Patrones mentales, historias infantiles

Es en el edificio de en frente, cuando lo vi me pareció una cucaracha, al instante también creí que podría ser otro insecto, grande y metálico. Desde el sexto piso en donde estoy observando por la ventana como se evapora la noche y da paso al sudor del día vi ese insecto en vez de las sillas acomodadas convenientemente sobre la mesa. Quizá sea el cansancio ocular, haber estado tanto tiempo persiguiendo la luz y sus sombras en la pantalla del computador durante la semana de trabajo, haber estado tanto tiempo encarcelado por la adicción a la pantalla del celular en los ratos que debieron ser descanso, pero se convirtieron en dilatar la pupila atraída por las imágenes ofrecidas por las aplicaciones.

El libro en mi biblioteca dice que todo lo que el cerebro reconoce lo hace a partir de patrones, y escoge uno u otro mediante algoritmos que usa el inconsciente, siendo así, nuestra percepción del mundo observable sólo es una construcción que hacemos con lo que tenemos en la mente. No quiero saber en este momento qué tengo en ella. Recuerdo que de pequeño mis padres me contaban historias sobre seres desconocidos que aparecían en su casa cuando recién se casaron.

Vivían en el campo, en el desván de la casa, en las noches, no todas las noches, se producían ruidos que ellos identificaban por aproximación con el chillido de los cerdos, al comienzo se subían a buscar el imaginado cerdo, pero no había nada, nunca había nada a lo que pudiera hacerse responsable del ruido. Con el ruido se sentía el movimiento de cuatro patas corriendo de un lado a otro.

Tenían una escopeta para cazar aves, mortal, pero de pequeñas proporciones, aceptaré que me lo digan, no hay proporciones en la muerte, es binario, muerto o vivo, pero en esto lo que quiero decir es que no se podía matar a un animal grande con esa arma, quizá solo herir, en cambio a un ave se le daba muerte solo con un disparo. Disparaban con la escopeta sin que pasara algo, seguían los ruidos con el movimiento. Según contaban daba la impresión de que el animal estuviese amarrado y todo el ruido con su fuerza tuviera como propósito zafarse de las ataduras.

Un vecino les prestó un arma de mayor calibre. Sólo quedaban los orificios de las balas, la madera rota y los casquillos sin evidencia alguna del animal. No tengo clara la conexión entre las sillas rojas y la mesa con la aparición, así lo llamaban mis padres, pero debe ser un patrón asociado a esa historia lo que me hizo ver la cucaracha en vez de la forma ordenada de las sillas.

Cuando mis padres se ocupaban en repetir la historia yo pensaba en cucarachas del tamaño de un marrano, por eso hacían tanto ruido y producían el crujir en la madera, y claro, las cucarachas caben por cualquier hueco, así se escapaban de los disparos y huían luego por la entrada de la casa hacia los árboles de guayaba y café que temblaban al ser golpeados por el cuerpo del animal que los atropellaba en la carrera.

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