Diarios Innecesarios L

Despierto cuando en los apartamentos de los vecinos todos están empadronados en el sueño, solo el murmullo del motor de algún auto, me parece grato, el silencio es demasiado, exploro por avenidas auditivas y voy encontrando ruidos ajenos, me sorprenden rápidamente unas preguntas y se queda sin respuesta  ¿A quién le pertenecen los sonidos, al que los escucho o al que los produce? ¿Es de razonamiento simple para el que lo produce que será escuchado?

Debajo de mi cama hay cuatro piedras, las recogí de lugares que no recuerdo en este momento, y quizá nunca vuelva a hacerlo porque no es algo importante, están ahí, alineadas para reflejar la cabeza, la espalda, el sexo y los pies.  Al tiempo que enciendo la Tablet pienso en la persona que me recomendó ponerlas ahí, lo he olvidado también.  Escojo una aplicación para ver videos de personas hablando acerca de la importancia de las emociones, pasa uno, pasa otro, acomodo las almohadas, abro el correo y no lo leo, paso al siguiente mensaje y no leo ninguno hasta después de haber abierto quince, el dieciséis es un correo de un escritor mexicano a quien hace unos días le había enviado un mensaje por el mismo medio.

Leí unos poemas de este escritor en internet y encontré uno dedicado a una mujer con el mismo nombre de una muchacha a la que yo le había escrito versos.  Mi correo, con la simpleza con la cual los adolescentes relatan los amores, hablaba de que ese nombre me llenaba porque amaba a esta mujer, también le compartía el poema que yo había escrito.  El mensaje del escritor estaba roto por un dolor que me contagió, una historia como la mía, el desamor de quien nos hace reconocer el amor.  Pensé en contestar inmediatamente pero preferí aplazarlo, me dolía ahora a mí haberle recordad al escritor ese momento, y también me dolía ahora a mí recordar el mío.

Pasan un par de horas, la madrugada deja pasar su frío por la puerta donde entra la mañana, la mirada se me agota, y recojo la última pluma del sueño nocturno, doy un par de giros y me levanto a mí mismo, es el mayor esfuerzo físico que hago a diario, levantarme a mí mismo, si me diesen un bulto del mismo peso me cansaría, pero conmigo ya estoy acostumbrado y me siento como carga ligera.

La ventana se atraviesa cerrada a la noche, quiere impedirle su paso, esta mañana, como la mayoría de los días, paso a abrirlas, es urgente para mí abrir las ventanas para sentir que los fantasmas nocturnos no se quedan dentro y pueden escaparse a la calle a buscar la música de la ciudad, así me parece que todo es más ligero.

En la cocina, las opciones no son muchas para preparar un desayuno, afortunadamente para mí y mi poca vocación culinaria, en la nevera unos huevos se ofrecen junto a una botella de jugo de naranja, de uno de los cajones de la alacena unos panes tajadas  salen con el café instantáneo.  Antes de preparar lo que comeré en mi primer alimento del día voy por la ropa para ocupar la lavadora, camisas, camisetas, calzoncillos y medias.  La lavadora apuestas sus ciclos al agua, el detergente se transforma ante el contacto con el agua.  Cuarenta minutos, eso tardará la lavadora en apagarse para que la ropa pase a los ganchos y empiece a secarse.

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