HORÓSCOPO – INSTINT-RTE

Alguien timbra, el sonido del timbre en la puerta me separa de los pensamientos que me agitaban en ese instante. “Someday there’ll be a cure for pain / That’s the day I throw my drugs away / When they find a cure for pain” El celular responde a la llamada con el ringtone de “Cure for pain”, desde el estudio escucho y me dirijo de inmediato a contestar, se que es Rebeca. El timbre de la puerta, que empezó antes a sonar, se oye insistente, la decisión es instantánea, voy hasta el teléfono, unos segundos después Rebeca me dice que por qué no he abierto la puerta si es ella quien está timbrando.  Hay café preparado en la cocina, vamos por un par de tazas, nos tomamos la primera en la cocina viendo desde la ventana hacia una edificación vecina, suponemos, una suposición fácil y primaria, que desde el otro lado alguien nos mira, somos el objeto observado que al mismo tiempo observa sin descubrir algo que pueda entregarle una certeza a sus dudas. Hemos sido silenciados por imagen a la que accedemos, el aroma del café realiza un último esfuerzo por mantenerse en el olfato. Vamos a la sala, nos sentamos, hemos renovado el contenido de las tazas.

He venido como intermediaria, esa fue la oración con la cual empezó Rebeca a narrarme la vida de Viviana. La historia se me hizo extensa, yo quería hablar de la película Argentina que estrenaron el fin de semana anterior, tenía un interés especial en ser escuchado y poder expresar mis comentarios acerca de la misma. Ni siquiera intenté desviar la conversación, Rebeca siguió hasta que al final de su narración dijo, entonces ella está buscando un lugar donde vivir, por supuesto, pagando el alquiler respectivo, y tú, que tienes una habitación sin utilizar, creo yo, podrías ofrecerle alojamiento, yo tengo total confianza en que serás un gran anfitrión y puedo asegurarte que ella será una inquilina ejemplar.

No había pensado en alquilar esa habitación, estaba a gusto con mis espacios, un apartamento para mí solo sin necesidad de negociar con un tercero los espacios. Es una vida simple la que llevo pero aun así, con otra persona en el apartamento tendría que restringir ciertas actividades a lugares más privados. Hablamos de varias cosas más con Rebeca, en el fondo yo sabía que eso no era una negociación, Rebeca había insistido en cada encuentro que teníamos en la necesidad de que yo compartiera con alguien el apartamento, eso me obligaría a relacionarme con mayor fuerza y serviría para conocer el mundo desde el punto de vista de los demás.

Oscar, si lo sigues pensando no vas a decidirlo y le darás largas hasta que en unos meses nos enojaremos porque tú lo estarás pensando y yo estaré esperando una pronta respuesta. Así Rebeca volvió a tomar la dirección de la conversación, ella está esperando afuera, le he dicho que espere hasta que yo salga. Voy a salir, aún no ha entrado al conjunto, iré por ella, le diré que venga, tú la haces seguir, mientras yo voy por algo de comer que debes invitarla a cenar, y cuando yo vuelva ya se habrán por lo menos dicho los nombres. No me quedo para hacer las presentaciones porque tú descargarías en mí la responsabilidad de la conversación y ella pensaría que tú no tienes interés en conocerla. Yo lo sabía, Rebeca había tomado la decisión desde antes de contarme y solo realizó toda la introducción para hacerme sentir partícipe de la decisión.

Mientras volvió a sonar el timbre de la puerta pude ir a la habitación en donde habitaría la inquilina, de quien en ese instante no recordé el nombre, ya estaba pensando en líos, ahora no sabría cómo saludarla al verla. Quité unos libros que estaban en la cama, levanté un par de zapatos, quité ropa que estaba en el piso, todo en un solo montón que llevé hasta mi habitación, el piso parecía limpio, claro que esa palabra suelo aplicarla con diferentes matices, así que con una escoba rápidamente peiné el polvo acumulado de días.

