Los títulos de los libros ordenados uno tras otro, en la parte derecha los que no habían sido leídos, en la izquierda los que leyó alguna vez, en orden de compra, dentro de ellos el nombre del lugar y la fecha de cuándo los compró. No quería leer, solo estar observando sin ser observado, pensó en frases repetidas, ‘los libros son seres vives y cuando los lees vives en ellos’, por ahora solo eran objetos muertos, líneas de hojas atravesadas por la costura en su lomo, por la imprenta en su piel, siguió mirando uno tras otro, atrayendo del pasado recuerdos, días de compra, regalos recibidos, promociones dos por uno o tres por el valor de dos.
Encontró textos de escritores de oriente, del pasado y del presente, del sur y del norte, del país y de otros, encontró uno de un amigo a quien dejó de ver, entonces buscó dentro del libro, repasó una hoja tras otra sin leer, recordó el momento de la pérdida, de cuando la botella de tequila calló entera sobe las páginas abiertas, y sintió el olor, primero el aroma del licor, luego el de la tinta roída de años atrás, también el grito de urgencia de quienes estaban en la mesa, y el líquido perdido había echado a perder el papel. Rio, un bocado de sonrisa, una pequeña mirada sin alas sobre la dedicatoria, al comienzo en la primera página una que se escribió antes del accidente y otra al final después de que la pérdida.
Abandonó el libro en una pila más, pasó a otros, y siguió sin mirar, quiso anotar nombres y horarios para leer, no lo hizo, no se cumpliría eso, si fuese una promesa no la cumpliría, y si no fuese tampoco lo haría. Escogió un número primo, y enumeró los libros hasta completar la secuencia numérica y llegar a él, tomo ese, se levantó, miró los montones de papel encuadernados, pensó en sus amigos aficionados al fútbol y sus colecciones de camisetas y balones de fútbol, de boletas para entrar a los estadios, de autógrafos de futbolistas, pensó en coleccionaron días de viaje y van por la vida viajando, trazando la ruta entre un lugar y otro.
Abrió la página 117 y leyó: “Hay muchos modos de unir a un hombre y una mujer, pero, no siendo esto inventario ni vademécum e casamentero, queden registrados sólo dos, y el primero es que estén ella y él uno cerca del otro, ni sé de ti ni te conozco, en un auto de fe, por la banda de fuera, viendo pasar los penitentes, y de repente se vuelve la mujer al hombre y pregunta, Cuál es su gracia, no fue inspiración divina…” No siguió, se detuvo, miró el título de la novela, abordó en su memoria el recuerdo prestado de alguien que viajó a Portugal y se le ocurrió que Saramago llegaba a la portería a preguntar por él, entonces el timbre del citófono se oiría en la cocina pero, él no iría a contestar.
