Introtiempos

«En esta ciudad no cabe un minuto más» Esas palabras eran pronunciadas por un hombre cuya palidez parecía cubierta de cirios. Nosotros, ella y yo, seguimos caminando sin notar que habíamos atravesado una frontera, y ahora estábamos dentro de lo que ella medía. Pasamos varias calles, quisimos saber la hora pero no vimos relojes, al comienzo solo los buscamos en las vitrinas, en lo alto de las torres y junto a los campanarios, después quisimos encontrarlos en las muñecas de los hombres pero tampoco lo logramos. En el ir y venir por las calles fuimos testigos de un hombre que llevaba una noche sobre sus hombros y varias mujeres que cargaban un día extenso, de algunos que pasaban de la noche al día con facilidad. Preguntamos a una mujer cuyo rostro nos pareció amable, ella en un lenguaje del que no tenía conocimiento nos indicó por señas seguir una calle y girar después, así lo hicimos y llegamos a una esquina donde un letrero daba cuenta del uso del local, “Relojería”. Dentro de la única vitrina había dos, nos fueron ofrecidos por el vendedor, «solo queremos saber la hora» el hombre insistió en medirlos en nuestros brazos, no pudimos contener su insistencia, y cuando nos los vio puestos nos dijo, ya saben que el tiempo es propio, y mide para cada cual su idea de tiempo, pueden soltarse de la mano y cada uno seguir solo sin el otro, a cada uno se le ha dado su propia temporalidad.

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