Corrimientos

Innumerable es también una palabra para decir no he tenido tiempo de enumerar todo, no me interesa hasta el número final que da cierre a la cuenta, es muy lejano el tiempo final que haría falta para ponerle número a la última cifra. Durante innumerables horas he sumado pensamientos contigo.

Te amo; es mi excusa para todo.

Conocí a una mujer con el cabello inflado de líneas, encontré una doblando trazos y conectando lugares, unas veces la ciudad en mis manos con el aroma del perfume en su cuello.

Alrededor tuyo, cuando guardas tu voz para dar paso al silencio, del viento caen cosquillas para que rías

Miento al decir, tu aroma el viento lo recorre y viene a mí para recordarte, aún así lo repito porque es una dulce mentira.

Digo algo repetido en versos fáciles, ‘eres todas las mujeres aunque todas no son tú’ y no miento, esta vez no miento.

En su epitafio decía, este libro se terminó de imprimir en la editorial de la vida, en el último segundo de un reloj que siguió existiendo pero no sumó más para este hombre, se imprimió una copia única no numerada, la mayoría de las hojas fueron innecesarias y se perdieron, no hubo prólogo ni epílogo, solo quedan las apreciaciones que tienen de él sus pocos lectores

Descontando la soledad, este lugar en el que no estás, mi mirada sin ancla en la nube, el paraguas abierto abandonado en el parque, la mujer desnuda que cayó en racimos de manos antes de perderse en la portada de la revista del mes anterior, la noche tumbada en la orilla del risco, la novia de mi amigo a quien le miro el escote y su blusa sin tapar el ombligo, la pulcritud en los vidrios de las ventanas del vecino, la imagen de la mano de una amiga con una uña más corta que las otras porque se quebró antes de terminar la tarde, descontando eso, no estoy pensando en nada.

Escritos en braille,
sobre tu piel los secretos,
mis manos se extienden para leerlos.

Ella, tras su sonrisa dice, hay una geografía, la del futuro, sin explorar en el atlas de mi cuerpo, de mis horas, de mi alma.

Ella me dijo,
ya sé, te gusto,
pero dilo sin poesía,
entonces la besé.

No lo hicimos bien, en síntesis solo tuvimos sexo, lo demás fue circunstancial y desprovisto de oportunidad narrativa.

Ella envía un mensaje, dice, no he podido dormir, hazme dormir en tu sueño, y apagué la música para dejarla dormida.

Ella: mis días contigo fueron perdidos.
El: claro, yo los tengo, me duelen en cada mirada que doy al pasado.

La mayor expresión religiosa de los hombres es amar a una mujer, en el enamoramiento buscamos a Dios, desde siempre sabemos que Dios es una mujer.

La edad dorada de la mujer es cada día en que es amada, en que ama.

Yo conocí un dios que no era adorado en religión alguna, no había oraciones ni rezos en su nombre, nadie ponía su salvación en sus manos o cumplía sus mandamientos para vivir sin pecado, de hecho, era un dios sin mandamientos. Un día, ese dios escogió aparecer cada tarde en el camino, y sanar a todo aquel que lo necesitara y quisiera, de este modo, el silencio empezó a sanar a los que estaban abatidos de ruido.

Adán lo tuyo fue fácil, apenas una costilla por Eva, nosotros damos el corazón y no tenemos certeza alguna de que llegue.

Se adelgaza mi mano para poner mi palma abierta sobre tu piel debajo de la blusa, cruza tras dejar atrás una tonelada de timidez bien pesada, y el rostro sonrojado abre paso a la negación del parpadeo, ojos sin cortina, te veo, y mi mano ciega solo sigue el temblor de una palabra que cayó de mi boca por tu cuello.

Cruzas la noche habiendo empeñado tu desnudez en la pijama, apuestas por el día y tras la madrugada al levantarte te desprendes de la ropa para anudar tu desnudez a mi lado, te quedas llena de silencio, pones en tu boca las palabras secretas con las cuales mides el día, te aproximas y me besas, dices algo sobre la noche, algo más acerca del día, te levantas desnuda hasta el armario de la ropa, encuentras la blusa larga con la que vas a la cocina, y sin promesa alguna sales, yo te sigo y sé de lo que haces cuando el aroma del café arrecia marítimo hasta la cama.

