Diarios Innecesarios LVI

Es poco común ver el inicio de la construcción de un templo, de una iglesia, y más en una ciudad tan grande como esta. No pude sustraerme al hecho de ver a los obreros reunirse a diario e ir acomodando arena con cemento, ladrillo con hierro cada día. Supe del propósito de la construcción una mañana cuando la lluvia espantaba a los más osados y se atrevía incluso a obligar al arrepentimiento a los que salían con paraguas, yo me quedé junto a la construcción, un techo provisional fue mi protección ante el aguacero. Dos de los obreros se juntaron a mi lado, un saludo que va, una respuesta que se obliga, luego ellos empezaron a hablar, primero de las dificultades a las cuales los obligaba el inicio del invierno, después sobre un golpe recibido por uno de ellos de parte de un martillo en su mano derecha.

Lluvia que no pertenece a nadie y conversación ajena, a los dos puse atención, el ruido de las gotas agrietando el silencio, el asfalto ofreciendo su tambor sin eco, desde una ventana un verdadero concierto de agua contra el vidrio, ambos transparentes, uno líquido y el otro sólido, un día las ventanas serán de agua, una delgada capa líquida se opondrá al ingreso del viento, ese mismo manto de agua hará las veces que hoy cumple el vidrio. El hombre de menor estatura pregunta, yo presiento que podría haber respondido ya que las palabras parecían salir de su boca sin haber escogido a quien hacerle la pregunta, el acompañante responde, claro que estará llena el día de la inauguración y probablemente en todos los domingos, una iglesia, es una iglesia y estas se llenan siempre.

Clavé el oído en la conversación (no creo esté bien usada la palabra clavé en este caso), estuve atento, preguntas y respuestas, anécdotas e historias repetidas. La lluvia doblaba su intención de doblegar el ruido de la ciudad y dejar solo el de ella, una especie de tributo a sí misma, a la vocación musical de las nubes. Hablaban de fútbol, después de una película, se desprendieron de algún secreto, cayeron en una discusión bizantina acerca del tamaño de la ciudad y cuántas personas sobran en ella. Hubo un instante en que mi atención pasó de vago interés a defensa en primer grado, todos mis sentidos se concentraron en uno de ellos, hablaba de una mujer que en el seno derecho tenía dibujado un girasol con los lunares, eso mismo decía, una circunferencia rodeada de siete óvalos, todos lunares.

Esa mujer tiene nombre propio para mí, Sol, su nombre es Sol, sufrí su desamor en el colegio, la perseguí en la universidad, ella en la ciudad donde estudiamos el bachillerato, yo en otra ciudad en donde estudié ingeniería. Ya de grande, eso digo yo porque siempre fui un niño frágil ante ella, ya de grande cuando mi historia de trabajo completaba dos años para mostrar en la hoja de vida la encontré nuevamente, yo había desistido de la búsqueda y ella ni siquiera me recordaba. En una cafetería del centro de la ciudad, yo pedía una botella de agua, ella en una mesa le solicitaba al mesero una taza de chocolate.

Al comienzo, después de haberla visto igual de bella a como la recordaba mi deseo, no quise saludarla, entonces asomé toda mi mirada a una esquina, hice igual a los niños, si yo no la veía, ella no podría notarme, no ocurrió, me llamó, dijo mi nombre, y de verdad, sentí que lo hacía con un cariño sincero. Sonreí un poco, me acerqué, ella supo de mi contención, volvió a saludarme, dijimos algo de lo que hacíamos, algo de lo que habíamos dejado de ser, algo de lo que no quiero mencionar.

Prometí llamarla, yo quería salir de la encerrona a la que me sometía el destino, ella puso una sonrisa llena de alegría y ternura, luego con voz callada, casi igual a un susurro, no tienes mi número de teléfono, no podrás llamarme, y sin que pudiera seguir defendiendo mi iniciativa de evitar continuar ahí, tomó un bolígrafo, puso en una hoja su número, y ante mi mirada de incomprensión escribió debajo del número, eres mi nombre y te quiero para apagar mi oscuridad. Sonreí, y sin comprender mucho, o más bien, sin haber leído número o texto, le di mi número de teléfono, luego, yo te llamo, y me despedí.

El hombre reafirma lo que sabe, un amigo de él, bueno un conocido, alguien para quien trabajó, un tipo de esos que tienen todo en la vida, cuando él estaba trabajando en una casa a la que debían construirle un jardín, ese hombre, en una tarde de sábado les invitó unas cervezas, parece que recién había visto una película, la recordaba bien, “sueño de fuga”, parece que en la película alguien le invita cerveza a unos presos, los presos son felices, todos son felices, el tipo como que había fumado algo, así llegó con varias cervezas para cada uno, después les llevó más, fue una buena tarde, con paga en efectivo y con borrachera gratis.

No la llamé, ella lo hizo, fue una conversación a la que no pude conectarme, era difícil ser yo mismo, temía que al serlo volviera a la fragilidad con la que la veía en el colegio, con la que la extrañaba en la universidad. Nunca fuimos novios, nunca tuvimos besos, nada, solo me gustaba mucho y ella lo sabía, ella lo sabía, para mí era imposible que no se me notara.

Las preguntas sobre la mujer del girasol de lunares se hicieron presentes, bruscas y atrevidas, dolorosas para mí. Sigue hablando, no de la mujer, no de los lunares, habla de mí, ahora recuerdo perfectamente al hombre que trabajó en mi casa con parte de la construcción, lo veo, tiene las mismas putas manos con las que golpeó y ahogó a mi esposa cuando ella lo descubrió robándose unos aretes de oro, en forma de girasol que yo le había regalado antes de la boda.

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