Sex-tuagenaria

A las cuatro de la tarde el calor surgió como un espanto y yo huí de él
hasta mi apartamento, abrí la puerta, busqué en la cocina un refresco
con hielo, lo llevé hasta la sala y yo caminé con él. Fue una sensación
extraña a la que me enfrenté, no sabía si el refresco me llevaba a mí o
yo lo llevaba a él, o talvez los objetos se movían y yo permanecía
estático. El calor no era vencido por el ventilador que giraba en la
esquina de la sala. El pensamiento repetido tantas veces cuando el
calor me sofoca volvió a presentarse sólido, son sorprendentes aquellos
que trabajan bajo la presión del calor y se despreocupan de la medida en
el termómetro, el calor afecta mi percepción del mundo a través de los
sentidos.Me desperté a las ocho de la noche, mi conciencia claudicó ante el calor
y fui cayendo poco a poco hasta que dormí sin tener certeza del tiempo.
El reloj que recibí de regalo en mi último cumpleaños grita o repite
un gol en vez de dar campanadas, gol, gol, gol, gol, gol, gol, gol,
goooooool, la réplica del último gol es más extensa y termina diciendo
de Liverpool. Cuando el reloj repitió gol de Liverpool supe que el vaso
aún estaba en mi mano, los pies sobre una silla que acerqué antes de
dormir, y todo aparecía oscuro a mi alrededor. Encendí la luz, busqué
más refresco, lo bebí sin pausa. Mi ex esposa aún conserva las llaves de
mi apartamento, despreocupado que soy, la sentí entrar, solo podía ser
ella, no quise darme por enterado, ella se me prendió del cuello, me
dijo un par de cosas, supe que se estaba desnudando, trató de atarme con
su blusa, presionó mi espalda con sus senos, le pedí que parase, una
discusión de quince segundos, no quiero, es que no te gusta, no quiero,
es que no eres hombre, a todos los hombres les gusta, no se niegan. No
quiero, entiende no quiero contigo.Una sensación de culpa liberadora me impulsó a la calle, bajé por el
ascensor, fui hasta el parqueadero, me subí al auto, puse música en el
radio. Un amigo me regaló un CD con música de comunidades indígenas
latinoamericanas, un música que solo se hace con caracoles, con golpes
sobre tambores y con el movimiento de algunas semillas unidas en un
mismo hilo. Mientras la música se riega por todo el auto, la autopista
toma forma y las luces de los otros autos me guían. Durante dos horas
el auto ha dado vueltas por la ciudad, la prisa que conduce a otros me
ha guiado hasta una calle en donde la hilera de carros esperando al
semáforo me produce cansancio al solo pensar que debo esperar el cambio
de luces para seguir moviéndome tras ellos. Giro por la primera calle a
la derecha, está vacía, sigo por ella y las luces cambian entre colores
amarillos y rojos, unas brillan más que otras.

En la calle, el frío debe morder con afilados dientes, ahora es más
oscuro el lugar, detengo el auto, observo a una mujer que hace señas con
su mano, la espero, la mujer llega hasta la puerta del auto, abro la
ventana, me habla en algún idioma que no entiendo, no me importa, abro
la puerta y apenas ella se sube le pregunto a donde la llevo, me hace
gestos incomprensibles, o quizá mi comprensión de esos símbolos son algo
de lo que me avergonzaría. Son exactamente eso, esta mujer de setenta
años quiere que su cuerpo se corrompa bajo el peso de los deseos de un
hombre. La pesadez del calor que me consumió antes de dormir sigue
haciendo efecto en mi conciencia, creo que la llevo al lugar que me
indica, no tengo intención de corresponder a los símbolos, voy haciendo
la ruta que ella me indica, es una calle más. Llegamos. Ella no quiere
salir si no la acompaño, el auto no puede quedarse solo, alguien desde
una esquina oscura grita que él lo cuida, no se si lo escuché realmente o
lo imaginé.

La habitación es lo más parecido al cuarto de una droguería, una cama
angosta, una mesa al lado, la cama cubierta por una sábana, nada más.
Miro a la mujer para hacerle saber que no tengo otra intención que la de
irme. Ella me muestra una caja de condones ‘today’ que había comprado
en la tarde. La anciana ingresó al supermercado, pasó directamente a la
sección de preservativos, tomó el producto, se dirigió a la caja,
adelante de ella habían dos mujeres, no entendió la conversación que se
desarrollaba entre ellas, cuando llegó su turno pasó el valor exacto y
la cajera le sonrió de manera automática, parte de la robotización de la
modernidad, incluso la sonrisa es una respuesta automática mientras se
presta un servicio. La cajera se quedó observando a la anciana, su
mirada se iba perdiendo tras el movimiento de su cuerpo pero fue
interrumpida por un hombre que le reclamaba agilidad para atenderlo.
Sonrió nuevamente.

A las seis de la mañana después de haber sufrido delirios sobre el
cuerpo de la anciana, después de ocho condones que se repartieron en
diferentes faenas sexuales, me sentí exhausto, no quería ver a la
anciana a mi lado, desde la una de la mañana había estado con ella
manteniendo relaciones como si fuese un adolescente que apenas conocía
el sexo. La anciana apenas seguía los juegos, no se si hablaba o se
quejaba, si eran gritos o palabras, no entendí su lenguaje. Estaba
sudoroso, el cuerpo entero estaba lleno de gotas de sudor, olía a
perfume rancio, a sudor ajeno. Sentí que la mujer se levantaba, no me
atreví a mirarla, ella se vistió, luego se acercó a la mesa, puso un
billete de cinco dólares. Extendí la mano, los tomé, entonces me agaché
a tomar mi pantalón, busqué la billetera, extraje de ella tres billetes
de cien dólares, se los pasé. Ella se fue, lo supe cuando la puerta se
cerró suavemente.

Me vestí, el cuarto no tenía ventana, pensé en el auto, bajé las
escaleras con prisa, apenas me acerqué al auto un hombre con acento
extranjeró me pidió el pago por cuidarlo, le dí cinco dólares. El hombre
sonrió y me indicó por donde salir a una autopista. La música de los
Huitotos siguió sonando en el auto. Tomé la ruta hacia mi apartamento,
abrí las ventanas del auto, encendí el aire, tuve que quitarme el saco,
el aroma llegaba con imágenes, aproveché un lugar solitario, tiré el
saco, la camisa olía igual, la dejé también. Pensé en los agentes de
tránsito, ojalá no me vieran, sería desastroso explicarle por qué viajo
con el torso desnudo.

Estaciono el auto, tomo el ascensor, abro la puerta del apartamento, me
quito el pantalón y el resto de la ropa, busco una bolsa, los dejo en
ella. Voy desnudo hasta mi cuarto, mi ex esposa está tomando algo de
él, tomo una bata de baño, ella se está llevando un par de calcetines
que le pertenecen, no sabía que estaban debajo de la cama, apenas si me
habla, la dejo irse. Me dirijo al baño, el agua me hace bien, me
empiezo a reconocer, el aroma va despareciendo, siento que la puerta se
abre, ahora cierro la llave de la ducha, asomo mi cabeza y observo a mi
ex esposa, ella está dejando las llaves del apartamento, hago un gesto
de asentimiento, ella se despide, levanta su mano derecha, puedo ver en
su brazo un tatuaje, había olvidado el tatuaje que ella se había hecho
en su brazo cuando estuvo viviendo en Asia.

El agua sigue cayendo sobre mi cabeza hasta que el reloj vuelve a
repetir un nuevo gol del Liverpool.

Oscar Vargas Duarte

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