Yo solo sé de lunas en papel, de fútbol en tv, de libros en el cuarto y a leer, de una noche un poco tarde y trasnochar, de la música en la radio, en el reproductor de mp3, de poner palabras sin esfuerzo y verbalizar, de una canción que ya pasó y otra que está por sonar, de la tarde de oficios, de instrucciones por cumplir, de las alas y el polvo que miden las calles, de una esquina y la vuelta que al doblarla se da. Yo solo sé de los ruidos lejanos, del frío y su costumbre por madrugar, de despertarme temprano para estar sin interrumpir mi silencio o mis maneras de pensar, de la cortina en el vidrio y del vidrio sin pared, de una vez más que se ha de sustraer de las certezas que firmé ayer. Yo solo sé de sembrar sombras y dudas mientras no estás.

Ven una noche a palpitar a mi casa, y solo tengo un lugar al que llamo casa, la cama donde pongo mi corazón.

Y si no tienes alas te las pongo yo, no es porque te falten, es porque luego las quemaremos con las mías, para seguir siendo de tierra, de árbol, de mar, ola y raíz para siempre.

Estamos cómodos juntos, y aunque los dos tenemos miedo, nos sentimos fuertes uno junto al otro, solo eso ha sido suficiente.

En algún lugar de la ciudad, unas cuantas paredes dan forma tu cuarto, no saben los ladrillos que son pared, la puerta no tiene conocimiento de sí, y tú estás extendida sobre la cama, el espacio para tu descanso, asunto que es ignorado por la cama, y yo, sin ocuparme de ladrillos, paredes, puerta, cama o colchón, pienso en ti, en tus piernas moviéndose bajo la manta que te cubre para dejar los pies por fuera para pescar un poco de aire frío, un poco del sonido que se forma por el aire al dar vueltas entre tus dedos.

A las palabras con las que te nombro les sobra el borde al final, en la última letra, ahí se queda una angustia lanzando ecos para ser oídas, yo sé, todas las ondas de sonido son una sola, cuando te nombro me escuchas en algún tiempo con el que se conjugan los verbos.

Hay parejas que deberían salir a diario bajo el mismo paraguas, no para protegerse de la lluvia, no para protegerse del sol, para juntarse, para juntarse así sea con una excusa inútil.

He descontado noches cada día, como un árbol pierdo hojas que se miden en horas, del mismo modo en que el bosque cede metros al desierto, yo cedo a la fatiga, así como la arena se convierte en polvo, las células van perdiéndose y volviéndose piel muerta. Lo que sumo a las horas de la vida lo sustraigo también para descontarlo del tiempo que me queda.

Un mito sobre el fin del mundo dice que en el último día las personas que van quedándose dormidas no despertarán, y de las personas dormidas se trasladará a los que aún están despiertos todos los recuerdos, así hasta el último que estará despierto, y de ese último volverá a hacerse el mundo, a partir de los recuerdos que le trasladaron de los demás.

El viento, como yo, quiere los secretos de tu falda, el cruza sus brazos de ventisca, yo la mirada inapropiada, juntos partimos, él gustoso del camino escogido, yo hurgando en la nada.

Pasa una luna llena cada 29 días y medio, hay un año bisiesto cada cuatro, en un segundo pasa un suspiro, en un pie caben cinco dedos, la palma de la mano está arborizada con líneas, mis pensamientos izan una sonrisa cuando te pienso.

Yo soy apenas unas pocas palabras, y también un pequeño conjunto de emociones, con lo que puedo nombrar voy diciendo quién soy, con lo que siento me comporto sin mas opción. A veces, veces sin medir, palabras y emociones se desconectan, y me comporto sin ser como soy.

