Circuitos nocturnos

Habíamos estado tomando en la tienda del barrio desde hacía varias horas. La excusa para el encuentro con mis amigos fue ver un partido de fútbol. El adagio popular se refiere a estos momentos como «charlas bizantinas», y este fue uno de esos.

Yo recuerdo con claridad ver a la mujer vieja caminando a punto de caerse, y a las dos mujeres jóvenes intentar sostenerla sin lograrlo. No sé de dónde surgió la fuerza y el impulso elástico para moverme de la silla y cruzar hasta el andén para alcanzar a tomar el cuerpo de la mujer y sostenerla antes de que tocara el piso.

Las explicaciones sobran cuando el destino está tirando de sus hilos para corregirlo, y también sobra decir que sus hilos se enredan y se juntan para que los pasos crucen espacios imposibles. Mis amigos, ayúdeles, acompáñelas, esa señora se va a romper los huesos si se cae. Las mujeres jóvenes, es que no logramos sostenerla, pesa mucho y se nos desliza entre los brazos.

No sé cuántas calles caminé con la mujer sostenida por mis brazos y mis hombros, no sé cuántas veces estuvo a punto de caerse porque era cierto lo que las jóvenes decían, se deslizaba como si un jabón resbaloso la cubriera, y pesaba como una mole de cemento cuando uno intentaba agarrarla.

Sé que atravesamos una y otra calle, pero mi memoria no es fina, quizá por el licor o por la noche, o porque estaba solo atento a que la mujer no se cayera al piso. Cuando llegamos al destino, una puerta se abrió y yo la llevé hasta un sofá de donde las mujeres la tomaron para moverla luego a una cama en una habitación.

Una secuencia imposible de recordar por mi memoria me llevó a estar acariciando a una de las mujeres jóvenes. Sus senos cabían exactos en mis manos ávidas de esa caricia. No tengo claridad de ese momento, ni antes ni después, y de lo que ocurre luego tampoco.

Esta mañana he caminado varias veces a través de la casa, salido por una puerta y otra, seguido una calle, alcanzado varias calles, pero siempre vuelvo al mismo espacio. Las mujeres no están, y yo continúo repitiéndome en las vueltas, las calles se han convertido en un laberinto y yo parezco el conejillo de indias de un experimento ideado por mi inconsciente.

Estoy aquí, y cuando digo estoy aquí, me refiero a que el lugar se mueve de un lado a otro mientras yo no percibo el movimiento.

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