De ratos de ocio en una tarde en el bar

 

También llega la muerte cansada y se sienta en una de las sillas de la barra del bar, pide un trago igual al que estoy tomando, levanta la copa y brinda conmigo, le hago un gesto de agrado y al rato me invita una copa.  La mujer que atiende en el bar me pregunta si le invito también una copa a él, me dice que es lo cotidiano, ninguno de los dos sabemos que la muerte está sentada ante nosotros. Más allá de toda realidad aprendida, la muerte se acerca, nos pregunta alguna cosa, le devolvemos una respuesta aprendida y luego, antes de compartir otros tragos cada uno está quejumbroso de la pesadez diaria que le toca.  La muerte nos dice que hay algo que la mente del hombre no entiende, está por fuera de su comprensión, y es la belleza en la destrucción en quebrar lo posible en la hora límite y dar lugar a la nada, yo me atrevo a decirle que es cierto, así que no intentaré hacerlo.  Ríe a carcajadas conmigo mientras que la mujer del bar atiende a otros clientes.

 

La muerte recolecta de su memoria aventuras, todas las deja incompletas, no cuenta el último paso que da terminación a su historia, yo narro una y otra cosa sencilla de mis pasos tranquilos, ella sonríe, me dice que sabe más cosas de mí de las que yo imagino, entonces le replico rápidamente, es cierto, es seguro que alguien externo a mí sabe más de mis cosas propias que yo mismo, ella ríe en tanto que vuelven a llegar un par de tragos.  La mujer del bar nos ha invitado una copa a cada uno.  Algo ocurre cerca de nosotros, una discusión, alguien está alterado, observamos atentos, yo me preparo para dar pasos de protección hacia alguna parte, la muerte se voltea y me dice, no te afanes, nada pasará en este momento, la mujer del bar sonríe y le dice, que pretensión es esa, tú no sabes qué pasará, cualquier cosa puede pasar, la muerte le recrimina, no sabes con quién hablas, yo se que no pasará nada.  Yo les digo, yo no se que pasará y no me parece pretensioso creer que no ocurre nada en este momento, y también me parece correcto creer que cualquier cosa es posible.

 

Los dos se ríen, yo brindo por ellos.  La discusión ha terminado, una de las personas que estaba en la discusión se acerca y se sienta cerca de nosotros, le invitamos un trago, nos habla del desencanto que le producen esas cosas, lo escuchamos, nos ponemos de su lado y compartimos más historias entre todos.  La mujer del bar dice, escuchan el río, alcanzan a escuchar su canto, hay algo en él que lo fatiga. Yo digo, escuchan un palpitar que no quiere ser escuchado soy yo.  El hombre que volvió de la discusión nos dice, escuchan unos pasos que duelen, son los míos.  La muerte dice, quisiera escucharlos pero un grito de deseos muriendo me piden que vaya por ellos.

 

Oscar Vargas Duarte

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