Te plantas desnuda junto a la cama, me dices, sacudo mi cuerpo y todos los lunares se descuelgan de mi piel hasta tus ojos, y en el siguiente parpadeo son lanzados desde tu pupila hasta mi piel.

Yo también te estaba buscando, y parece ser te encontré primero, tú sigues sin hallarte, y yo aquí contigo en la espera.

Medio seno en mi mano. La mirada desde mi boca ocular solo llega hasta la cercanía de la areola.

El miedo, es a veces el espejo desde el cual queremos ver la realidad porque tememos verla de frente. Es también, otras veces, la no aceptación de la palabra ‘definitivo’, cuando algo se queda para siempre, o cuando algo se va para nunca darse vuelta. Es muchas veces, solo eso, sentirse descubierto, descubierto en la inocencia o en una emoción no confesada. El miedo, urge navegar pronto en el olvido, duele más el miedo cuando pesa de memorias, de las que no fueron y no murieron.

La tarde abrió para el sol sus horas y el sol siguió distante, lejano, descontando de sí mismo su luz, aún así, el deseo solar por cubrirlo todo, el gusto de la tarde por llenarse de luz, esto no se da, las nubes cruzan lentas sus alas sobre todo lo visible, ha de ser también así sobre lo invisible, no las veo desde la ventana, no estoy ahí, estoy en el cuarto de los libros, gris, esa es la tarde, esa la palabra para sintetizar su color. El frío acomete con sus acostumbradas caricias de hielo, afuera, alguien debe estar resintiéndose, adentro no hay café, el aroma está perdido en la alacena, quizá quiero una cerveza o un trago de licor, no hay, no hay licor esta tarde en el apartamento.

Pienso en un barco, uno de pequeña estatura, en mis ojos descontando su color, solo eso, observar un objeto no presente, con presencia sin estar, sigo con el barco y ruedo la mano sobre la nariz, el barco está en el mar, la sal en el aire, dudo acerca de poder decir que hay barcos de agua dulce y barcos de mar, no sé, ya no importa, nunca había importado, solo era pensar por pensar. Dan las cuatro de tarde en el reloj, en un reloj, en algún reloj esa debe ser la hora exacta, alguien llegó a tiempo, alguien ya no llegó, otro apareció minutos después de la hora prometido y otros se encontraron a tiempo de manera casual.

He perdido en mi memoria la idea acerca de la mujer de mis sueños, ya no sé quién o cuándo fue, sí, entre imágenes de barcos, soles y nubes, relojes y horas he perdido ese lugar, debe ser una circunstancia, solo eso, la mujer de mis sueños es una circunstancia a la que no llegué, y si lo hice, una circunstancia que perdí. La tarde mide el tiempo con las gotas de una lluvia liviana, de ruidos minúsculos, eso es, la ventana no logra reproducir la música externa, la que el aire transmite a las gotas, la que tiene un sonido diferente a la del sol.

Me hago preguntas, de algunas no sé las respuestas, quiero saber de qué está lleno el ambiente, ¿de luz o de sombra, quién invade a quién? Se me ocurre estar con los ojos cerrados, los párpados hacen caso al pensamiento, me digo, efímero, eso es un parpadeo, me gustaría quedarme dormido, recuesto la cabeza sobre la parte superior de la silla, descanso las manos sobre las piernas, no voy a quedarme dormido, solo serán unos instantes, ¿cuánto mide un instante, cuánto miden dos? Nada pasa.

Sé un poco más de mí por los otros, no por lo que dicen ellos al observarme, es más por lo que yo trato de comprender sobre ellos al verlos, por la manera en cómo los pienso, no sé cuál pregunta estaba respondiéndome, eso me digo, me digo otras cosas, y se me ocurre tomar el teléfono para hablar con alguien, con nadie, lo dejo nuevamente en la mesa, toco la madera, limpia de naturaleza, un objeto nada más.

Levanto mi cuerpo, si me pidieran levantar un objeto de un peso igual al de mi cuerpo diría que no, es mucho, no sé cuánto peso pero si se incluyen mis divagaciones internas debe ser mucho lo que debo pesar.

