risa, para el ocio, para estar callados y para la charla, para la imprudencia que sirve de imprevisto, para la prudencia formal que exigen ciertos sitios. Juntémonos, para ofrecer el oído abierto, para exponer la boca abierta, para escuchar al otro, para contarlo todo. Juntémonos, para las pasos libres, para expresar la duda y la certeza, para observar un minuto y olvidar el siguiente, para caminar y estar sentados, para un café o un helado, para la tarde en el ocaso, para la mañana en el cielo abierto. Juntémonos, hay tantas cosas para compartirnos sin heridas, y aún con ellas. Juntémonos para esto, para que mi corazón atento admire el tuyo, para que tú sonrisa abierta se expanda ante mi vista. Juntémonos, como el árbol y el viento, como la tierra y el agua, igual que el mar y la arena, la roca el silencio, así, siendo cada uno lo que somos sin temor a perderse en el otro porque ya somos lo que somos y no vamos a cambiarlo.

Ven, Juntémonos un poco, un poco más, un rato y otro

Leer, escribir y amar. Leer tus ojos, escribir tu boca, amarte.

Lo que más me gusta de las estrellas es que aún sin nacer en tus ojos se riegan en ellos para que una lluvia de luces suceda al verte.

Llegas a mí igual que la lluvia, para estar, para irte, para un trozo de cielo, para un poco de sombra, para que estas palabras sean una gota apenas de muchas que llegan a los dos, igual que la lluvia.

Una mañana te despiertas, ves lo único que se puede observar a través de tus párpados abiertos, mueves tus piernas, recoges o adelantas tus brazos, entonces en ese instante te das cuenta que eres parte, una parte fundamental e indispensable del universo, sin importar tus brazos, sin importar tus alas, sin importar tus piernas, sin importar las largas y delgadas líneas en tus manos. Un día te despiertas y descubres entonces que eres, !que eres¡, y eso es suficiente para que valgas tanto como el sol, como la mirada indirecta que lleva los ojos a la estrella que ha perdido su luz hace mil años. Un día te das cuenta que las manos abiertas, que los ojos sin párpados cerrados son, los tuyos, son tan importante como la luna reflejando la luz al otro lado del universo, como esa luna que dice frío, plata, noche, bosque. Un día te despiertas, tocas tus rodillas frías, das una vuelta y otra, te desprendes, y te desprendes de pronto del miedo, porque es bueno desprenderse, te levantas porque levantarse es necesario, porque lo has aprendido de antes, porque te obligaron a hacerlo, pero esta ves que lo sabes, dices hoy como todos los días que vienen voy a tomarme el universo de mi parte, porque me pertenece, porque me es necesario hacer algo con él, porque yo soy el que lo cambia.

Giras muy poco el cuello, puedes verlo desde el lugar en donde estás, el escote abierto, en medio la imagen de un oso panda colgando de un lazo de color café. Das una ojeada, miras hacia el rostro de la mujer, no quieres ser notado, haces lo mismo hacia los lados, ahora estas tranquilo porque crees mirar sin ser notado, así, un poco ver por ver, sin esperar audiencias adicionales sobre tu mirada, sin juicios ajenos, con el propio es suficiente. Alcanzas a notar el inicio de la vertiente que separa derecha de izquierda, guardas la imagen, te la quedas junto con la tela abriéndose para dejar a la luz caer sobre la prenda interna, ahora te afana mucho ser notado, de has de ver con insistencia, pones los ojos en un lugar lejano, te concentras en otra cosa, apenas unos minutos alejado de la presa visual, vuelves, pones a los ojos directamente sobre el lugar que ahora está cerrado por dos brazos cruzados en el pecho.

Pones la cerveza en la barra, el hombre llegó hace diez minutos, lo sabes, viste el reloj en la pared, primero no querías ir, esperabas que tu compañero, el de servicio a las mesas fuese quien lo atendiera, pasaron unos minutos, el hombre tomó el móvil y estuvo observando la pantalla, tú seguiste haciendo como su estuvieras ocupada ordenando algo en los estantes donde están los vasos. Luego lo viste con más detenimiento, te sorprendiste pensando, «ese man es de los que da propina», entonces das los pasos necesarios, le ofreces las cervezas nacionales, las importadas y las artesanales, él escogió de las artesanales, una rubia, la llevaste y pusiste doble servilleta, también le preguntaste sobre la música, por una vez en la noche puedes proponer la música que se escucha en el bar, el hombre no pidió ningún tipo de música, lo dejaste solo y te sentaste a verlo desde un lugar junto a la caja. En la tercera cerveza notaste que el hombre ponía con insistencia las manos sobre el cuello y el hombro, del lado izquierdo, entonces cambiaste de posición y empezaste a ver que se rascaba y limpiaba las manos, luego de hacerlo, con un pañuelo azul que tenía junto al vaso. No comprendes los movimientos del tipo, piensas que puede ser una alergia o algo contagioso, ya no quieres acercarte pero él pide otra cerveza, le pides ayuda a tu compañero pero no la obtienes, sirves en un nuevo vaso, lo llevas, pero cuando te acercas notas que huele a tinta, logras ver el cuello, líneas y manchas acompañan una especie de jeroglíficos que aparecen en la piel, el hombre se tapa, te asombras, él lo nota, te retiras, vas hasta el fondo del bar, el olor de la tinta se sucede en cada respiración, vuelves, vas, vuelves a otros lugares del bar hasta que te llaman, el hombre pide la cuenta, la llevas, paga en efectivo, sumas y notas que la propina es generosa, quieres ignorar el aroma y las manchas, antes de que el esfuerzo se note, el hombre te dice «es una especie de maldición, cuando bebo los pensamientos me quedan escritos en el cuello y yo voy borrándolos al tiempo que surgen.»