Abrí la puerta y la muchacha apareció entera ante mis ojos. Mucho gusto, Oscar, Mucho gusto Viviana. Prueba superada. Cuando Viviana dio el primer paso dentro del apartamento sentí que las nubes habían sido rebanadas o las habían hecho pasar por un colador muy fino, Viviana dijo, empezó a llover. No pensé en que Rebeca estaría renegando porque había dejado su paraguas, le pedí que se sentara en el sofá, pudo hacerlo en las otras dos sillas pero ella se hizo en el sofá, yo me quedé de pie viéndola, en ese momento pensé que mi apartamento era un lugar muy pequeño, sentí que todo era diminuto y ella lo copaba con solo respirar o moverse. Ella necesitaba el baño, así que me quedé solo y entonces la sensación fue a la inversa, creía que el apartamento era un lugar inmenso, abierto por todos los extremos.

El tiempo adquirió una medida de la que yo no conocía sus límites, primero pensé que tardaba mucho tiempo, luego creí que ella apenas hacía unos segundos había estado sentada en el sofá. Ninguna de las dos, como dice Mario Gutierrez, tardó lo que tenía que tardar y a tí ese tiempo no debe importarte, no suma, no resta, no intentes creer que el tiempo que tú vives tiene una medida diferente, siempre tarda lo que tiene que tardar. Yo estaba hojeando un libro de lugares construidos por el hombre, que según el autor del mismo, eran imprescindibles y debían ser visitados por uno antes de morirse. Ella volvió, apenas me miró solo atiné a decirle, es un libro interesante y se lo pasé para que lo hojeara, es más pude haberle dicho es tuyo, te lo puedes quedar, dime a cual sitio quieres ir y yo te llevo, menos mal soy tímido o habría cometido esa tontería.

Mientras ella hojeaba el libro yo la observaba, de pronto levantó la cabeza, sonrió y miró hacia mi celular que estaba en la mesa, parece que te llegó un mensaje, era Rebeca, prometía enojos si al llegar ella, Viviana no estaba instalada en la habitación. En ese momento recordé cual era el objeto central de ese momento. Le ofrecí la habitación, le ayudé con la maleta, una maleta, un morral y un bolso. Solo llevé la maleta, ella tomó el morral y el bolso estaba en la sala.

Le mostré el armario para la ropa, le indiqué que debajo de la cama habían cajones, le dije cuál era el mejor lado para dormir en esa cama, me ofrecí para ayudar a desempacar, pero apenas unos segundos después del atrevido ofrecimiento adiviné el pensamiento de Viviana, me da pena con mi ropa interior, unos meses después ella me contaría que toda su ropa interior estaba en la parte superior de la maleta.

Salí, le pedí que me llamara ante cualquier inquietud o apoyo requerido. Así fue, unos minutos después, yo caminaba como gato que no encuentra ventana o puerta por donde escaparse, iba de un lado al otro, a la cocina, a la sala, a mi habitación, al baño, con un papel limpié el espejo, volví a la cocine, amontoné la losa sucia, volví a la sala, encontré un zapato detrás de una de las sillas. Un zapato de mujer que de ningún modo me pertenecía, no había ninguna razón para que estuviera allí, lo coloqué a un lado, donde no se viera pero que estuviera disponible, eso por si fuera algo que le perteneciera a Viviana.

Rebeca abrió la puerta, esta vez utilizó la llave. Me dijo, sigue lloviendo, parece que no va a parar de hacerlo hasta muy tarde en la noche. Tú has de estar feliz, la miro y le digo que parece que todo alrededor es música, las gotas golpean todos los lugares posibles y su sonido me llega despacio a los oídos. Qué ha ocurrido de nuevo, preguntó y se fue a la cocina, yo detrás de ella le iba diciendo que la muchacha estaba instalada, seguramente habría terminado ya de sacar su ropa y estaría ubicando algún objeto con mayor detalle. Qué otra cosa ha ocurrido, volvió a preguntar y yo repetí las mismas respuestas con algún ángulo innecesario. Contéstame qué encontraste por ahí, así que el zapato es tuyo, claro que sí, lo puse ahí porque sabía que te pondrías a limpiar, te ha gustado, nos reímos, claro que sí, me parece hermosa.