Inventemos juntos esos días de los que no sé nada.

Desde siempre, aunque no sé cuándo, desde siempre yo no supe medir eso que titulan tiempo

Inevitable: dígase también, demasiado tarde para otra opción, tarde es la fatiga para seguir, no saber medir o expresar lo que ha de pasar. Dígase también tú no estás para quedarme.
Impenetrable: entiéndase, una timidez hecha coraza se oculta consigo misma, observas para no dejarte mirar, no tengo otras armas diferentes al palpitar y las puertas las abren ganzúas y llaves que nunca tendré.
Indecible: modo para anular lo que está atado a palabras de fuerza mayor, lugar en el que es rechazada la mano abierto, el beso inicial.

Ella me propone poner el dedo pulgar en el centro de su ombligo, hacer girar mi mano como un compás, y sin tomar posesión apropiarme de toda vocación por la caricia que suceda dentro del círculo formado por meñique y pulgar.

No te amo, no me amas,
celebremos nuestro no enamoramiento,
una fiesta, una excusa para el encuentro,
solo ponemos el instante,
y nos jugamos al azar un rato en la piel,
rompemos el decoro íntimo,
le damos impulso al cuerpo,
a la mano alzada como en el dibujo,
a la mano caliente como en el masaje.
Celebremos,
no te amo, no me amas,
no nos comprometemos,
solo le damos un espacio al azar,
para que el cuerpo diga,
así, sin otro espíritu que el sudor puro,
el amor intacto,
y el cuerpo presente,
cuerpo a cuerpo.

Yo tenía miedo, temor acrecentado por mis dudas, me era necesario sentirlo, estaba con él debajo del brazo, como quien sale con un pan de la panadería, iba con él esquivando los caminos, para no ir hacia el siguiente paso, para estar en el círculo sin vicio, sin vicio pero vicioso, de mantener el movimiento sin desplazarse.

Ella me dice, quiero saber cómo hiciste para llegar a lugares dentro de mi corazón que no sabía existían.

El día da paso a la noche y en la noche recojo mi fatiga para darle espacio a mi gozo, mi gozo es simple, una cortina de silencio, el borde de un libro abierto, la pupila enfilando sus anzuelos sobre la palabra leída con gusto, un poco de música y tú que vienes aquí sin estar, pero vienes y te quedas con tu sonrisa en mi memoria, con el trazo de tu cuerpo seguido por mis ojos, erótica hasta cuando el sueño es la única ruta en las cuatro lenguas cardinales.

Sin estar despierta te acomodas a mi lado, te ofrezco la tibieza del cuarto esta madrugada, tú pones en tu rostro un gesto con el que registras en él, hace frío, yo sin entender, pensando más en mí que en tus deseos, me propongo vestirte en otro modo, te desabrocho los botones y te quito la pijama, quedas entonces vestida con el amor que mis ojos te miran.

Acostumbro a afeitarme los lunes o el primer día laboral de la semana, luego dejando un día en el medio sin hacer uso de la cuchilla, lunes, miércoles y viernes, o martes y jueves, eso conduce a un promedio de 140 veces por año, claro, no es una cifra exacta y tiene sentido ya que esto no es un comentario para dar certeza estadística, esto se trata de recordar que con una práctica tan constante deberían ser mínimos los errores, aún así, este medio día al ver con detenimiento el rostro en el espejo, noto una pequeña línea de un corte mal hecho, y me quedo observándola hasta llegar con la memoria a los días de clase cuando las cuchillas de afeitar no se acababan por el uso, y más bien tendían a oxidarse.

Era inexacta y amé su desacertada medida de las cosas, a veces para olvidarme prometía tumbarse en mis recuerdos y abrasaba los recuerdos con el fuego hasta volver a recordarme, de cuando en cuando repetía sus promesas y se iba para siempre, para siempre volver en otro día. Prometió la eternidad y la cumplió, unos días en el espejo y otros en el eco, se iba y volvía.

