Origami, ser lo que plegamos

Vuelvo con regularidad a practicar una de las aficiones aprendidas en la universidad, no recuerdo el semestre cursado, estaba en la cafetería de la Facultad de Matemáticas, un grupo de jóvenes observaban en su mesa una figura hecha con papel, mediante la técnica del Origami, es decir, realizando dobleces sucesivos con una hoja de papel hasta conseguir una figura sin haberla cortado o usado pegamento entre sus pliegues.

La primera aproximación que tuve con el Origami fue en el colegio, en noveno grado, una de mis compañeras me enseñó a hacer un corbatín con un billete doblado a la mitad, y en el libro usado para la clase de Español estaban las instrucciones para realizar un ave, una paloma.  La palabra no existe en mi memoria desde esa época, fue en la universidad cuando la aprendí, y no como parte de un aprendizaje en el aula de clase, ni de un amigo que me la ofreciera para descubrirla.

Los que tenían la figura hecha en papel, un caballo alado, hablaban mientras que yo trataba de escucharlos por encima del ruido propio de los estudiantes tomando café en la media mañana de una Bogotá más fría que la de ahora. Supe el nombre de la técnica, sentí admiración y al mismo tiempo una necesidad por aprender a hacer aquello que admiraba. Quizá también tuve 21 o 22 años en esa época, suelo tener esos mismos años cuando me siento a escribir poemas de amor o cuando hago pliegues con el papel para lograr una figura o cuando pienso en que más tarde es apenas un instante más en la inmensidad con la que puede medirse el tiempo.

En la Facultad de Artes había dos libros sobre Origami, los pedí prestados, no estaba permitido llevarlos a casa, compré papel blanco, del llamado papel carta usado en las impresoras y en las máquinas de escribir. Yo fui de la generación que llevó trabajos hechos en máquina de escribir. Aprendí por repetición. Después de haber terminado las clases, ya estando trabajando fui a la biblioteca, pedí prestados los libros, les tomé copias en la fotocopiadora, y son esas copias las que todavía tengo para usar cada que quiero doblar y doblar hasta lograr una figura como la que está en las copias.

Uno de los viajes que me permito mientras voy dando forma a la figura es ir a través de mí, de unos pensamientos antiguos, quizá de esa misma época en que la cafetería de la Facultad de Matemáticas era el lugar en donde jugaba ajedrez, tomaba café y sentía que nadie tenía tantos problemas como yo.

Todos somos iguales, surgimos de una misma porción de papel, sin diferencia alguna entre una y otra, las mismas dimensiones, el mismo color, y lo único que puede hacernos diferentes son los pliegues con los que vamos dando forma a cada uno de los días que nos toca vivir.  En el Origami, lo que diferencia una obra de la otra son los dobleces, es la intención de cada pliegue, así nosotros, lo que nos hace únicos son los pliegues con los cuales vamos doblando las esquinas, con los que tomamos hacia uno u otro lado.

 

 

 

 

 

 

 

 

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