Cantos de madrugada

Esta mañana, quizá media hora antes de las seis, antes de que el reloj hiciera sonar el aullido con el cual cada mañana despierta, escuchó a lo lejos el canto de un pájaro, abrió los ojos, puede decirse que abrió los ojos porque movió los párpados y con ellos encendió su luz, aunque todo estaba oscuro.

Miró hacia la única ventana en su habitación, supo que no entraría la luz de la calle debido a esas cortinas que todo lo vuelven oscuro y son usadas para trasladar la noche a los cuartos.
Escuchó el canto del pájaro, otra vez vio el reloj y supo que apenas unos segundos se habían desplazado después de que se había despertado. Recordó que cuando vivía en la casa de sus abuelos, en el campo, muy temprano, todo comenzaba con el canto de gallo.

Fue la primera memoria que tuvo en ese instante de los tiempos cuando vivía con los abuelos, cada día era un trasegar por los surcos en donde estaban sembradas las semillas, por el camino que abría el ganado, llenarse de aromas, disfrutar del sol y la lluvia, trabajar con las manos. Por el afán de girar a la derecha para extender su pierna sobre el cuerpo de alguna mujer pensó en esa muchacha a la cual conoció a los catorce años antes de salir de esa casa. Ella era una como cualquier otra, y él era un como cualquier otro, se miraban con insistencia sin apreciar lo que pudiera significar tocarse. Se miraban, el amor era eso, mirarse, sostenerse en los ojos del otro, saber que también esa sonrisa amorosa despertaría solo por él, solo por ella.

Sabía que podría dormir veinte minutos o más antes de levantarse, fue hasta la ventana, buscó de dónde podría venir ese canto, no venía de parte alguna, era su memoria, la memoria que a veces trae inevitables del presente que nos conectan con el pasado. Apretó los ojos con las manos, movió las piernas y los brazos, no bostezó, tampoco se sintió cansado, no quiso volver a la cama, pasó al baño, abrió sus piernas, levantó la tapa del baño, bajó un poco el borde del pantalón de su pijama, orinó y sintió la fuerza de la vejiga y la uretra expulsando el líquido producido por los riñones. Volvió a pensar en el canto del pájaro, en el gallo, en el campo, en la mujer, en sus abuelos. Pasarom varios minutos desde que se había levantado de la cama en donde durmió por siete horas, sintió cómo le faltaba el pasado, se dijo alguna cosa viéndose al espejo, sintió el frío del agua cayendo de la llave sobre sus dedos, entonces recordó al arroyo al que iba para bañarse caminando dos kilómetros desde la casa.

Miró el reloj, eran las cinco y cincuenta de la mañana, fue hasta la cocina y sintió por primera vez que alguien lo acompañaba en el espacio en el que cada noche habitaba solo, tuvo temor, ese temor del que sufre cuando es sabido que algo extraño va a pasar. En la cocina, una sombra abrió los brazos y de un manotazo abrió la puerta que daba paso al lugar en donde se guardan los platos. Los platos cayeron uno tras otro sobre el piso formando con la porcelana rota la imagen de una mujer que tenía los ojos abiertos y lo miraba desde el pasado en el que lo esperaba para despertarse con él a escuchar cada día el canto de los gallos.

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