Manchas

El partido no empezó en la hora planeada, unos cinco minutos de retraso le permitieron llegar a tiempo para verlo desde el comienzo, afuera quedaban la lluvia y el aire frío.  Dejó el paraguas junto a la puerta y sin deshacerse del saco fue por el control remoto y encendió el televisor, escogió el canal en el que vería la transmisión del compromiso entre las dos selecciones de fútbol.

En la primera jugada de ataque el narrador expresó, “el balón no alcanzó al jugador invisible”, ante un pase que uno de los delanteros hizo hacia un lugar de la cancha en la que no había jugador alguno.  Empezó a quitarse la ropa húmeda, saco, camisa, pantalón, zapatos y medias.  Al comienzo dejó todo sin orden alguno junto al sofá, pero después de tomar el paraguas y dejarlo en el fondo de la cocina, junto a la lavadora, decidió que iría por ropa seca hasta el cuarto.  Iban dieciocho minutos del primer tiempo cuando volvió abrigado con un saco sobre la pijama.

Mientras estaba sentado empezó a organizar la ropa mojada que escurría sobre la baldosa de la sala, empezó por las medias, siguió con el pantalón, y al tomar la camisa notó la mancha azul sobre el color blanco de la tela, entonces recordó haber dejado la estilográfica en el bolsillo y sin requerir mucha inteligencia supuso que con el agua la tinta se habría desplazado desde la punta de la pluma hasta donde le fuera posible.  No sonrió, la camisa estaba en la lista de mayor gusto.

La pantalla mostraba una imagen panorámica del estadio antes de hacer un acercamiento al árbitro, fin del primer tiempo, cero a cero.  Llevó la camisa a la lavadora, puso más detergente del recomendado para una lavada normal, adicionó un líquido blanqueador y dejó la máquina en modo enjuagar.  La máquina dio las vueltas iniciales para reconocer el peso en sus entrañas, luego de eso empezaría a caer agua, no esperó a ello, tomó la otra ropa y la dejó sobre la lavadora.

Cambió de canal, pasó por varios sin detenerse a reconocer completamente las imágenes, volvió a la transmisión del partido, vio el resumen de las jugadas más importantes, al tiempo puso la estilográfica sobre un trapo traído de la cocina y bajo la luz de una lámpara de la sala para secarla.

El segundo tiempo del partido comenzó mientras que él pensaba en si del mismo modo en que había una mancha sobre la camisa debía haberla sobre su piel en el lugar donde quedaba el bolsillo.  Gol, gol, gol, y gol, así gritaba el narrador de la transmisión, él cantó de la misma manera y luego aplaudió unos segundos.  Se levantó el saco y la camisa del pijama, tal como lo había imaginado, una mancha oscura aparecía en su pecho.

Fue corriendo hacia la cocina, trajo una toalla pequeña de las utilizadas para limpiar el mesón de la cocina, lo trajo húmedo y mientras veía el partido esperando otro gol de su equipo empezó a pasarlo sobre la piel en donde la mancha debería desaparecer por la fricción de la tela con la piel.  Hizo los movimientos de manera automática sin fijarse mucho en la efectividad del ejercicio, estaba concentrado en las jugadas del partido, varios intentos de gol de los delanteros de su equipo habían sido evitados por el arquero contrario.

Al final del último minuto es cuando se conoce el marcador, así se dijo y volvió a aplaudir con fuerza frente al televisor, su equipo celebraba en el centro de la cancha y él también desde su casa.

Había apostado por el dos a cero, igual no importaba, uno a cero era suficiente para obtener el triunfo, se felicitó como si él hubiera jugado en la cancha.  Esperó a la repetición del gol, volvió a cantarlo, gol, y gol, y gol.  Abandonó la mirada de la pantalla y se ocupó en ver la mancha en el pecho, aunque parecía haber desaparecido quedaban unos trazos que parecían inexpugnables a la fuerza con la cual él presionaba con el trapo.

Fue hasta el cuarto del baño, humedeció la tela, puso jabón y empezó la fricción nuevamente, un minuto después miró en el espejo, se sorprendió al ver que los trazos no desaparecían.  Se fijó en la forma, vio entonces por primera vez la imagen, una letra, la hache mayúscula, “H”, se sorprendió y con disgusto volvió a pasar la tela sobre la piel.

Lavó la tela, puso más jabón, se quitó el saco y la camisa, con el torso desnudo volvió a empezar a limpiarse, se asustó al imaginar que no pudiera eliminar la letra, con esa letra empieza el nombre de su abuela, la que falleció el año anterior de un paro cardiaco. No miró al espejo antes de haber limpiado con fuerza durante casi tres minutos, de hecho, limpió sobre las líneas imaginarias en donde estaría la hache.

Al terminar, vio como tenía roja la piel, una hache hecha por el mismo de tanto limpiarse. Se enojó, pensó en que había caído en una trampa de profecía autoproclamada, se hizo él mismo la letra que deseaba borrarse.  No quiso pensar más en ello, volvió a ponerse la camisa y el saco, fue hasta la sala, escogió un programa de televisión y se quedó viéndolo hasta dormirse sobre el sofá.  Despertó minutos más tarde cuando sintió el ruido de la lavadora finalizando el ciclo de lavado.

Se aproximó a la cocina, sintió que las sombras a su alrededor tenían volumen, extrajo la camisa, observó que no había mancha, la extendió en el lugar donde dejaba la ropa secándose, percibió movimientos a su alrededor, sintió que además de volumen las sombras tenían movimiento propio.

No puso atención a sus percepciones, apagó las luces y se fue a la cama.  La noche ya había abrasado todo cuando se quedó dormido.  No soñó, hubiera querido hacerlo, se despertó sin poderse apartar de la rutina, el reloj despertador, la hora exacta, lavarse como si fuese un instrumento biológico que necesita aceitarse cada día, elegir la ropa, vestirse, desayunar y salir sin más excusa que la de estar obligado para volver al final del día, ya sin un partido de fútbol para ver en esa noche.

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