Conexiones

Tomo café. Agarrado de esta rutina vengo los fines de semana al centro comercial, hago fila con los habituales de siempre, pido un café, una muchacha de nombre María, y que se sabe el mío me saluda, don Oscar, y luego hace la pregunta que parece afirmación porque ella sabe la respuesta, «el mismo de siempre».

Al rato, estoy sentado en una mesa con un café americano servido en una taza de cartón con la imagen del campesino más famoso de Colombia.

El lugar está lleno, ninguna mesa vacía. Leo las páginas de una novela de Evelio Rosero mientras que un libro de poemas de William Ospina ocupa otro espacio en la mesa. Hay un poema de Ospina que me gusta, dice en uno de sus versos, «…en mis labios ya están, invisibles, tus labios.» y yo un día, jugué con esa misma mirada escribiendo, «en la punta de mi lengua está el pezón de la mujer amada»

En la mesa a mi diestra están dos personas, una señora que le cuenta al hombre sobre otra mujer, no ella, una mujer que es hacendosa y bien cultivada en el arte de hacer caso, eso le dice, lo tengo claro porque lo ha repetido varias, y ella no entiende como el esposo que tiene no valora esa virtud tan poco aceptada ahora y tan exigida en otras épocas.

Hay una señora que como yo viene a tomar café, se sienta y mira su celular, la mayoría del tiempo está observando la pantalla. Está vieja, y no me refiero a la edad, puedo apostar que al zafarse la ropa le salen olores que no ha podido quitarse de otras vidas, doy por sentado que entre sus piernas no hay juventud ni dicha, solo una distancia medida por los remordimientos y la culpa. Está vieja y yo creo que cuando mira hacia mi mesa piensa cosas impublicables por la prudencia acerca de mi presencia.

En la conversación de los vecinos de mesa el hombre ha empezado a usar el inagotable defecto humano de juzgar sin conocer y sin tener toda la información para poner en el sillón de los acusados a la persona de la que hablan. Ella con la cabeza hacia adelante y él con la propia sin hacer sombra alguna sobre la mesa. El juzgado que no está presente es un ser horrible que solo se ocupa de si mismo sin darse cuenta que los otros también están necesitados de aprecio, no aprecia el tiempo que le dedican y no sabe del vacío que produce por su indiferencia. Creo que yo quepo también en esa silla.

Imagen de Eak K. en Pixabay

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