Diarios Innecesarios XV

La conversación de los vecinos de mesa en el almuerzo empezó a intersarme cuando una de las muchachas decía que una de las cosas que a su novio le gustaban más eran sus manos gorditas, así sin más, sin un anzuelo ocultando la palabra, seca y llanamente le gustaban sus manos porque eran gorditas.  Olvidé pedir sopa o crema y cuando trajeron el plato pensé, voy a quedar con hambre, parece que no solo lo pensé si no que en verdad lo dije porque las personas de la mesa de al lado se quedaron mirándome, dije, lo siento, a veces hablo solo.

En ese instante pude ver en el rostro de la mujer una hilera de voces cargando su alma hasta los ojos.  No es una utilización simbólica del lenguaje, literalmente por el rostro de la mujer con acentos menores veía subir lo que considero era su alma.  Una gota de sudor ató su peso a la gravedad eléctrica por mi espalda, no quise verla más aunque la ansiedad por querer verla me impedía comer en calma.

Uno de mis primos, quizá uno de los que más aprecio, tiene una atracción, casi infantil, por las mujeres que tienen las manos como la mujer lo mencionaba.  Con la mirada baja empecé a ver sus manos, me hizo mucha gracia pensar que las manos las tenía llena de retazos del alma que le subía a los ojos.

El plato no sufrió muchos cambios, casi toda la comida estaba en el mismo sitio, no lograba concentrarme en comer, no podía levantar la mirada, escuché cuando se levantaron de la mesa y apenas pude los miré irse, solo entonces noté que todos iban vestidos con uniforme, un uniforme de alguna escuela de enseñanza o de una cadena de almacenes.  Me tomé el jugo, pedí un vaso adicional, tardó un poco y pensé en que llenaría el estómago de líquido.

La salida del restaurante da a una callejón curtido de piedra antigua, caminé sin fijarme en la gente hasta que antes de llegar a la esquina la vi nuevamente, estaba observando una vitrina en donde vendían sombreros, seguí, era evidente en la rapidez de mis pasos que no tenía intención alguna de estar cerca de ella.  Quizá pasaron unos segundos cuando la sentí cerca, giré a verla, entonces fue cuando de su boca, con un acento fue mencionando uno y otro nombre, al final dijo Oscar, y ahora te llamas Oscar.

Era extraña que todos esos nombres me fuesen familiares, que cada uno de ellos los sintiera propios.  No supe responderle, no tenía una idea clara de lo que ocurría, ella siguió caminando y antes de perderse en la esquina escuché que decía, volveré a encontrarte, aún en esta vida no hemos compartido penas.

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