Le digo, «hagamos el amor», ella me responde, «no, mejor, usemos intensamente el amor en nuestro cuerpo»

Debo confesar que amo el movimiento de la ciudad, sus habitantes invisibles, sus calles extendidas en horizontales pasos, sus edificios extendidos en miradas verticales, los autos aturdidos por el autismo de sus conductores entre la velocidad insaciada y la congestión que los obliga a la pausa. Amo los lugares comunes, una plaza repetida por la visita de palomas huérfanas, de habitantes a los que la vejez o la locura les entró desprevenidamente, el interminable camino de vuelta a casa, la avidez con la que se traga las horas de descanso y nos escupe luego a la rutina salvaje. Debo confesar que soy muy poco lúcido en esto de amar la ciudad, debe ser porque espero entre el ruido hecho calle, la mansedumbre hecha tráfico, el trabajo y el tedio que a veces son lo mismo, espero entre estas cosas, abrigado entre la luz y la noche encontrarte.

Recoges el silencio que no pudiste sostener en el día, lo traes a tu noche y le das forma en tu boca, callas, pones un poco en tu rostro y te serenas. Te sientas en alguna silla y aprecias sentir que los pensamientos también aceptan su ocaso, no dices, no piensas, solo te rodeas de un reloj transparente a las horas.

Abro un día en tus ojos con mi ternura hurgando tu cuerpo, se va aguando la noche, aprendo y desaprendo tus formas, repito caricias, nótese el beso escalando desde el cuello varias veces, el tiempo mide este instante con una prisa nerviosa, y consume minutos a velocidad de segundos, ahora, abiertos el día, tu cuerpo, el tiempo, recuperamos el bosque y perdidos en él nos encontramos en el otro.

Tu nombre ya estaba escrito, tan solo lo pronuncié, tus ojos ya hundían mares dentro de barcos en calma, tus voces ya eran líneas adelantadas irguiendo árboles y cordilleras, tan solo los presentí, tus alas ya eran manos, yo tan solo las enumeré y desistí, una caricia y otra, en cada caricia tu mano era otra, una mano diferente a la de la caricia anterior. El amor ya estaba, tan solo lo sentí.

El almacén ofrece lo que alguien en otro lugar supuso seria atractivo para los clientes, y tú estás ahí esa tarde escoges para ti varias prendas, vas de color en color, por formas y entre formas, miras las tallas y recurres a unas medidas de ti que solo tienes tú, comparas y te haces una idea de tu cuerpo cubierto de tela, usas más del tiempo que supone la vendedora, vuelves a repasar hasta que decides ir a los vestidores para verte con una y otra prenda, te repites, haces insinuaciones de tus formas, para ti sola ante el espejo, con un poco de suerte escogerás y saldrás con ropa para estrenar, para vestir en un día pronto. Eso mismo puede ocurrir contigo cuando vas por zapatos, sandalias o botas, cuando es ropa de fuera o de dentro, perfumes o colores para tu boca, cuando quieres comprar para ti unas joyas o una cartera. Esta mañana, cuando tomaste del armario una prenda nueva, escogiste una combinación perfecta, ropa de dentro, una cartera, unos zapatos, color en la boca, perfume y algún detalle especial que solo tú reconoces, luego, ya plenamente consciente de tu belleza y de las prendas que usas te plantas ante el espejo para alegrarte de ti, aunque una línea de furia surge espontánea en tus pensamientos cuando crees que el espejo es muy frío para compartir tu imagen, entonces piensas que como tantas veces tu pareja no entiende ni nota tu sonrisa entera ni tu alegría cuando estrenas para elevar tu esbeltez en el día.

Un poco para entendernos y otro poco para confundirnos, te quiero sin pulcritud alguna, una deshigiene acompaña mi quererte, y me gusta así, porque tengo ideas de ti que no son exactas, y si lo fueran quizá no pudiera quererte, tengo memorias de ti que las recuerdo diferentes, y con esa inexactitud me defiendo para seguir queriéndote.

Se mi templo para que te habiten mis ritos

El silencio de tus orgasmos me llama con palabras de urgencia.

Después de la luna lucharemos contra la trenza solar hasta volver a la noche

Tomándonos la noche, agrietamos las manos, y nos sacamos la sal para sanarnos, para herirnos.

He detenido la noche para buscarte en ella, hurgo en sus pliegues y te encuentro oscura, detrás de ti, en ti, en pos de ti la luz te desea.

Es un dolor líquido, de metales líquidos, con repetición mensual y tristeza de musgos, cruza con arena madurada en vidrio y clava insistentes dolores desde la ingle hasta el infinito.

Me gusta mucho, es una amiga, y con bastante satisfacción la traigo a mi memoria, claro, tiene nombre y no voy a decirlo, no, no es secreto, ella lo sabe, solo no voy a decir su nombre en esta línea o en las que siguen, sí, es muy atractiva, digamos que su rostro, me hace bien sentirla cerca, aproximarme, empinar mis ojos a la memoria y a su cuerpo para verla, así es, muy linda, a veces se lo digo, y me encanta la ternura y el canto de su sonrisa, no, no podría decir eso sin metáforas, me encanto el canto de su sonrisa, yo no sé, no podría decir que yo le parezca atractivo, pero bueno, estamos hablando de que ella me gusta, no de lo que sienta por mí, bueno, también hay plazos que se vencen, y hay otros que no se cumplen, sí, podría ser, ojalá desborde su mirada de gozo sobre mis horas y quiere estar, sí, solo eso, estar, bueno, en ese verbo cabe todo, estar por y para conmigo.

Si tuviese que escribir un libro de poemas sobre la noche en cada uno de ellos hablaría de ti; mujer luna, mujer nocturna, regata de luz, sobriedad de casa, espejo de mar, arena y sombra, aire y sal.

Ella me dice, también quiero que pongas palabras con tu lengua en la mía, por ejemplo, estaría bien que pusieras desparpajo.

¿Y si ahora tomas tu desnudez y la traes hasta mi boca para que nombre con temblores los lugares en la historia corporal de tus horas?

