Diarios Innecesarios XXXV

Enfrente dos jóvenes hablan, parece que uno de ellos le vendé algo al otro. Le muestra una revista. Hace pausas al pasar la página y le habla acerca de las imágenes, lo sé porque las señala con el dedo índice de su mano derecha. Atrás, a mi izquierda, un muchacho de más edad que los anteriores habla con alguien por teléfono. Presumo que es una mujer su interlocutora. Le contó que la noche anterior estuvo con unos amigos, alguno de ellos estaba borracho. Parece que tiene una novia de la que sospecha sería fácil que cualquiera con voz amable la conquistara aunque estuviera él con ella.  Más al fondo, a la izquierda, una pareja, hombre-mujer, observan un auto que un vendedor les muestra. Ella usa zapatos de tacón alto, él lleva un morral en la espalda.

 

Una de las mujeres que atiende en el café realiza actividades de aseo alrededor del lugar. Aunque no los veo desde acá, sé que tiene unos labios bonitos. Se me antoja pensar que no ha besado aun, la mujer sin besos en su inventario compra dulces y gelatinas para practicar en las noches. Son cosas que se me ocurren viéndola. El fantasma solar que rompe la liviana protesta del techo de plástico empieza a caer afilado sobre las mesas.

Acabo de reconocer lo que le están vendiendo al muchacho de la mesa de enfrente.  Productos de una cadena comercial de productos para uso casero. No la mencionaré para no aumentar el nivel de publicidad de su marca. Ahora creo que no le vendían nada, lo están aleccionando como vendedor. Eso lo convierte en alguien peligroso. Los abuelos que vienen a la misma hora en que yo llego al café ya se fueron. Hay otros señores en edad adulta, y como dice una amiga, ya no están en edad de merecer matrimonio pero de merecer a la muerte si que lo están. Una muchacha sigue sentada sola en un sofá que está dispuesto en este lugar para que cualquiera se siente. Mira el reloj, revisa el celular, observa hacia las esquinas del lugar, espera a alguien, me gustaría ser yo quien le cumpla la cita.

Hace un rato, cuando venía por el camino peatonal al centro comercial, un joven empujaba la silla de ruedas en la que iba sentada una señora de más de sesenta años. Junto a él, una muchacha vestida con ropa de enfermera camino. No parece que quisiera estar con ellos, se le notaba una distancia, una cerca, una lámina que la alejaba de ellos. Ahora están en la mesa al lado, ella va a peor el café, se le oye una voz sin forma, deshielada, hecha de sombras y agujeros. La señora sigue en la silla, levanta el rostro y me sonríe, agradezco la sonrisa y saludo.

La muchacha que espera sigue sentada. Ha llegado una señora que como yo viene a este lugar cotidianamente, ella viene a tejer, yo vengo a leer y observar a la gente.

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