Recital Clínico

 

A las seis de la tarde llego a la clínica.  Ingreso por una puerta lateral.  Camino hasta los ascensores, oprimo el piso siete.  Salgo del ascensor y giro a la derecha, la habitación está al final del pasillo.  La puerta está cerrada, puedo observar por medio de una ventana, no hay nadie, me acerco a donde una enfermera que ya me reconoce, me acompaña a la habitación, me autoriza el ingreso, acerco la silla a la cama, me siento junto a la cama, tomo el morral, extraigo tres libros, los coloco en la mesita.  Me levanto de la silla, voy hasta la ventana, observo hacia la calle, me gusta esta vista, todo parece en movimiento, incluso el edificio en el que estoy, la noche aún no se presenta plena, las luces de la ciudad empiezan a contagiarlo todo.  La ventana no es solo una lámina de vidrio, no se puede abrir, pienso en quienes las limpian, siempre están pulcras, un momento higiénico adicional propio del lugar.

 

Tomo uno de los libros, el de Jaime Sabines, busco un poema, lo leo, me paso a otra hoja, por azar, la encuentro marcada, los poemas de esta hoja ya los leí, me paso a la anterior, no han sido leídos, leo en voz alta.  Los minutos pasan, vuelvo a la ventana, la ciudad es hija de la noche, ha parido luces por todos los lugares.  Giro y miro hacia la cama, la silla, la mesa, la ventana que está sobre el pasillo, la luz que se refleja en los vidrios, el color de las sábanas, mis zapatos negros, las fotos que alguien puso hace poco sobre las paredes, son fotos de las montañas más altas del mundo.

 

Son las siete treinta, ya leí un fragmento de una novela de Amoz Os, ahora tomo mi libreta de apuntes, empiezo a escribir, una palabra, le sigue otra, la hoja se llena, termino el escrito, lo dejo en la mesa, empiezo a guardar los libros, el morral está listo, la hoja con el poema la dejo en el lugar de siempre, una gaveta en la que se guardan objetos personales.  He venido durante los últimos dos meses a leer poemas a la mujer que parece dormida en la cama, no ha despertado desde el accidente.  Una hoja más en el gavinete, quizá el número alcanza las cinco decenas.  Escribir en este lugar es fácil para mí, no hay ruidos, nadie me convoca para ser escuchado, nadie me convoca para ser admirado.   La hermana llegará dentro de poco, solo la esperaré unos minutos más.  La puerta se abre, la hermana entra, me sonríe, me da un abrazo, agradece mi tiempo, me despido.

 

Otro día, un mes más.  Hoy es feriado, no he viajado, son las dos de la tarde, ingreso a la clínica por la puerta principal, subo al ascensor, alguien antes oprimió el botón del piso siete, salgo, voy hasta la habitación, hoy hay más personas, nos van a sacar a todos, cuando la enfermera note que hemos ingresado más de los permitidos nos regañará a todos.  No puedo leer con tanta gente en el lugar, me quedo frente a la ventana, veo las calles alrededor de la clínica, no veo nada, solo me intereso por una ventana que alguien dejó abierta en un edificio cercano. Yo soy esa ventana, alguien me abrió para permitir que por medio mío algo entre o salga, no se por qué pienso en esto, sigo viendo la ventana, no escucho que me hablen, alguien me toca el hombro, me están hablando.  Quieren que lea, les digo que nos regañará la enfermera si nos ve a todos adentro, me dicen que por hoy estamos autorizados.

 

Repito la rutina aprendida, saco los libros, los pongo en la mesita, me siento en la silla, escojo uno, busco al azar en una hoja algo para leer, encuentro un poema, es de Octavio Paz, voy a leerlo, alguien me interrumpe, miro por encima de las gafas, me ajusto las gafas, debo cambiar la receta de los lentes, me preguntan si puedo leer de mis poemas, les digo que siempre leo de los libros, he entendido que a ella le gustan los poemas de poetas conocidos, yo tan solo escribo como aficionado, ellos insisten, María les cuenta que yo escribo al final de cada sesión algunos versos y los dejo en el gabinete, ella se atreve a sacar mis hojas, la miro con enojo, ignora la mirada y pone las hojas en mis manos.

 

María y yo nos conocimos una tarde de cine, en uno de las salas del cinema que está en el centro comercial cerca de mi casa, eran las once de la noche, salíamos de ver una película, ella lloraba mientras caminaba, yo iba con el rostro buscando espejos en el piso, nos tropezamos, ella lloraba, yo estaba triste.  Una disculpa dio paso a la otra, luego la confesión al desconocido, supe entonces de su hermana, del estado en el que estaba, de la soledad en la que los había sumido esa circunstancia, yo no me atreví a interrumpir, mi tristeza vale nada, hablamos de su hermana, en un bar que está dentro del centro comercial estuvimos hasta las tres de la mañana hablando de la hermana.  Quedamos en vernos al siguiente  día, no se pudo, hablamos un rato por teléfono, solo pudimos vernos el fin de semana, claro que lo hicimos en la clínica, yo llevaba el morral de siempre, un libro de poemas, ese día leyó ella, luego yo, y más tarde me convenció de ir a leer a diario.  La hermana mantiene la inconsciencia, no se mueve, solo está ahí, todo en ella es mutismo, es como un cometa que está ahí esperando para descolgarse al suelo o para desprenderse hacia la tierra.

 

Tomo mis hojas, escojo uno, no me gusta, escojo otro, tampoco.  La duda empieza a alterar el pulso de mis manos, hay uno que me parece extraño, yo no escribo con el tono que tiene este poema, se que lo escribí, estoy seguro, solo que no tiene el tono de mis versos.  Me levanto de la silla, me aproximo a la ventana, desde ahí los puedo ver a todos, me gusta lo que veo, tengo un público, poco público pero al fin y al cabo un público propio, por esta vez.  Empiezo a leer el poema en voz baja, les digo que me den unos minutos mientras le encuentro el ritmo verbal, me esperan, no podrían obligarme a otra cosa.  Les doy la espalda, empiezo a leer viendo por la ventana hacia la calle, la voz encuentra un eco, es un eco que no me es propio, vuelvo a ver hacia el interior de la habitación, todos están en silencio, no me miran, al igual que yo miramos todos a la muchacha que se despertó a recitar conmigo el poema que no me es propio, que le pertenece a ella según me dice al terminar de recitarlo.

 

Oscar Vargas Duarte

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