Ahora, tras haber descubierto una fuga en tu escote tuviste una sensación de orfandad, de negación de tu cuerpo en la mirada de él; no lo sorprendiste viéndote, ni siquiera en el tiempo que has estado cerca él se ha fijado en ti. Antes te percatabas de esas acciones, de su cuello girando, de sus ojos atendiendo tus movimientos, de su cabeza en movimiento atento a tu voz, ahora no, una sensación de pérdida te atraviesa la piel, él está sin verte, sin fijarse en ti, y lo presientes más, es una especie de bosque del que ninguna mirada surge de su oscuridad o su luz para ti.

Usted no sabe a qué huele la ciudad, de qué aromas se llena la calle cuando va en camino de un lugar a otro.
Usted pasa sin percibir el perfume de la mujer que anoche tuvo sexo y esta mañana salió en contento y satisfecho de la casa hacia el trabajo, también deja pasar sin notar el sabor aéreo que el viento trae de una cocina, a café, a caldo, a verdura y frito.
Usted no reconoce el aire de lavandería al que fueron sometidos los vestidos, el del jabón en líquido y en polvo que lavó la ropa, y la onda que emerge del champú en la cabeza.
Usted no se ocupa en pensar que el aire no alcanza a extraer una conjunción de aromas que recorre en secreto y quietud a los zapatos, a la entrepierna y al sobaco, no, su tiempo no está invertido o gastado en siquiera imaginar lo que sale del cuerpo.
Usted, sin saberlo, desprecia el vapor de la ropa que estaba junta en un armario, no le distingue huellas con la nariz, las ignora del mismo modo en que lo hace del espacio por el que traslada su cuerpo.
Usted se recoge en anónimos, y de ese modo, en anónimo deja a la fruta, al betún, a la pintura en la pared fresca de colores, al pan recién y al pan pasado por el tiempo y el añejo.
Usted, sin generosidad alguna, ignora la extensión volátil de las uñas pintadas el día anterior para ofrecerse ahora en colores en las manos.
Usted apaga de sí el éxtasis que podría obtener al sentir el aroma de la piel que besa, el temblor que se respira, la música abierta en los poros, el escenario aéreo expuesto entero al olfato.

Pequeñas teas electrónicas abren sus lunas de luz en el mismo instante en que sus beep-beep sincronizan la hora biológica de su audiencia con el huso horario, una mano atraviesa una circunstancia geográfica que va desde la pesadez del sueño hasta la esquina en la mesa junto a la cama. Beep-beep, ya es hora de estar despierto.

Cosas que dicen en la portería del edificio: El problema en este país con algunas verdades es que son tomadas como banderas por ciertos grupos que se apropian de ellas a tal punto que nadie más puede expresarlas o defenderlas por otro medio diferente al que ellos promueven, por ejemplo, el estado y la democracia por la fuerza de las instituciones que tienen las armas y de los grupos que dominan la economía, los campesinos y desposeídos por las huelgas y discursos en contra del establecimiento. Si a alguien se le ocurre hacerlo de otro modo pequeñas sectas saldrán a condenarlos en la hoguera.

Despiertas y después de la oscuridad nocturna hallas a tus ojos, con ellos comprendes a la luz, luego tus manos aparecen dispuestas a sorprender tu piel, ellas van hasta tu rostro y aprenden de sus formas. En el siguiente segundo o en el mismo instante un movimiento parte desde tu cuello y encumbra a tu cabeza, desciende y cruza la columna vertebral permitiendo que percibas tu espalda, sigue en la ruta y notas tus piernas. Te mueves lento de un lado a otro en la cama, trazos cortos, te estiras y las emociones te llenan, al final, un latido en tu corazón dice, ya está y en el espacio que queda en él pones mi nombre, y en tu boca, para mí, dibujas una sonrisa.

Vas al espejo con la sensación de tener la cara abrumada en transparencias, asomas con tus manos a tu rostro y empiezas a quitar una y otra hasta que la imagen que reconoces de ti aparece. Tocas una y otra cicatriz que solo tú conoces, la del primer río en otro tiempo, la del sueño perdido, encuentras nombres y olvidos, hasta que llegas a la memoria y la tocas, es tu memoria, una desprendida en la noche que tú quieres recordar ahora, ahí está una geografía de luces, extraes una y la pones en tus ojos, ahora sí sales a mirar el mundo con tus ojos en gozo.

Pienso en que estoy disperso, algo dentro de mí me somete a círculos sobre mí mismo, no estoy para actuar, solo para pensar, doy una vuelta y otra nuevamente. Quisiera encontrar una buena excusa para esto, no la hay, pongamos por poner cualquier cosa, es una tristeza de viejos tiempos de cuando la raíz estaba harta de arena y se extendió hasta otro lugar donde pudo dar fruto, no, no es eso, pongamos por poner otra cosa, es la noche que se quedó esperando a que una mujer y yo desprendiéramos de nosotros toda consideración y nos diéramos enteros, tampoco aunque esa idea me trae el recuerdo de una mujer, siempre una mujer para excusar mis tristezas, bueno, ya había dicho que no eran tristezas ni noches, y si no lo había dicho lo digo ahora. Pongamos ahora que esta inacción es porque me tiembla la voz con la que escribo, y la mano se extiende igual que la raíz de la que hablé, esta vez para encontrarte, para extender mis frutas y encontrar una noche para los dos en la que seamos sin consideraciones y te des entera a mí, y me de entero a ti, y por redundar con pleonasmos, nos demos juntos.

Nada puede quebrarse cuando todo está hecho de aire, y si no ha de quebrarse tampoco puede volver a juntarse. Todo aquello invisible surte dentro de sí una transparencia imposible de trasladarse a la sombra, si no existe para ella la sombra tampoco la luz existe.