La lluvia lanza sus dados sobre el vidrio en la ventana y su apuesta es que todos los números sean pares, le apuesta a las parejas, y yo le juego a los nones y le gano.

Los títulos de los libros ordenados uno tras otro, en la parte derecha los que no habían sido leídos, en la izquierda los que leyó alguna vez, en orden de compra, dentro de ellos el nombre del lugar y la fecha de cuándo los compró. No quería leer, solo estar observando sin ser observado, pensó en frases repetidas, ‘los libros son seres vives y cuando los lees vives en ellos’, por ahora solo eran objetos muertos, líneas de hojas atravesadas por la costura en su lomo, por la imprenta en su piel, siguió mirando uno tras otro, atrayendo del pasado recuerdos, días de compra, regalos recibidos, promociones dos por uno o tres por el valor de dos.

Encontró textos de escritores de oriente, del pasado y del presente, del sur y del norte, del país y de otros, encontró uno de un amigo a quien dejó de ver, entonces buscó dentro del libro, repasó una hoja tras otra sin leer, recordó el momento de la pérdida, de cuando la botella de tequila calló entera sobe las páginas abiertas, y sintió el olor, primero el aroma del licor, luego el de la tinta roída de años atrás, también el grito de urgencia de quienes estaban en la mesa, y el líquido perdido había echado a perder el papel. Rio, un bocado de sonrisa, una pequeña mirada sin alas sobre la dedicatoria, al comienzo en la primera página una que se escribió antes del accidente y otra al final después de que la pérdida.

Abandonó el libro en una pila más, pasó a otros, y siguió sin mirar, quiso anotar nombres y horarios para leer, no lo hizo, no se cumpliría eso, si fuese una promesa no la cumpliría, y si no fuese tampoco lo haría. Escogió un número primo, y enumeró los libros hasta completar la secuencia numérica y llegar a él, tomo ese, se levantó, miró los montones de papel encuadernados, pensó en sus amigos aficionados al fútbol y sus colecciones de camisetas y balones de fútbol, de boletas para entrar a los estadios, de autógrafos de futbolistas, pensó en coleccionaron días de viaje y van por la vida viajando, trazando la ruta entre un lugar y otro.

Abrió la página 117 y leyó: “Hay muchos modos de unir a un hombre y una mujer, pero, no siendo esto inventario ni vademécum e casamentero, queden registrados sólo dos, y el primero es que estén ella y él uno cerca del otro, ni sé de ti ni te conozco, en un auto de fe, por la banda de fuera, viendo pasar los penitentes, y de repente se vuelve la mujer al hombre y pregunta, Cuál es su gracia, no fue inspiración divina…” No siguió, se detuvo, miró el título de la novela, abordó en su memoria el recuerdo prestado de alguien que viajó a Portugal y se le ocurrió que Saramago llegaba a la portería a preguntar por él, entonces el timbre del citófono se oiría en la cocina pero, él no iría a contestar.

Temblorosa, la mano se erige dentro de ti
Como una catedral ofreciendo un reloj en la punta de sus dedos,
Un tiempo para ser medido en temblores, en segundos,
Da un momento sin ocasos, un río holgado de anticipos,
Anticipa el temblor de tus hombros, los monosílabos en tu boca,
la tensión de tus pies arqueándose sin flecha.
Temblorosa, de otros temblores, levanto mi mano,
De dulce y sal, absorto el aroma en el aire.
Me tomas en un abrazo, te aprisiono en modo repetido,
Y la mano, una fogata en el camino da pasos en el aire,
Sostiene en sus trazos de fuego el recuerdo húmedo,
El aroma y el temblor, el instante en tu templo.

No, no dejo de amar, el amor se renueva, solo, también, el amor se silencia, cierra la puerta por donde salía a verte, por donde podías entrar, se da paso en otro lugar. No, no dejo de amar, solo, también, el lenguaje es otro, tu voz no pronuncia las palabras que sé oír, tus palabras son ciegas y no llegan a mí. No, no dejo de amar, solo, también, no es a ti.

