Diarios Innecesarios XIII

Unos minutos después de estar dando vueltas en la cama noté que la hora del reloj despertador estaba mal, había una sincronía inapropiada entre una parte de mí obligándome a cumplir con mi responsabilidad de levantarme y otra buscando ideas para desarrollarse sin otro sentido que el de su propia existencia.  Fueron minutos extraños.  El silencio del cuarto fue interrumpido por un mensaje al celular, una muchacha bonita me saluda, devuelvo el saludo, la alegría que me produce su charla se nota en mi cara, me gusta hablar con ella. Un par de mensajes y la conversación es cortada por mi prisa por ir a la oficina.

La oficina.  Una llamada no programada. Cuarenta minutos haciendo parte de mi trabajo.  El celular y varios mensajes de saludo por el inicio del día.  Es el mes en que celebramos el día de la madre, publicidad en torno a ese evento en el correo. Una botella de náufrago viene a mí, es un llamado de auxilio, mi yo interior me envía un mensaje con gritos en cuyo tono se siente la urgencia.  He abandonado el hábito de los te quiero, entonces tomo el celular y mando un mensaje vía «whatsapp» a uno de mis contactos.

El día es una trampa mortal de ocio y aburrimiento, he caído en ella.  La ruta diaria del sol no ha sido interferida por nubes.  Se me ocurre que el cansancio germina hecho migraña en quienes se agitan entre llamadas y prisas.

Ninguna idea apropiada para ser escrita.  De vuelta a la rutina.

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