Abres la libreta recién comprada, pones unas líneas con el lápiz, pocas palabras, apenas una muestra de un pensamiento, nada surge para ser extendido en toda la hoja, amarilla, no blanca, usas luego el lápiz para dibujar unos trazos, algo que pudo ser las alas de la luna después de atravesar el aire envenenado de fuego. Notas una sonrisa en la muchacha que va de pie junto a tu silla, devuelves la sonrisa, ni más faltaba no hacerlo, pocas veces una mujer bonita y desconocida te sonríe, ella te pregunta si dibujas, confiesas que no, no lo haces, solo compraste la libreta y traía en promoción los lápices, ella sabe para que se usa cada uno, tres venían en el mismo paquete, ahora le pasas la libreta, le indicas que escribes, ella lee la línea que pusiste en la hoja, y luego dibuja unas líneas, te pasa de vuelta la libreta, es el aire, eso te dice y tú piensas de inmediato en la luna averiada y sin alas, impulsada por lenguas de aire, entonces la sonrisa se repite espontánea, ella debe bajarse, le compartes uno de tus lápices, dices, feliz tarde, ella responde, bueno, feliz noche, sonríes con un tímido sí, ella pone un chao en su boca, tú en la tuya también y te quedas enlunado hasta que la noche caiga en el sueño.

Traes la tristeza desprendiéndose y como se desprende va desgarrando algo que debe estar quieto, miras adelante y temes que el miedo otra vez aparezca para romperte, es una puta idea y no te gusta, así caminas con furia aún sintiendo un poco de frío en las piernas, vas, eso, vas aunque crees estar devolviéndote, quieres con todas las ganas a las que puedes acceder en este instante golpear algo, así sea el rostro de la luna en la ventana de una casa. Das unos pasos y recuerdas, pisas esa memoria a la cual llegas por azar y odias esa suerte de manipulación con la cual juega el tiempo, sigues, nadie te ha pedido detenerte, igual no puedes hacerlo, cruzas un umbral de voces, hecho de acentos y silencios, nada, absolutamente de nada puedes asirte, crees estar cayendo, y vas hasta el fondo, agradeces tu silencio, esa forma natural de defenderte, a nadie le dirás de tu dolor, de tus ausencias y de tus fantasmas. Traes la tristeza desprendiéndose y toda la sangre se pudre clara en el agua, no gritas, a nadie le importan tus gritos, todos te quieren callado, a todos les importas solo cuando eres útil, y no hay utilidad en la queja o el reclamo

La luz aparece en la pantalla del celular, la desbloqueas, das inicio a la rutina para leer el mensaje, lo recorres una y otra vez hasta creer aprenderlo de memoria, te fugas un rato a tus juegos mentales, «todo lo aprendes de memoria y la memoria tuya no es de confianza, unas veces porque olvida y otras porque tiene su propia versión de la historia. Si debo justificar cada perdida de memoria entonces debo tener una memoria más grande para recordar cada justificación».

De vuelta a la pantalla y al mensaje, quizá lo has dicho en voz baja y no lo notaste, “puede la noche abarcar toda oscuridad, el día cruzar sus de doce horas de luz, puede el mar continuar con su péndulo de olas y exhalar constante su aroma de sal, pero no suman en sus horas y movimientos un número igual a los pensamientos que tengo por ti”.

Aprecias el mensaje, le pones como sello una sonrisa, tus dudas descomponen el propósito y el sentido del mismo «¿amarme, desearme, consentirme? Quizá ninguno, solo hábitos, mandar versos por enviar». No das una respuesta porque también el espejo tuvo días y mareas, noches y luces, pero duerme inmóvil y vacío en la pared.

Pones en duda la realidad, al hacerlo, lo sabes, todo lo observado cambia, empiezas por la mujer en la silla de en frente: anoche soñó ser un río y temía todo el tiempo llegar al mar, no quería y se doblaba sobre sí misma para continuar regándose desde la cabeza hasta caer en los pies y volver a recogerse para empezar nuevamente sin querer llegar al mar. No das mucho por la primera idea y prefieres tomar la punta del hilo con la que la cosieron y empiezas a ver que tiene por dentro, al empezar el desprendimiento encuentras pequeños bloques de hielo que tienen a lo diminuto hasta ser agua, el agua del río con el que soñó la noche anterior.

Tú que miras a la tarde y piensas en la noche, que caes dormida entre líneas oscuras con la certeza de encontrarte en el mismo lugar la mañana siguiente, tú que apresuras tus pasos cuando vas a la ducha, siempre tienes la presunción de ser espiada, que vas al mercado y pones frutas y verduras pero que das espacio también a algún chocolate y a una botella de licor, tú que aprendiste a sumar y ahora no recuerdas todo el esfuerzo que eso significó en tu infancia, que dormías en las tardes y podías pasar hasta tarde viendo televisión en la noche, tú que miras con sospecha a los hombres que te observan más de un segundo y que haces un gesto ante cualquier desconocido, tú que estás leyendo podrías preguntarte, ¿en dónde dejé las goteras que dieron entrada a la locura? ¿Por qué selladas ahora solo veo una rápida de prisas sin el gozo?

Hay lunas negras sembradas en la visión ardiente de los que duermen enraizados en temores. Hay lunas negras abiertas al deseo de los que se ocultan para darle un sabor y gusto diferente a su sexo.

El bar deja salir a los otros, a ti te detiene, a los demás les ha permitido la fuga, se van, con unas copas de más y otras de menos, van sin prisa saliendo, así como entraron salieron. Pides la cuenta y la muchacha que atiende las mesas la trae, miras la nota con la cuenta y vuelves a verla porque no lo entiendes, llamas a la muchacha, ella vuelve, y le preguntas, ¿Cómo es esto, debo pagarte con visitas cada viernes, por cuatro mojitos volveré cuatro viernes? Ella responde, sí, es fácil, y luego sumarás viernes por cada trago. Te repites en preguntas, ¿por qué, de qué se trata? Se trata de que vengas y te quedes ahí en la barra como si fueses un anuncio, eso un anuncio, me encanta tu rostro lleno de gestos expresándote. Vuelves a poner las inquietudes, sin embargo solo recibes sonrisas.

Otra vez pone la mano sobre la sábana y discutes con tus dudas, quieres acertar y saber en cuál lugar estará la suya contigo.

