Encuentros IV

Una señora iba delante de mí, hablaba sola, supe que yo también lo estaba haciendo, na charla conmigo mismo, una especie de monólogo improvisado me iba acompañando, me apené un poco al creer que otros se fijaban en mí del mismo modo en que yo lo hacía con la mujer, callé, puse mis pensamientos en voz baja y repetí los últimos que había pronunciado. Fui más ágil, caminé con mayor prisa, atendí la invitación de las vitrinas de algunos almacenes, me fijé en lo que ofrecían, en una relojería vi un reloj parecido a uno que tuve en los días de universitario, un reloj que tenía solo el segundero, sin minutos ni horas, un reloj que servía para recordar que nada se detiene aunque se marque el tiempo.
“Todo lo que tiene un comienzo tiene un fín”, recordé eso de una película, ‘Matrix’, seguí unas calles más y el café ya estaba frío, lo dejé en una cesta para la basura en la calle, un maniquí tenía puesto la camiseta del equipo de fútbol del que soy hincha, pregunté por el precio, me lo dieron, prometí pasar luego a comprarla, me cambié de acera y dirigí los pasos hacia mi casa.

Imagen de Free-Photos en Pixabay

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