Yo siento tu sexo en la punta de mi lengua, aunque solo lo toque con mis palabras

Cruzo la madrugada y el día apenas ha dado cuenta de sí mismo, se despereza y escala un par de horas hasta las diez, yo sigo en él, no hay otra opción, estoy aquí en el día, y amanezco dentro sin ganas de salir.

Acostumbro nombres en mi memoria y soy habitual en recordarlos, de primera boca y en primer estado de pensamiento son los mismos, no los rodeo, llego a ellos rápidamente, los menciono en mis deseos, y conjugo algunos verbos con ellos, por ejemplo ahora, con el tuyo digo, te aproximas, sonríes, te juntas conmigo y radiante pones un beso en mi boca para callar los otros nombres, así tú sola en mi torrente de pensamientos y recuerdos.

¡Tu nombre! ¡Cuánto amor cabe en tan pocas letras!

He puesto tu nombre en un lugar donde nace el cauce de mis palabras, así, agito el agua y toda gota te menciona, así, de la tierra herida nacen árboles con tu follaje.
He puesto tu nombre en mi canción animal que siempre canto, en ella todo es contemplación al pronunciar en conjunto o sueltas las letras de tu nombre.
He puesto tu nombre en el separador que indica la página del libro donde he pausado la lectura, también ahí estas para ser rito, ritmo, acento, capítulo, diéresis y palabra.
He puesto tu nombre en la punta del bolígrafo, ya ha aprendido el movimiento para trazarlo con el vórtice sobre la madera, el papel o la tela.

Trae tus tardes con el sol y la lluvia, trae tus noches con sus luces y luna, yo pongo el canto de mi corazón para que te acompañe mi música.

Al comienzo no pude comprender la prisa con la cual ella vino a casa esta noche, traía toda la fatiga ajustada en el cuerpo, el cansancio de unos pasos de más, de pasos veloces y de una espera que debió soportar, algo así me iba diciendo, al tiempo iba descontando la ropa de su cuerpo, los zapatos antes, el cabello suelto después, cuando vio mi rostro de sorpresa y mi mirada sin contención sobre su cuerpo me dijo, esta mañana desperté con la sensación de que desde tus ojos se me pegan nuevos lunares, entonces he venido por ellos para que luego con tus manos los busques en mi piel.

Ella extiende sus brazos, ofrece las manos abiertas, tose para tonificar su voz, pasa una palma sobre la otra, parece despejarlas de algún velo, y dice, la gitana leyó un futuro en ellos, dio por sentado que hay vida después, te la doy, te la vendo, todo lo que ella dijo puedes tomarlo, no hay futuro incierto en sus líneas, tómalas, solo pido para mí, si puedes hacerlo, el cántaro donde guardas el pasado del que te ufanas hoy.

Me pides usar todas las palabras posibles para expresar tu desnudez, quieres extenderte en ellas para que solo mis palabras te cubran.

Te digo, si pones tu desnudez ante mis ojos yo querré besar tu piel con todas las bocas abiertas que habitan mis manos. Me dices, si pongo mi desnudez ante tus ojos no es para que abiertas en tus manos todas tus bocas me besen, es para que pongas nombres a los lugares en donde al verme tardan más tus párpados en cerrarse.

Tomas mis dedos con los que enumero, uno, dos, tres, cuatro, los aprietas con tus manos y luego dices, no lleves inventarios de mis lunares, no construyas orografías con mis formas, no hagas diccionarios con mis palabras, solo toma tu tiempo y desciende con él sobre el mío para juntarnos, para un rato de humedad y otro de sudor, para de pronto, para más tarde volver a insistir.

Yo la besé cuando era prohibido rozarle la boca, no tuve pena o piedad, me afanaba su sueño, para no despertarla me concedí silencio y el beso fue apenas la explosión de una burbuja, no se despertó, yo la besé sin que ella supiera luego que su boca y la mía, eternas en mi memoria estarían juntas.