Yo me acerco a la ciudad, la tomo en mis manos, ella palpita en mis dedos, y cuando sé de buena fuente que tú estás en ella, la ofrezco al aire, al vuelo, y la dejo ir porque sé, también de buena fuente, que aún sin posibilidades de apreciarte en mis lugares secretos, la única manera de hacerlo es viéndote libre, extensa y poderosa.

Sumas las noches, restas las horas que nadaste despierto sobre ellas, conoces la cifra, y con ella no haces nada, así sin más, porque tienes certeza de la inutilidad de las medidas, ya sabes, la vida es esto, esta fuga, esta inapetencia de la realidad que te compraste en la tienda.

Se mis ríos, yo tus aguas. Se mis aguas, yo tus peces. Se mis mares, yo tus olas. Se mis montañas, yo tu cordillera.

Mueves tu cuerpo hacia el lateral de la cama que da a la mesa, extiendes el brazo y abres el cajón de en medio, encuentras la caja que buscas, tomas de ella un chocolate, ahora lo pones entre las manos y empiezas a destaparlo, al tiempo, haces lo mismo con tu ropa, con cada porción desnuda del dulce vas abriendo y soltando tu ropa hasta que estando desnuda acabas con la última parte del chocolate. Tomas ahora el celular, escribes un mensaje para quien te dio la caja, dice, ‘hay un placer en el dulce que solo comprende mi cuerpo, gracias porque he gravitado al ritmo en que el chocolate se derretía en mi como un deseo satisfecho’

Ella le dice, mi desnudez, de la que tú hablas, solo a ti te pertenece porque solo existe en tu mente.

Me gustas y vuelco sombras sobre tus soles para sembrar en ti un poco de mis ganas de juntarme

Hoy es un día de aquellos a los que llegas conciente de tus averías, te desprendes sin prisa de la noche, la madrugada te llega entre líneas metálicas y frías, pasas despacio por corredores internos en donde el silencio ha volcado oscuridades blancas, te hablas a ti mismo como si fueses un espejo parlante. Miras al día y comprendes que estar atento a los ruidos te distrae, así te quedas escuchando los objetos de casa, una certidumbre te hace pensar en el movimiento invisible de las cosas, la puerta abriéndose, el grifo deshaciendo en gotas la línea de agua que viaja musical por entre los tubos, una fruta ruidosa que se descompone con acentos, las cerdas del cepillo de dientes estirándose, así, averiado y atento das pasos en la casa para repetir tu rutina y salir a extender tu piel en la calle mientras miles de células se mueren sin esperarte a que vayas con ellas

Hay días en que despiertas y sientes el peso de cada una de tus células, presientes la muerte de las que dan paso a las nuevas, y te duele cada una de sus muertes, el nacimiento de las nuevas lo sientes como un parto y nacen una y otra con velocidad de asombro, hay días en que sabes de tu dolor desde unidades nanométricas y debes extraer fuerzas del mismo cuerpo que te duele, metes la mano en la herida para sacar la fuerza que te permita soportar la misma herida. Hoy es un día de esos, y sabes con limpieza quirúrgica que mucho de lo que está en tu lucha diaria es innecesario.

El amor es la distancia y al tiempo el esfuerzo por cubrirla

En el beso de la despedida caben todos, los que quedaron por parirse, los que se dieron antes, sabía esto, luego quedaron abrazados unos segundos, ella subió al autobús, él se quedó de pie observando los autos cruzando la ciudad de oriente a occidente por la avenida 19. Ella no volvió su mirada por la ventana, no giró para despedirse una vez más, todo pasó sin magia, el frío le recordó la hora de la noche, cerró completamente su chaqueta y empezó a caminar hacia la carrera séptima. Metió las manos en los bolsillos del pantalón y encontró un anillo de corte femenino, no supo de dónde o cómo podría haber llegado ahí, lo miró un poco aprovechando la luz de la entrada de uno de los bares, aún sin mucha luz sobre el aro lo supo, era el de ella, el regalo que algún día le dio para celebrar una fiesta, para darlo como compromiso.

Me preguntas por qué leo literatura, y con la mirada puesta en tu boca te digo, busco en ellas palabras, lugares, ideas con los cuales pueda provocarte

Es fácil decir, la ventana me mira, sin embargo, sentirlo cuando estás solo en casa, sentado en el sofá sin poder moverte porque sientes la firmeza de sus ojos siguiendo los movimientos de tu cuerpo, cuando eso sucede, por ejemplo ahora, cuando digo, la ventana me mira, temo también lea los pensamientos y sepa que siento sus ojos deshaciendo el bordado de mi cuerpo.

Eres tan bella, sin saber que ando solo en casa, llegas a mi memoria para acompañarme y desde esos recuerdos llenarme de sonrisas.

Hay un balcón después de la cocina, se llega a él por una puerta invisible que solo se abre cuando plena de cocción los aromas aparecen en la comida, y paso a él a verte desde ese balcón porque estás en la memoria de los almuerzos y cenas diarias, del desayuno juntos y de la cocina abierta a la ansia del hambre.

Sales de la habitación y me preguntas la hora, te digo con la exactitud que puedo conocer del reloj, la hora y los minutos que ha ido sumando el día, entonces me dices, desconfío de mi reloj, sospecho que reduce el tamaño de los minutos y llega con mayor rapidez a las horas. Tomas tu reloj electrónico y lo ajustas, vuelves a tu habitación pero antes de cerrar la puerta sales nuevamente para decirme, apréndete de memoria mi rostro, mi cuerpo, mira que si el tiempo sigue jugando conmigo antes de que lo notes voy a estar hecha de arrugas y quejas. Al rato, pronto, mientras yo escuchaba una canción una anciana vieja aparece preguntándome la hora.

