Fugas no planeadas

El cielo empezó a oxidarse, fue un instante, los ojos ardieron en un fuego plano y sin llama, moví la cabeza, un parpadeo acabó con la imagen, volví a mirar y todo era claro, el azul propio de días de verano. Continué con los pasos hacia un lugar en donde había sombra, pensé un poco en el color de mi piel y las consecuencias de la exposición a la luz solar, alguna imagen desértica, eso me cayó de pronto, en la piel un desierto sin arena se agrietaba, igual a la superficie de los lagos cuando se han secado, seguí caminando, no miré más los brazos, había un espacio libre en un asiento debajo de la sombra. A mi lado, de manera conveniente, una mujer delgada se cubría los senos con aceite, no le vi el rostro, solo sus manos y la piel brillante. Sentí físicamente su mirada, comprendí que había anclado mis ojos en el puerto equivocado, una fracción de segundo, eso tardé en levantar la cara y verla, esta vez el parpadeo fue consciente, lo repetí, dije, disculpe, pero luego no podría decir otra cosa durante la siguiente explosión planetaria, quizá tres segundos de reloj, dentro de mí una vuelta completa al universo, me levanté diciendo, con permiso, pero ella se puso de pie, movió uno de sus brazos, debió pronunciar dos veces, espera, espera, entonces me quedé de pie, a un par de pasos. Nuestra intimidad había sido sacudida hacía varios años, nos expusimos demasiado el uno al otro, ella más fuerte, yo frágil e imprudente, doloroso para mí, extenuante y cansado para ella.

Una espada transparente se plantó en medio, las voces acostumbradas nos permitieron el saludo, pensé en una alucinación, el cielo oxidado, la piel agrietada, y ahora ella, definitivo, una alucinación. La escucho decir, podemos tomarnos un café, yo respondo como quien ha podido extender ante el enemigo todas sus defensas, sabes, hace calor, creo que no, y me siento un poco acalorado, yo voy a entrar al hotel por una limonada. Mala defensa, puedo ir contigo, una artillería en desuso, le digo, me parece que no, estás preparada para el sol, yo entro y vuelvo más tarde, o te veo luego, ¿vale? No sé defender, no sé atacar, no conozco de la estrategia para en medio de la batalla, ella sonríe y abandonando la invitación se fija en mis palabras, aun dices ‘vale’, yo uso mucho esa palabra, me la sé por ti, vale yo te busco adentro. Una parte del cerebro, la parte idiota le responde, casi no me doy cuenta que tanto la utilizo, pero suelo hacerlo con frecuencia. Armas de defensa abajo, ella me mira, ahora me siento desarmado, y sin saberlo estoy detenido, pies de estatua, apenas escucho su voz, te veo adentro, y camino, como si solo siguiera su orden, como si no hubiese tomado yo la decisión de huir de ella.

Entro al hotel, voy a la recepción, pregunto por las cancelaciones, una mujer me atiende y me pregunta el motivo de mi retiro, le pido sea condescendiente conmigo, he visto a una mujer que rompe todo aquello que dentro de mí está frágil, no puedo estar aquí, debo evitarla, parece una tontería pero siento que moriré si vuelvo a verla. La expresión de la mujer es de comprensión, se adelanta a cualquier petición que pueda hacerle y me dice, estoy para servirle, ¿quiere que llame un taxi para que lo lleve al aeropuerto?, puedo reservarle en otro hotel, si desea seguir en la ciudad pero lejos de las zonas concurridas, hay un lugar en donde puede estar alejado de todo. Solo respondo, no sé. Para que no deba cambiar la fecha de vuelo puedo reservar en otro lugar, déjeme yo lo hago, por ahora usted baje sus cosas, yo hago la reservación, le tengo preparado un taxi, y uno de mis compañeros lo acompañará para que se sienta seguro. Ella nota que me siento sorprendido, entonces me dice, a mí me ha pasado, sé lo que es toparme con mi infierno interno y querer huir de él en el siguiente instante.

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