Citas inusuales

Tomó el periódico de la barra del café, buscó una mesa junto a la ventana, se sentó en la silla paralela al vidrio, el mesero tomó nota de su pedido, una torta de chocolate y un vaso de leche fría, él abrió el periódico, buscó la sección del horóscopo, leyó lo correspondiente a su signo zodiacal, luego leyó el de ella.  Se entretuvo un rato viendo por medio de la ventana, unos hombres pasaron sin que dialogaran entre ellos, una mujer iba ajustándose el brasier sin saber que era observada, un niño corría mientras el papá y la mamá jugaban a perseguirlo, un silencio roto por el sonido de su teléfono celular le recordó en donde estaba.  Extrajo el celular del bolsillo del saco, al ver quien era el contacto hizo un gesto de sorpresa, contestó, no quiso expresar su sorpresa, desde el otro lado de la línea la voz se acomodaba en la charla y él se iba sintiendo cansado.  Una y otra vez respondió con monosílabos hasta que aprovechó que el mesero se acercaba a la mesa, entonces dijo que debía colgar para atender a quien se estaba acercando.  Se despidió con cortesía y llevó nuevamente el teléfono al bolsillo.

 

Repitió la lectura del horóscopo, miró el reloj, aún faltaban once minutos para las diez de la mañana.  Siguió los movimientos de la calle y se prometió estar atento a las diez en punto, en el horóscopo decía, entrarás a un café y verás a un hombre, es tu alma gemela.  Había adquirido con su amigo editor el compromiso de escribir diariamente alguna cosa para esa sección, cada día se esforzaba en no repetirse, buscaba en cuanto libro pasaba por sus manos una manera de escribir algo positivo.  Así había sido hasta que conoció a la mujer del hotel, en la recepción una mujer que era para él la belleza perfecta estaba leyendo el periódico para el cual él enviaba los mensajes del horóscopo, se fijó en el signo que leía y escuchó como le hacía un comentario a su compañera de trabajo.  Desde entonces lo escrito en ese signo zodiacal era un mensaje para aquella mujer.

 

Empezó a dejar mensajes positivos, textos que exaltaban la belleza de las mujeres nacidas en ese periodo de tiempo, luego se le ocurrió que podría tentar a la lectora a buscar un resquicio en la imaginación por medio del cual podrían encontrarse.  Primero fue, ve al parque, en él hay un lugar donde se abrirá la puerta a tu fortuna.  Esa vez fue al parque cercano del hotel, estuvo todo el día, ella no fue.  Unos días después puso, hay lugares sagrados en los que la noche deja una estrella, ve por ella y el amor te sorprenderá en las primeras sillas, así fue como estuvo en las dos misas que después de las seis de la tarde se celebraban en la iglesia que cercana al lugar de trabajo de la mujer.

 

Uno y otro mensaje de ese tipo aparecía diariamente, él iba al lugar que consideraba permitía dar cumplimiento a la predicción, ella no aparecía.  El juego acabaría este día, había dejado el trabajo en el periódico para dedicarse por completo a un trabajo técnico en una biblioteca, estaría demasiado ocupado ordenando libros y prefería no tener otras distracciones.  El de hoy era el último mensaje que enviaría a una mujer que no tenía la menor idea de esto.

 

Pasaron las diez, se tomó la leche, acabó con la mitad de la porción de la torta, pidió un café sin azucar y se puso a leer el periódico.  A las once y treinta se levantó, no esperó a que le llevaran la cuenta a la mesa, fue hasta la caja y canceló lo correspondiente al pedido, dejó aparte la propina.

 

Caminó por la calle hasta llegar a la esquina, giró, siguió en línea recta, y sin darse cuenta volvió a pasar por la cafetería, entonces notó que en la mesa en la que él había estado había cuatro jóvenes tomando café.  Cambió de acera y se atrevió a ir al hotel, entró tímidamente, se acercó a la recepción, preguntó acerca de las habitaciones, se excusó después diciendo que no era para estar en el hotel ese día, quería saber los precios para alojar a unos amigos que vendrían pronto.  Lo atendió un muchacho con ademanes rígidos, casi robóticos, le pasó la publicidad del hotel, le pidió que lo acompañara para mostrarle las zonas comunes y lo llevó a una de las habitaciones.  El le dijo al muchacho que agradecía la atención y tendría en cuenta la información para que sus amigos estuvieran en este hotel.  Habían ido a ver una habitación del cuarto piso, mientras bajaban por el ascensor se atrevió a preguntarle si siempre había trabajado en el hotel, le respondió que apenas llevaba un par de días, la recepcionista titular estaba enferma y él la estaba reemplazando.

 

Empezó a hablar sobre la alta probabilidad de obtener un virus de gripe en un hotel o cualquier tipo de virus, con eso empezó la charla con el muchacho, este le respondió que era muy cierto, y en el hotel les solicitaban mantener una higiene extrema para evitar estos contagios.  La conversación los acompañó hasta la recepción, el muchacho dijo, quiere un café, me ha gustado su conversación y si no se siente incómodo le invito un café, claro que no podré acompañarlo pero puede quedarse tranquilo en la mesa hasta que quiera.

 

Fue a la mesa, recibió el café y se sintió extraño, una sensación de haber sido descubierto, de no poseer secretos empezó a apoderarse de él, creyó ser observado por todos, hasta por una pintura que había en la pared del frente.  Se terminó el café, buscó la salida más cercana y se fue del hotel.  Volvió a caminar unas calles sin saber a dónde ir exactamente.  Al pasar por una farmacia recordó que debía comprar pastillas para el dolor de cabeza, entró, las pidió a la primera persona que vio detrás del mostrador, se las pasaron y mientras estaba pagando sintió el primer sonido de la tos detrás de su cuerpo, de manera mecánica giró a ver quien tosía, entonces el estornudo de la mujer le cayó con fuerza sobre su cuerpo, él se limpiaba mientras ella trataba entre voces calladas de disculparse.

 Oscar Vargas Duarte

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