Cuando la lluvia cae escandalosa sobre la ciudad ellos salen a la calle, suben a los tejados de sus casas, ascienden hasta la azotea de los edificios y la celebran, algunos lo hacen callados apretando la mandíbula y cerrando los puños y los brazos, otros se cantan a sí mismos, un canto apenas audible para ellos. Así están en los tejados esta noche, recogiendo de la lluvia la lengua, las palabras, los gestos, para que mañana puedan hablar, darle forma al verbo en su boca. Esta noche no he podido subir al techo de la casa, la ventana insiste en mirarme, sus dardos llegan con el menor movimiento, trato de seguir estático, de no provocarla, ahora, se que mañana las palabras mantendrán la distancia conmigo y permaneceré callado, tan solo callado sin poder escapar a la ausencia de la lluvia.

Tú, desnuda en mi cama, giras tu rostro para verme, pones tus brazos en mi cuerpo, dices, contigo, elevo mi deseo en cometas sin cuerda, en globos de fuego, y estallo en gotas de lluvia para caer en ríos sobre tu cuerpo.

No se vive en el olvido, se desaparece sin hacer parte de recuerdo o anhelos, así estamos, y no sé de qué o de dónde podrías tú recordarme, no se puede volver al pasado a minar los días para que dejen diamantes en vez de oscuros carbones, así estamos, yo acá donde todo está encumbrado de ignorancia e indiferencia, y tú allá donde nada mío podría conmoverte porque ya no existo

Sabes de mis miradas prendidas en deseo sobre tu escote y cuando la notas, unas veces pasas tu mano para dar fuerza a la tela que lo protege, otras en cambio, me dejas ir hasta donde el ojo puede, a veces te gusta, y te sorprende que en el siguiente instante parezco inocente, como si nunca hubiera ofrecido extensos mis ojos de volcánico arrojo sobre el borde entre la piel blanca y la piel que ve el sol diariamente. Estás en la ducha y después de pensar en mis miradas mides con matemática infantil el tiempo en la ducha, «soy como una planta, el agua es para la sed de la piel, no para lavarme» y continúas con la atención puesta en el gorgotear de nube agrietada bajo tus pies. Es un día en el que ningún afán te obliga a salir con prisa, sigues bajo el agua, mueves tus pies al ritmo de una música y una danza invisibles, tocas tus pies, uno con otro, decides sentarte y doblas tu cuerpo hasta hacerlo con las piernas cruzadas, ahora el agua no golpea tu cabeza, lo hace sobre tus piernas, palmoteas, un gesto de la infancia con el que intentas atrapar las gotas en el aire, algunas son sorprendidas y saltan desde tus palmas hasta tu rostro.

Un movimiento de tus senos te lleva nuevamente a mis ojos, sin que puedas aceptarlo porque no te lo preguntas, cierras tus brazos sobre los senos y al mirarlos ahora protegidos sabes que no he podido ver más allá de lo que siempre está expuesto, no te satisface esa manera de pensar y mejor tomas el jabón y el champú, con los dos, juegas a hacer burbujas sin lograrlo, das un paseo con los dedos de tus manos sobre tus pies, presionas y masajeas, abres los dedos y te ríes un poco pensando en las cosquillas que producen esas caricias. Ya no eres una planta, has recibido mucha agua y podrías ser una roca debajo de una cascada, no estás hecha para vivir inundada así, pensando en eso te levantas, con la palabra pronto haces todo lo acostumbrado hasta salir con la toalla envolviéndote. En el espejo te observas, el cabello húmedo y el rostro limpio, las yemas de los dedos con arrugas, un fugaz temblor en los hombros, el coro de una canción en tu boca, palabras cantadas, solo para cantarlas no para el baile, como mucha de las canciones que recuerdas no sabes de dónde y por qué en ese instante ese coro te llega para ser elevado en tu voz, “ I’ve been waiting so long to be where I’m going In the sunshine of your love.”

El teléfono suena cuando dejas la toalla en la cama, estiras la cabeza y miras en la pantalla el nombre de quien te llama, ves que soy yo y sueltas una pequeña risa con la cual cubres otro pensamiento sin mucho sentido, «vea pues, me llama para hablar conmigo mientras estoy desnuda, pero no» dejas que el sonido pase entre timbres, uno y otro hasta que ya no hay más insistencia. Repones sobre tu cuerpo la protección de una crema, el aroma de un perfume, la composición de los colores con tu ropa, el cabello en el modo apropiado para tu rostro, un brillo en tu boca, y te preparas, no porque sea necesario para tu belleza, te preparas para el hábito diario de estar vestida y saber que eres atractiva con lo que escoges para vestirte, luego, cuando has ido a la cocina, mientras abres la nevera vas presionando la opción de “devolver la llamada” y cuando yo contesto dices, «me llamaste pero aún estaba dormida», lo dices porque quieres hacerme culpable y obligarme a ofrecer primero una disculpa, asunto que sucede en el siguiente instante.

Llevas las galletas y el café, vas hasta la ventana, observas la calle a través del vidrio, los colores sobre las paredes, los pasos de quienes la caminan, el edificio de enfrente, un auto, la sombra de un gato que ya no está. Bebes de la taza. al tiempo percibes el aroma, muerdes la galleta, repites la mirada sobre el vidrio, piensas en la transparencia que te permite desde dentro ver hacia el otro lado de la lámina, das un paso más hacia las preguntas, ¿cómo serían las casas y los apartamentos si no hubiesen inventado el vidrio, o las superficies transparentes? ¿cómo serían las ventanas, sería ese su nombre? Pasas una segunda galleta y te prometes no preguntarte más cosas, das vuelta, te diriges al sofá abandonando cualquier idea de la calle y la ventana.

A veces atravieso el día sin poder imaginar la noche, cuando ocurre es un día ciego, voy sin destino y me pierdo en mis horas, ya tarde, un cabildeo entre el cuerpo y el cansancio me rinden, el sopor supera cualquier atención con la cual pueda defenderme, e inevitable caigo extendido sobre el sueño como una roca en un río plano.

Me diste un separador para libros, lo he puesto en varios, en los últimos que he leído, tú sin saberlo estás conmigo en cada página, por encima de los personajes y las formas de las letras en las hojas, yo lo tomo entre mis dedos, una caricia cada tanto sin pensarlo, y así, sin pensarlo me llegas en cada página. Hoy te he escrito un poema, he puesto mis voces, mis acentos, la memoria que conservo sin ser parte de mis recuerdos, y el poema, como la “y” junta mi lectura con tu cuerpo, mi deseo con los recuerdos que de ti imagino en cada párrafo.

