Diarios Innecesarios XXVIII

El hombro derecho sostenía un dolor desde antes de levantarme, supuse usando el lenguaje y las costumbres de mis padres, un frío se me metió por la ventana, eso fue la luna. Atravesé la corta distancia que de la cama lleva a la ducha, abrigué el agua tibia en la piel helada por el frío nocturno y sin cantar di por terminado mi rato de aseo corporal. De alguno de los apartamentos vecinos una canción doblaba sus notas hasta dejarlas en mi oído con la confianza propia de la música, así, antes de que yo siquiera intentara evitarlo empecé a tararear un coro que a esta hora de la noche no recuerdo.

Salí con las manos en los bolsillos, despacio crucé el parqueadero interno del conjunto, pasé por la portería saludando a los porteros y a los niños que esperaban la ruta para ir al colegio, observé sin mucho detenimiento a una mujer en pijama que esperaba a su perro en el parque de enfrente. No sé el origen de lo que se me ocurrió, y pensé en lo siguiente, arrastramos nuestro cuerpo en una cárcel de deseos impropios y ajenos, estamos atados a la locura disfrazada de buenas intenciones, navegamos en nuestros barcos sobre las calles del puerto pensando que son profundas de agua, empujamos nuestros caballos desde la arena a beber agua salada y los forzamos a ahogarse en el mar.

Pasé la panadería rumiando esos pensamientos, el olor a pan y el ruido de las autos no lograron desconectarme de esas ideas, al subirme al bus, quizá por efecto de la incomodidad otras ideas y otras preocupaciones entraron a hacer parte del momento. Una muchacha miraba un cuaderno, dí por sentado que estaba estudiando, a su lado una señora se miraba las manos, una de sus uñas no estaba pintada, las demás estaban adornadas de color cobre rojizo. La muchacha pasaba una hoja y se quedaba estática viéndola, yo recordé mis días de colegio, de universidad, de aprender una cosa y no aprenderla bien. ¿A dónde irían esos conocimientos perdidos? Pensé en los compañeros que estudiaban con dedicación y todo lo aprendían. ¿Qué harían ellos con todo el conocimiento adquirido? ¿Les serviría de algo saber que la profesora de ciencias modernas nos exigía pronunciar los nombres de los científicos de acuerdo con su nacionalidad?

Alguien se levantó, aproveché para sentarme, recordé que en mi primera entrevista de trabajo, era para ser mesero de un bar, me preguntaron si bebía licor, dije que era abstemio, no me creyeron, yo tampoco lo creí y luego hice honor a la mentira dejando claro que era una mentira. El dolor en el hombro no había perdido la continuidad, se mantenía erguido sin hacer caso a los masajes que hacía con la mano. El tono de la voz de una mujer en la parte de atrás se escuchaba sin esfuerzo, hablaba de la esposa de su hijo, una verdadera mujer, no como esas otras que había tenido antes.

Una vez tuvimos una discusión innecesaria con uno de mis amigos, sobre todo porque la tontería la había dicho yo, el dijo hay trancón, yo respondí, no, es solo congestión vehicular, me miró como si buscara en mí inteligencia, y la discusión terminaría después de superar el semáforo. No supe explicar, no supo entenderme, y más tarde reiríamos del comentario. Había trancón antes del semáforo. Dos autos habían rozado sus latas, los conductores se acusaban de la culpa, los que iban cerca de la ventana los veían, ahora muchos en el bus daban su opinión y ofrecían teorías acerca del choque.

Me bajé en la estación que está a cuatro calles de la oficina. El aire se venga de la ciudad y va gritando por todos los lugares con el aroma que recoge de las calles sucias, me tapo la nariz, se me ocurre que alguien eleva cometas pintadas con excremento de palomas. Camino, lo hago con prisa, la prisa no me alcanza para pasar la avenida, quedo en la mitad, autos veloces cruzan de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, pienso en los que se fugan, alguien está a punto de llegar a decirme que su persecución ha terminado al encontrarme en ese momento. Nada ocurre, yo paso la calle.

Una niña de dieciséis años me saluda por el Messenger, veo el mensaje en la pantalla del celular. Le respondo con un sin sentido, también a mí me pasa que el frío quiebra de hielo la memoria y clava aires helados en el pensamiento, estoy congelado, apenas sé que camino y llegaré a la fatiga acostumbrada más tarde. Recibo una carita feliz. Escribo que estoy próximo a llegar a la oficina, pasaré por un café y lo iré tomando entre sorbos y pasos. Me pregunta por el color de la corbata, respondo que no lo recuerdo y no quiero saber. Le escribo sobre el libro leído la noche anterior, me escribe sobre una manada de pájaros, están gritando en su ventana, le propongo compre un gato para ahuyentarlos, ella no quiere eso, es la respuesta. Entro a la oficina.

Un amigo usa una corbata de un tono parecido al color de la mía, parece que hoy llegó temprano porque la esposa lo obligó a dormir en el sofá, no hubo desayuno, no tuvo oportunidad de afeitarse, le tocó el baño de la visita, sus útiles de aseo están en el baño del cuarto. Eso no me lo ha contado él, lo he supuesto, quizá esta historia es mejor a la utilizada por él para excusar su cara de borracho.

La rutina da pasos de gigante, una y otra actividad dan cuenta del tiempo.

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