La habitación le ha quedado hermosa, ella traía unos porta retratos con fotos de sus padres, me preguntó si podría colocar algunos cuadros, de lo que obtuvo rápidamente una respuesta positiva de mi parte, y de parte de Rebeca, para mí, un regaño, habían unos cuadros en esas paredes, yo los quité porque se llenaban de polvo y tenía que limpiarlos, así que debí buscar el lugar en donde los había dejado, limpiarlos con obediencia casi militar, y después recibir todas las sugerencias posibles acerca de la posición en la pared.

En la cena, la conversación la dirigieron ellas, yo solamente escuchaba a una y otra, respondía ante la obligatoriedad de una respuesta o seguía en modo receptor atento. Esa noche Rebeca se quedó con ella, compartieron la habitación, yo dormí inquieto, tuve sueños, me despertaba fácilmente, hasta que a las cinco de la mañana sentí que una mujer se pasaba a mi cama, giré, era Rebeca, ya estaba lista para salir, tengo que salir ya, ella ya lo sabe, pero antes de irme debo contarte algo.

Desde la casa de Rebeca hasta su lugar de trabajo el tiempo de la ruta es de cuarenta minutos, ella va en auto y como es muy observadora mantiene una atención constante a todo aquello que sucede a su alrededor. Los últimos meses ha estado viendo que algunos autos desaparecen de manera espontánea, no sabe cómo o por qué ella ve eso, solo ve a un auto que la adelanta y de pronto desaparece. El oftalmólogo realizó suficientes exámenes para emitir un concepto, ojos en estado perfecto, el psicólogo consideró que no había una razón sostenible por la cual ella debiera seguir yendo a las citas, era incomprensible, le hice bromas acerca de que era normal, como los millones que hacen parte de la masa, siguió dándome más datos, fue al psiquiatra, su mamá es amiga de varios, así que sin pedir cita para la consulta pudo trasladarle la inquietud a uno de ellos, le dijeron que no había razones para medicarla.

Dejé que terminara de dar todas las explicaciones que a ella se le ocurrían, ella supo que yo tenía una respuesta y me plantó un pellizco, tú sabes la respuesta, dime ! Rebeca, esos autos que tú ves desaparecer yo los veo aparecer en la calle de enfrente, entre las dos y las tres de la mañana, aparecen de pronto, uno detrás de otro, las personas que viajan en ellos se acercan a preguntar en la portería acerca de cómo llegar a sus lugares de destino. Tú sabes que me gusta bajar a esas horas a la portería a hablar con los vigilantes, uno de ellos aprovecha para dormir por ratos mientras yo le hablo, la mayoría de las veces que he estado en la portería he visto esos autos, el vigilante dice que son gente que salen de un club que está a unas calles.

Yo sé por qué bajas a esa hora a la portería, es para ver si la señora que trabaja en la vida frágil te da un aventón hasta su cama y no tienes que despertarte solo, eres un sinvergüenza, esa señora cobra por ello y tú vas de gratis, incluso le pides que te haga desayuno. Insisto, es verdad lo que te digo, yo veo autos que aparecen de pronto en la noche, a esa hora aparecen en la calle de enfrente. Mira, el último que vi es una Renault Megane color azul, con placas ****** y dentro de él iban una señora en la parte de atrás, una señora en edad adulta, y una joven de no más de veinticinco años lo conducía. Los vi desaparecer en el centro, antes del semáforo, iban adelante de mi auto y de pronto nada, se evaporó.

Sal ya o se te hace tarde. Debes contarme todo acerca de como ves aparecer los autos. Sí. Me besa, un fuerte beso en la mejilla. La abrazo. Unos segundos después escucho que la puerta se abre y se cierra.

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