Llegas a mí con el alumbramiento en tus ojos, me ves, me multiplicas y te reproduzco en mis instantes. Mundo de ti, mi movimiento.

Según he podido saber por cuenta propia, también hay hombres que en ciertas tardes descuentan de sus tablas contables una lágrima, con ella y con eso, nada pasa más que la posibilidad de poner en la noche unas letras.

Una tarde entrarás eterna, para siempre, o seguirás afuera, para nunca.

Yo digo noche para nombrar tus ojos,
fruta y hallazgo fértil es mi manera de pronunciar tu boca,
río, vertiente, son palabras para encallar tus piernas en mi memoria,
urgencia es el nombre con el que bautizo mi mirada al verte,
yo presiento tu piel para que tacto y olfato sean vocablos con significado,
yo estoy aquí diciendo esto para encontrarte.

Yo creo en el alma porque si no es el cuerpo el que me duele, ¿qué otra cosa puede ser si no un alma inasible, invisible, trasparente?

A la mujer se le ha roto la tira del brasier que le hace contrapeso a la fuerza natural con la cual la gravedad hala hacia abajo, no lo ha notado y si lo ha hecho no lo parece, se mantiene de pie mirando hacia adelante y a los lados, al rostro de la otra mujer que le habla a su lado. Nosotros, y me refiero a mí y a un muchacho que debe estar dos escalones menos en la escala de los decenios, la vemos cada cierto tiempo, digamos minutos cortos, entiendo yo que ella no sabe de nuestra insistencia visual, yo he visto al muchacho caer en repetido entusiasmo, al igual yo, y me quedo extendido como el arco de una flecha observando la cima en la forma redonda debajo de la blusa.

Das varios pasos hasta la ventana de tu oficina, miras hacia la calle, no comprendes las imágenes, cierras los ojos, bajas y subes las pestañas, vuelves a ver y la larga hilera de personas sigue caminando bajo paraguas de color negro. Uno tras otro pasan por la acera de enfrente, sin ruido, con un silencio ofendiendo la ambición auditiva de los vidrios. Palpas el vidrio, el de tu ventana, sin poder evitarlo la mano lo traspasa, percibes un dolor y no puedes gritarlo, pasa tu cuerpo, tu mano sale extendiendo una hoguera de humo hacia lo alto, y un paraguas más aparece en fila.

Ella dice, no tardes, y yo sostengo mi deseo junto a sus esperanzas

Soy en ti una grieta invisible a un pasado que murió antes de la concepción, tratas de cerrarme, no me encuentras y tus manos cruzan torpes la memoria, con dolor sin herida.

Ven a mi casa para ver a la luna en tus ojos

El tic tac del reloj aparece en la pared para clavar una lanza con veneno en algún lugar de los sentimientos donde el dolor es superior y aumenta.
Va y viene su péndulo con movimientos exactos en una geometría perfecta, mide la misma distancia al ir y venir, no sabe la motivación, el origen, no conoce el propósito, el fin último.
Se mueve, una, dos, tres, sin cesar, para nombrar las horas, para rasgar el aire, ¿para qué saberlo? No puede sustraerse de la frecuencia, del lugar donde inicia, del lugar donde termina, está determinado a hacerse.
Así yo, voy y vuelvo a diario, como una pieza más de un reloj desconocido, un péndulo más del movimiento continuo que se da sin conocer la motivación o el propósito.

Voy a la calle para que tu nombre caiga en gotas de voz, pondré alguna canción en el oído del sol, mis pasos contigo tarareados por la luz.

Hay quiero verte, para descubrir una grieta, un puente, un pasillo, un espacio de fuga, con dirección desconocida a través de tus ojos, para pasar contigo, para entrar en ti, para mirar desde ese lugar hacia este espacio del que te miro.

Los miras y tu mirada sigue sus pasos, llevan un perro, visten ropa deportiva, trotan, un trote lento, te parece lindo el perro, lindo, no sabes de donde te llega esa palabra, lindo, quizá sea una hembra, linda, recuerdas haber tenido varios en la adolescencia, en casa de tus padres hubo varios, en años diferentes, nunca dos al mismo tiempo. Parpadeas, te parece largo el momento, ya no viajas, crees que esto de la memoria es tu manera nueva y eterna de hacerlo. Recuerdas películas vistas mucho antes, la pareja te parece una repetición de esas imágenes, han copiado de las imágenes en movimiento su manera de vivir. Ves a la mujer, te gusta, no ves con determinación su cuerpo, solo te gusta, la sola percepción de ella te gusta, piensas en tu última erección, no la recuerdas, no sabes cuando fue, hace mucho, mucho es bastante tiempo, quieres mover las manos para ponerla sobre tus piernas, un instintio no perdido, la mano para taparte, por si tuvieras una, no, no la tienes, no la tendrás, no la recuerdas, la pareja desaparece de tu campo visual, también de tus pensamientos, ahora te ocupas de la mano, te duele, ojalá recuerden darte la pastilla para el dolor, no lo saben, esa pastilla cada hora te quita el dolor, bueno, no sabes si ellos siquiera imaginan que todo el cuerpo te duele y esas pastillas te quitan por casi cuarenta minutos el dolor.

Usted no sabe lo que es regar la tierra y sembrar semillas para que nazca una caricia, usted no sabe de lo que se trata el olvido.

Entonces, reaccionando ante el último sueño decidió tomar camino hasta la ventana y saltar con los ojos cerrados y los brazos abiertos, no calló, dio un grito al sentir el aire, sintió el aire al cubrir piso a piso en su descenso, y antes del primero abrió los ojos y se resistió a la realidad, fue así como volvió al sueño y se levantó nuevamente en la cama, breve, apenas una brevedad le cruzó el rostro como una repetición y se levantó, esta vez sí para solo ir a la ventana y ver hacia la calle, hacia los muchos metros en distancia desde su lugar hasta el asfalto.

