Encuentros

Habíamos acordado encontrarnos a las seis y treinta de la mañana.  Él dijo, ese es un buen momento para rodar.  A las cuatro y cuarenta el despertador despertó hasta los piojos que duermen debajo de la alfombra, yo giré, levanté el brazo, antes de presionar el botón que lo apaga pensé en dejarlo sonar y aumentarle el volumen hasta que todos los vecinos tuviesen que despertarse como yo, fue solo una porción de un segundo en que la duda hizo detener la mano en el aire, la mano continuó y un dedo al que debía concedérsele un premio por la tarea presionó el botón que apagó el grito que cronometraba el instante programado para levantarme.

El libro de Vallejo se había estacionado debajo del reloj, una pequeña muestra de mis manías, quería que al despertar pudiera ver el libro que había empezado a leer.  Lo compré en una librería, cerca de mi colegio, tan sola como en la media noche se encuentran las iglesias.  Venden café, es delicioso, a mí me lo parece, es muy bueno el café que venden ahí.  Había separado el ejemplar unos días antes, pasé con el valor exacto, me tomé un café, aquí aplica aquello de atendido directamente por su propietario, el dueño me atendió, sirvió mi café y me llevó el libro a la mesa.

Lo conocí hace varios días, aparecía de pronto en la pista, sus ropas no eran apropiadas para patinar, eso le decía y entonces me tomaba suficiente ventaja para preguntarme cuando yo lo alcanzaba, quién tiene la ropa precisa para ser más veloz, su risa me motivaba a darle un empujón que me permitía tomarle ventaja.  Usaba una gabardina tan ligera como el aire, eso suponía ya que nunca lo veía incómodo, patinaba como si tuviese un cuerpo y ropa sin peso.

No es hábito de monasterio mi madrugada, es hábito literario, la lectura a esa hora no es interrumpida por nadie, ni los llamados de mi mamá ni las conversaciones de mis hermanos se atraviesan con la lectura, una y otra hoja pasan al mismo tiempo que el cielo pestañea y deja ver la luz del sol.  Generalmente salgo a trotar, de la misma manera que ejercito mi capacidad de imaginación me doy oportunidad de ejercitar a mi cuerpo así cuando el momento de patinar se presente mis músculos estén preparados para el movimiento.  Cuando no ha llovido voy a patinar sin más, del libro a la pista.

Esta mañana no iré a trotar, claro que antes de patinar doy un par de vueltas al parque como parte del calentamiento, es lo correcto, no se puede pasar a exigirle al cuerpo sin antes haberlo preparado.  Hoy iré a la pista de patinaje a encontrarme con él.  Si la ventana no estaba mintiendo el clima era propicio para dar muchas vueltas, la noche anterior no había caído una gota de lluvia, ni siquiera por sospecha.

Veinte minutos antes de la cita verifiqué en el morral que estuviese lo necesario, quizá no hacía falta, nunca me he olvidado de nada para ir a entrenar, aún así enumeré lo que debía llevar.  De mi cuarto al pasillo, del pasillo a las escaleras, de las escaleras a la cocina, en la cocina una tajada de pan y un jugo, mi mamá ya está ahí, junto con el pan una tarea para hacer en la casa al volver. Repetí varias veces la tarea, al llegar debía hacer la tarea, siempre debo hacer un oficio antes de ir al colegio, la mañana se consume con el poquitín de lectura matutina, el entrenamiento, uno y otro oficio, las tareas del colegio, ordenar el cuarto, alistar maleta, ducharme, hacer cosas de niña, almorzar y partir para el colegio.

Él estaba en la pista, le pregunté si había hecho calentamiento, se rio, no lo necesito, deberías, no me hace falta, es importante para tu cuerpo, mi cuerpo es perfecto, no vayas a pescar una lesión, solo pesco en el mar, gracioso.  Con su gabardina que se confundía con las corrientes de aire tras de sí empezó a rodar, sus pantalones arrastrándose por la pista ocultaban las ruedas de sus patines.  Lo alcancé tres curvas adelante, estaba esperándome, me adelanté, durante unos cinco minutos me dejé impulsar sin pensar en él, el aire, el movimiento, unas gotas de sudor, la presión de los músculos, la fuerza, el patín, la música que interpretan como un único instrumento el asfalto y las ruedas.  Me alcanzó.

