Entre anverso y reverso de la hoja

Los libros sin leer detienen el tiempo dentro de sus hojas, así no envejecen, se quedan ahí esperando a la maduración del lector, convencidos de que las palabras tendrán un mayor sentido tras la espera.  Eso mismo puede decirse del cuerpo, no envejece, se queda ahí bajo la ropa esperando al ojo maduro que pueda verlo con éxtasis.  Este año no tiene número que lo limite, es un año así, sin más, sin apellidos o nombres, sin una función matemática que lo refleje o permita descubrirlo.  No estábamos antes, estamos ahora, tú en este mes y yo en este día, o al contrario, tú en este día y yo en este mes, como entre dos páginas de un mismo libro, o mejor aún, en la misma hoja sin saber si es el anverso o el reverso en donde estamos.

Los libros sin leer deben medirse por su peso o su extensión en metros, digamos que varios kilos hacen falta por ser consumidos por mi lectura, un par de metros en línea recta.  No son las diez de la noche, tengo alguna alergia con algo del apartamento, anoche sentía picazón en los brazos, hoy también; un amigo dice que eso es el malestar de los libros comprados que pasan meses sin leerse.  Podría hacer una larga lista de los libros pendientes, sería una buena lista, luego podría hacerme un propósito y leerlos en algún orden.  Son pocos, eso me digo cuando voy a la librería y aprecio con mucho gusto poder comprar otro; son bastantes, eso estoy diciendo ahora cuando la picazón se atasca en mis hombros y yo solo me rasco pensando lo que sería una larga hilera de libros y yo sentado leyendo uno tras otro.

No conozco la forma de tu sexo, no me atreveré en este instante a imaginarlo, claro, sí haré esto, pensaré que es el centro de un libro, el lugar donde puedo encontrar la letra que divide a la izquierda de la derecha del texto entero, así, abierto como la página del libro se extiende para mis ojos, como un poema del que no se conocen sus letras, pero sus palabras expresan el éxtasis.  Ahora no sé por qué existe este párrafo, no encuentro una razón para poner esto aquí, pero ya está, y me cuesta más devolverme a borrarlo que seguir, seguiré, seguiré del único modo en que puedo hacerlo, hacia adelante, hacia la noche.

No están ordenados los libros, se parece a ciertas cosas en mi vida, pongamos esta por contar alguna.  La mujer que miro a diario sonreír en la portería, ella espera con sus dos hijos la ruta que los llevará al colegio, yo me quedo hablando con los porteros para verla un poco, no le hablo hasta que sus hijos se han ido, ella cruza a mi lado, saluda y sonríe, no le expreso otra cosa que un saludo, ella lo recibe y siento yo que no he encontrado las palabras ordenadas para que la conversación se extienda y pueda yo al siguiente día proponerle algo más que un saludo, así están mis palabras, sin orden alguno.

No he abierto la alcancía que me dio una amiga, la que es para poner palabras que me gusten, a veces he puesto en un papel las palabras “un millón”, “quinientos millones”, para sentir también que hay un capital monetario en ella.  Las que recuerdo ahora y que me gustan son, “desparpajo”, “euforia”, “entusiasmo”.  La alcancía debe contener palabras repetidas, hubo una semana en que, por cada copa de vino, ponía la palabra “vino” en ella, era para brindar con mi amiga, la que me hizo el regalo.

Libros sin leer, bocas sin besar, el sexo sin ser el centro de mis letras, de eso se trata esta noche, de estar aquí desde la ventana escuchando a los ruidos que desde dentro de la casa quieren escaparse para herirse libres afuera.

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