Tras haber visto las fotografías en el álbum familiar, y notar como un despropósito que nadie mencionaba a la mujer de sonrisa abierta y ojos hermosos, mantuve un silencio distante (si es que esto existe) escuché las expresiones con las cuales se refirieron a cada una de las personas en las imágenes tras el plástico transparente, fui hasta la cocina, tomé un vaso y lo llené con agua de la llave, al tiempo, una voz me susurraba, ‘diles, diles que yo estaba ahí, tú me estás viendo’

Lenta espera tras la tarde en la sombra, no suman los minutos en la hora, es la misma. Pausada toda sensación de movimiento apenas veo y sin saber encuentro las líneas de tu falda extendidas en el viento, mis ojos sin mirarlas, idos bajo la bocanada aérea entre tus piernas.

Nótese, uso la palabra país, la palabra nación, para referirme a mis maneras de verte, al lugar imaginario que compone tus formas en un lugar sin memoria, ahora, nótese también, ha sido una locura suponer la existencia de un país o una nación entre tantos distintos, así, igual yo, corrijo mi locura para hablarte este instante, eso, para decirte, imaginación y memoria, lo mismo.

Ella, con sonrisa y sarcasmo en su boca, sin pensar en los dolores del otro le dice, hay otros mundos, hay otras vidas, date tiempo sin mí.

La muchacha del bar insiste en poner cervezas en mi mesa, le he advertido en cada ocasión que no estoy bebiendo, ella responde, no me importa, usted déjelas ahí, yo las pago, lo estoy invitando a contemplar promesas incumplidas, cada una de ellas es un poco las veces que has destapado el amor y no lo has tomado para ti.

A veces uno descubre en una mujer desconocida un parecido a una mujer por quien ofreció amores profundos, y ella nota que uno la mira insistente, luego por casualidad y suerte, una conversación entre extraños da oportunidad a una pregunta, ella me dice, ¿cierto que nos conocemos de algún lugar? Y yo le respondo, de mi corazón, has estado ahí sin que lo sepas.

Las novelas son como los matrimonios, su propósito es de completitud, de acumulación de ritos y extenderse en hábitos. Los cuentos son como los noviazgos, no prometen extensiones, en cambio sí están hechos para promesas que se cumplen en el corto plazo. Los poemas son como los amantes, el único compromiso es el todo, sin obligaciones, sin extensiones para más tarde, aunque, los amantes y los poemas los llevamos con nosotros para siempre.

Ella dijo, finalmente, y yo aproveché para terminar con la fuga, dejé los ronquidos y despierto abandoné ahí lo que antes llamaba deseo.

Desde algún lugar en su imaginación observa las manos de todos los que estaban alrededor de la mesa, recuerda las mías, las compara, presume ver más allá del simple movimiento, una y otra hace gestos, simulacros de palabras al abrir y cerrar la palma, al extender, doblar o esconder los dedos, las voces que escucha están manchadas por esos movimientos, el recuerdo de las mías es una medida para cada acento, un día tomó mis manos para confinar en esa caricia cualquier dolor que mi cuerpo estuviese sintiendo, reconoció en mis dedos una línea subterránea conduciendo mis temblores. Los miró a todos, uno tras otro, con el rostro aparentando atención indiferente, se aferró a mi rostro, volvió a las manos y las descompuso en un parpadea, todas eran apenas instrumento para sostener cucharas y cuchillos, escuchó las voces, siguió callada, tomó una servilleta y eliminó del dorso de su mano una gota, un agujero expulsado desde el líquido en el recipiente con destino a iniciar en su imaginación con una gota la lluvia.

Saludo a los hombres de avanzada edad que van al café, ellos van como yo, a tomar café y estar, estar observando, conversando en diálogos internos y secretos, uno de ellos responde el saludo, el otro tarda en hacerlo, cuando lo hace me dice, «no es grosería, es la vejez que me acompaña, ella es la que le pone la velocidad a mi cuerpo, lento, lento». Hablamos, ellos en su mesa, yo en la mía, nos hemos acostumbrado a vernos, a satisfacernos por saber que podemos ser cercanos, aún desconocidos en la vida propia, pero cercanos en esa contigüidad que da ir al mismo lugar, estar en la misma circunstancia, inacabados, ellos y yo, aún inacabados por el tiempo.

