Conversaciones de oficina

Tras varios minutos de quejarse del trabajo, la psicóloga soltó la frase con la cual, además de quejarse del trabajo empezó a pensar en la relación con su pareja. “el trabajo suele ser una compensación de la sexualidad”, así dijo la señora sin inmutarse, sin que en su rostro hubiese evidencia de sarcasmo, humor o ironía.

Había comenzado la conversación en esta sesión hablando sobre el cansancio producido por las reuniones en donde sentía que todo estaba en el aire y cada uno de los asistentes solo estaba esperando que un ventarrón se llevara todos los problemas que cada uno mencionaba sin querer ocuparse en sus responsabilidades para resolverlos.

Le había dicho que en cada ocasión cuando emprendía una charla para exponer una necesidad o solicitar acciones por parte de los otros sentía que debía ordenar las palabras como un samurái vistiéndose para el combate, que usa su espada para embestir contra una multitud de ninjas a los cuales debe quitarles la máscara sin producirles siquiera un rasguño.

Ella le preguntó por qué hablaba de combates, le respondió que se sentía de esa manera, en medio de una lucha en donde él parecía estar ofrecido en sacrificio y los demás podían atacarlo hasta la muerte, mientras que él debía descubrir sus intenciones sin herirlos, y luego de eso, tras un esfuerzo extenso, esperar a que entendieran y aceptaran lo que de ellos esperaba.

Se había detenido en la sensación de distancia sentida al observar sus responsabilidades, cansado al final del día, tras haber estado ocupado en temas distintos, al hacer el inventario de compromisos resueltos, de tareas pendientes, de efectividad y displicencia, sentía que cada vez estaba más lejos de cumplir con sus responsabilidades, y en cambio veía el tiempo asignado para resolverlas más cerca.

Cuando ella le dijo, “el trabajo suele ser una compensación de la sexualidad” quería responder con preguntas, pero se negó porque en cada ocasión la psicóloga le devolvía la pregunta para que él la respondiera. Quizá fueron dos minutos en los que estuvo callado pensando en su pareja.  La regularidad con la que tenían sexo a él le parecía normal, no mucho, no poco, suficiente y necesario. No, en eso no tenía problemas, su esposa lo recibía bien y él a ella.

Quizá la señora no se refiere a la frecuencia y sí a la intensidad. La vigorosidad con la cual se ocupaban en ello. Le parecía bien, no tenían tanto tiempo para el preludio, pero así es en todas las relaciones, tras jornadas largas de trabajo, las caricias son pocas y la prisa por el coito es mayor, y luego el espacio para apreciarse por haber estado juntos se hacía corto ya que el sueño llegaba rápidamente.

Saber del otro es muy difícil en ese momento, cada uno está concentrado en su parte, y se ocupa en hacerlo bien, si ve al otro no se ve a sí mismo, y si trata de saber qué espera tampoco puede ejecutar con empeño lo propio. Eso pensaba, él había bien su parte, como una parte bien sincronizada de una cadena de instrumentos, de hacerlo bien él, ella también lograba lo mismo.

En ocasiones, no supo acotar qué tantas, ella parecía distraída, sumergida en una espuma, él ponía más fuerza en sus movimientos para sacarla de ese marasmo, pero luego la sensación producida por llegar a su cúspide no le permitía observar lo que ocurría con ella. También, antes de quedarse dormido ella parecía adentrarse en conversaciones de las que él no participaba, sí, se dormía con la sensación de estar en una clase de colegio de la que él no era consciente.

Miro a la señora, y ella sin haber sido necesaria la pregunta le respondió. Con la sexualidad construimos apegos, confianza en el otro, autoestima y miedo al rechazo. En el trabajo suceden cosas similares. Trabajo y sexualidad son dos columnas fundamentales en la construcción de la vida. Las dos deben crecer en equilibrio. Las personas tienden a satisfacer en el trabajo lo que no logran con su pareja, unos quieren ser en el trabajo el macho alfa que no son con su pareja, o ser el confidente lleno de ternura con sus compañeros que su pareja están buscando.

El sonido de alguna alarma se oyó y la psicóloga lo invitó a levantarse sin que pudiese ahondar en las dudas producidas por lo que había escuchado.

Imagen de Markus Trier en Pixabay

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