Un tornillo

Fue la noche del tercer aniversario del matrimonio, fuimos al restaurante en donde le entregué el anillo de compromiso. La comida estaba deliciosa, el vino abundante y la sensación de amarnos para siempre hacía que todo entre nosotros fuese poseído por la magia. Ella se adelantó unos pasos, la vi y noté claramente que cojeaba de la pierna izquierda, un pequeño movimiento que dejaba caer todo su cuerpo sobre esa pierna. Dos días después, cuando hacíamos compras en el supermercado y yo conducía, endiosado como un niño, el carrito de compras volví a notar el cojeo, esta vez no dejé pasar la observación, la otra noche había creído que se trataba de sus zapatos altos o de una observación alterada por el vino. Durante los siguientes días convertí en una afición mirar los movimientos de mi esposa, definitivamente cojeaba del lado izquierdo, no le pregunté y me dediqué a buscar en mi memoria hasta que di con una imagen que me sorprendió por lo nítido de su presencia. Habíamos ido a caminar al parque, apenas nos conocíamos hacía unos meses, yo la veía con su “tintineo” constante, al preguntarle me dijo que era por los zapatos.

La afición se me convirtió en un hábito continuo, empecé a verle las manos, la cabeza, la espalda, los brazos, cada una de las partes que podía ver de ella era medida con precisión de relojero por mis ojos, una mañana empecé a comprender que a la parte izquierda de su cuerpo le faltaba un centímetro, cuando le explicaba esto al médico, él me confirmaba que a mí me faltaba un tornillo.



Oscar Vargas Duarte

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