Pequeñas memorias de lo que puede pasar entre nosotros

Llego a tu cuerpo, no encuentro nada, entonces vuelvo a buscar y llego solamente a tu mirada, me dejo descubrir por tus ojos y mientras tanto encuentro una fisura en tu piel por la cual puedo iniciar la escalada hasta tu boca. Digamos que empiezo en tu boca, tomo una o dos palabras de tus labios y me dejo atar por ellas.

Imaginemos que las palabras son, quiero y sigue, pero faltan más palabras, luego dices, al tiempo que estaciono mis manos en tu cintura, dices, quiero y sigue sin detenerte hasta cuando encuentres ríos de vino dulce y aguas saladas en mi cuerpo.

Así, llegar a tu cuerpo es un encuentro, una ventana cerrada que está dispuesta a ser abierta, y digamos que se abre un poco, entonces, mis palabras, ahora son mis palabras las que se descuelgan por tu cuello y dicen, morder, acariciar, continuar con el siguiente mordisco.

Digamos que hay una palabra que tú dices, de tu boca surge una combinación de letras que se leen en tus labios, cedo, dices, cedo mi desnudez a tus dedos, a tu boca, a tus manos, y me dejo llevar hasta donde mi cuerpo concede gritos de júbilo al encuentro.

Ahora, después de haberte escuchado me asombro de mi propia duda y voy tembloroso, tembloroso pero seguro hasta las formas de colores que llenan tu pecho.
Hay alguna nube que se desprende de mi boca y cae, desprevenida y atentamente sobre una flor de pétalos sin alas, digamos que la flor es besada una y otra vez hasta cuando tu mano levanta mi rostro y lo lleva hasta donde tus labios pueden ser atrapados por mi boca.

Ahora, descubro que mis manos tienen su propia agenda, han resuelto la medida de tu falda y sin que tú lo evites, ha ido deslizándose por tus piernas, ahora, descubro que tu blusa está abierta, no se como, no se cuando, pero me parece apropiado bajar hasta tu estómago y sorprenderme con la forma de tu ombligo.

Digamos que un frío invisible, inexistente, nos posee, entonces un abrazo es apropiado para que tus formas, lindas formas se apeguen a las mías.  Y sin que los dos sepamos las razones, nos olvidamos de cada uno y empezamos a pensar en el otro, tú en mis manos y yo en tu piel, tú en mi brusquedad de hombre y yo en las gotas de silencio que tímidas anotan pequeñas notas mientras descubro que hay una humedad sincera apreciando mis manos inquietas.

Así, poco a poco, como quien no quiere pero lo quiere todo, pasamos de la humanidad vertical a la horizontal sensación que da saber que eres tan extensa como mi cuerpo, y tan profunda como mis voces, luego, digamos que luego me concedes uno, dos o tres, que yo no se contar, gemidos y yo te respondo al tiempo con impulsos.

Oscar Vargas Duarte

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