Amores de lluvia

El vecino insistió en que resolviéramos el incidente a golpes. Él más grande que yo, yo más delgado y frágil, le dije, usted está en ventaja, es más fuerte, yo no pelearé, además, no me parece correcto, esto no se resuelve con puños. Vea, usted me golpeará, es seguro que me dejará una herida en el rostro, y muy maltratado el cuerpo, después, usted se sentirá mejor, reconfortado por haberse vengado, yo en cambio no podré ir a trabajar mañana porque tendré el rostro muy golpeado, en cambio usted se irá a trabajar como todos los días, y su esposa nuevamente pasará a mi apartamento, esta vez con la disculpa de cuidarme, y con esa excusa va a quedarse todo el día conmigo.

La vecina viene a mi balcón, le gusta fumar y en su apartamento no lo permiten. La conocí en el pasillo, estaba con un cigarrillo entre los dedos, se excusó, yo le dije, no hay lío, todo está bien. Conversamos un poco, después, cuando abandonó el humo de su cigarrillo le dije, cuando quieras pasa y fumas en mi balcón. Esa tarde vino, me pidió dejarla sola, me quedé en la ventana en la otra pared, la que da al interior del conjunto, la escuché llorar, luego me dijo, no me hagas caso, ven, conversemos, por alguna razón tomó ceniza y la revolvió con sus lágrimas, me dijo, un poco de locura no sobra, pero hay días en que la cordura pesa mucho más que los días de locos.

La vecina me dice, desde que tengo la llave de tu apartamento vengo a tu balcón cuando llueve, me gusta hablarle a la lluvia, me gusta escucharla, a veces me desnudo para ella, por eso es que encuentras tus sábanas en el sofá de la sala, me seco con ellas, no me gusta el color de tus toallas. El otro día, la lluvia trajo para mí historias de elefantes y de focas, era una lluvia infantil a la que le gustaban los juegos, cantó alegremente, se quedó inmóvil por instantes mientras desde el otro edificio unos adolescentes me veían desnuda. La vecina me abraza, me concede abrazos como si fueran orgasmos, le gusta provocarme, lo logra, yo le sonrío y me quedo callado escuchándola, me gusta escuchar como su voz habla igual que la lluvia, y en ella se filtra el canto de un árbol que se abre completo a las gotas entre la borrasca.

A la vecina le gusta acariciarme los pies, sabe que algunas noches los pongo en agua caliente, ella parece presentirlo y pasa un rato, masajea la planta del pie y los dedos, suele decirme que tengo dedos invisibles, tanto en los pies como en las manos. Ella tiene historias para todo, me dice, desciendes de hombres del tiempo futuro, te trajeron acá para que alguien te encuentre, alguien que está adelante en el futuro próximo. Mira, yo sé que algunas veces sientes a las personas observarte, o piensas que una mujer parece saberlo todo de ti, por ejemplo, la mujer con la que vas a almorzar algunos días, con la que compartes tu gusto literario, ella vino del tiempo de adelante porque su memoria se perdió y está aquí para recobrar esa memoria. Ella es una mujer más joven, claro, joven en este tiempo, sabe que la amarás, que la amas en otra mujer, cuando te escucha, cuando le hablas, ella quiere saberlo todo de ti con ella, pero tú se lo ocultas, y no deberías hacerlo porque ella vino a recuperar su memoria.

Le gusta inventar historias, mi vecina a veces lee las líneas de mi mano, o las ojeras de mi rostro, o el humo de su cigarrillo en el vidrio de la ventana, a ella le gustan los juegos, algunos me dan miedo, como ese de la mujer del futuro que viene a recuperar su memoria conmigo.

La vecina me pregunta por el moretón en mi ojo, le cuento, se ríe, vuelve a reírse, no puede creer que su esposo me haya golpeado, pone sus manos en mi rostro, me besa, dice, te beso para sanarte, siento desvanecerse el dolor, confía en mí, eso dice, ya no tienes el moretón, esta noche me desquitaré de él, entonces le digo que es mejor dejar las cosas tranquilas, ella responde, no, él no me ama, él no me busca, él no me entiende, él no me cree, tú sí lo haces, no permitiré que vuelva a golpearte.

Ella, la vecina, cambia de tema, me pregunta cuál es el cuento de Cortázar que más me gusta, entonces le digo “las manos que crecen”, ríe y dice, ya está, así pasará.

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