Parte de la ruta

Hace calor. Afuera el sol salpica todo con un brillo que a mi parecer
es innecesario. El calor se cuela en todos los espacio que en su haber
tiene el cuerpo, lo mismo que en los rincones del lugar dentro del cual
habito momentáneamente. Decido desistir de la chaqueta, la dejo sobre el
morrarl y me convenzo de no ver más por el ventanal desde donde los
aviones se ven desfilar como niñas en pasarela. Antes, cuando estaba
haciendo la fila para el check in, una muchacha cuya edad no debe ser
superior a los veinticinco años hacía trucos para empujar las dos
maletas con las que viajaba. Yo, por efecto propio de la amabilidad
entre desconocidos, ayudaba a empujar las maletas entre línea y línea de
la fila que se alargaba en curvas hacia atrás. La muchacha viajaba a
una ciudad diferente, este vuelo era para hacer tránsito.

En el ingreso a la sala de espera salí recompensado con una revisión
exhaustiva de mi maleta y del morral que llevaba colgando de los
hombros, igual una entrevista acerca de mi profesión, aficiones y
motivos por los cuales viajaba. Un muchacho me entrevista, este, como
dice una amiga mía se ganó la mayoría de edad en una rifa de bazar.
Varias preguntas, varias respuestas, un señor se acerca a reclamar, le
responden de tal modo que yo prefiero no objetar la entrevista.

Debo seguir a un policía, vamos, yo detrás de él, él con mi ticket del
avión guiándome hacia un pasillo en donde hay una cantidad considerable
de maletas, más de diez conté a primera vista. Me piden abrir la
maleta, la abro sin ningún esfuerzo, quien está haciendo la revisión
empieza a sacar una cosa y otra. Le pregunto por qué han escogido mi
maleta, me dice que porque al pasar por el scanner se veía muy gris.
Deben ser los libros, confirma como si la experiencia le permitiera
hacerlo. Le digo que los libros son para regalar y para leer.

El señor continúa revisando la maleta, una camisa, un pantalón, un
lápiz, va sacando y va oliendo. Me tomo el atrevimiento de hablarle
mientras tanto. Le pregunté sobre cosas curiosas que pasaran en las
maletas y se vieran por el scanner. Una vez debieron sacar una maleta
porque se veía muy extraño su contenido, bastante fuera de lo normal.
El hombre dueño de la maleta insistía en que no podía abrir la maleta,
una excusa y luego otra, al fin cedió cuando le dijeron que atravesarían
con agujas y de lado a lado la maleta, fue entonces cuando tímidamente
empezó a abrirla. En la parte superior de la maleta había una toalla,
él hombre dijo que no había nada raro, al quitar la toalla había algo
envuelto entre ropa.

Envuelto entre ropa había un enano delgado, estaba ahí, como si fuese un
paquete de cigarrillos que alguien quisiera pasar de contrabando. El
enano no se movía. Llamaron a otras autoridades. Detuvieron al dueño
de la maleta, las personas expertas en medicina despertaron al enano
utilizando algún aroma especial para ese tipo de casos. El hombre
confesó que lo llevaba para venderlo a un circo chino.

Después de la revisión volvía a la sal de espera. Me senté frente a una
familia, jugaban con una niña de dos años. El padre la levantaba para
ponerla en los brazos de la madre, la niña se bajaba y corría hasta
donde su hermana de quince años. La niña de quince años parece enojada
con la madre, la madre igual con ella. El distanciamiento es evidente,
mientras veo a la niña, me pregunto si yo sería capaz de decirle, quite
esa jeta y haga buena cara. La niña menor juega con una pequeña
muñeca, la deja caer bajo mi silla, el papá y la niña de quince se
acercan al tiempo, mientras levanta uno la muñeca y el otro la niña, soy
testigo de esta conversación.

– Háblale a tu mamá.
– Ella no me habla.
– Háblale tú.
– Pero si no me cree.
– Yo te creo, seguro ella también.
– Ya le dije varias veces que me quedé dormida, que sería tonta haber
hecho eso a propósito.
– Entiende que tu madre se preocupa por tí, además que no llegaste a la
casa, ella por supuesto piensa lo peor porque le da mucho temor que te
pase algo, ya sabes que te ama profundamente.
– Tú sabes que me quedé dormida dentro del almacén, no se como, solo me
quedé dormida. Y nadie ahí lo notó hasta que me despertó el frío y
empecé a gritar.

Llaman para abordar el avión.

Oscar Vargas Duarte

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