Estropeado, esa palabra pronunció después de poner su mano en el lugar del pecho que cubre su corazón, con una mirada oblicua nacida desde sus ojos contempló los dedos alargados, la parte opuesta a la palma de la mano, y notó una raíz encurvada desde la muñeca hasta los dedos, sus venas, exagerando su tamaño, su color, las vio irse en sangre y temió, como siempre lo peor, y pasó, nada, ninguna ocurrencia del destino sucedió, volvió a decir, estropeado, levantó la mano, la cerró, enderezó la línea y miró hacia adelante en donde una sombra gaseosa quería tomar la forma de un sol.

Yo apenas soy del tiempo, nada más,
no cargo alas para volar, no hay en mí un cuerpo para adular,
no traigo una bolsa ni poseo duendes, o genios dentro de lámparas,
no voy más allá de lo que puede el cansancio de mis pasos
ni canto alguna estrofa para ensoñar, no soy un rey,
no se de reinos ni de posesiones para comprar o para vender.
Yo apenas soy del tiempo y estoy aquí, por una razón,
alguna razón de la que no tengo conocimiento ni convencimiento,
pero estoy aquí,
y eres tú con quien esta verdad empieza a tener precio
porque es contigo con quien quiero decir,
yo soy el tiempo y contigo todo ha de venir.

Hace unos días compré en una de las plazas del centro, en una de esas a las que asisten tanto comerciantes, tramposos, vendedores, gitanos y reales adivinadores, estafadores, artesanos del dulce y de la madera, tejedoras, y bueno, yo encontré a un librero que solo ofrecía biografías escritas en el futuro, pocos compradores, muchos curiosos, uno y otro, al que le sobraba un peso y quería donarlo lo dejaba debajo de una campana, al que no, nada le decían, y pasaban en los ojos de los lectores historias de lo que pasará, yo pagué por quedarme con el cuaderno, el mío, en el que podía saber todo lo que vendrá, pasé dos páginas y leí tu nombre, entonces, como corresponde a los valientes, cerré el libro, prometí no leerlo más, y bueno, ahora espero que en el cuaderno aquel, y en esta mi vida, tú y yo escribamos una historia para nuestra felicidad.

Entonces me dijo, seremos amantes orales, la palabra dará crédito a nuestro amor todo el tiempo, y sostendremos nuestras necesidades físicas con sexo oral el tiempo que sea necesario.

Todos nacimos del aire y para ser tierra debemos pasar por un árbol, haciendo que él cante nuestro movimiento, y sembramos una música de la cual nace la agitación de la ola, el absoluto silencio del fuego en el desierto, entonces, hechos agua, tierra, aire, fuego, gritamos un nombre, yo dije el tuyo para encontrarte, para saberte.

La ciudad se acerca, pone su cabeza junto a la ventana, quiere oírte, posa toda su atención en tu habitación, no puede escucharte porque sus cantos nocturnos, los de los autos y las luces, los del semáforo y edificios la cubren, quiere cantar para ti pero la pared la detiene, se nombra a sí misma defensora de tu tranquilidad, la pared como el vidrio aman el silencio con el que vas quitando y poniendo, ropa de calle, ropa de dormir.

Llueve, están lavando el aire, gota a gota cada momento aéreo es limpiado por la vegetación de las nubes. Tú, mides en una mirada la distancia y el espacio desde la ventana, recoges de la luz las formas de la calle, la ventana está cubierta por el agua, piensas en mí, en verme en la calle esperándote y tú con un paraguas saliendo para cobijarte conmigo bajo su falsa falda.

Mis ojos se detienen explícitos sobre tus senos. Tus senos miran mis manos, espían de ellos sus múltiples formas, saben que caben exactos en su deseo.

Tu beso, breve milagro, urgencia y saciedad.

Expuesta al compás de una geometría de ritmos encuentro en tus ojos una mirada llana para medir el firmamento, a veces te detienes para verme y me rodeas en ángulos, te aproximas desde el recto sol de mediodía hasta la oblicua longitud que lo extiende ante la noche y tu medida cambia de longitudes y grados para apropiarte de mí y medirme amplia en tu sonrisa.

De planos y contraplanos, uno tu boca nombrándome, otro mi intuición escuchándote. Uno sonríes en silencio, otro en mí suponiendo lo haces. De planos y contraplanos, uno tú leyendo, otro yo escribiendo

Hay mujeres que como por descuido expresan una sexualidad exultante, así va esta mujer en el autobús, una blusa ajena a ocuparse de su principio primario, en cambio dispuesta a los ojales sueltos, a aceptar la mirada extensa por entre sus alas abiertas.

Ante la indiferencia solo me queda el oportuno silencio, para las dudas pongo en uso la mirada inquieta, de la ceguera obligada soy también su párpado acuoso. Soy mi propia embajada de asilos, ante la indiferencia me sumerjo en la pulcritud verbal y visual de los que apuestan todo a la espera.

Miras la pantalla, detienes los párpados y lees, dice, «Te quiero entera de bosques y plena de tierra, enraizada entre cordilleras, vertiginosa de ríos y pausada en lagunas» , parpadeas y sonríes, una intuición, un sentimiento te llena, vuelves a mirar, y ahora lees, «Aprecio y admiro tus maneras de ser, así, te quiero» entonces sin otro movimiento en tus ojos, hablas para ti y te dices, lo sabía.

Pones el silencio en tu rostro al salir a la calle, pasas una y otra, y sin quererlo escuchas mi nombre, haces un gesto y sigues sin atender porque sabes que al salir de la oficina me pusiste bien guardado en tu corazón

Tu desnudez, la mía, mi desnudez, la tuya, mi búsqueda, tu encuentro, tus humedades, las mías, tus temblores, mis fugas.

El vuelo de los pájaros es una ola más, es el viaje de aguas aladas, elevadas del cauce oceánico porque el mar quiere ver de la arena más allá.

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