Todos medimos y somos medidos por el tiempo de manera

Todos medimos y somos medidos por el tiempo de manera que se puedan utilizar unidades para referirse a nosotros.  ¿Hace cuánto dejamos de vernos? ¿Cuál tiempo fue más o menos cabalístico? Estas preguntas no tienen utilidad real en este momento en el que me quisiera mantener la cabeza bajo la almohada sin pretensión alguna de sacarla y resistir la claridad que comete afrentas contra mis ojos.  Te había contado que estaba triste, lo estoy, un caracol que se sumerge lento dentro de mis orejas.  Unos días después de que estuvimos caminando bajo la lluvia y que te contara un poco sobre los días de juegos oscuros, estuviste llena de musgo, absorta en tus internos más profundos.

Te levantabas y tan solo querías oler el silencio y sentir la luz de la compañía más precaria, mínimos momentos de tu vida querías compartir con las personas.  Recuerdo que cuando estaba contigo me regañabas incluso por un gesto que se mostrara en mi rostro, o te enojabas con exageración al ver que en silencio te seguía con la mirada. Hoy comprendo que para estar así no se necesitan razones, algo en el interior nos obliga a estar en el mundo sin querer relacionarse con lo que nos rodea.  Peleaste con tu mejor amiga porque pasó a visitarte y de paso te mostró unas chaquetas nuevas que había comprado.  Primero le discutiste el color y la forma, después el material y más tarde cuando ella estaba a punto de lágrima le diste un sermón sobre la economía y la administración de los ingresos.  No tenía sentido que le dijeras esas cosas, el salario de ella superaba de lejos el tuyo y el buen gusto que tenía tu amiga no ofrecía grietas por las cuales pudieras criticar la hermosura de las prendas que había comprado.

Ella decidió irse, se marchaba enojada por tus comentarios sin sentido.  Ni siquiera la dejaste tocar la puerta, lloraste en su hombro y te pusiste de una tristeza que parecía pegarse en las paredes.  Era sorprendente que después de ser una altanera te convirtieras en una niña que lloraba por todo; repetías que te sentías vacía, que tu corazón era una fruta a la cual le habían quitado el sabor.  Recordabas al detalle el día en que te dejaron sola en tu casa y veías desde la ventana como un par de vagabundos se mojaban bajo la lluvia sin que tú pudieras abrirles para que se abrigaran en tu casa.  Hablaste de tu perra y como tus padres se comportaron como bárbaros al no dejar que lo mantuvieras en tu casa.  La llevaron a la finca de unos amigos de tu padre, te prometieron llevarte a visitarlo frecuentemente.  El primer día que cumplieron la promesa, al ingresar a la finca viste como un perro estaba copulando sobre su perra.  No entendías lo que pasaba y ellos no podían explicarte.

Fueron días difíciles. Tu amiga volvió todos los días, yo te acompañaba toda la noche.  Era sorprendente como recordabas cada momento triste de tu vida.  La última noche en que estuviste con esa tristeza extraña, despertaste sin que yo lo notara, según me contaste luego, estuviste como tres horas llorando, no podías dejar de hacerlo y sentías que desde la ventana una tía tuya que había muerto hacía tiempo, te llamaba para que la acompañaras a tender la ropa en el patio. Te pasaste a mi lado, yo dormía en el piso sobre unas mantas que habíamos tendido con tu amiga.  Te hice el amor, parecía que no estabas a mi lado, pero de tu boca salían gemidos que parecían el eco del placer representado en sonidos.

El día siguiente me pedías que te llevara bebidas calientes, las tomabas y te quedabas dormida.  Así estuviste hasta que a las seis de la tarde me dijiste que te acompañara a buscar una ropa que habías dejado en la lavandería.  No hablamos de los motivos que te llevaban a ese estado de ánimo, solo me sentí feliz de verte como eras regularmente.  En la lavandería encontramos a una anciana que daba vueltas por el barrio, la viste directamente a los ojos, le sonreíste y luego sin que ella pudiera evitarlo le diste un abrazo y le dijiste sobre las promesas de Dios, unas de gloria otras de castigo.  No entendí tu comportamiento, presumí que era parte de tu estado de ánimo.

Yo llevé en mis brazos la ropa que reclamaste y caminamos despacio.  Me diste besos en el hombro, en las manos y en el rostro.  Reí a carcajadas porque en uno de tus besos sobre mi rostro me mordiste uno de los labios y una señora que pasaba a nuestro lado dijo – No se lo coma, deje también para las otras.  Le respondiste, es mío, solo mío.  Antes de entrar al edificio me dijiste que la señora que habías visto en la lavandería se iría al infierno si no pedía perdón a Dios porque hacía tiempo permitía que algunos niños ingresaran al patio de su casa y luego los hacía desnudar para que su esposo los viera.  Te dije que esos temas no me gustaban, que por favor no me contaras más sobre el tema, entonces callaste y seguiste con los juegos entre tus labios y mi cuerpo.

Hoy estoy como tú, todo me duele, todo me sobra, todo me falta.  Camino por los espacios propios, decido dormirme en el sofá unas veces, me levanto cansado y voy a la cocina, me echo agua en el rostro, vomito la comida, me da hambre y cuando veo la comida no como.  No sé cómo expresar en palabras cada uno de los vacíos de comportamiento que estoy sufriendo pero supongo que es lo mismo que te dio aquella semana.  Espero poder llegar prontamente al punto en el que pueda salir y se desaparezca de mí esta depresión de muerte.

En mi cuarto se escuchan ruidos como si estuviese en una mina, en la noche, cuando apago la luz, aparecen luces de linternas, se siente olor a tierra húmeda, pareciera que golpean las paredes, en algunos momentos me da la impresión de que los personajes que rondan el lugar se reúnen y comen en grupo.  Me da miedo un miedo que me ata, me amarra a las sábanas y no me permite movimientos.

El final de esta carta, este párrafo lo escribí varios días después de empezada la carta.  En la última mañana que estuve con la depresión que comparo con la tuya, fui al espejo y mi rostro se parecía al de mi abuelo, de pronto comenzó a hablarme, me pedía ir a un pueblo a buscar el cadáver de un amigo suyo que había muerto en una cueva.  Fui, convencí a un amigo seminarista para que me acompañara, él se armó de todas las armas que la fe le permitían y yo fui sintiendo que él me protegía.  El cadáver lo habían encontrado hacía unos días, el mismo día en que me dio la depresión, en la tarde que llegamos al pueblo lo iban a enterrar.  Fuimos a todos los eventos religiosos celebrados alrededor de la muerte, cuando volvíamos le escuché a un vecino del pueblo que ir al entierro de los amigos es como acompañarlos hasta la entrada del cielo o del infierno.

Esta noche prepararé pastas, recuerdo que te gustaban mucho.

Un abrazo

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