Diarios Innecesario XXVII

El timbre del celular me despertó, yo pensé en la alarma que a las cinco de la mañana suena para cumplir con el cronómetro que en ese horario está programado para despertarme, apenas puse el dedo sobre el lugar en el que el sonido desaparece, giré nuevamente el cuerpo al lugar en donde estaba previamente, tibio lugar para seguir durmiendo.  El timbre del celular se repitió, volví a dirigir el dedo al mismo lugar para apagar el sonido, ocurrió así y con la cabeza puesta en la almohada viendo hacia la pared en la que aparece en la madrugada la primera luz del día pensé que estaba demasiado oscuro, aún no era la hora del reloj, el reloj está mal o el celular estaba fallando.

Tomé el celular, miré la hora, la hora no correspondía con la programada para el timbre, observé bien, comprendí que era una llamada perdida en vez del cronometro dando cuenta de su cumplimiento, miré la llamada perdida, revisé el número, me pareció extraño que estuviese identificado como el número de la casa, volví a mirar, la verdad no me sé el número del teléfono del apartamento, por eso está grabado como “hogar, dulce hogar”, y ese era el contacto que aparecía originando la llamada.

Hay horas en las que es inoportuno esperar una relación directa entre racionalidad, percepción, realidad y tiempo, pensando en esto ignoré la llamada, ignoré la confusión y remití mi cabeza al sobre que no se cierra en la almohada.  Timbró nuevamente, creí que lo hacía más fuerte, me asusté, nuevamente el origen de la llamada era “hogar, dulce hogar”, no alcancé a contestar, el teléfono dejó de timbrar.  Me levanté y fui al otro cuarto por el teléfono del apartamento, junto a unos libros sin leer el aparato se mantenía inmóvil, se me ocurrió que estaba hecho de roca y vestido de mármol, silencioso y sin respiración aparente.

El miedo se convirtió en angustia, volví a la cama, recordé las oraciones a las que encomiendo mi tranquilidad cuando solo me queda la esperanza en la fe que profeso.  No pude dormir más, el teléfono era la única opción que se me ocurría para quebrar el silencio, así pasó, claro que esta vez era el timbre del cronómetro diario indicándome la hora de levantarme, no quería hacerlo, lo hice, era mejor estar fuera del apartamento que mantenerme en él pensando en que pronto el sonido brutal de una llamada imposible se oiría para no ser respondida.

Las imágenes del terror inconsciente se repiten, unas veces es un rostro pálido cubierto de ruidos salvajes, otra es un cuerpo sin huesos deslizándose baboso hacia la noche, unas veces una montaña encumbrándose y quebrándose en la punta del hielo, cada una de estas imágenes sumaban a mi temor mientras la lluvia de la ducha gritaba en modos inoportunos a mi infantil abundancia de miedos.

Salí del apartamento asegurándome de poner “llave” a la puerta, caminé con prisa, quizá alguien desde una de las ventanas de los apartamentos vecinos pensó acerca de mi rapidez sobre la posibilidad de ser un fugitivo, la verdad es esa, estaba huyendo del teléfono de la casa.  Más veces de las aprendidas por el mal hábito de usa el celular, más veces de las acostumbradas vi la pantalla, no hubo una llamada adicional de ningún número, uno y otro mensaje aparecían sin el nombre con el cual identificó el número del apartamento apareciera en la pantalla.

En la oficina lo habitual no logró romper el hechizo, nada ocurría para eliminar el tallo frío del miedo, una roca cercenaba con fuerza la única fortaleza propicia para enfrentar el temor a lo desconocido, cero oportunidades de hacer algo, otra cosa y otra cosa, así iba la mañana hasta cuando el teléfono vibró, era D****, contesté, le conté la historia, igual a mí, ella presintió otras cosas, igual a mí ella comprendió mis miedos.

Preguntó la hora de la llamada, el nombre con el cual identificaba el celular el número, lo expliqué sin desaprovechar oportunidad de repetir la explicación de mis temores, fue entonces cuando la claridad y el enojo se convirtieron en uno solo.

D**** confesó haber cambiado el número de mi apartamento por el del suyo, así, “hogar, dulce hogar” identificaba el teléfono del suyo, mientras que al del mío le había puesto, “otro lugar para soñar conmigo”.

2 comentarios en “Diarios Innecesario XXVII

  1. Bueno, muy bueno. Ya comenzaba a pensar en cosas sobrenaturales cuando surgió la verdad de lo acontecido. De principio a fin, cautivante y con aire misterioso que manejas muy bien.

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