Renovaciones clandestinas

Hace un rato que la he visto pasar por la otra acera de la calle por la que voy hasta la venta de verduras por unas frutas para el desayuno, me pregunto si seguirá llamándose María, a lo que me respondo con certeza que sí, solo que en confianza su amante le dirá “amor” todo el tiempo. Me pregunto si los amores clandestinos tienen posibilidad de ser renovados, si hay una condición en ellos para repetirse como a las canciones que uno disfruta.
Hay amores clandestinos, como el que tuve con María en los días que ella satisfecha salía con un novio de buena estampa, pero se juntaba conmigo a ver televisión y tener sexo, poco, pero sexo al fin y al cabo. Hay trabajos clandestinos, como los que salen con su automóvil a trabajar en contra de lo que piden los taxistas, y están por ahí junto a los supermercados ofreciendo su maletero para las bolsas del mercado y la silla del copiloto para llevar a su cliente hasta casa.
Hay comercio con el sexo clandestino, y no me refiero al que tuve con María, ese tipo de encuentro sexual que empieza con una probadita del cuerpo deseado y termina con una pieza de dinero pagando por el servicio.
Los comprometidos renuevan votos, y celebran con amigos esa decisión. Los amores clandestinos talvez se renuevan en el imaginario y, con toda la gana de algún deseo reprimido, uno quiere volver a ellos, al día exacto en que la mano se atrevió y la convino con el beso dejar pasar al deseo hasta llegar a las caricias húmedas.

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