Diarios Innecesarios XIV

Las dos prostitutas subieron al taxi, esa fue la imagen que me quedó de la noche.  Me desperté y fue un momento de miedo, a mi lado estaba un cuerpo, el cuerpo de una mujer desnuda.  Traté de avanzar por los recuerdos de la noche anterior, no lograba superar la imagen de ellas y el taxi.

Iba a levantarme cuando del baño sale la otra muchacha, saluda, se me acerca y me dice volveré a la cama, quiero dormir hasta el medio día.  Hice un gesto y seguí hasta el baño, me lavé la cara, dejé espacio en la vejiga para más agua.  Volví a verlas en la cama, la segunda mujer tenía mi pijama, la otra dormía desnuda, la ropa de las dos estaba en una silla, doblada correctamente.

Fui hasta la cocina, tomé agua, mucha agua, luego pensé en lo que pudo haber pasado la noche anterior, solo se me courrió que les seguiría la corriente a las dos mujeres.  Cuando volví a la cama me senté en la orilla, iba a ponerme un pantalón cuando la mujer desnuda me tomó por los hombros y me acercó a su cuerpo.

Apenas un segundo después ella notó la erección, me dijo, lo prometido es deuda, pagaste la cuenta por nosotras y dijiste que dormiríamos sin que fuese obligado hacerlo contigo, ahora si lo haremos, ya encontré tus condones.

Dos horas después habíamos desayunado los tres y el cansancio había cambiado de nombre.
Ellas se fueron, me dieron sus tarjetas, nombres artísticos en vez de los propios, prometieron descuento.

Algunos domingos deberían repetirse.

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