Codazos

Ella me dio un codazo y me desperté, lo primero que vi fue una sonrisa en su rostro.

– Te dormiste y roncabas.
– Solo ronco cuando tú estás despierta.

Siguió sonriendo y debí preguntar qué era lo que motivaba su alegría.

– Estaba pensando en la primera vez que te di un codazo para despertarte.
– ¿Un codazo para despertarme?
– Sí. Roncabas igual que hoy.

Habíamos quedado en vernos para tomarnos un café cerca de los cinemas del centro.  Por alguna razón que nunca confesó olvidó la cita.  Quince minutos después de la hora acordada la llamé y no contestó.  Envié un par de mensajes que tuvieron el mismo destino según yo imaginaba, la ignorancia era un lugar físico al que iban mis llamadas y mis mensajes.

En el minuto 37 decidí abandonar el café, caminé un par de calles y encontré un bar, un buen lugar para entrar a reventar un poco el desasosiego producido por sentir que me habían dejado esperando.  Todas las razones incorrectas me fueron reveladas, las iba enumerando al tiempo que una y otra cerveza daban cuenta de mi sobriedad rápidamente.

Un mensaje en el celular decía, “El número al que ha llamado se encuentra disponible”, el mismo mensaje llegó nuevamente tantas veces como llamadas había hecho.  Unos segundos después el sonido no era el de un mensaje, era el timbre de llamada entrante, contesté, ella decía, perdona, se descargó la batería, además olvidé a qué hora era la cita, ya salí de mi casa, dime que aún puedo cumplir la cita.

– Creo que estoy un poco ebrio.  Después de esperarte me vine a un bar.

Un silencio de exactos 54 segundos nos acompañó, ella se desprendió de ese silencio y prometió llegar, no importaba en donde estuviera.  Le advertí que seguiría con las cervezas, y prometí llamar a reservar las boletas.  Las dos cosas se cumplieron, la reservación estaba lista para cuando ella llegó y dos cervezas más habían hecho parte de mi vejiga.

Fui el primero en disculparse.  La sobriedad era un lugar al que volvería solo después de haber dormido varias horas.  Había pedido la cuenta antes de su llegada, unas mentas que me dio el hombre del bar no lograban espantar el tufo que me acompañaba.  Reía.  Ella reía mientras yo trataba de componer una buena cara para que no se notara el estado al que me habían llevado las cervezas.

Se disculpó, no por llegar tarde, lo hizo por tener que verme un poco ebrio, dijo con cierta ternura, esperaba verte así en una edad adulta de nuestra relación, eso hizo que los dos riéramos. Tendremos más oportunidades, dijimos al tiempo.

En el cinema debí entrar nuevamente al baño.  Ella no se molestó, eso hizo que me sintiese confiado, bastante confiado, cuando volví ella estaba esperándome con el celular listo para hacerme una foto, la miré extrañado y me la mostró mientras iba diciendo, así te ves relajado, y luego me mostró otra fotografía que me había hecho llegando al cinema, así te ves tensionado.  La risa nos acompañó hasta el momento en que las luces del cinema se apagaron.

Yo estaba durmiendo doce minutos después de que la película empezara. Un minuto después se escuchó un ronquido que alteró el silencio de la sala.  Ella tocó mi mano, la apretó luego, creyó que así yo abandonaría el grito de libertad de los dormidos, unos segundos después una corriente de aire interpretaría un ronquido más a través de mi naríz, fue entonces cuando me dio un codazo.

No midió su fuerza y yo sentí el golpe como si fuese un ataque, me moví de la silla la miré con furia, tomé su mano, ella notó que me había dolido, se aproximo a mi oído, me dijo, perdóname, estabas roncando.

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