Preguntó por mi libro de lectura, habló de sus escritores favoritos, yo de los míos, él de la música, yo de mis cantantes preferidos, de los amigos, de la escuela, de una y otra cosa mientras que el sol al igual que yo empezaba a ver la hora, era momento para volver a casa.  Empezó a despedirse entre risas, dijo, voy a cantar para ti, ve adelanté y detrás de ti yo seré una canción, después de la segunda curva el sol daba en la espalda, primero vi mi sombra, luego vi la de él, no era una línea como la mía, era una línea con dos sombras al lado, me sorprendí, volví a ver, solo se haría esa sombra si él tuviese alas, miré hacia atrás, durante un instante mínimo observé unas alas abiertas y sus pies sin tocar el piso, un parpadeo rápido, miré adelante para dar la curva, volteé nuevamente, él estaba ahí, con su gabardina y pantalones largos, me dijo, ya me voy, dio media vuelta en la pista y se fue.

Llegué a casa, la duda me condenaba a no pensar en nada más, una visión bastante extraña había tenido, mi mamá estaba demasiado ocupada para interrumpirla, igual no hizo falta, ella lo hizo por mí, tenía una tarea que hacer, uno y otro pensamiento caían con los minutos, había visto o no lo que tenía ya marcado como una imagen en mi memoria.  La luz, la sombra, el brillo de las cosas nos juegan malas pasadas.  Después de la tarea pasé a mi cuarto, los libros otra vez habían caído en tentación, uno tras otro estaban tendidos en cualquier lugar, uno tras otro fui amontonando, si mi mamá los ve así los pondrá en una bolsa que luego no sé en dónde dejará, es una especie de decomiso del que solo puedo rescatar a mis libros cumpliendo un par de penitencias que pone ella.

Junto con los libros de lectura fui escogiendo los cuadernos y libros para las clases de la tarde, por minutos, pocos creo yo, olvidaba la imagen de mi compañero corredor, al rato volvía a taladrar el momento y buscar una explicación, sobre las once de la mañana me convencí de que algunas cosas son innecesarias de explicar.  Estar convencida no sirvió de mucho, seguí pensando cada tanto en la imagen.

La ducha, el agua fría, el lugar más próximo a mi intimidad, ahí repasé las horas anteriores, se me ocurrieron un par de ideas para una conversación posterior con alguno de mis amigos, el tiempo no se detiene y menos por mí, de mis cavilaciones fui sacudida por los golpes de mi mamá en la puerta que me advertía sobre la hora, iba tarde otra vez.  Corre como si la meta fuera almorzar.  Eso hice.  Regaño por comer rápido, regaño por salir tarde, abrazo y beso porque me quieren, buenos deseos de madre y bendiciones al salir.

En las gradas del colegio me senté a esperar, no era tan tarde, me senté al lado de unos compañeros, esperamos sin afán a que el timbre quebrara el buen ambiente de regocijo que hay cuando no debemos tareas ni tenemos exámenes.

A las cuatro salí al descanso, volví a ver hacia lo alto, el sol parecía un dulce de luz derritiéndose en haces de luz. Veinte minutos de descanso.  La luz del sol sobre los objetos del colegio me hacía repensar en la imagen de la mañana, las sombras no reflejan de manera lineal los objetos, con el ángulo correcto una esfera se ve cuadrada y un cono se ve como una esfera.  Mi sonrisa fue descubierta por mis amigas, se rieron inventándome amores en los cuales yo debería estar pensando en ese momento.  No supe que responder y solo hasta que el profesor de la clase de las cuatro y veinte entró al salón dejaron de molestarme.

A las 6:45 p.m. el timbre tiene sabor de postre, es dulce, fresco, ligero, líquido.  Unos minutos después de vuelta a la casa.

A la mañana siguiente, y la siguiente, y los días de lluvia, y los días de entrenamiento fui a la pista, él no volvió, no quise preguntar, nunca vi a nadie que hablara con él, me pareció que no sabrían, en las charlas de motivación sentí que los demás no notaban su ausencia.  Algunas veces, abro mis brazos y sonrío observando que sobre el asfalto, igual que aquel día, unas alas se abren tras de mí.

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