A una mujer que se me atravesó como poema, un poema que se apareció sin aviso y se que no está para encuentros ni fugas.

¿Qué somos?  Ella puso la pregunta en una hoja amarilla que encontró en la librería, dejó la hoja doblada dentro del bolsillo de mi camisa, me pidió leerla cuando ella estuviese iniciando el vuelo, no antes, no mucho después.  En el aeropuerto se escuchó el ruido del avión al elevarse, eso supuse, yo estaba en la capilla, ahí no se oía más que el ruido de pasos sobre la baldosa.  ¿Qué somos?  La pregunta más que sorprenderme o herirme me transportó a la fragilidad de la infancia.  Con un bolígrafo escribí «Nada»

 

Hace varios años en que la pregunta fue respondida y esos mismos años duró nuestro destierro, ahora que el azar nos encuentra me parece que es mejor dejar de pensar en la pregunta y en la respuesta.  Nos saludamos, hicimos las preguntas recomendadas para los encuentros, yo quería verla apenas de manera fugaz, ella quería un saludo incipiente y una despedida igual, no se pudo, su palabra se adentró en mis pozos oscuros y encendió unas luces que no conocía, una luz inquieta grabó mis ojos en su pupila.  Ella no pudo separarse de mi rostro, inventó preguntas innecesarias, las respondió ella misma, caminamos un poco por entre los vendedores del “mercado de las pulgas” y nos fuimos acercando sin que nos atreviéramos a un abrazo o una caricia con las manos.

 

– Estaba solo. Vine solo.  Ahora no sé.

 

Se me ocurrió que eso definía todo lo que me estaba ocurriendo.  Ella respondió.

 

– Te tragaste mi soledad, deberías saberlo.

 

Un hombre tocó una campana de bronce — Es puro bronce, decía.  La raíz de los árboles inciertos se iba apropiando de todo aquello que dentro de mí conocía.  Eso le decía yo cuando el sonido de la campana nos interrumpió, tuve que repetir lo que había dicho.

 

– ¿Eres soltera?

– Sí. ¿Tú?

– También.

 

Caminos tonteando entre los objetos viejos, escogimos una manilla de color azul y otra naranja, ella ató la azul a mi muñeca y yo hice lo mismo con la naranja en su brazo.

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