No había otra manera de seguir, así nos separamos, ella por dentro de mis avenidas secretas, yo hacia las ventanas fugaces, y cada cierto tiempo, entre erupciones, lo ponía en primera persona en mis palabras, ella sin presentirme

En esta casa, todas las puertas están cubiertas por un gran espejo en ambos lados, su propósito es decirnos, cada que abrimos o cerramos algo, que cruzamos o nos quedamos, salimos de nosotros para entrar en nosotros mismos.

Una gota de sal, blanqueada por el sol, como un globo de helio, apresada en su propio movimiento, abre su boca de cielo y cruza con fuego blanco el techo de la ciudad. Tú decías, en noches de luna dentro de tus ojos quiero nacer.

En la ventana, la única conversación posible, es con el viento, con la lluvia, la única contemplación del silencio es con el sol, con la luna. En la cama, toda conversación es contigo.

Empecé a amarla cuando dijo, no son aves, son hojas, son extensiones de árboles las que tú ves en el aire volando sobre tu sombra.

Nombras las aguas, las olas, la espuma, la corriente, su ruido de volcán, y ellas sin nombrar, dicen río, lago, mar. Digo, sonrisa, charla, risa, caricia, beso, y esas son palabras que sin nombrarte dicen tu nombre.

Los días,
Los números,
La voz.
Tus horas,
Tus pasos,
Tu pasión.
Ahora,
Sin más,
Sin menos,
Con lo justo,
Nada más

La cicatriz heredada de un raspón en la pierna, la mancha indeleble prendida en la piel desde la infancia, lunares del sol y del ADN, retazos y costuras para reparar averías del cuerpo, el cabello despeinado en forma de recién me levanto, la prisa de la grasa por acumularse y ocupar más espacio.

El dolor para el cual hay una medicina secreta, las respuestas mal habidas ofrecidas con enojo, el encuentro incómodo al mirarse y recordar un secreto, los vacíos negados contemplados en el silencio de la noche.

El baño y sus pequeños universos, de un objeto caído, de otro mal puesto, de haber permitido a la prisa no hacer todo completo, la cocina y los malos hábitos, el lugar de la mesa descompuesto, un grito destinado a formar una herida de muerte, el beso escogido por la costumbre sin tallarse en alguna ternura.

De un lugar olvidado,
de ese lugar,
venimos de un lugar olvidado,
y goteamos a este lo que fuimos,
hasta juntar cada una de las partes,
cada parte se une a la otra.
Una bolsa de piel distribuida en porciones,
para cubrir lo invisible que llevamos dentro, las ilusiones quebradas, los quehaceres rotos.
El remedio recetado en la fórmula,
no creer en ilusiones ni en espacios invisibles. Ilusos.

Ella toma la noche, se recoge en una de sus esquinas, ya dentro abre la piel, esconde la timidez pública, y se clava unos orgasmos, al terminar, piensa nuevamente en la mañana en la playa cuando compró un helado y lo vio derretirse entre sus dedos al tiempo que el olor del mar le llenaba las fosas nasales.

No he curtido el cobre ni alentado el cuerpo del cuero con el fuego, la madrugada y el final de la tarde me detienen igual entre sombras y luces, son el sol y la luna bolas de fuego cerradas para abrirse cuando la montaña encuentre urgente alcanzarlas, la punta del lápiz, la tinta en la vena del bolígrafo son voces inútiles en la pantalla de la computadora, tu perfume artificial manifiesta en su aroma el desgaste innecesario de pretensiones distantes, el aroma de las mandarinas abiertas en tus manos me es suficiente para tu colonización y conquista.

Un movimiento del cuerpo arquea la tela en el cuello de tu blusa y tus senos desde dentro se anuncian.

Como tú, salgo a la lluvia a encontrarme

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