Diarios Innecesarios XLIV

El motel no tiene horario, o dicho de mejor manera su horario empezó un día y no termina, está abierto 24 horas cada día de los 365 días del año, en año bisiesto abre un día más.  Era martes, la ciudad estaba inundada de agua, eso se escuchaba en las estaciones de radio, lluvias al norte de la ciudad habían complicado el tráfico en diferentes sectores, en el sur de la ciudad los semáforos habían dejado de funcionar por inconvenientes con una de las centrales eléctricas.  Eso era suficiente para que todos los autos estuvieran suspendidos en la calle, decía yo, suspendidos en una fila esperando a realizar la confesión de todos sus pecados y cada pecador tardaba media hora en mencionar una sola de sus faltas.

Habían pasado más de cuarenta y cinco minutos antes de que el taxi se moviera una cuadra, el conductor cambió las estaciones de radio y puso música de una memoria usb que previamente había conectado al radio del auto — Boleros — al comienzo sonaron como la brisa en lo árboles, suave y tranquila, nada tocaban, nada movían, sin embargo, unas canciones después una oleada de palabras cantadas hacían parte de todas las historias tristes vividas, era extraño, solo las canciones tristes llegaban con fuerza y me sofocaban.

Llovía, era innecesaria la palabra lluvia para expresar lo que ocurría.  El limpiabrisas del auto se movía algo menos de 180 grados a izquierda y derecha para limpiar el parabrisas.  Algunas veces era más triste el trinar mecánico intentando girar completamente en el frente del auto que la música en los parlantes, el conductor estaba ajeno a todo, en su imaginario, suponiendo que en él existiera, estaban las notas musicales y sus experiencias con ellas, o sus ideas, o lo que fuera, el conductor tarareaba las canciones y parecía que nada fuera de sí mismo lo interrumpiría.

Tomo el teléfono, busco en Twitter, encuentro rápidamente la cuenta del servicio de tráfico local, todo está como se ve, vuelto una pared, nada se mueve y recomiendan paciencia.  Paciencia, bonita palabra cuando uno se ha comprometido porque lo desea con ansia a estar en una hora exacta y poder fugarse un poco de la realidad para vivir en unas paredes y cama prestada un rato de sexo, de amor, de lo que sea, pero en últimas poder darle al cuerpo lo que la mente desea.

Ocho mensajes cada cuatro minutos, los otros llegaron al comienzo con menos frecuencia.  Respondí la mitad.  Voy en camino.  La respuesta al mensaje era, te espero.  Al comienzo enviar los mensajes de respuesta me pareció un asunto práctico, agradecía a las telecomunicaciones  poder enviar de manera instantánea una respuesta, imaginé que antes ella hubiera tenido que esperar sin saber que yo estaba en camino o con el mismo afán tratando de llegar para encontrarla.

Dejé el auto en la oficina, el parqueadero está abierto las 24 horas  y puedo pasar por él tarde de la noche, muchos hacemos esto cuando nos parece más práctico ir a otro lugar en taxi y volver a él por el auto.  Esta vez quizá mi motivación era diferente a la de todos, dejé el auto en la oficina y tomé taxi para evitar ser sorprendido con él en algún lugar ajeno a los sitios acostumbrados.  La lluvia había complicado todo, no debía tardar más de quince minutos para llegar al lugar en donde habíamos acordado vernos.

Los moteles están abiertos todos los días, cada día de la semana hasta que el año finaliza y siguen como si de una secuencia infinita se tratase.  Ella me envió un mensaje, tomo un taxi hacia mi casa apenas pueda hacerlo, están imposibles, dejemos esto para luego.

El conductor del taxi cambió de música.  Apagó la radio, apagó el auto, me miró con un rostro de desconsuelo, señor, creo que la gasolina ha llegado a su límite, esperaba poder llenar el tanque en la siguiente estación pero a esta velocidad no lo podré lograrlo.  Voy a empujar el auto cada vez que se mueva la fila.  Parece que estamos a unos veinte metros para pasar el semáforo, creo que después de pasarlo todo estará más ágil.  Lo miro, él hombre me dice, lo siento mucho, esto no ocurre todos los días y no estamos preparados para que suceda.

Repito el mensaje en el celular, sigo en medio de la lluvia y atascado entre los autos.  Ella responde, yo apenas logré tomar un taxi, estoy igual, solo que ya no te espero, ¿Podremos vernos mañana?

Es de noche, llueve, el taxi está solamente conmigo, el conductor está con un paraguas empujándolo, el sonido del limpiabrisas ha desaparecido, los boleros en cambio se han filtrado en todo lo que pienso, nuevamente una sensación de insignificancia me sacude, estoy aquí y no puedo estar para ti cuando quiero.

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