Despertar

El día había comprado sus horas en el frío del páramo y llegaba hasta la cama con una calidez de hielo cuya pretensión era evitar cualquier ánimo de levantarse. Dio un giro, tomó la cobija, quedé descubierto, no fue necesario palpar el aire para saber que también la lluvia estaba afuera invitando a que la calle le perteneciera solamente a sus gotas. Ella asomó la cara, me miró, supuse que sonreía, me dijo que tenía mucho frío y no quería levantarse, volví a cubrirme con lo que ella compartía de la cobija, me tocó los pies con los suyos, puso sus manos en mi rostro, empezó a cubrirme totalmente hasta que mi cuerpo estaba con el suyo, en la oscuridad que los dos podíamos abrigar con nuestra piel.

Dijo, apuesto por mi desnudez solamente cuando sé que tus ojos son el único espejo, el único azar que reconozco es el de tu boca cuando no se en qué parte de mi cuerpo vas a besarme, mi mayor duda es si tus ojos se cierran o me estás cediendo tu noche. El beso vino directo a la boca, volvió a hablar y yo no entendí ni pude escuchar lo que decía porque había tapado mis oídos con sus manos, luego, al quitarlas, otra de mis apuestas es que aún sin escucharme vas a creer en la sinceridad de mis ojos. Así, mientras afuera la lluvia apreciaba la soleda de las calles, adentro, en medio de las sábanas, ella encontraba el ángulo exacto en donde su cuerpo y el mío encajaban para repetir lo que nuestros ojos sabían.

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